“La muerte y el hincha”, Galder Reguera. La Caja Books

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“Yo era el único que creía que el amor por nuestros colores era incompatible con cualquier otro, estuviéramos en segunda B o en tercera división, ganáramos o perdiéramos. Eso me lo enseñó mi padre”.

 

¿Cómo funciona el engranaje emocional de un aficionado al fútbol? ¿Cuál es el secreto de ese enigmático impulso que lo lleva a vincular su vida al seguimiento por un equipo? ¿Cómo es posible que un fenómeno como un partido de fútbol, en el que no somos más que meros espectadores de cuanto sucede, llegue a afectarnos tanto como lo hace? ¿Puede el deporte del balón condicionar nuestras vidas hasta el punto de acabar con ellas?

El mítico Bill Shankly decía: “Algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso”. Santiago Roncagliolo, por su parte, escribía hace unos días un artículo en el diario El País titulado “Fanáticos” en el que dice: “En el fondo, los hinchas son así. Cada uno se identifica con algo tan vago y general como unos colores, y está dispuesto a dar la vida por ellos. No existen explicaciones de por qué cada persona asiste a un estadio, se endeuda para viajar a un mundial, llora más por la derrota del equipo que por su propio divorcio”.

Y, casualmente, el periodista Màrius Carol escribía también hace unos días el artículo “Tributo al fútbol” en La Vanguardia, donde decía: “He vuelto a releer el relato de Camus antes de la final del Mundial para entender por qué nos gusta tanto este deporte, por qué es capaz de hacernos tan felices o tan desdichados el hecho de que un balón entre o no en la portería”.

Así pues, la pregunta está clara: ¿dónde está el límite entre la pasión por un equipo y la propia vida?

 

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Ese planteamiento de fondo es el que encontramos en “La muerte y el hincha”, una novela corta de Galder Reguera que se incluye en esa maravilla que es “La Caja del Fútbol”, la atractiva y original propuesta editorial de La Caja Books. La caja en cuestión incluye también “La religión esférica” de Enrique Carretero y “Maradona en Humahuaca y otros goles con historia”, de Vicent Chilet.

 

“Qué sabían ellos, si su fútbol era de oro, de oro y brillantes y plástico y estadios llenos y focos que deslumbran. Qué sabían”

 

La muerte y el hincha” es una novela corta que se acaba devorando en un suspiro, casi como una obra de intriga pues las macabras coincidencias que van afectando a los protagonistas nos van arrastrando hasta la resolución de la historia. Pero es mucho más que eso, pues también plantea una acertada y profunda reflexión sobre lo que significa ser un aficionado al fútbol. Galder Reguera demuestra una vez más su habilidad a la hora de abordar lo futbolístico desde diferentes perspectivas.

Ya lo hizo con la maravillosa e imprescindible “Hijos del fútbol”, donde aplicaba el microscopio para descifrar cómo funciona la transmisión de la afición futbolera de padres a hijos. Y lo vuelve a hacer ahora, con una invitación indirecta a situarnos en el lugar de los protagonistas y terminar preguntándonos qué haríamos nosotros en su lugar.

SINOPSIS

 

Maka, Ariel, Mikel y Sergio son cuatro amigos unidos por una pasión: el fútbol. Cada uno es hincha de un equipo distinto. El día en que su club juega la final de la Copa del Rey, Maka aparece muerto en su cama. La desolación por la coincidencia de la muerte del hincha con la final de su equipo deja paso al miedo cuando lo mismo sucede con Ariel. El día en que su equipo disputa la ansiada final, muere. Quedan Sergio y Mikel. El destino enfrentará a sus clubes en una semifinal. ¿Celebrarán los goles de sus equipos, aunque la victoria tal vez suponga morir? ¿Desearán la derrota del club al que aman?

Galder Reguera ha escrito una conmovedora reflexión en torno a la figura del aficionado y el sentido último de la adhesión irracional a unos colores. Maka y su abnegada visión de la vida, donde la normalidad no se celebra. Ariel, hijo de intelectuales argentinos, con su pasión oculta en el armario. Mikel y su sensación de que el fútbol tritura a los héroes anónimos de la grada. Sergio y los recuerdos de un padre que ya no está. La muerte no se comprende, mascullan. Pero, ¿y la vida?

 

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Aquí hay aficionados al fútbol. Los parámetros que rigen a unos u otros, acaban siendo en el fondo los mismos, tanto si tu equipo es uno de los grandes, habituados a disputar finales a menudo como si es uno de los que se ven obligados a arrastrarse por el infierno de la segunda B. La afición, cuando es sincera, es vivida de la misma manera por unos y otros. Bueno, decir “vivida” en este caso puede sonar a sarcasmo, pues habría que decir, más bien, “muerta”.

A medida que las muertes de los protagonistas se van sucediendo la inevitable pregunta va cobrando cada vez más fuerza. ¿Qué importa más, la propia vida o la victoria de tu equipo? Este, como decía, es uno de los grandes temas de la novela, pero no faltan otros igual de interesantes en tanto que ayudan a comprender el significado de la condición de aficionado al fútbol.

 

“¿Unos niños jugaban con un balón, los bancos de la plaza como porterías? Qué bonita es la vida a veces, Maka.”

 

Así, hay referencias a la forma de vivir las victorias y las derrotas en función del tipo de equipo a quien uno siga (habituales a disputar finales o a “hundirse en las profundidades del fútbol de barro de la segunda B), al desprestigio que lo futbolístico ha tenido desde la esfera de lo intelectual (cada vez menor, afortunadamente), o a la transmisión de la afición por el fútbol que se produce entre padres e hijos, entre otros.

 

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Se trata, en definitiva, de una novela que cualquier aficionado al fútbol debería leer. Por un lado, porque se trata de una original trama que te acaba enganchando desde la primera frase:

 

“Tenían que hacerlo. Sabían que nadie lo comprendería. Sospechaban que era delito. Pero lo sentían como una obligación”.

Y, por otro, porque es una de esas lecturas que no abundan y que son muy necesarias para que todos aquellos que nos declaramos futboleros nos formulemos preguntas acerca de nuestra afición. Reflexionar sobre aquello que somos y hacemos siempre es sano.

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“Papeles en el viento”, de Eduardo Sacheri. Editorial Alfaguara

 

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Hace un tiempo publiqué una reseña sobre el libro “Las manos“, de Miguel A. Zapata. En aquel artículo intentaba elogiar lo magnífica que me había parecido, además de recomendar encarecidamente su lectura. Y, también, añadía que Mario Parreño, su protagonista, acababa de ser incorporado de manera definitiva a mi panteón de personajes entrañables.

Hoy tengo otro personaje para añadir. Se trata de El Ruso, uno de los protagonistas de la maravillosa “Papeles en el viento“, de Eduardo Sacheri. Un auténtico goce de novela en la que el citado Ruso es uno de los protagonistas. En realidad, podría incorporar a mi particular listado de personajes inolvidables a los cuatro amigos en torno a los cuales gira toda la historia, pero el vitalismo, carácter y actitud ante la vida del Ruso han hecho que me rinda a sus pies.

Últimamente estoy de suerte, puesto que no hago más que tropezarme con lecturas más que recomendables. Además -recordatorio una vez más para los escépticos- son historias en las que el fútbol está por ahí, como telón de fondo, como territorio en el que los personajes se desenvuelven, o simplemente como excusa para que el mecanismo de la vida se ponga en funcionamiento.

Aunque ya lo he dicho, pero vale la pena ponerse pesado e insistir: “Papeles en el viento” es una novela extraordinaria. Publicada en el 2012, y origen de la película del mismo nombre, se trata de una conmovedora y vitalista historia protagonizada por personajes entrañables, y en la que no faltan el humor, el drama e incluso las sorpresas y giros inesperados.

El origen de la trama se sitúa en la muerte del Mono (Alejandro, su nombre real) que tuvo la posibilidad de llegar a convertirse en futbolista profesional pero se quedó a medio camino. Su fallecimiento deja un legado un tanto especial. Por un lado, una hija, actualmente a cargo de su exmujer. Y, por otro, el resultado de sus primeros pasos en el mundo de la representación de jugadores. En concreto, los derechos de Mario Juan Bautista Pittilanga, un delantero mediocre que se va arrastrando por las categorías inferiores del fútbol argentino y de quien el Mono compró sus derechos esperando que llegara a ser una figura del fútbol mundial.

 

SINOPSIS

Alejandro, «El Mono», ha muerto. Su hermano y sus amigos, un grupo de hierro desde la infancia, apenas se dan tiempo para el dolor. Les preocupa Guadalupe, la hija del Mono. Quieren darle todo el amor que sentían por su amigo y asegurarle un futuro. Pero en el banco no quedó un peso. El Mono invirtió todo el dinero que tenía en la compra de un jugador de fútbol, un muchacho que prometía pero se quedó en promesa. Ahora está a préstamo en un club zaparrastroso del Interior. Y los trescientos mil dólares que costó su pase, a punto de evaporarse.

¿Cómo vender a un delantero que no hace goles? ¿Cómo moverse en un mundo cuyas reglas se desconocen? ¿Cómo seguir siendo amigos si los fracasos van abriendo fisuras en las antiguas lealtades? Fernando, Mauricio y el Ruso, con las escasas herramientas que poseen, desplegarán una serie de estrategias nacidas del ingenio, la torpeza, el desconcierto o la inspiración, para conseguir su objetivo.

Eduardo Sacheri demuestra una vez más su capacidad para construir personajes entrañables y contar historias que llegan de inmediato al lector. Papeles en el viento es un canto a la amistad, y una prueba de que el amor y el humor pueden más que la melancolía. Una invitación a pensar sobre el poder de la vida para abrirse paso a través del dolor y poner otra vez en marcha la rueda de los días.

 

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La muerte del Mono pondrá a prueba los lazos de amistad y el compromiso con el compañero desaparecido. Fernando, hermano del Mono y profesor de instituto; el Ruso, el mejor amigo del finado desde que eran niños y un apoyo incondicional hacia él a lo largo de toda su vida; y Mauricio, el triunfador de los cuatro, abogado que conduce un Audi y ha conseguido remontar el vuelo de la vida del barrio. Los tres harán lo posible por asegurar el futuro de Guadalupe, huérfana del Mono, y para ello intentarán hacer lo posible por recuperar la inversión que aquel hizo a la hora de comprar los derechos de Pittilanga.

La estructura de la novela va alternando presente y pasado, y las dos líneas van avanzando en paralelo. Una nos muestra los pasos que se van produciendo en el intento de rentabilizar a Pittilanga vendiéndolo a algún club europeo. La otra, nos enseña el momento en el que se conoce la enfermedad del Mono. Los diálogos son una maravilla, construidos a partir de un lenguaje natural, lleno de modismos argentinos que son una auténtica delicia y que hacen que el texto muestre una gran cercanía.

La forma de enfrentar la tesitura en la que se encuentran los amigos es digna de admirar, y uno envidia en algún momento de la lectura no formar parte de este grupito, que pese a los problemas personales que todos tienen en su día a día muestran una lealtad a prueba de bomba, seguramente gracias a una religión compartida: el fútbol.

 

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Lo del fútbol, en “Papeles en el viento“, es un ejemplo de lo que puede dar de sí como tema central. Eduardo Sacheri es uno de los grandes en este género. Sus relatos de temática futbolera son de lectura obligada, y es uno de los principales representantes de lo que supone la simbiosis entre fútbol y literatura, entre escritor y futbolero. “El fútbol, de la mano” o “La vida que pensamos” son sus obras más recientes de esta temática, pero en su bibliografía y el material de este tipo no es nuevo.

 

La vida que pensamos

 

Hincha declarado de Independiente, es uno de esos autores que consiguen transmitir la parte oculta que la mayoría no somos capaces de ver, lo que la punta del iceberg del fútbol, desde el punto de vista de la vivencia de las personas, insinúa pero somos incapaces de verbalizar. Por suerte, hay escritores como él que consiguen que no nos sintamos huérfanos de palabras que nos ayuden a entendernos a nosotros mismos.

Sacheri consigue con maestría meter en una coctelera fútbol, amistad, drama, comedia, emotividad y humanidad hasta conseguir elaborar una novela escandalosamente buena.

 

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Imagen de http://www.losandes.com.ar

El cómic “Dream Team” se convertirá en película

 

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Imagen de www.elperiodico.com

Dream Team“, el magnífico cómic escrito por Mario Torrecillas, ilustrado por Artur Laperla, y publicado por Reservoir Books en el 2014, será llevado a la gran pantalla. Será en Francia, con dirección de Julien Rappeneau (hijo de Jean-Paul Rappeneau, responsable de ‘Cyrano de Bergerac’) y se convertirá en el primer cómic español que es llevado al cine.

Se trata de una gran noticia que supone todo un reconocimiento a esta gran obra. Para quienes lo hemos leído y disfrutado (hablé de ella en este artículo) será una nueva oportunidad de regresar a esta emotiva historia. Y para quienes aún no lo hayan hecho será una oportunidad única para que esta joya regrese a la actualidad y consiga nuevos lectores.

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Dream Team” está protagonizado por Enzo, un niño de barrio con unas grandes habilidades futbolísticas. Tantas que un ojeador del Arsenal se acaba interesando en él. Al mismo tiempo, el pequeño Enzo debe lidiar con un padre problemático cuya vida va directa al precipicio. La situación llegará a  tal extremo que Enzo se propondrá como objetivo rescatar a su padre. ¿Cómo? Utilizando un arma del todo inesperada: la mentira.

 

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Una historia emocionante que es todo un canto a la esperanza. Protagonizada por personajes entrañables, llena de elementos para reflexionar y maravillosamente ilustrado, convirtiendo a “Dream Team” en un auténtico disfrute.

Aprovechad para leedlo.

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Recordando el Brasil-Italia del Mundial 82

 

Imagen de www.panenka.org

 

Hoy, 5 de julio, se cumplen 36 años de uno de los partidos más recordados de la historia de los mundiales: el Italia – Brasil del Mundial 82. Justo hace un año celebraba una actividad, en la Biblioteca Marta Mata de Cornellà, cuyo objetivo era el de comprobar de qué manera se transforma el fútbol en literatura. Aquel día estuve acompañado por Jorge Gamero, amigo, escritor y futbolero.

No pudo estar presencialmente Wilmar Cabrera, autor de “Los fantasmas de Sarrià visten de chándal“, novela en la que ese encuentro tiene un gran protagonismo, pero pudimos contextualizarlo gracias al vídeo de presentación que envió y que podéis ver en este enlace.

El calendario del Mundial de Rusia 2018 ha querido que hoy sea jornada de descanso. Aprovecho la ocasión para rememorar aquel 5 de julio y el artículo que publiqué.

Como complemento, os recomiendo el artículo publicado por Jairo Vicente en la web de la Revista Panenka,  bajo el título “Los seis días mágicos de Sarrià“, y en el que escribe sobre aquel partido:

A continuación, el artículo de hace un año:

 

 

Hoy, 5 de julio, se cumplen 35 años del memorable Brasil-Italia del Mundial 82 que se disputó en el desaparecido estadio de Sarrià. Un partido que recordaremos esta tarde en la Biblioteca Marta Mata de Cornellá, y que nos servirá también para hablar de fútbol y literatura.

Aquel encuentro generó artículos de prensa, crónicas, referencias en textos, algún relato e incluso una novela, “Los fantasmas de Sarriá visten de chándal”, escrita por Wilmar Cabrera, uno de los textos que tendrán un destacado papel en la sesión de esta tarde.

 

 

Otros ejemplos destacados de transformación de la vivencia de aquel partido en literatura son los que os dejo aquí. El primero corresponde a un fragmento de una de las crónicas escritas por Miguel Delibes, cuyo título es “Sobre el Mundial”, y que se encuentra recogida en “El otro fútbol”. El segundo es el artículo que Mario Vargas Llosapublicó con motivo de aquel legendario encuentro y cuyo título no puede ser más elocuente: “Un partido para la memoria”. El tercero es obra de Llorenç Bonet, y aparece en su libro “Camp de terra“. Y, por último, encontraréis otro fragmento del relato “Los antihéroes del 82” escrito por el periodista Ricard Torquemada.

Puro fútbol, pura literatura.

 

 

            ¿Qué Italia no realizó el mejor fútbol del Mundial? Eso por descontado. El esplendor, la brillantez y, en todo caso, el espectáculo, corrió a cargo del Brasil y, en ocasiones, de Francia y hasta de Polonia. Italia trenzó un fútbol rápido, eficaz y práctico; Brasil, vistoso, festivo, alegre, musical, tonificante. Brasil ha acertado al conjugar la fuerza y la filigrana, el malabarismo y la velocidad. Su fútbol es una fiesta. Para Brasil no rige ese socorrido principio de «sudar la camiseta». Su juego es eso, puro juego, un ejercicio de destreza, lúdico, simple y, sobre todo, asociado, todo lo contrario del fútbol laborioso, aplicado destajista que se le ha opuesto. Los cariocas constituyen un mundo aparte. Mientras Brasil juega, los demás trabajan”.

 

Miguel Delibes, en “El otro fútbol

 

 

 

Será un partido que recordaremos, del que hablaremos todavía cuando hayan pasado muchos años y sus principales protagonistas sean sólo nombres vinculados a la mitología del fútbol. Un partido que vimos con el corazón acelerado, en vilo, como algo electrizante y dramático y cuyos espectadores, tanto los abrumados con la derrota del Brasil como los exaltados con el triunfo de Italia, tendrán siempre por el más emocionante y el de mayor excelencia futbolística que ha visto este Mundial.

Estos son los contrastes y paradojas del balompié: Nada está escrito y la lógica se triza como un cristal. El mejor equipo de la Copa, el que partido a partido había venido exhibiendo el fútbol de calidad más elevada y consistente, cae derrotado, en un encuentro inolvidable, por una escuadra que, luego de unos comienzos mediocres y decepcionantes en la primera vuelta, había venido mejorando progresivamente hasta crecerse y demostrar que podía medirse con los más grandes de igual a igual y vencerIos.

Fui al Estadio de Sarriá con la seguridad de que los brasileños ganarían, pero, apenas ocupé mi lugar en la tribuna, y vi el estadio al tope, repartido entre esas dos barras animosas y multicolores, encrespadas de vítores, bocinas, bombos y banderas, tuve el pálpito de que algo sorprendente podría ocurrir. Estaba en el aire caliente y pegado en la expectativa de la gente, en la convicción rotunda de los hinchas de ambos bandos. Y en ese momento supe, con certeza total, que ganara quien ganara, el partido sería memorable.

Lo fue desde que se iniciaron las acciones y en esos primeros minutos, en que la pelota rodó por el centro de la cancha, entre los dos equipos fue evidente que se vería buen fútbol. Esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en el «match» con Argentina, Italia había salido, no a impedir que el adversario marcara goles, sino a marcarlos ella. No le quedaba otro remedio, por lo demás: el empate le bastaba a Brasil para clasificarse.

Sería una injusticia clamorosa decir que la escuadra de Enzo Bearzot ganó el partido porque la de Tele Santana jugó mal. Lo cierto es que, con excepción de algunas fallas de Serginho y de una cierta abulia de Waldir Peres —el portero es el más débil eslabón del equipo—, Brasil jugó magníficamente. Con la maestría y el pundonor de un campeón, luchando hasta el último instante por cerrar la ventaja que le sacó en tres ocasiones el once italiano. Lo consiguió por dos veces, merecidamente. Pero Italia anotó el tercer tanto y supo replegarse y resistir, con recursos de buena ley, hasta lograr esta clasificación que, más todavía que un triunfo sobre Brasil, significa la recuperación para Europa de un cetro futbolístico que se hallaba en América Latina.

El partido no tuvo un instante de abulia, anarquía o mediocridad. Las acciones se mantuvieron todo el tiempo en el nivel más alto, abundaron los tiros a los arcos, las jugadas inteligentes, las combinaciones primorosas y no hubo más brutalidad de la tolerable. No se puede hablar de un dominio de juego por alguno de los adversarios, pues, aunque, tal vez, la pelota estuvo más tiempo en el campo italiano –sobre todo en el segundo tiempo-, los contraataques de Italia fueron mucho más numerosos y más rápidos, y, también, lo más deslumbrante de la tarde.

Si, hasta ahora, la figura de esa delantera italiana había sido Conti, el gran señor y maestro de este partido fue Paolo Rossi, otrora legendario y que, en la primera fase, había interpretado un rol bastante pobre. Hoy estuvo lleno de ideas, de ímpetu, veloz, efectivo, fulminante en los remates, escurridizo en el regateo, potente al patear y astuto al cabecear. Sin desmerecer a sus compañeros, que jugaron, todos, admirablemente, Rossi fue el alma de este cuadro que se agigantó de manera increíble en relación con sus actuaciones anteriores en el Mundial.

Con una misión muy clara a cuestas, la de permanecer adelantado en todo momento, a fin de sujetar, retrasados, a los defensas brasileños y servir de ariete en los contragolpes de su cuadro, Rossi cumplió su cometido de maravilla, pero no contento con ello fue, también, un esforzado que, de cuando en cuando, bajaba a buscar el pase hasta su propio terreno y desde allí ponía en movimiento a Graziani, Conti o Tardelli en ofensivas relampagueantes y demoledoras. Los tres goles que marcó, y que destellarán sin duda mucho tiempo con una luz celestial para los italianos y un fulgor de infierno para los brasileños aficionados al fútbol, son un premio justísimo y una demostración concreta del magistral partido que jugó el delantero italiano.

Los comentaristas registran los ataques y contraataques de la tarde, la estadística probará que el equilibrio reinó todo el tiempo y que, si Italia ganó, fue porque Brasil no tuvo nadie que contuviera a un Rossi y, en cambio, Italia tuvo a un Gentile que no anuló a Zico pero sí lo disminuyó considerablemente.

Y esta vez –a diferencia de lo que hizo en el marcaje a Maradona- con más elegancia y destreza que violencia. Pero también el desempeño de los guardametas fue un factor decisivo a la hora en el resultado. Después de Rossi, el otro monstruo italiano de la cancha fue Zoff, quien, a la postre, resultó más efectivo a la hora de contener la ofensiva brasileña que el célebre «catenaccio» defensivo de su cuadro. No falló ni dudó ni se puso nervioso una sola vez. Los goles que le metieron Sócrates y Falcao sólo eran atajables con ayuda divina. Pero, en cambio, le vimos parar casi milagrosamente dos mortíferos chutazos de Falcao, otros dos cabezazos de Sócrates, salir siempre con oportunidad y despejar hábilmente con los puños cuando las circunstancias eran críticas. Waldir Peres, por su parte, estuvo nervioso, inseguro y sobre todo apático. De los tres goles que encajó, uno al menos era evitable si hubiera mostrado mejores reflejos.

Y bueno, con el desenlace del partido de esta tarde, el Mundial cambia de tónica de composición y de color. Echaremos de menos a los brasileños, no sólo a su fútbol vistoso y creador, sino también a la alegría de esa «torcida» que encendía las tribunas y las calles de España con su música, sus bailes, su buen humor a prueba de todo (incluidas, esperamos, las derrotas), y por supuesto que nos apenará no ver más, en los partidos que faltan, esa cometa mágica que salía de la «torcida» y se paseaba a ritmo de samba sobre la cancha animando subrepticiamente a sus jugadores.

Pero ni siquiera los que esperábamos el triunfo de Brasil debemos ponernos tristes. El fútbol es el fútbol y esta tarde hemos visto que lo que más admiramos en el cuadro brasileño puede lucirlo Italia cuando quiere: ingenio y garra, imaginación y destreza, alegría y potencia. Toquemos madera para que en los partidos que le falta jugar, Italia sepa estar a la altura de esa responsabilidad que con tanta valentía y talento ha conquistado en esta tarde histórica.

Mario Vargas Llosa, artículo publicado en el diario ABC

 

 

 

“El meu primer orgasme no me’l dóna una dona sinó que és fruit d’un partit que em canvia la vida. Es disputa al ja desaparegut camp de l’Espanyol a l’avinguda de Sarrià, un Itàlia-Brasil. Tres a dos a favor dels italians amb aquella fabulosa tarda de l’ídol Paolo Rossi, partit hipnotitzant per la bellesa estètica de dos equips que representaven estils antagònics executats brillantment. Encara ara, al Youtube visualitzo durant les tardes d’investigació futbolística aquella obra mestra que era el Brasil tècnic i elegant enfront d’una Itàlia tàctica i disciplinada. Els colors de la samarreta de la canarinha i el sobri disseny blau i blanc de l’escuadra italiana s’entrellaçaven a la Barcelona mediterrània i solejada en un moment de bellesa estètica memorable.

Llorenç Bonet en “Camp de terra

 

 

“El fútbol ha sido y será siempre mi compañero de viaje vital. Mi primer recuerdo de un partido completo es del Yugoslavia-España de finales del 1977, seguramente por el impacto de aquel gol tan valioso como extraño de Rubén Cano a centro imposible de Cardeñosa; mi primera redacción futbolística escolar y mi primera explosión de euforia en la niñez fue de la final de la Recopa de Basilea; mi primer enamoramiento, de Maradona; y mis primeras lágrimas alrededor del fútbol, luego llegaron muchas más, fueron con la eliminación de Brasil contra Italia en el Mundial de España de 1982. Vi aquel partido con mi padre, sentados en dos sillas de apartamento alquilado, en el comedor, en una televisión pequeña con antenas en blanco y negro”.

Ricard Torquemada en “Los antihéroes del 82

 

 

 

Bélgica-Japón, o Eric Castel-Capitan Tsubasa y una biblioteca futbolera

 

Imagen de www.libero.pe


El partido de octavos de final que ayer disputaron las selecciones de Bélgica y Japón será recordado, seguramente, como uno de los más atractivos del Mundial. No lo solo por la calidad futbolística que ambos equipos mostraron, sino por los inesperados y emocionantes vaivenes que fue dando el resultado.

A los veinte minutos de la segunda mitad Japon se había puesto por delante en el marcador con un 0 a 2. Poco después, tras el desconcierto que esos goles provocaron, los belgas se pusieron mano a la obra hasta conseguir empatar el encuentro. Y, como broche final, un épico y extraordinario gol en el último minuto dio la victoria a los diablo rojos, poniendo la guinda final al gran espectáculo futbolístico que unos y otros nos habían ofrecido.

Particularmente habría preferido que el desenlace final se hubiera producido en el último minuto de la prórroga. Eso habría significado más minutos de disfrute. La sensación al acabar, en cualquier caso, fue agridulce en cierto modo, pues creo que ambos merecían haber ganado. O, al menos, ninguno de los dos merecía marchar del Mundial tras haber regalado 90 minutos de espectáculo puro. Pero el fútbol es así. Y episodios como el de ayer son los responsables de que nos guste tanto.

 

Además de lo meramente futbolístico, el partido presentaba otro atractivo periférico: la relación de ambos países con los cómics de temática futbolera. Así, podríamos decir que también se enfrentaban “Eric Castel”, del belga Raymond Reading y “Capitan Tsubasa”, del japonés Yōichi Takahashi. Jugué con esa idea en un tweet, y Santiago García, autor junto a Pablo Ríos de la imprescindible “Fútbol. La novela gráfica”, lo definió a la perfección:

 

Curiosamente, el partido de ayer, en tanto que exponente de la relación entre fútbol y literatura (o fútbol y cómics, para ser más exactos) se celebró en Rostov, una ciudad con una atmósfera especialmente literaria durante estos días de Mundial. Y es que desde su Biblioteca pública ha puesto en marcha una interesantísima acción en la que el fútbol es el protagonista. Han dedicado un espacio a mostrar libros con esta temática, además de montar una exposición de obras artísticas relacionadas con el deporte e, incluso, colocar una pantalla gigante en el interior del edificio para poder seguir los partidos.

Clic en la imagen para ver el vídeo con la noticia: