“Visca l’Europa!”, un cuento de Wilmar Cabrera donde juega el Alzheimer

 

Ayer fue el Día Internacional del Alzheimer, y publiqué este post en el que hablaba de la campaña impulsada desde la revista Líbero en el que el fútbol servía como terapia para combatir esta enfermedad.

Hoy, vale la pena recuperar el emotivo relato que el periodista y escritor Wilmar Cabrera publicó en el número 4 de la revista DeCabeza, hace dos años, y en el que el alzheimer tiene parte de protagonismo.

Aquí tenéis el relato:

 

VISCA L’EUROPA! SEMPRE ENDAVANT!

EL CLUB ESPORTIU EUROPA fue el culpable directo de que alquiláramos, con mi pareja, nuestro primer piso en Barcelona. Aterrizamos en la llamada “Ciudad Condal” en el otoño de 2008, para que Andreta hiciera un doctorado en la Universidad Pompeu Fabra. Y como la universidad y el estudio le tomaban todo el tiempo a ella, a mí me tocó buscar el piso para vivir.

Concerté una cita para ver uno en Can Baró. Un barrio cerca del Parc Güell, en la parte alta de la capital catalana. Donde la ciudad deja de ser Barcelona para pasar a llamarse ‘Barceloma’. De camino, en la intersección de las calles Camèlies y Sardenya, descubrí el Nou Sardenya, la cancha del Europa. En ese momento, sin ver todavía el piso, me dije a mí mismo: “Aquí viviremos. Si hay un estadio de fútbol cerca, está todo”.

Y así fue. Desde ese otoño, casi todos los domingos caminaba las cinco cuadras desde nuestro piso en calle Polònia hasta Sardenya, para ver los partidos de “Los escapulados”, sobrenombre con el que se conoce al club por llevar una “V” azul, a manera de escapulario, debajo del cuello de la camiseta blanca. Sí, como el Vélez Sarsfield de Argentina.

Con un estadio de dimensiones pequeñas, una tribuna principal de sombra, dos mínimas laterales y una de sol que siempre está vacía, mi lugar favorito para sentarme a ver el partido es el bar.

A ritmo de copa de cava, caña de cerveza y bocata de jamón, se puede hacer algo que no está permitido en el Camp Nou: mezclar fútbol con un poco de alcohol. Creo que fue en el cuarto o quinto partido al que asistí, cuando decidí hacerme hincha del Europa. Muy contrario a mis principios de que un seguidor nace y no se hace. Ser forofo de fútbol es algo dinástico, como una corona que se hereda, es un sentimiento y como tal no se puede crear artificialmente. Seguir una camiseta no da tiempo ni espacio para ser promiscuos. Sin embargo, como buen ser humano que se contradice a sí mismo, ese domingo decidí ser del Europa. ¡Coño!, uno como inmigrante tiene toda la razón para echar raíces e inventarse un sentimiento hacia un equipo. Y no necesariamente ese equipo tiene que ser el más grande de la ciudad, el que más gana o el que más socios tiene. Que no, que no.

 

Mi caso me confirmó que las relaciones a distancia no funcionan. Ni siquiera la que te une a tu club de origen. Habiendo dejado tras el Atlántico el azul y blanco del Millonarios de Bogotá, quedé huérfano de equipo. Entonces, como hincha que no puede estar sin club, me di a la tarea de llenar ese sentimiento. Al tiempo que recibía clases de catalán, en el Consorci Per a la Normalització Lingüística -el primer paso que todo inmigrante debe dar para integrarse a la cultura catalana-, me aprendí el himno del Europa.

En mi caso, quería integrarme al Europa, quería sentir al Europa como en su día sentí a Millonarios mismo. Así que con mi B1 de catalán, que no es otra cosa sino nivel elemental, todos los domingos en el Nou Sardenya cantaba con fuerza el himno de mi nuevo club. Un equipo del que ya comenzaba a estar orgulloso porque, con más de 100 años encima, había sido uno de los fundadores de la Liga en España. Alcanzó a jugar tres temporadas en Primera cuando sólo había diez equipos y apenas existía algo más allá de la Primera División. Además, disputó una final de la Copa del Rey, que perdió contra el Athletic por 1-0. Ahora está en la Tercera, algo así como la cuarta categoría de las nueve que tiene el campeonato español. Así, por qué no entonar con fuerza, cada domingo:

 Europa!  Europa!

Europa sempre endavant!

No tinguem por del que vindrà

El futur hem de guanyar!

Europa!  Europa!

Europa sempre endavant!

Que la nostra fe en la victòria

A tothom faci vibrar.

Portem amb orgull el blues escapulari,

Sentim els colors ben endintre del cor.

I que la nostra gran història

Poc a poc poguem retorbar.

Europa!  Europa!  Europa!

Endavant! Endavant!

 

Aprendido el himno, el paso siguiente fue conseguir una chaqueta de chándal o camiseta con la que me identificara con los demás hinchas en la tribuna. Así que visité una tienda deportiva que padecía la crisis económica, enfrente de los despachos del club, en la calle Secretari Coloma. Esport Match, tienda oficial de Givova, se llamaba, y tenía todo su stock en liquidación. Encontré una chaquetilla de chándal Umbro de la temporada 2000-2001, con el escudo en el pecho y en la espalda el C.E. EUROPA que se podía leer desde lejos, y que me daba un aire de hincha de toda la vida, un forofo vintage.

El domingo siguiente la lleve puesta. El equipo visitante era El Prat y como siempre me senté en una de las mesas de bar, al costado de la tribuna general. Chus, la encargada del bar, me sirvió bocata de Llom amb formatge, y un plato de ronyons a la planxa i patates.

Entonces un hombre viejo, con el pelo gris, de camisa blanca, pantalón y jersey negro, sobre el que relucía, a la altura del corazón, un pin del escudo del Europa, se acercó y me preguntó por qué no estaba jugando. No quise sacarlo de su propia historia. La que él mismo se había elucubrado en su cabeza. Así que le respondí que estaba lesionado. Un esguince de rodilla, le dije con ánimo de no seguir hablando.

-¡Qué lástima! -respondió-, el club necesita de tus goles. Recuerdo el que le anotaste al Manou, aquí mismo -me señaló el arco sur del campo-. La recibiste de espalda a la portería, fuera del área. Regateaste entre dos defensas, creo que eran Aleix y Dani. ¡Cómo pudiste pasar entre esos dos gegants de fiesta mayor! Chutaste de izquierda, tu pierna mala. Nada pudo hacer el portero. Fue tan bonita tu jugada, que Sacca se lanzó, pero no a atajar la pelota, sino para estar más cerca de ese golazo.

Escuché atento su narración. Y me imaginé a mí mismo dentro del campo sintético del Nou Sardenya, festejando ese gol con mis compañeros. Le dije que el próximo que anotara, a mi regreso a los campos, lo celebraría con él en la tribuna. Puso cara de tristeza. Y al tratar de interpelarlo, me detuvo levantando su mano. Miró a lado y lado, agachó su cabeza para susurrarme en el oído que quizás no hubiera otra oportunidad. Por la lesión, se había enterado de que el club se quería deshacer de mis servicio a mitad de temporada. Pero seguro que con mi talento ya encontraría otro club, quizás hasta de Segunda B o incluso Segunda A… iba a decir más, pero llegaron dos personas, una señora y un pequeño.

“Jaume, te he dicho que no puedes salir de casa sin alguien que te acompañe”, dijo la señora, tomándolo del brazo derecho. El chico hizo lo mismo con el izquierdo y lo condujeron hacia la puerta. Antes de salir a la calle Camèlies, el chico se devolvió y pidió excusas. “Lo siento, mi avi padece de Alzheimer, disculpa cualquier tipo de molestia que te haya provocado”. Desde el umbral de la puerta, antes de salir del estadio, Jaume se giró, levantó su brazo y gritó: “Visca L’Europa! Sempre endavant!”.

Por Wílmar Cabrera

 

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