Futblog: libros, Puntí, novela negra, Paco Camarasa y… Japón

 

El pasado viernes Jordi Puntí publicaba un artículo en El Periódico bajo el título “Muchos libros, poco tiempo” en el que reflexionaba sobre formas de leer por parte de lectores empedernidos. En el texto hacía referencia a aquellos que acometen varias lecturas al mismo tiempo, y citaba el caso de Màrius Serra y del crítico Joe Queenan como ejemplos de este tipo de lectores.

Entiendo perfectamente qué significa leer varios libros al mismo tiempo. De hecho, en el Fútbol Club de Lectura siempre tengo dos jugadores sobre el terreno de juego: el del equipo de los adultos y el infantil.

Del texto de Puntí me saltaron a la yugular dos frases. La primera, la que habla de que los lectores constantes “buscamos conexiones entre novelas”. Y, la segunda, “la coincidencia arbitraria crea vínculos”. Con esas dos afirmaciones parece como si Puntí se estuviera refiriendo a mí, puesto que se trata, precisamente, de una de las cosas que más placenteras me resultan en relación con los libros. Descubrir túneles subterráneos que enlazan un libro con otro, vínculos secretos que te hacen saltar de una página a otra, ideas que se repiten en textos totalmente alejados, la azarosa presencia de referencias cruzadas…

Para ilustrar a qué me refiero nada mejor que un ejemplo. Cuando leí la columna de Puntí acababa de adentrarme en “El último milagro”, del argentino Horacio Convertini y publicada por Ediciones Barrett. Se trata de una magnífica novela que además de futbolera es del género negro. Por eso, junto a un texto introductorio a cargo de Jorge Valdano (sector futbolístico) encontramos en el libro un par de artículos más escritos por Alexis Ravelo y Paco Camarasa (ambos del territorio de la novela negra).

Sigamos con la jugada iniciada por Puntí y continuémosla en Paco Camarasa. Comisario de BCNegra, referente indiscutible en este terreno y hasta hace poco responsable de la librería Negra y Criminal, la edición del martes de La Vanguardia le dedicaba su sección La Contra, apareciendo una entrevista con él en la que se habla, por supuesto, de la evolución de la novela negra, de sus autores preferidos, y, también… de Manuel Vázquez Montalbán y su importancia para el crecimiento y aceptació de la relación entre fútbol y la literatura.





Sí, la referencia futbolera es breve pero con fundamento, como diría aquel. Y su simple mención certifica lo que, más o menos, Puntí apuntaba al principio. Que hay lectores -entre los que me incluyo- que no paramos de buscar esas conexiones subterráneas que acaban dibujando una particular cartografía en el planeta literatura.

Inicia la jugada Puntí, el balón se dirige hacia Horacio Convertini que atraviesa la divisoria entrando en el terreno de “El último milagro”. Cesión hacia Paco Camarasa que lo lanza al área de La Vanguardia y es recogido por Manuel Vázquez Montalbán que lo devuelve al territorio de la novela negra con “El delantero centro fue asesinado al atardecer”…

Y en mi cabeza continua sonando la letanía “Buscamos conexiones entre novelas”, “la coincidencia arbitraria crea vínculos”…

No se vayan todavía, que aún hay más.

Para que os deis cuenta del alcance que las ramificaciones de la literatura proyectan sobre la vida real, añado un nuevo y perturbador suceso a este episodio. Uno de los ejes argumentales de “El último milagro” consiste en que a uno de los jugadores y protagonista de la historia se le implanta un revolucionario chip. Ese hecho permitirá que el mejor jugador del mundo de PlayStation lo maneje a su voluntad, transformándolo en un futbolista que superará en calidad a Messi y Maradona juntos. Si hablamos de revolucionarios inventos tecnológicos procedentes de un país determinado lo más probable es que a la mayoría le venga a la cabeza el nombre de Japón.

Así pues, tenemos una historia de temática futbolera en la que un chip de procedencia japonesa es elemento clave. A priori, no parecen ingredientes habituales de la novela negra, ¿verdad? Pues bien. Resulta que ayer, pocos días después de que fútbol y mundo nipón invadieran mi espacio por culpa de la literatura, mi hijo (de categoría alevín) jugó un partido amistoso con su equipo y en su campo, situando a orillas del Mediterráneo. ¿Sabéis quien era el rival? La selección alevín de Tokyo.

¿No os parece una increíble coincidencia?

REMATANDO LA JUGADA

Por si lo explicado fuera poco esperad, que todavía se le puede dar “Otra vuelta de tuerca“. Para ello, volvamos a Paco Camarasa. Podríamos decir que en la entrevista de La Vanguardia cierra un círculo y enlaza con Jordi Puntí al referirse a la pasión por los libros. En la foto que acompaña el texto se ve una estantería con libros de fondo, y a él con aspecto sonriente mientras sostiene una copa con la mano.

Resulta que hace unos días entraron a robar en la librería Negra y Criminal que durante varios años tuvo abierta en Barcelona. Hace un tiempo el establecimiento cerró, pero Camarasa, su propietario, sigue acudiendo de vez en cuando a leer y escribir. Como decía, hace poco entraron a robar, y, tal y como explica, “los ladrones dejaron en la copa numerosas pero ilegibles huellas digitales, pues la utilizaron para beber una botella de cava tras haberse comido antes un pastel“.

La anécdota no dejaría de ser justamente eso, una simple anécdota, si no fuera porque anoche, mientras avanzaba en la lectura de una novela negra publicada por la Editorial BóvedaSolo silencio“, de Massimo Cassani, esto fue lo que leyeron mis ojos:

“… y un banal y torpe intento de robo en la librería de este último, con relativa y consiguiente venganza por parte de los ladrones, léase, principio de incendio, por no haber encontrado nada que robar.

-Pero ¿a quién se le ocurre que vaya a haber dinero en una librería? Hay que ser idiota.

-El mundo está lleno de idiotas, comisario, y perdone el término.”

 

 

¿No os parece otra increíble coincidencia?

Buscamos conexiones entre novelas”, “la coincidencia arbitraria crea vínculos”…

Os dejo con el artículo de Puntí.

JORDI PUNTÍ

Escritor

Muchos libros, poco tiempo

@puntinho10

VIERNES, 24 DE MARZO DEL 2017 – 16:25 CET

Los lectores constantes, empedernidos, sabemos que uno de los signos de nuestra manía es que, además de leer mucho, nos gusta hablar de ello. Buscamos conexiones entre novelas, autores, épocas; leemos a los clásicos, pero también al autor oscuro. Existe sin embargo un tipo de lector que lleva el vicio más allá y, además de hablar de lo que lee, reflexiona sobre la forma de hacerlo. Pienso en la primera página de ‘Si una noche de invierno un viajero’, de Italo Calvino, cuando el narrador nos da instrucciones para empezar a leer su libro. Relájate. Concéntrate. Cierra la puerta. Ponte cómodo. ¿Acaso tienes que mear antes?

Màrius Serra es de esa estirpe de lectores y en su último libro, ‘D’on trec el temps?‘ (Empúries), predica con el ejemplo. Viniendo de él, claro, la cosa tiene trampa: en apariencia nos da consejos para aprovechar el tiempo, como un apunte de autoayuda, pero en realidad le va bien para convertir la teoría en ejemplos prácticos que incluyen cuentos, poemas, artículos… El tiempo de Màrius Serra tiene unas leyes propias y en él a menudo se confunden la vida y la escritura. Es lógico, pues, que nos cuente cómo lo hace para leer tanto. Hay un capítulo, al principio, que es un elogio de la lectura rápida: si aprendes a leer más deprisa y sin poner en peligro la comprensión, nos dice, leerás más libros.

El entusiasmo voraz de Màrius Serra me hace pensar en el crítico Joe Queenan, que también escribe a menudo sobre las formas de la lectura, el cómo y el cuándo. En su libro ‘One for the Books‘ (2012) nos cuenta sus prejuicios y manías: no lee nunca, por ejemplo, novelas en las que el protagonista vaya a una universidad privada. Además, su método consiste en leer unos 25 títulos al mismo tiempo, cada uno con su ritmo. Puede alternar una novela de Simenon con un ensayo sobre Courbet o la relectura de un Joyce. La coincidencia arbitraria crea vínculos. Hay novelas que le duran dos días, pero también tardó 30 años en terminar ‘Middlemarch‘, de George Eliot. Cada título tiene su tiempo. Hay, me parece, un sentimiento que une a Màrius Serra y Joe Queenan: un respeto tan profundo por la literatura que no se permiten sacralizar el acto de leer.