“Odio el fútbol moderno. Un homenaje al fútbol de antaño”, de Carlos Roberto y Miquel Sanchis. Editorial Planeta

 

 

“El nacimiento de esta idea no se alimenta de otra cosa que de odio, pero es un odio que surge tras muchos años de devoción, de amor intenso e incondicional, de crecer amando algo que, cuando te quieres dar cuenta, ha cambiado. Al menos el objeto de deseo ha cambiado, porque tú te sigues sintiendo tan puro, tan fiel a tus principios y tus ideas como el primer día, aquella primavera”.

 

De vez en cuando le explico a mi hijo batallitas sobre mi época de jugador de fútbol en categorías regionales. Cuando eso sucede, existen una serie de temas recurrentes que siempre acaban acaparando la conversación. Son aquellos que se refieren a que hubo un tiempo en el que los campos eran de tierra, en el que los árbitros iban de negro, las botas de fútbol no tenían colorines, los balones, cuando no eran duros, tenían un bote imprevisible o eran imposibles de controlar cuando se mojaban por la lluvia…

Le cuento todas estas cosas y me mira con cara rara. Es lógico. Los tiempos han cambiado, y hay muchas cosas que le suenan a chino. También le digo que el fútbol profesional era muy diferente al actual. Le invito a que busque imágenes en YouTube, y miramos los escasos reportajes que se pueden encontrar protagonizados por jugadores de otra época como Mágico González, Sócrates, Roberto Baggio, Eric Cantona, Francescoli o, por supuesto, Maradona.

Por desgracia, las imágenes que se conservan son escasas y, lo peor de todo, de poca calidad, lo que hace que el visionado de aquellas jugadas, aquellos regates, aquella estética aparezca muy devaluada y no luzca lo que en realidad fue.

Y cuando le explico todo eso me entra una terrible nostalgia por aquella época que ya nunca volverá. Más que aquel fútbol –que también- lo que en el fondo añoro es mi infancia y mi juventud. Porque, una vez más, “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia”, y durante aquel periodo el niño que fui vivía el fútbol como lo que era: un asunto que no era cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante, como decía Bill Shankly.

 

Echo de menos los cromos de entonces –¡qué sensación la de encontrar alguno de tus jugadores preferidos!-, y también echo de menos el goce que sentía con la revista Don Balón. Conservaba mis ejemplares como oro en paño, y recortaba fotografías para engancharlas en mi carpeta de estudiante. Nunca olvidaré el verde del césped de aquellas imágenes. Creo que la textura de aquellas fotografías tenía un encanto que, aún siendo de una calidad infinitamente superior no tienen las actuales.

No conservo nada de aquella época. Mis revistas se desintegraron en alguna mudanza, mis álbumes de cromos en algún arrebato juvenil de cambio de intereses. Y hoy me encantaría haberlos podido conservar y poderles echar un vistazo cuando añoro el pasado. Pero como eso no es posible, hasta ahora no me quedaba otro remedio que regalarme con algún paseo de vez en cuando por el Dominical del Mercat de Sant Antoni, y buscar, tocar, ojear y hojear revistas y álbumes de cromos.

Pero a partir de hoy eso ha cambiado en parte, porque acaba de aparecer un auténtico salvavidas para los nostálgicos de aquella época. Y es que la editorial Planeta acaba de publicar “Odio el fútbol moderno. Un homenaje al fútbol de antaño“, una obra de Carlos RobertoMiquel Sanchis, los responsables de la misma página de Facebook que pusieron en marcha hace unos años y que durante todo este tiempo ha ido creciendo y actuando como terapia y manantial para añorados del fútbol de décadas atrás.

 

 

Recibo la publicación de “Odio el fútbol moderno” como una forma de recuperar el disfrute que los álbumes me proporcionaban en mis tiempos de niño. De la misma manera que en aquellos tiempos miraba embelesado los cromos que iba enganchando, he vuelto a revivir aquella sensación al ojear y hojear las páginas de esta obra que es un soplo de aire fresco que ayuda a rejuvenecer nuestra memoria futbolística. La foto de portada ya es de póster, pero el interior es casi hipnótico:

SINOPSIS

Si, en el sopor de la meseta de un martes insustancial —y sin Champions—, emergen en tu recuerdo, con toda su pompa, sugerentes nombres como Mágico González, Dennis Bergkamp o Losantos Omar, entonces este es tu libro.

Si conservas esa camiseta Meyba, Cejudo, Massana, Le coq sportif, o incluso sin marca —y por supuesto sin el nombre de ningún jugador a la espalda—, este es tu libro.

Si consideras que las transacciones más legítimas que se han hecho en el fútbol de los últimos veinte años las hiciste tú desde tu ordenador con el PC Fútbol, este es tu libro.

Si odias el fútbol moderno tanto como nosotros, vas a disfrutar de este libro.

 

 

Volver a escuchar nombres de árbitros –con dos apellidos, por supuesto-, de imaginar cómo debían ser aquellos estadios cuyos nombres escuchábamos por la radio –el Helmántico, el Sadar, la Condomina, Castalia y ¡goool en Las Gaunas!-, comprobar que nuestra memoria no nos traicionaba cuando recordábamos que los futbolistas de entonces vestían pantalones minúsculos y apretados, y botas en blanco y negro, que el césped de aquellos terrenos de juego era de todo menos una alfombra (y, aún así, qué maravillas conseguían hacer algunos jugadores sobre aquella superficie: qué no habrían sido capaces de hacer con las de ahora)…

Comprobar que sí, hubo un tiempo en el que los jugadores eran individuos para quienes las cuestiones estéticas eran secundarias (y si no, echar un vistazo a la sección bigotudos con Bergomi, Stielike, Panenka o Chalana) y que para ser un ídolo no hacía falta tener un careto especialmente afortunado (Spasic, Prosinecki o el gran “Míster Proper” Dertycia). Una época pasada en la que el fútbol era muy diferente, y nada mejor que este libro para comprobarlo y demostrarlo.

Odio el fútbol moderno” viene a ocupar un hueco necesario en nuestros recuerdos, al mismo tiempo que abre la puerta a nuevas publicaciones en la misma línea, pues es mucho lo que aquel fútbol nos dejó, y es mucho lo que podemos recuperar y disfrutar con obras como esta.

Me gustaría también destacar el colorido presente en la obra, sobre el que me tomo la libertad de proyectar cierto simbolismo. El fútbol de mi infancia era mayoritariamente en blanco en negro: uniformes arbitrales, botas, imágenes de televisión y balones. El principal (e impactante) contacto que de niño teníamos con el color era cuando tenías la suerte de acudir a un estadio a ver un partido. Era entonces, cuando contemplabas por primera vez la alfombra verde del terreno de juego, cuando percibías que en el fútbol, también había colores. Gracias a este libro, he recuperado el color para gran parte de mis recuerdos futbolísticos de antaño.

 

El germen del libro está en la página de Factbook que los autores crearon con la intención de dar rienda suelta a su indignación ante la que consideran deriva del fútbol actual, donde el marketing tiene cada vez un mayor protagonismo. El espacio virtual se fue llenando de contenidos que reivindicaban el fútbol de antaño. Y una parte del abundante material que se ha ido incorporando ha servido para acabar dando forma a esta publicación.

Una obra que nos va a servir de terapia curativa para aquellos momentos en los que necesitemos recuperar una autenticidad en parte desaparecida del mundo del fútbol.

Las secciones en las que el libro está dividido es toda una declaración de intenciones: ‘Aquellos torneos de antes’, ‘Top Ten hazañas europeas’, ‘Franjas y colores, ‘Entrenadores’, ‘Estadios’, ‘Futbolistas de otra era’, ‘Árbitros’, ‘Mundiales’, ‘30 razones para odiar el fútbol moderno’, ‘Ni mechas ni gomina: calvos y bigotudos’, ‘Clásicos en horas bajas’, ‘Merchandising antes del merchandising’, ‘España en las grandes citas’, ‘El fútbol como arte’, ‘¿Es nostalgia lo que nos mueve?’, ‘Pasatiempos’ y ‘Agradecimientos’.

En la web de la editorial leemos que Miquel Sanchis y Carlos Roberto, responsables de la página y autores del libro, comparten una visión negativa del balompié de nuestros días, en el que el marketing y el mercantilismo tienen tanta importancia (o más) que si el balón entra o no en la portería. Con su página han intentado recuperar el recuerdo de futbolistas sin depilarse y de entrenadores en chándal, con la esperanza de que aquel deporte de valores y sentimientos pueda regresar algún día.

Esta maravillosa publicación, idónea para regresar continuamente a ella abriéndola por cualquier capítulo, consigue acercarnos de nuevo a aquellos tiempos en los que la esencia del fútbol era diferente a la actual.

 

Anuncios

Un Boca – River… también para leer

 

 

La final de la Copa Libertadores de América que comienza hoy y que disputarán a doble partido Boca Juniors  y River Plate está dando (y dará) mucho que hablar. Explica Martín Caparrós que un periodista, tras salir de un Boca-River, le dijo:

—Lo que pasa es que en la Argentina el partido no se juega el domingo sino el lunes.

Se habla y se hablará. Se escribe y se escribirá. Y, alrededor de los partidos que se vienen, se lee y se leerá.

De momento, dejo aquí los enlaces a algunos textos relacionados con el superclásico:

 

Imagen de www.argentina.as.com

Imagen de www.listasdefutbol.com

“Los Futbolísimos. El musical”, de Roberto Santiago y Enrique Lorenzo. SM Ediciones

 

Varias imágenes pasan por la pantalla de un móvil. Alguien está viendo fotografías de los nueve futbolísimos, tal y como eran con once años: sonriendo, jugando, entrenando, en alguno de sus viajes… Parecen felices de compartir juntos esos momentos.

 

Acabo de terminar la maravillosa propuesta que amplia el universo de “Los Futbolísimos“. Tras la exitosa y espero que duradera serie de libros, y después de dar el salto a la gran pantalla del pasado verano, el que sin duda es uno de los equipos más famosos de la literatura infantil abre una nueva línea: la creación de un musical estrenado el pasado 20 de octubre y que se podrá ver en el Teatro La Latina de Madrid hasta el próximo 20 de enero.

En relación con esta nueva experiencia hay dos tipos de afortunados. Quienes han podido ver la obra en directo y quienes, de momento, nos hemos tenido que conformar con la lectura del texto de la obra de teatro, que no es poco. La distancia ha hecho que mi caso haya sido este último, pero he disfrutado tanto con el libro y la cuidada edición de  la editorial SM que no puedo hacer más que recomendar su lectura al público infantil.

El responsable del texto es Roberto Santiago, siendo las ilustraciones de Enrique Lorenzo. El libro aplica las líneas principales que tanto éxito han proporcionado a la serie (misterio, humor, fútbol…) aunque introduciendo una importante innovación: nos encontramos ante la lectura de una obra de teatro.

 

 

Me parece que este es un aspecto muy innovador que hay que resaltar, pues abre la puerta a otros formatos de lectura a los que el público al que se dirige el volumen no está tan acostumbrado. Sin embargo, no tengo duda alguna en que el segmento infantil disfrutará igualmente que con el resto de volúmenes de la colección.

La historia parte de una original propuesta: llevarnos hasta dentro de diez años, cuando los integrantes del equipo de Soto Alto han seguido caminos diferentes en sus vidas y volver a reunirlos. ¿Con qué intención? Bueno, eso deberá descubrirlo el lector. Aunque lo que se encontrará se mantiene en absoluta consonancia con todo lo que hemos podido leer en los diferentes volúmenes de la serie. Los personajes, pese al tiempo transcurrido, conservan los mismos rasgos de carácter que de niños. Ha pasado el tiempo, pero todos siguen siendo perfectamente reconocibles.

 

SINOPSIS

Érase una vez un grupo de niños y niñas que jugaban al fútbol y resolvían misterios en un pequeño pueblo. Los nueve hicieron un pacto secreto, el pacto de los Futbolísimos. Prometieron permanecer siempre juntos y ayudarse unos a otros. Pero, con el paso del tiempo, se marcharon del pueblo. Esta historia empieza justamente diez años después de la última vez que se vieron. Y empieza con una carta. Porque, sí, aunque os parezca raro… ¡todavía hay gente que escribe cartas!

 

 

La acción arranca con la recepción de una carta por parte de todos ellos. Alguien les ha escrito para que vuelvan a reunirse, y aquí ya encontramos el primer enigma. ¿Para qué? Durante diez años han permanecido prácticamente sin contacto alguno, y ahora, alguien les pide que se vuelvan a reunir. A partir de aquí, entramos en el centro de la historia, y la esencia “futbolísimos” volverá a brillar.

La obra se estructura en trece escenas muy dinámicas, que avanzan a base de ágiles diálogos y una intriga (como es habitual) que no se desvela prácticamente hasta el final.

La serie, como decía anteriormente, da un paso más allá con una propuesta atrevida que hay que valorar, pues va a ayudar a que sus miles de seguidores se enfrenten a un tipo de lectura –un texto teatral- que será novedoso para la inmensa mayoría de ellos. Pero lo van a hacer de una forma amena y divertida, con una historia como esta, algo que me parece, en el fondo, una gran acción de fomento de la lectura.

Acercar a los lectores infantiles no solo a los libros, sino a los nuevos géneros, no es fácil. Pero experiencias como esta son de una gran ayuda para conseguirlo. Por eso, y tal y como en el mismo libro se recomienda en cuanto a las canciones, se trata de un material que puede hacer una gran labor en las escuelas.

 

 

Una propuesta valiente que combina musical, lectura y fútbol, que merece triunfar y recibir el aplauso de lectores y espectadores.

La pregunta ahora es: tras la serie de libros, la película y el musical… ¿cuál será la próxima sorpresa de “Los futbolísimos”?

Podéis leer el primer capítulo desde este enlace.

 

 

Un llamamiento a la RAE: el balón se ¿coló? ¿colgó? ¿encajó? ¿voló la bola?

 

Imagen de www.gistain.net

 

Hace un par de días publiqué un hilo en twitter que terminaba con una petición a la RAE: intentar aclarar qué término hay que utilizar para referirse a ese trágico momento en el que se “cuela” un balón. ¿Existe una palabra que defina ese suceso? Por la importancia de lo que supone  para quien lo experimenta pienso, humildemente, que debería haberla.

Transcribo a continuación el hilo en el que explicaba el origen de mi petición. Y por si alguien siente curiosidad al respecto, simplemente aclarar que se trata de hechos absolutamente reales. Allá va:

 

Koldo pisó el balón, escupió y dio unos pasos atrás, el último en ligera curva hacia su izquierda. Trató de golpear el balón con el empeine, pero lo hizo con el exterior y el balón salió bombeado y se coló por encima de un muro de cantos rodados.

– La cagaste -dijo Fichu.

– ¡Calla, capullo!

– No sabes acomodar el cuerpo.

– Que te calles.

Miraron boquiabiertos la hilera de cristales amarillos y verdes que coronaba el muro.

– Ni un día -dijo Koldo pateando la gravilla-. Joder, ni un puto día me ha durado el balón.

 

Lo que acabáis de leer es un trozo de “Fuera de juego”, una magnífica novela de Miguel Ángel Ortiz Olivera publicada en el 2015 por Caballo de Troya. El fragmento describe una de las experiencias más traumáticas que te pueden suceder cuando eres un niño: la pérdida de un balón.

Otro ejemplo aparece en la maravillosa “Hijos del fútbol” de Galder Reguera, y publicada en el 2017 por Lince Ediciones. Lo describe así:

 

“Esta tarde he encajado el balón de Oihan en uno de los balcones interiores de la plaza de la antigua iglesia, donde jugábamos a refugio de la lluvia. Ha sido tras una volea que pretendía ser magnífica, como la de Zidane en Glasgow, y ha salido como ha salido.

El lugar adonde ha ido a parar es inalcanzable. Aterrado, he buscado la mirada de mi hijo”.

 

Ambas situaciones me recuerdan a uno de los momentos más traumáticos de mi infancia. Debía tener unos 10 u 11 años. Pese al tiempo transcurrido, lo recuerdo con tanta claridad como si acabara de suceder. Voy a explicarlo.

Nací en un humilde barrio obrero de Cornellà, de familias mayoritariamente inmigrantes. A finales de los 70, la calle era el territorio de juegos de todos los niños que allí vivíamos. Éramos muchos, y jugábamos, sobre todo, al fútbol, bocadillo en mano y hasta el anochecer.

 

Imagen de www.futbolenpositivo.com

 

A la hora de jugar siempre nos juntábamos más de veinte, lo que nos permitía formar extensos equipos. En cambio, no abundaban ni ropa ni zapatillas de marca. Ni tampoco, mucho peor aún, balones a los que dar patadas.

Una de las peticiones estrella para el día de Reyes era un balón de reglamento. Aunque la realidad es que lo que se dice de ‘reglamento reglamento’ creo que jamás llegamos a ver ninguno por allí.

 

 

Como mucho, quienes escribían ese deseo en su carta acababan recibiendo, en el mejor de los casos, algún sucedáneo. En el fondo, no importaba demasiado si lo que nos traían no era de cuero ni estaba homologado por la FIFA. Mientras fuera más o menos redondo y susceptible de ser chutado ya nos dábamos por satisfechos.

Aún así, y pese a que los balones a los que podíamos aspirar la mayoría de niños del barrio eran de baratillo y de mercadillo, no los había en todas las casas.

Por eso, el afortunado poseedor de uno acostumbraba a ser el niño mejor tratado de la calle. Algo así como la reina de la fiesta. Aunque te cayera como un tiro, por el simple hecho de tener una pelota con la que jugar, aquel niño se convertía automáticamente en sangre de tu sangre.

Se le defendía como a la propia vida. Y más valía hacerlo así, porque si por la razón que fuera una tarde se le cruzaban los cables y decidía no bajar a jugar a la calle, nos quedábamos sin partido.

 

 

El ritual era siempre el mismo. Después del cole, y a la hora de la merienda, nos íbamos reuniendo en la calle. Si el dueño del balón tardaba en aparecer se le comenzaba a gritar por su nombre a grito pelado. “¡¡¡Manuuuuuuuuuu!!! (nombre real) ¿¿¿¿bajaaaaaaaasss???”

Excepto cuando había castigo de por medio, lo habitual, tras unos segundos de angustiosa espera, era recibir la ansiada respuesta desde alguna de las ventanas de su edificio: “¡¡¡Síiiiiii!!!”. A partir de aquel momento, el mundo se convertía en un lugar maravilloso.

 

 

Y en cuanto el portal de su casa se abría y de sus profundidades emergía el susodicho con la pelota entre sus manos la galaxia y el universo entero se convertían en un festival de fuegos artificiales.

 

 

Pero un día, el balón de Manu se “coló”. Una de las aceras de nuestra calle limitaba con una antigua y enorme fábrica de candados que estaba abandonada. Una auténtica fortaleza absolutamente inexpugnable. Algo similar a esto:

 

 

Su gigantesca fachada, de una altura descomunal, hacía imposible que nada -excepto un pájaro, un avión o los restos de un satélite- fuera capaz de acceder al otro lado.

Bueno, imposible hasta que sucedió. Han pasado 40 años desde aquello, y aún hoy, si vas por el barrio y sacas a relucir la historia del balón de Manu, te hablarán de ella como de un suceso paranormal digno de Milenio 4.

– Chico, era imposible que se colara, pero se coló –responden los más viejos del lugar-. Aquello fue cosa de brujería.

 

 

El caso es que el balón de Manu desapareció engullido por el edificio de la fábrica. El pobre, con razón, cogió una depresión de caballo. Y a nosotros, la perspectiva de quedarnos sin jugar al fútbol, nos causó una tremenda sensación de desamparo.

Si alguien hubiera escrito un relato entonces lo habría titulado como el libro de Ishiguro: “Cuando fuimos huérfanos“.

Durante unos días no pudimos jugar al fútbol. Aunque a los ojos de hoy día parezca increíble, nadie más tenía una triste pelota. Ni de plástico. Así que volvimos a jugar con cromos, a hacer carreras de chapas y, para no perder la práctica de chutar, al bote.

Fuera como fuese, la alegría desapareció de aquella calle. Pero yo “empaticé” bastante con Manu, y eso que jamás se había oído tal palabra en el barrio. Así que me propuse conseguir una pelota para que fútbol y felicidad regresaran a nuestra calle.

Precisamente, hacía por lo menos tres meses que estaba intentando que mis padres me compraran un balón: me portaba bien, hacía los deberes, traía buenas notas del cole e incluso ayudaba en casa.

 

 

Objetivo: conseguir que a mis padres -bueno, más bien a mi madre- se le reblandeciera el corazón y accediera a comprarme la ansiada pelota.

Mi campaña tuvo un acto central: levantarme cada sábado a las seis de la mañana para acompañarla al mercado a comprar. Mi labor consistía en hacer de sherpa transportando el carro de la compra, y en guardar la tanda en las paradas que ella me iba diciendo.

Yo miraba todo aquello con mi cara de sueño, llena de legañas, sintiéndome un auténtico extraterrestre entre tanta frutería, pescadería, carnicería, trasiego de hombres y mujeres para arriba y para abajo, olores, colores, sabores…

Incluso creo que mi tuve mi primer flechazo allí, al enamorarme de la dependienta de una parada de “Ultramarinos”. Pero eso es otra historia.

 

 

Esperaba tiernamente como un pasmarote, en la cola de aquellas paradas, hasta que alguien preguntaba: “¿La última?“. Y yo, entonces, emitía un tímido e inaudible “yo” que más parecía un gallo que una respuesta.

 

 

Desde casa hasta el mercado había poco más de medio kilómetro. Una distancia que recorríamos caminando en unos 10 minutos. A mitad de trayecto había una tienda de material deportivo (la única que existía en la zona en aquella época) que se llamaba Lafaja.

 

 

Lafaja era el apellido de una familia de Cornellà de tradición deportiva. Tenían un pequeño establecimiento con un par de grandes escaparates con material deportivo de todo tipo. De vez en cuando me acercaba hasta allí a soñar que disfrutaba de lo que contenía.

Y también a comprar … sellos. Sí, sellos. Hacía poco que me había aficionado a la filatelia, y durante un tiempo hice allí las modestas adquisiciones para mi sencillo álbum.

 

 

Por supuesto, distribuían también material de montaña. Y fue en aquella tienda donde me compraron mi primera mochila, mi primer saco de dormir, y mi primera cantimplora.

Y, lo más importante del mundo mundial, vendían material futbolero: camisetas, pantalones, medias, botas… y balones de reglamento.

Lafaja, en fin, era un auténtico oasis entre las tiendas del barrio.

 

 

Cada vez que pasaba por allí me quedaba embelesado mirando el escaparate y las esferas perfectas que allí se exponían, como si fueran auténticas joyas.

Y cada vez que pasaba por allí acompañando a mi madre y arrastrando su carro de la compra la forzaba a detenerse ante el cristal para enseñarle lo que tanto ansiaba y deseaba: un balón.

Mi particular campaña de insistencia duró unos dos o tres meses. Sábado tras sábado ejecuté la misma rutina: madrugón, guardar tanda en las paradas del mercado, vuelta a casa arrastrando el carro… y avituallamiento visual en el escaparate de Lafaja.

Y un día sucedió. Supongo que mi madre debía conocerse ya de memoria los productos del escaparate de Lafaja. Y uno de aquellos sábados, el que hacía treinta o cuarenta, ves a saber, tras detenernos una vez más a contemplarlo dijo: ¡venga, entra ya y coge la pelota!

A mi me faltó tiempo para sentirme Picapiedra y gritar Yabadabaduuuuuu, y para entrar de estampida a la tienda y dirigirme emocionado hacia el dueño.

El interior no era demasiado grande. Tenía el mostrador al fondo, y en las paredes de la derecha y la izquierda unas vitrinas de cristal con los diferentes productos ordenados por tipología.

Las pelotas y balones de fútbol, rugby, baloncesto y otros deportes estaban en la parte superior. Antes de que mi madre se arrepintiera grité excitado al señor Lafaja: “¡Quiero una pelota!“.

Él me miró muy serio. Tenía un rostro que impresionaba, imponente como un bloque escultórico. Me miró desde las alturas y me preguntó: “¿Cuál?

Y justo entonces, cuando inicié el giro para señalarle el balón de reglamento con el cuero más brillante que jamás había visto, la voz de mi madre atronó en la tienda: “Esta“, dijo, señalando una pelota casi oculta al final del estante, de un material que de cuero tenía poco.

¡Mamá!“, dije imaginando lo peor. “Esa pelota es de plástico… o de algo parecido, y no es ni de fútbol. ¿No ves que es más pequeña que las otras?“, imploré.

 

 

Yo no sé a que deporte correspondería aquella pelota. Ni siquiera sé si era la pelota correspondiente para la práctica de algún deporte. Tenía una textura de plástico duro, y su color era tirando a marfil.

Era un poco más grande que una de balonmano, pero más pequeña que una de fútbol. “Mamá“, volví a insistir. Y ella, impasible, sentenció: “O la coges o nos vamos“. Y el señor Lafaja me dirigió una seca y fulminante mirada que parecía decir “Yo de ti la cogería, chaval“.

 

 

Y la cogí. ¡Qué remedio! Más valía aquello que nada. Era realmente fea, pero tenía el encanto de esas mascotas a las que acabas cogiendo un gran cariño pese a que son horrorosas.

En cuanto abandonamos la tienda la decepción por no haber conseguido el balón de reglamento se me pasó rápido al pensar que en apenas unos minutos llegaría a la calle y podríamos volver a jugar al fútbol.

De mejor o peor calidad, la realidad era que volvíamos a tener una pelota, y ya imaginaba los driblings, caños, paredes y goles que marcaría ese mismo día.

Impaciente por llegar cuanto antes a mi calle y enseñar la nueva adquisición fuimos avanzando los tres, mi madre, la pelota y yo. Bueno, mejor dicho, los cuatro: mi madre, la pelota, el carro y yo.

Al cabo de unos minutos dejamos la calle Rubió i Ors y giramos hacia Miguel de Roncalí, justo en la esquina donde se encontraba la vaquería de la familia de Daniel Solsona, aquel gran jugador que pasó por el Espanyol y el Valencia, entre otros equipos.

 

 

Solsona era un auténtico ídolo para los niños de Cornellà. Cada día, de camino para el cole, pasaba por delante de la vaquería que allí tenían sus padres. Había que cruzar un callejón en el que olía a vaca.

Pero también se respiraba fútbol. Y aquel sábado, pasar por delante de la tienda de la familia Solsona con mi balón (o lo que aquello fuera) en las manos me hizo sentir futbolista.

Nuestro destino ya se encontraba cerca. Apenas a 300 metros estaba el final de esa calle, justo en la confluencia con Campoamor, donde yo vivía. Miguel de Roncalí terminaba en un terraplén construido años atrás como barrera ante los periódicos desbordamientos del río Llobregat.

Entre el final de la calle y el terraplén había un espacio que solíamos utilizar para jugar. Justo a la derecha había una fábrica de mármoles, y más allá la fábrica de candados que se tragó el balón de Manu.

Al pie del terraplén circulaba un canal de aproximadamente un metro y medio de ancho y otro metro de profundidad. Era un curso de agua que abastecía a los huertos de los agricultores de la zona.

 

 

El canal, como nos referíamos a él, cruzaba varias poblaciones. Nosotros lo utilizábamos, básicamente, de tres maneras. La primera, para lanzar trozos de madera que simulaban ser barcos que hacían carreras al ser arrastrados por la corriente.

La segunda, para hacernos los chulos delante de las niñas saltándolo de lado a lado. Y, la mejor de todas, la tercera, para partirnos de risa cada vez que alguien, al saltarlo, acababa cayendo al agua.

 

 

Junto al canal, y un poco por debajo de él, circulaba otro curso de agua. A diferencia del primero, que discurría en superficie, este iba mayoritariamente bajo tierra. Solo era posible saber de su existencia porque en algunos tramos de calles había una especie de respiradero.

Aquellos respiraderos consistían en una sencilla abertura de apenas 40 cm. Justo en medio tenían dos finas barras de hierro, lo que impedía, por ejemplo, que un niño se pudiera colar por allí.

Terraplén, canal y callejón era el horizonte al que nos acercábamos mi madre, el carro, la pelota y yo. A 50 metros de nuestro destino ya veía a mis amigos al fondo, jugando a canicas, ajenos por completo a la sorpresa que estaba a punto de darles en cuanto vieran la pelota.

¡¡¡Ehhhhhh colegaaaas!!! ¡¡¡Mirad qué tengo!!!“, grité con toda la potencia que pude. Todos, los casi veinte que allí había, miraron entonces hacia el lugar del que procedía la voz. Y yo levanté la pelota como si fuera la mismísima copa del mundo para que todos la vieran.

Jamás olvidaré las caras de asombro y satisfacción que todos pusieron. Cuarenta ojos intentando salir de sus órbitas, y veinte campanillas intentando imitar a los ojos mientras gritaban ¡¡¡Bieeeeennnnn!!!

Explica Eduardo Galeano en “El fútbol a sol y sombra” que una vez, un periodista preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle: ¿Cómo explicaría usted a un niño lo que es la felicidad?

 

– No se lo explicaría –respondió ella-. Le tiraría una pelota para que jugara

 

Yo no había leído ni a Galeano ni a la alemana esa, pero algo en mi interior ya intuía que la felicidad era eso, y que lo que procedía en aquel momento era demostrar que podía hacer felices a un grupo de niños. Así que chuté.

No fue un disparo potente. No fue ni un cañonazo ni un cañardo, como denominábamos a los chuts más poderosos. Simplemente fue un chut con la fuerza suficiente para enviar la pelota hasta el lugar en el que se encontraban mis amigos. Como mucho, unos 30 metros.

Cuando la pelota alcanzó al grupo los dos que se encontraban más cerca intentaron detenerla pero les pasó entre las piernas. A continuación, la pelota tropezó en un pie y salió despedida hasta una rodilla, rebotando de nuevo para volver a pasar bajo las piernas de dos niños más.

De momento, la pelota había salvado ya los intentos de control de al menos 9 niños. Y seguía avanzando. Yo comencé a intuir lo peor, y de mi boca comenzó a salir un silencioso “no, no, no, no por favor, no, no por favor…“.

 

 

El balón siguió avanzando sin que nadie fuera capaz de detenerlo, como si estuviera fabricado de un material etéreo, inmune a las leyes de la física. Quizá el hecho de que no fuese de reglamento tenía algo que ver en su falta de corporeidad.

Porque, ¿cómo explicar si no que nadie hubiera conseguido detenerlo aún?

Hipnotizado por aquel avance implacable, comencé a temer lo peor. Los últimos cuatro niños que quedaban, los situados al fondo del grupo, hicieron el último intento. Juro que dos de ellos se tiraron y se estiraron sobre el suelo cual porteros…,

… pero la pelota pasó bajo su cuerpo de forma inexplicable. Bueno, más bien debería decir que “la pelota ATRAVESÓ sus cuerpos”.

 

 

Y entonces, mis ojos dejaron de mirar la pelota y se centraron en el horror, el horror. Allí estaba el respiradero del canal, una boca oscura y tenebrosa, la puerta de acceso al corazón de las tinieblas.

Pero tuve entonces una chispa de esperanza al pensar en las dos delgadas barras de hierro situadas en el centro de la abertura. Entre los barrotes y estos y la pared del orificio había, exactamente, 22,7 cm.

Un día fui a medirlo.

22,7 cm. Mi pelota tenía un diámetro de 22,6 cm exactamente. Lo comprobé. Un día le pedí al señor Lafaja que me dejara una idéntica a la mía para medirla.

¿Cuál es la probabilidad de que una esfera de 22,6 cm. supere a veinte niños que intentan detenerla y acabe entrando limpia por un agujero de 22,7cm. de anchura?

Las matemáticas dirán lo que quieran. Pero en mi caso, aquel día, la probabilidad fue de infinito.

Y aquel balón, lentamente, como aceptando su destino, entró en el agujero y desapareció para siempre ante la mirada atónita de todos los que allí estábamos.

El horror, el horror.

 

 

Pasaron los años, pero nunca olvidé aquella pelota ni aquella horrible visión. Todavía, de vez en cuando, tengo pesadillas y despierto sudoroso en la noche al volver a vivir la escena.

Y todavía recuerdo las palabras de mi madre, testigo de excepción de lo que ocurrió: “¿Para eso querías una pelota? Mañana vas y me pides otra”.

Tanto me marcó lo sucedido que un día decidí escribir una historia. No aquella historia en concreto, que es demasiado dolorosa para mi. Sino una historia sobre balones desaparecidos.

¿Qué niño no ha vivido la terrible experiencia de ver cómo pierde una pelota? Un poco como exorcismo de aquella experiencia he escrito una novela infantil. Podría haber puesto, debajo del título, “Basada en hechos reales”.

Ahora comenzaré el periplo de enviarla a editoriales y todo eso. Llegar algún día a verla publicada me haría ilusión, para qué nos vamos a engañar. Pero eso, como el flechazo con la dependienta de la tienda de ultramarinos, ya es otra historia.

El hecho es que, como decía, uno de los ejes principales es la desaparición de un balón. Y desde que acabé de escribir la novela hay algo que me inquieta y a lo que no dejo de dar vueltas.

¿Existe alguna palabra para describir el hecho de perder un balón? ¿Debemos limitarnos al impersonal “se ha colado“? ¡Cómo va a ser lo mismo colarse una pelota que colarse en el metro!

 

 

En el fragmento inicial de Miguel Ángel Ortiz dice:

…el balón salió bombeado y se acabó COLANDO“,

y Galder Reguera, en cambio, explica

“… esta tarde he ENCAJADO el balón de Oihan…”

Si hay términos como ‘serendipia’, ‘procastinar’ o ‘transmigración’, ¿no debería también existir al menos uno que describa de manera clara y unívoca la horrible experiencia de perder una pelota?

He leído en el blog “Un arácnido una camiseta” que hace un tiempo también ellos se plantearon la misma pregunta. ¿Cómo se llama ese momento?

Algunas de las respuestas recibidas, según diferentes zonas geográficas, fueron: embarcar, botar, encalar, encolar, enmarcar, encanar, encallar, colgar, encajar… y “volar la bola“. Esta última es de Ciudad de México, y es la que más me gusta de todas las citadas.

Aún así, ninguna de ellas me acaba de convencer. Y creo que el idioma tiene una carencia que merece ser resuelta. Por eso, me atrevo a lanzar un llamamiento a los académicos de la RAE (sobre todo los futboleros, que seguro me comprenderán).

Por favor: designen un término para que podamos referirnos, con toda la solemnidad que merece, a ese trágico e inolvidable instante en el que un niño ve desaparecer su balón.

Decía Eduardo Galeano:

“Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol.  Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico:

-Una linda jugadita, por amor de Dios.

 

Tomo sus palabras y con toda humildad solicito una linda palabrita, por favor.

 

“Iniesta”, cómic de Miguel Gómez Andrea “Gol” y Enrique Ventura. Dibbuks Ediciones

 

Portada-iniesta.indd

 

 

Seguramente, uno de los jugadores más especiales que ha dado el mundo del fútbol ha sido Andrés Iniesta. Además de una calidad técnica indiscutible y fuera de lo común, el particular carácter del manchego –sencillo, modesto, humilde- lo ha convertido también, en uno de los más respetados como persona.

A diferencia de otros, siempre ha intentado alejarse de los fastos de la fama. Respetuoso con el rival, enemigo de las polémicas, profesional intachable, la sencillez con la que ha manejado el ser una estrella del fútbol ha hecho que en más de una ocasión se le catalogue de … personaje aburrido.

Pero tras el crack futbolístico también hay una persona. Y en la trastienda de Iniesta hay más contenido del que a simple vista pueda parecer. Él mismo lo expresó en “La jugada de mi vida. Memorias”, biografía escrita por Ramon Besa y Marcos López y publicada hace un par de años por Malpaso Editorial. En la portada de aquel libro se destacaba una frase del propio jugador: “Si crees que me conoces por lo que te han contado de mi, no me conoces”.

Conocer tanto al jugador como a la persona es ahora más fácil gracias a “Iniesta”, el magnífico cómic que acaba de editar Dibbuks, inspirado, justamente, en la anteriormente citada biografía. El guión es de Miguel Gómez Andrea “Gol”, los dibujos de Enrique Ventura y color de Dani Seijas. La edición está muy cuidada: a todo color, tapas duras y papel de calidad para todas las páginas.

 

Iniesta_Page_1

SINOPSIS

El fútbol es el deporte popular por excelencia y, tal vez por eso, la competencia traspasa a menudo las fronteras de la educación y del juego caballeroso. Los aficionados nos exaltamos más de lo debido y las estrellas del fútbol no siempre tienen el comportamiento adecuado, capaz de atenuar las pasiones futboleras.

Andrés Iniesta es un héroe, tal vez el más popular, y como tal todos le perdonaríamos una actitud engreída y suficiente. Pero nada más lejos del paisano de Fuentealbilla. Iniesta es afable y comprensivo. Un hombre cercano. Esas cualidades le convierten en modelo a seguir y le han hecho ganar el corazón de todos los aficionados, no importa el color de su camiseta.

Este cómic habla de Andrés, el niño, el hombre, el padre de familia. Así, al conocer su humanidad, valoramos aún más su genio, su grandeza.

 

 

Iniesta_Page_2

El cómic se inspira en la biografía del jugador antes citada, y hace un recorrido por su trayectoria, desde sus inicios siendo niño en su pueblo natal hasta la actualidad. A lo largo de la historia se van intercalando las cuestiones futbolísticas con las de carácter más personal, haciendo quizás más énfasis justamente en estas. Porque, tal y como él mismo expresa, “tiene la necesidad de expresarse como futbolista, pero, sobre todo, como ser humano”.

De esta manera se ofrece un retrato de la persona que hay detrás del jugador, con sus problemas, preocupaciones e inquietudes. Creo que enfocar la historia desde esta perspectiva es un acierto, pues ayuda a entender que detrás del éxito y el triunfo y lo que en apariencia es una vida plenamente alegre y feliz se ocultan, la mayoría de veces, situaciones que el gran público desconoce.

En el caso de Iniesta, justamente, esto es especialmente interesante, pues se trata de un jugador que se ha ganado el respeto prácticamente unánime de todos los aficionados al fútbol sean del equipo que sean. Y, sin embargo, cuando uno conoce los aspectos más desconocidos de su vida descubre que no todo ha sido una balsa de aceite.

Iniesta_Page_4

En el cómic, en este sentido, incluso cuando se tratan de los momentos más destacables de su biografía como jugador, se hace acercándose a ellos desde la parte más humana. La dureza del alejamiento de la familia cuando aterrizó en Barcelona y la Masía, la decepción por no jugar algunos partidos, las frustraciones ante resultados adversos, los momentos de incertidumbre al sufrir alguna lesión, el sentimiento de amistad y homenaje por el amigo perdido…

Iniesta” es, en este sentido, una obra que ayuda a conocer tanto al jugador como a la persona, combinando a la perfección ambas facetas. Pero vale la pena destacar que en lugar de centrarse en ofrecer un listado de los grandes momentos del jugador, no hay reparo alguno en reconocer sus debilidades como persona, un aspecto que humaniza al personaje, haciendo que el cómic se distancie de la simple obra biográfica centrada en mostrar un listado de éxitos.

Ese poner el foco en las cuestiones más personales convierte al cómic en una lectura más que interesante para cualquier tipo de lector, y no solo para los aficionados barcelonistas o los futboleros.

Al mismo tiempo, insisto una vez más en que obras como esta son idóneas para actuar como vía de acceso a la lectura para los más jóvenes, puesto que combina un formato –el cómic- que debería ser más explotado con este segmento, presencia de una temática (el fútbol) con miles de aficionados y una edición cuidada y visualmente atractiva.

 

Iniesta_Page_3

 

 

“Asesinatos en el estadio”, de Peter Debry. Editorial Bruguera, 1951

 

 

A finales de los años 80 y principios de los 90 – es decir, allá por el pleistoceno – estuve trabajando en una empresa de servicios. Tenía un horario laboral de mañana y tarde, con un par de horas al mediodía para comer. Aunque en teoría me daba tiempo para desplazarme a casa, era habitual que acabara comiendo por algún bar de la zona. Si hacía eso era, unas veces, para volver antes a la oficina y adelantar trabajo atrasado. En otras, afortunadamente, la razón para quedarme era de tipo lúdico.

El caso es que uno de los compañeros con los que solía compartir mesa en aquellas ocasiones era muy aficionado a la lectura, y gran parte de nuestras de conversaciones giraban en torno a libros y autores. Recuerdo, por ejemplo, que era todo un experto en John Irving, autor que descubrí gracias a él.

Nuestro interés por la literatura hizo también que durante aquellos años compartiéramos una curiosa afición en nuestros mediodías. A unos cinco minutos de la zona en la que trabajábamos y por donde solíamos comer había un enorme centro comercial que incluía, además de las propias de productos alimenticios, secciones de mobiliario, electrodomésticos, ropa y, lo mejor de todo, una de libros y música. Aquella sección se convirtió en una especie de refugio por el que acostumbrábamos a deambular, tras nuestras comidas, al menos dos o tres veces por semana.

Una de las cosas más interesantes de aquel espacio era que además del correspondiente apartado de “Novedades” en libros y música, disponía también de una sección de “Ofertas” o “Liquidación” en la que podías encontrar auténticas perlas: los típicos libros de pasatiempos, de recopilaciones de partidas de ajedrez, de cuidados de animales, sobre plantas, biografías de músicos, tutoriales para aprender a tocar la guitarra, los signos del zodiaco… en fin, una variopinta oferta de publicaciones, en ocasiones, de lo más estrámbotico.

 

Imagen de www.todocoleccion.net

 

Recuerdo, especialmente, que en aquella época tenían allí un montón de volúmenes de la colección “Best seller. Serie negra” publicada por la Editorial Planeta entre 1985 y 1986. El precio (lo tengo grabado) era de 100 pesetas cada uno, e incluía títulos de autores como Patricia Highsmith, Raymond Chandler, Nicholas Blake , Manuel Vázquez MontalbánGraham Green, John Le Carré o Dashiell Hammett entre otros muchos maestros del género. El formato era el típico de las novelas populares que tan importantes fueron durante la segunda mitad del siglo XX, ediciones de bolsillo que hacían una gran labor al conseguir que la literatura fuera accesible para el gran público.

A mi me encantaban aquellos libritos, y era extraño que no acabara comprando un par o tres de ejemplares cada vez que hacíamos nuestra sobremesa en aquel lugar.

 

Viene todo esto a cuento del feliz descubrimiento que hice hace poco mientras navegaba por Internet. Se trata de la figura de Peter Debry, uno de los pseudónimos que utilizaba Pedro Víctor Debrygode Dugi (1913-1982). Se trata de uno de los grandes escritores de novela popular durante la época que va de los años 40 a los 70 del siglo XX. Escribió centenares de títulos (se dice que más de mil) de todos los géneros: desde el romántico a la ciencia-ficción pasando por el western, aunque destacó especialmente en la novela de aventuras y la de género policiaco.

Peter Debry es el principal de los pseudónimos que utilizó para firmar sus obras, aunque también utilizó muchos otros como Arnaldo Visconti, P. V. Debrigaw, Arnold Briggs, Geo Marvik, Peter Briggs, V. Debrigaw, y Vic Peterson. Encontraréis una introducción a tan apasionante personaje en la entrada que tiene en la Wikipedia, y, muy especialmente, en el blog “Peter Debry, padre de la novela negra” , en el que encontraréis un amplísimo análisis de su obra.

 

Pedro Víctor Debrigode (“Peter Debry”)

 

Si hablo de Peter Debry es, como podéis imaginar, porque entre su extensísima producción era difícil que no hubiera algo relacionado con el fútbol. Y efectivamente, lo hay. Se trata de una novela de género negro titulada “Asesinatos en el estadio”. Fue publicada en 1951, siendo el número 46 de la colección Servicio Secreto de la Editorial Bruguera. En el citado blog se indica que la portada es (presumiblemente) de Provensal, mientras que las ilustraciones interiores son obra de Macabich.

SINOPSIS

Tras el mundial de Brasil de 1950, Estados Unidos, que ha participado con dignidad, vive una pasión por este deporte creándose las primeras ligas potentes y obteniendo el favor del público. Jim Vespa es un atlético muchacho que vive en Atlantic City y que además de inventor ocasional, se dedica a probar automóviles. Un día recibe un encargo del millonario Henry Cardigan: convertirse en conductor del autobús del equipo de fútbol de Atlantic City; él acepta encantado y a ello ayuda no sólo su pasión por el equipo sino el hecho de que la propuesta venga de Burt Burlington, un pintoresco octogenario naturista que ejerce de hombre de confianza de Cardigan.

 

La historia es impecable desde el punto de vista de este tipo de novelas de consumo rápido. La historia está ambientada en Atlantic City, con presencia de equipos como el del Atlantic y el de Princeton, y la trama gira en torno a un asunto relacionado con apuestas vinculadas a resultados de partidos de fútbol. A partir de aquí, la acción se va desarrollando con la participación de una femme fatale de encantos irresistibles, una banda de gángsters, un multimillonario, una cándida aunque enigmática joven y un humilde protagonista que se acabará viendo envuelto en un peligroso asunto.

 

La existencia transcurría plácidamente para Jim Vespa, cuyas dos principales pasiones eran la fotografía y el fútbol. Pero poco podía imaginar que, debido a que el equipo de los Estados Unidos había sido la sorpresa en los Campeonatos Mundiales de Río Janeiro, y a que a él le gustase apretar un disparador fotográfico, iba a verse envuelto en una serie de dramáticos acontecimientos.

 

Además de los elementos clásicos del género también hay espacio para la presencia de un peculiar y sorprendente individuo que defiende el naturismo y otros curiosos hábitos para conseguir un vida saludable, así como algunas otras curiosidades relacionadas con la ocupación del protagonista, quien además de probador de coches es inventor. De hecho, en la historia se describe una de sus creaciones. Se trata de algo relacionado con el fútbol, de utilidad para los entrenadores, y que leído hoy, en una novela escrita en 1951, me parece totalmente revolucionario.

Por si fuera poco, hasta los nombres de los personajes me parecen atractivos: Jim Vespa, Henry Cardigan, Bart Burlington, Bárbara Lombard… y Sterling Zarco.

(Nota: Zarco es también uno de los personajes de “Mercado de invierno” de Philip Kerr. Dos Zarcos en dos novelas negras de temática futbolera).

 

 

Con todos esos ingredientes Peter Debry construye una novela que se devora de un tirón. El ritmo es trepidante, y contiene numerosos momentos de acción. Es un tipo de escritura muy visual en ocasiones, como si las frases estuvieran dibujando viñetas de cómic. Y esto sucede tanto a la hora de describir peleas como descripciones de tipo futbolístico.

A lo largo de la narración se describen con detalle momentos de partidos, jugadas y goles. También es útil para hacerse una idea de cómo era el fútbol en los Estados Unidos de los años 50, muy diferente, evidentemente, al actual, y en el que un miembro del cuerpo técnico podía llegar a sustituir a un jugador por lesión.

 

—Hombre, si nos pusiéramos a discutir quién es más gandul, si un mecánico o un futbolista, no creo que saliera yo peor que tú. Lo que quiero decirte, Tim, es que esta vampiresa no es trigo limpio; no es la mujer que te conviene.

 

Leída hoy, lo cierto es que “Asesinatos en el estadio” es una magnífica novela negra que aguanta perfectamente el tipo, y que ofrece lo que los aficionados a las obras de este género buscan: una atmósfera especial, unos personajes atractivos, y una trama original y bien trabada que no se desvela hasta el último momento.

Un más que agradable y hasta sorprendente descubrimiento.

 

“Falso nueve”, de Philip Kerr (Serie Scott Manson). RBA Serie Negra

 

 

          – No sabía que el fútbol supusiera tal reto intelectual. Y yo que creía que se trataba de veintidós hombres corriendo detrás de un balón y dándole patadas”.

            – Ese es un error muy común.

 

Decía Philip Kerr en una entrevista que se había propuesto intentar que los hombres volvieran a leer, y conseguir algo similar a lo que J. K. Rowling había conseguido con los jóvenes gracias a los libros de Harry Potter. Con ese objetivo, el autor escocés decidió adentrarse en el mundo del fútbol y dedicarle una trilogía de novelas. Kerr, que lamentablemente falleció en marzo de este año, tuvo tiempo de cumplir su propósito y escribir los libros, de temática futbolística, que se había propuesto.

El primero de ellos fue “Mercado de invierno”, al que siguió “La mano de Dios”. El tercero, cerrando la trilogía, es “Falso nueve”, publicado poco antes de la muerte del autor. El protagonista de todas las novelas es Scott Manson, un exjugador y entrenador con grandes dotes para la investigación. Conocedor de todos los entresijos del fútbol profesional, se verá envuelto en diferentes casos que lo obligarán a adentrarse en los recovecos del universo futbolístico del máximo nivel.

El fútbol del que Kerr habla en las tres novelas es el de los grandes clubes, jugadores, competiciones… y lujos. Un universo que el autor describe con la sensación de que conoce bien sus entresijos, y acerca del cual, aunque sea por boca del narrador, aprovecha para expresar lo que opina al respecto. Esto es así, especialmente, en esta tercera novela. Y todo ello camuflado en una trama en la que pasa por la desaparición de un futbolista del FC Barcelona, lo que da un especial interés en tanto que hay todo un clásico como partido de fondo.

 

 

SINOPSIS

Que el fútbol sea un deporte no implica que haya que jugar limpio.

Una joven estrella del F. C. Barcelona ha desaparecido sin dejar rastro. ¿Ha huido, lo han secuestrado o ha muerto? Scott Manson, exfutbolista y técnico de élite, también ha demostrado una gran habilidad como investigador y puede que sea la única persona capaz de encontrarlo. Pero tendrá que hacerlo rápido, para que pueda jugar el clásico. El reloj avanza implacable cuando tienes el marcador en contra.

 

 

 

“- Tus nuevos jefes están ansiosos por que vuelvas conmigo a Barcelona lo antes posible –le expliqué-. Se acerca un partido muy importante”.

 

Como en todas las novelas de un maestro del género negro como Kerr la diversión está garantizada. Una extraña desaparición, nuevamente la figura del entrenador/detective Scott Manson haciéndose cargo de la investigación, personajes interesantes, giros argumentales, intriga hasta el final… Todo lo que uno espera en este tipo de libros lo va a encontrar, y creo que quien lea “Falso nueve” va a quedar más que satisfecho.

La acción pasa por Shangai, París, Barcelona y las caribeñas islas de Antigua y Guadalupe. Un periplo encaminado a encontrar cuanto antes al desaparecido, pues un crucial Barça-Real Madrid se acerca, y su participación puede ser clave en el desenlace del partido.

Una vez más el autor demuestra un gran conocimiento de los engranajes internos de las poderosas estructuras del fútbol. Y aquí, en lo que a su ámbito respecta, aprovecha para formular una durísima crítica hacia la Federación Inglesa, que considera obsoleta y anticuada. Además, Kerr habla del fútbol actual, con referencias continuas a jugadores y partidos más que conocidos, consiguiendo que la identificación por parte de los seguidores de las grandes ligas sea mayor.

Fútbol y cultura no están reñidos

En un momento de la historia Manson dice: “Me encantan las bibliotecas. Que trabaje en el mundo del fútbol no quiere decir que no lea”. Y hay que decir que la novela es una auténtica demostración de ello, pues las referencias de tipo literario (autores, novelas, etc.) son abundantes. En las páginas de “Falso nueve” se habla de los libros de fútbol con ejemplos incluidos, y también desfilan nombres como Proust, Orwell, Kurt Wallander, Sherlock Holmes o Lorca, entre muchos otros, y obras como Otelo, Lolita o Los tres mosqueteros. Lo mejor de todo es que Kerr tiene la gran habilidad de intercalarlos en las conversaciones de los personajes de forma magistral, quedando integrado con absoluta naturalidad en el desarrollo de la historia.

Además de las referencias relacionadas con el mundo de la literatura también abundan las vinculadas con otros ámbitos de la cultura, como el mundo del arte y, sobre todo, el cinematográfico. Star Trek, James Bond, películas como Infiltrados o Troya, entre otros muchos ejemplos ayudan a comprender mucho mejor el carácter del protagonista, además de enriquecer la lectura.

Particularmente me encanta la aparición de este tipo de referencias de otros ámbitos como la literatura, el cine o la música. La novela de Kerr, en este sentido, es una auténtica mina, como si uno de sus objetivos fuera, también, el de demostrar que fútbol y cultura no tienen porqué estar reñidos.

Kerr, así mismo, es un maestro en ir salpimentando la trama con opiniones sobre diferentes temas de actualidad. Además de la citado visión sobre el fútbol actual y el funcionamiento de los clubes, aprovecha para hablar sobre racismo, política, literatura futbolera e incluso sobre el independentismo en Catalunya, teniendo en cuenta que uno de los clubes protagonistas es el FC Barcelona.

 

El fútbol según Kerr

 

“El fútbol es, de hecho, lo más importante del mundo. Mientras la gente no lo comprenda, no seremos capaces de entender cuál es el verdadero sentido de la vida, el universo e incluso todo lo demás. De hecho, el del fútbol total es el único teorema plausible. Todo lo demás fallará antes o después”.

 

En “Falso nueve” abundan también las reflexiones en torno al mundo del fútbol. Su relación con la vida, su simbolismo… Es como si Kerr, con esta terca novela, en tanto que cierre de la trilogía, hubiese querido aprovechar para terminar de soltar lo que un apasionado del fútbol como él (pero crítico con su actual vertiente de negocio) opina. Hay muchas reflexiones en este sentido esparcidas por las páginas de la novela y puestas en boca de Scott Manson. Son los suficientes pensamientos como para llegar a escribir un artículo que perfectamente podría haberse titulado “El fútbol según Philip Kerr”.

Por último, he leído en alguna reseña que quizá esta sea la más floja de las tres novelas escritas sobre el mundo del fútbol. A mi, en cambio, no me lo parece, pues valoro, como al principio decía, la capacidad de Kerr para engarzar una interesante trama de suspense con una breve colección de reflexiones sobre el mundo del fútbol. Le da un contenido extra que me parece de lo más interesante, convirtiendo a “Falso nueve” en una lectura más que recomendable.

 

 

TRILOGÍA FÚTBOL DE PHILIP KERR. SERIE SCOTT MANSON

  1. Mercado de invierno” (2015)
  2. La mano de Dios” (2016)
  3. Falso nueve” (2018)