“Bajo la piel del alacrán”, de Paco de Paula. Editorial Cazador de Ratas

 

 

 

El Junior pudo haberlo evitado. Pero decidió cavar su propia tumba y entrar en el ataúd, en ese sarcófago, acristalado, translúcido, en vertical. Se acabó. Finito. The end.

 

Uno de los géneros literarios en los que la relación entre fútbol y literatura se está produciendo de manera más fructífera es, sin duda, el negro. De hecho, me atrevería a decir que la llegada del siglo XXI y las dos décadas que de él llevamos han traído consigo una eclosión de este tipo de obras que ha convertido lo futbolístico en apetitoso manjar de lo policiaco.

Aunque todavía me encuentro en ocasiones con amantes de la novela negra que siguen mostrando reticencias cuando el fútbol aparece entre sus páginas, sigo insistiendo en lo mismo: que le den una oportunidad, que aparquen los prejuicios y se dejen arrastrar por los grandes momentos de lectura que este tipo de obras les van a proporcionar.

Y si les gustan las novelas con investigaciones detectivescas, protagonizadas por policías cuyas vidas personales son todo menos placenteras, con tramas que te absorben y no desvelan su secreto hasta el final, con personajes de gran fuerza y personalidad, el catálogo en el que escoger es amplio. Y en él se encuentra la reciente “Bajo la piel del alacrán”, escrita por Paco de Paula y publicada por la editorial Cazador de Ratas.

 

SINOPSIS

Una ciudad en la que nunca ocurre nada. El delantero estrella del Cádiz Deportivo que aparece brutalmente asesinado. Acribillado. Una última tragedia que sacude a un club que acaba de descender matemáticamente a Segunda División. Un inspector de policía al límite que en plena crisis marital tendrá que lidiar con las altas presiones tanto de superiores como de la prensa mientras intenta resolver el caso más importante de su carrera. Que deberá indagar entre la vida del jugador, sumergida en un mundo que levanta pasiones y donde el dinero lo dirige absolutamente todo.

¿Lograrán capturar al culpable?

El problema es que probablemente el futbolista no sea la única y última víctima y que las palabras «Asesino en Serie» empiecen a rondar entre los titulares de los medios de comunicación.

Y el pánico se desatará y la ciudad no volverá a dormir tranquila.

Negocios turbios, tabúes futbolísticos, secretos, mentiras, venganzas, narcotráfico, maletines, agentes deportivos, sicarios, bajos fondos, poder, manipulación periodística, aficionados ultras, detectives, corrupción, policías y asesinos se dan la mano para forjar una historia entre la novela negra y policiaca que arrojará luz sobre los recovecos más oscuros de uno de los deportes más lucrativos del mundo.

 

estadio ramon de carranza

 

Bajo la piel del alacrán” es una cautivadora novela llena de matices, en la que una maraña de personajes bien definidos y con marcada personalidad van tejiendo una consistente tela de araña de la que no hay forma de escapar.

Se trata de una obra en la que el fútbol es el telón de fondo ante el que se desarrolla la historia. El asesinato de un popular y destacado futbolista del Cádiz, de manera inesperada y sorprendente, obliga al inspector Martín y su equipo a iniciar una compleja investigación llena de giros y recovecos inesperados, en la que nada es lo que parece.

El andamiaje de la historia se va construyendo a medida que la investigación avanza, y con cada nuevo hallazgo vamos conociendo la aparición de nuevos personajes que van enriqueciendo la acción. Todo ello con fluidez y naturalidad, de una forma precisa en la que nada es improvisado y toda pieza es necesaria en el conjunto del engranaje final.

 

Entre las dos y las tres de la madrugada, pensó Villar, mirando de nuevo la expresión de sufrimiento en la tez macilenta del joven. De pronto algo se accionó en sus entendederas, causándole tristeza, estupor. Válgame Dios. Ya sé quién es. Es el delantero del Cádiz Deportivo.

 

Los capítulos son cortos y directos, en sintonía con el lenguaje empleado, afilado y sin florituras, como la negrura que subyace en la historia que se explica. La lectura es muy dinámica, como una sucesión de flashes que transportan al lector por diferentes lugares de la ciudad de Cádiz. La historia también se ve enriquecida por la alternancia de diferentes voces, utilizada de forma muy acertada y eficaz, contribuyendo y reforzando el ya de por sí gran trabajo de definición de los personajes. Por cierto, una sucesión de nombres que son todo un homenaje al género policiaco.

El fútbol, en esta obra, es abordado desde una perspectiva original, tratándose algunos de los asuntos más escabrosos de este deporte, no habitualmente tratados en las obras de temática futbolística. Rincones que quedan ocultos a los focos y que son aquí combinados de forma muy natural. Aunque el club protagonista en este caso es el Cádiz, es una obra con la que el aficionado de cualquier otro club podrá establecerá una identificación directa.

 

Los primeros sones del himno oficial me envuelven.

«Cuando sale al terreno de juego…»

Y floto. Del todo.

 

También me ha parecido muy acertada la continua ubicación geográfica de los lugares en los que la acción se va desarrollando al comienzo de cada capítulo. Así, por ejemplo, se pasa por varios espacios gaditanos, con lo que se va estableciendo lo que se podría considerar una guía literaria de “Bajo la piel del Alacrán“.

Novela que se devora y que disfrutarán tanto aficionados al fútbol como, simplemente, al género negro, que te agarra desde el primer párrafo y no te la puedes quitar de encima hasta el último, en el que, por si fuera poco, se oculta un último y sorpresivo golpe de efecto final. En definitiva, una de esas novelas  más que recomendables que se disfrutan hasta la última gota del último sorbo.

 

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Balones desaparecidos: relato “El timbre de don Rolando”, de José Antonio Lizana Arce (Santiago de Chile)

 

En mi obsesión por todo cuanto tenga que ver con “balones desaparecidos“, he contactado con algunos periodistas y escritores para pedirles que expliquen alguna vivencia relacionada con ese trágico momento en el que una pelota caía en un lugar inaccesible. Y, también, para que indiquen si usaban alguna palabra o expresión especial para referirse a ello.

A continuación, el video enviado por el periodista y escritor José Antonio Lizana Arce, desde Santiago de Chile, en el que hace referencia a un maravilloso relato que podéis leer justo después.

 

Y el relato:

 

El timbre de don Rolando

 Dedicado a Felipe Risco Cataldo

 

Domingo 27 de octubre de 1985. Calles despobladas por la alta temperatura, pero también por el temor de perder la vida en cualquier esquina.

Por eso, la casa parecía el lugar más seguro y en familia mirábamos el partido de la Roja frente a Perú, por el repechaje sudamericano rumbo al Mundial de México 1986.

El inicio del encuentro fue de ensueño, porque no habían pasado ni siquiera los primeros quince minutos y ya les llevábamos tres a cero a nuestros vecinos del norte. Asimismo, Pedro Carcuro vociferaba en la intervenida señal de la televisora estatal que los goles chilenos provenían de Europa, debido a las furibundas estocadas de Jorge Aravena del Valladolid de España, Hugo Rubio del Málaga del mismo país y Alejandro Hisis del OFI de Grecia. ¿El relator habrá querido hacer un guiño a los compatriotas que estaban obligadamente en el extranjero?

El “guardián” peruano Eusebio Acasuzo tuvo que ser remplazado por Ramón Quiroga a los veinticuatro minutos del primer tiempo, en uno de los episodios más singulares de la historia del fútbol. Unos pocos meses atrás, el mismo Acasuzo había sido figura en los dos partidos eliminatorios ante la Argentina de Maradona, que posteriormente se consagraría campeona mundial en México ’86 (1-0 en Lima y 2-2 en Buenos Aires). Por ello extrañó su nefasta actuación en Santiago, a tal punto que los mismos peruanos acusaron al arquero de venderse a cambio de seis mil dólares. Las cuarenta mil personas que asistieron al Estadio Nacional agradecieron irónicamente la “ayudita”, a través de un cántico típico de esos años: “Acasuzo, amigo, el pueblo está contigo”.

El resultado se selló con un 4-2 y cuando el árbitro uruguayo José Luis Martínez finalizó el compromiso abracé a mis padres y todos rompimos en llanto, quizás como una forma de liberar tanta angustia contenida por el crudo contexto social y político que vivíamos.

Minutos después salí con mi pelota plástica del mapamundi a buscar a los amigos del barrio para jugar un partidito. Unas casas más allá de la mía estaba la del Lucho, que salió inmediatamente apenas escuchó mi llamado. Enseguida golpeamos la puerta de la casa del Pato, luego la del Pipe, la del Monchi y por último la del Nano. Así, en sólo cinco minutos nuestra alineación ya estaba lista.

Ese día estrenamos un juego de camisetas de seda a listas, que nos habíamos comprado en Deportes Player con la plata de la venta de cartones, diarios y botellas. Las poleras eran de color verde y todos teníamos nuestros números asignados, pero a modo de broma les dije a los chiquillos: “Yo me pongo la amarilla número 1, apuesto que atajo mucho más que ese tal Acasuzo”. Nunca había jugado en esa posición, porque usaba lentes y me los podían quebrar de un solo pelotazo, pero esta vez me animé. El Lucho me dio sus secretos del puesto, aunque la empresa era bien gigante porque algunos de los cabros del equipo contrario jugaban en la selección de la Población Arauco.

La calle Antofagasta era nuestro reducto y siempre atacábamos en disposición de norte a sur. Aprovechando que no pasaban muchos autos, rayamos con tiza el rectángulo elegido. Sin embargo, en la intersección con la calle San Vicente solía estacionarse un Chevrolet Opala gris de 1978, conducido por un tipo moreno, de bigotes y lentes oscuros. El hombre parecía tan intimidante que no nos atrevíamos a pedirle que se retirara.

Quedamos de acuerdo que la cuneta “era cancha” y los arcos iban a ser los portones de la casa de la Andreíta, la hija de un viejo soplón del barrio, y del amargado Rolando, un rabioso jubilado que solía espantar a los cabros chicos. El partido duraría hasta que nuestras mamás nos llamaran o hasta que sonaran las balas del toque de queda. Finalmente, cuando la pelotita rodaba nos olvidábamos de todo. Hasta del miedo.

Al igual que Acasuzo, en los primeros quince minutos ya me habían hecho tres goles. La providencia de los barrotes del portón me salvó en varias ocasiones, pero no las suficientes para que en el siguiente cuarto de hora los de “la Arauco” me anotaran en una cuarta, quinta, sexta y séptima ocasión. Quizás —me decía a mí mismo— era el castigo por burlarme del arquero peruano.

Luego de un rato paramos a comernos unas marraquetas con mortadela y tomate con orégano y a tomarnos unas Coca-Cola que nos regalaron los amigos del camión de bebidas, después de perseguirlos por casi dos cuadras. Algo más descansados y llenitos, fuimos a mojarnos la cara al grifo de la esquina y seguimos con el pichangueo.

En la segunda parte hubo cambio de lado y pensé que en la puerta del amargado Rolando la cosas iban a ser diferentes, pero “La maldición de Acasuzo” se volvió a apoderar de mí, ya que seguiditos llegaron los goles en mi portería: ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince… Ya ni me acuerdo, pero creo que el Monchi anotó el descuento.

Estos cabros de “la Arauco” eran unas verdaderas máquinas y entre las tantas puteadas que recibía de mis compañeros y de la gente que miraba el partido, apenas escuchaba la voz de mi sureño tío Nacho —quien se recuperaba de una operación a la columna en Santiago— que me decía desde el borde de la cancha como un improvisado entrenador: “Ya poh mijito, salga a cortar un centro o achíquele el ángulo al delantero aunque sea. ¿No ve que le están llenando el saco de goles y está dejando mal parado el nombre de la familia?”. El tío Nacho jugó toda su vida al arco y había sido campeón con el Juventus de Requínoa, por eso sabía lo que hablaba.

El Nano y el Pato eran yuntas, pero todo cambió cuando la Andreíta se puso a pololear con el Nano pues ahí como que algo le pasó al Pato. Dicen que esos son celos de amigos y quizás por lo mismo ambos estuvieron a las bravuconadas en todo el partido. Incluso se fueron a las manos y cuando intenté separarlos me llegó un combo que me quebró los lentes en dos partes. El Nano y el Pato abandonaron en medio de la refriega. Aquello me dolió y por eso no les hablé en el resto del año y nunca más los invité a jugar.

Habíamos quedado de acuerdo en que ningún jugador se podía cambiar de posición, pero yo sin lentes no veía nada y para rematar estábamos con dos jugadores menos, aunque como que eso nos motivó. No teníamos nada que perder, así que empezamos a trancar hasta con el ojo y de ahí para adelante nos creímos el cuento de que estábamos jugando una final de Copa Libertadores. A su vez, los cabros de “la Arauco” empezaron paulatinamente a evidenciar su cansancio.

Los goles valían de todos lados, por lo que me avivé en un par de salidas y marqué seis veces consecutivas desde mi arco. El Monchi los enloqueció con sus desbordes endemoniados y sus centros precisos para que el Pipe marcara otras cinco anotaciones al más puro estilo de Pelé en el Mundial de 1958: cabeza, palomita, empeine, muslo y hasta de pechito.

El Lucho era un payaso en la cancha y como a nuestros rivales ya no les quedaban piernas, les colgó unos perros de ropa en la parte trasera de los pantalones. Esto fue muy divertido porque ellos lo persiguieron para pegarle unas chuletas en el trasero, pero el Monchi aprovechó esos espacios para marcar en dos ocasiones y así empatarles a quince. Celebramos con un montoncito y muertos de la risa.

Ya teníamos el partido bajo control, pero en una acción nos distrajimos y se nos escapó el Chimi, uno de los veloces delanteros de “la Arauco”. Increíblemente, estando solo frente al “arco”, mandó la pelota del mapamundi por la ventana de la casa del amargado Rolando, el vecino reconocido por su mal genio.

Yo era el único que no le temía a ese señor malas pulgas, por eso fui solo a pedirle la pelota. Él era imprentero, no tenía hijos y desde pequeño me regalaba dulces. Cuando íbamos a la feria y pasábamos por su casa, siempre le decía a mi mamá: “Qué grande está el Juan Carlitos, señora”. Y cuando crecí me repetía lo mismo: “Oye, que has crecido Juan Carlitos”. Yo lo saludaba amistosamente, pero nunca le dije que no me llamaba así. Quizás me veía como el hijo que nunca tuvo. No lo sé.

Por ese afecto que le tenía, me permití tocar varias veces su timbre y gritar su nombre, pero nadie respondió. Pensábamos que había salido, porque hace unos días nada más lo habíamos visto lanzar unos panfletos por toda la cuadra.

Para hacer un poco de hora nos fuimos con los cabros a mi casa a ver Patio Plum en la tele y jugar Atari. Al rato volvimos a pedirle la pelota, pero tampoco pasó nada. La semana siguiente y el otro mes tampoco salió cuando lo llamé. Nadie sabía de él.

Con el tiempo su casa se llenó de maleza, ya no se oían los temas del Canto Nuevo salir de su ventana y las cartas se acumulaban en el antejardín. La gente del barrio comentaba despacio que un Chevrolet Opala gris de 1978 se lo había llevado una madrugada junto con otros dos vecinos. La pelota del mapamundi nunca la recuperamos y ahora, cada vez que regreso al barrio, paso a tocar el timbre de don Rolando.

Próximamente… “La Hermandad de los Balones Desaparecidos”

 

 

 

Cuando tenía unos 11 o 12 años perdí una pelota. Fue un episodio tan paranormal como traumático al que hice referencia hace algún tiempo en este hilo de twitter.

Creo que no ha habido un solo día de mi vida en que no me haya acordado de ella. Dentro de poco, además de cumplir un sueño, le podré rendir  un más que merecido homenaje gracias a “La Hermandad de los Balones Desaparecidos“, una novela infantil-juvenil editada por Libros Indie y acompañada de ilustraciones de Pablo Ríos.

 

Un mapa provincial del fútbol y la literatura

 

Imagen de www.comunidadbaratz.com

 

La otra tarde vi que mi hijo tenía un mapa mudo sobre la mesa. Me dijo que en la asignatura de Ciencias Sociales estaban estudiando la organización territorial española, y que tenía que aprenderse los nombres y ubicación de las actuales comunidades autónomas y provincias. Observé que en relación con mis tiempos de estudiante algunas cosas habían cambiado, mientras que otras permanecían igual.

A medida que fue identificando los diferentes territorios, a mi me comenzaron a venir a la cabeza algunos nombres. Así, cuando señaló Zaragoza, lo que me vino a la mente fue Ignacio Martínez de Pisón. Tras Castellón, pensé en Enrique Ballester. A Vizcaya le siguió Galder Reguera; a Córdoba, Antonio Agredano, y a Pontevedra, Rafa Cabeleira.

Al cabo de unos minutos descubrí que era capaz de asociar, en bastantes provincias, algún autor nacido en ella con alguna obra o relato futbolero. La pregunta que vino a continuación fue: ¿será posible hacer lo mismo con las cincuenta provincias actuales?

 

 

Y así, poco a poco, me puse a buscar. No pude evitar pensar que unir fútbol y literatura también sirve, en ocasiones, para aprender geografía. Y dos magníficos ejemplos de ello son los libros “Atlas de una pasión esférica“, de Toni Padilla y Pep Boatella (Geoplaneta), y “Fútbol que estás en la tierra. La vuelta al mundo en cuarenta historias con balón“, de David Ruiz de la Torre.

 

 

Lo mío no ha sido más que un divertimento infinitamente más modesto. En algunos casos, ha sido muy fácil la asociación. En otros, ha costado decidirse por uno u otro autor al ser varios los nacidos en una misma provincia. También he sudado la gota gorda en algunas provincias pues me ha resultado complicado encontrar autor y obra.

Sea como sea, aquí está el resultado, abierto a sugerencias y comentarios. De momento, ya estoy trabajando en el siguiente 🙂

 

 

“Pucelín y Ansurón de Primera División”. José Luis Chacel, Santiago Bellido y Santiago Hidalgo. Fundación Valores del Fútbol

 

 

 

Creo que no me equivoco si afirmo que los clubes de fútbol, a la hora de promover publicaciones para explicar su historia, no han explotado del todo las posibilidades de los cómics. Pese a tratarse de un formato de fructífera relación en el campo de la literatura futbolera, y aún reuniendo una serie de características que lo convierten en medio ideal a la hora de actuar con finalidad pedagógica, no me consta que haya sido especialmente utilizado, como decía, para dar a conocer a los apasionados del fútbol la evolución de su entidad a lo largo del tiempo.

Es cierto que existen clubes que sí incluyen entre las publicaciones que tratan de ellos una historia en cómic (el Atlético de Madrid, el RCD Espanyol, el FC Barcelona, el Sevilla, el Betis y el Sporting de Gijón, son algunos ejemplos). También, fuera de nuestra liga, conozco los casos del chileno Colo-Colo, del uruguayo Peñarol o del Club Deportivo Cuenca mexicano. Y lo mismo sucede con algunos equipos ingleses.

Pero, como decía, me resulta un tanto curioso que no se haya explotado aún más teniendo en cuenta que el del cómic es un lenguaje muy adecuado tanto para lectores adultos como infantiles, que es una inmejorable puerta de entrada hacia la lectura para quienes no son habituales y que acostumbran a ser productos de un gran atractivo y efectividad.

 

 

El caso más reciente lo encontramos en el sobresaliente “Pucelín y Ansurón de Primera División”, un maravilloso trabajo centrado en la historia del Real Valladolid y que va mucho más allá del simple producto para “cubrir el expediente”. A la cuidada edición en tapa dura y a todo color se unen un elemento de gran originalidad: está íntegramente escrito en verso, lo que otorga una gran personalidad al resultado final.

 

SINOPSIS

Hace 125 años que rodó el primer balón en estas tierras, 90 años de historia del Real Valladolid, con sus protagonistas, hazañas y anécdotas, narradas por un abuelo a su nieto. El cómic que la afición estaba esperando”.

 

 

Aplicando el recurso del abuelo que transmite su pasión futbolística por un club, el Real Valladolid en este caso, a su nieto, el álbum ofrece un detallado y completo recorrido a lo largo de su evolución histórica, iniciada en 1904. Desde la llegada del fútbol a la ciudad, los primeros equipos, entrenadores y jugadores destacados, los diversos avatares en forma de éxitos y fracasos, los ascensos y descensos, la participación en competiciones europeas, éxitos y fracasos… todo es explicado de modo cronológico de una forma tan amena como pedagógica, con el complemento de unas ilustraciones de gran calidad en las que no faltan los dibujos de carácter realista a la hora de representar personajes o lugares reales.

 

 

El paseo por la historia de Pucelín y su abuelo Ansurón se desarrolla, al mismo tiempo, por los lugares más significativos e identificables de la ciudad, y cuenta, además, con el desenfadado y acertado contrapunto que aportan Cipión y Berganza, los dos canes que protagonizan “El coloquio de los perros”, una de las “Novelas ejemplares” de Cervantes.

Su participación en la historia es muy acertada, pues permiten incorporar otras voces que aportan frescura y enriquecen la narración.

 

 

El cómic comienza con unas estrofas que bajo el título “Con la mejor intención” son toda una declaración de intenciones de lo que se pretende con el álbum.

A continuación un fragmento de este apartado:

 

Con la mejor intención

y no falto de razón

en medio de un callejón

Pucelín dice a Ansurón:

Quien deslice su visión,

sobre esta publicación

y preste algo de atención,

sacará una deducción:

la histórica comunión

de Pucela y el balón,

gracias a la convicción

de la sufrida afición.

 

 

De la introducción se pasa a la historia ilustrada, con la citada peculiaridad de estar escrita mediante rimas a la hora de construir los textos. Y, como complemento perfecto, unas ilustraciones ricas en detalles y minuciosidad, muy coloridas y dinámicas, con diversidad de registros, convirtiendo el conjunto en un trabajo de gran delicadeza.

José Luis Chacel (responsable de los versos), Santiago Hidalgo (de la arquitectura de la historia) y Santiago Bellido (de los dibujos) son los autores de esta maravillosa obra en la que se percibe que han volcado su pasión por el club. Un cómic que hará las delicias de todos los aficionados del conjunto vallisoletano porque en él encontrarán un material para grandes y pequeños con el que alimentar su pasión fuera del estadio.

 

Imagen de los autores de www.elnortedecastilla.es

 

Unos “Comentarios caninos” para rendir también un justo homenaje a quienes formaron parte de la historia del club pero no tienen cabida entre las páginas del álbum, un curioso “Soneto de apodos”, consistente en una relación de motes de algunos jugadores, y la “Canción de la afición, para que la canten Pucelín y Ansurón”, que propone una nueva letra para ser cantada por los hinchas blanquivioletas completan el libro.

 

 

Termino insistiendo en la calidad de este cómic, que además del disfrute me ha hecho rememorar momentos de mi cultura futbolística. Pertenezco a la generación en la que el Real Valladolid era un asiduo de las dominicales tardes de fútbol en la radio, y a la que nombres como Fenoy, Eusebio, Juan Carlos u Onésimo no le resultan extraños.

Que recuerda que los hermanos Hierro, René Higuita, Valderrama o Caminero pasaron por las filas vallisoletanas. Que también jugó allí el extraordinario Mágico González, y que hubo entrenadores como Vicente Cantatore o el Pacho Maturana. Y de los que sigue sin poder evitar la asociación de Pucela con el Estadio de la Pulmonía. Y así, otros muchos nombres y episodios que he vuelto a recordar gracias a esta publicación.

 

 

Y si para mi ha sido un auténtico disfrute, tanto por el conocimiento histórico que aporta como por la forma tan acertada en que consigue transmitirlo, y por la gran calidad de sus ilustraciones, me imagino lo que debe significar para un aficionado del Real Valladolid.

Estoy convencido de que se convertirá en una obra que grandes y pequeños harán suya y a la que recurrirán a menudo para prolongar su pasión por sus colores. Una magnífica iniciativa de brillante resultado.

 

 

 

“La vida en fuera de juego”, de Galder Reguera. Ediciones SM

 

 

He asentido, sonriendo. Pero era una sonrisa fingida. De pronto, el fútbol ya no me parecía tan genial, el vestuario apestaba a sudor y las bromas de mis compañeros ya no tenían ninguna gracia.

 

Hace un par de años, Galder Reguera escribió una de las obras de referencia no solo para los amantes de la literatura futbolera, sino para los aficionados al fútbol en general. Bajo el título de “Hijos del fútbol“, el libro es una brillante indagación en lo que significa la pasión por el deporte del balón y cómo el virus es transmitido de padres a hijos. Una aproximación desde una perspectiva original y poco explorada que tomando como epicentro la relación del propio autor con su hijo se convierte en una obra trascendental en la bibliografía futbolera.

Poco después publicó “La muerte y el hincha“, otra magnífica obra que era un auténtico homenaje a la vinculación que los aficionados establecen con sus clubes. En ambos casos se trataba de obras destinada al público adulto. Y ahora nos sorprende con una obra destinada a los lectores adolescentes y juveniles, también con trasfondo futbolero, pero con la misma brillantez de las anteriores.

Se trata de “La vida en fuera de juego“, una novela para lectores a partir de los catorce años y que viene a ocupar un lugar destacado en un segmento de la literatura no especialmente explorado debido a su complejidad. Sin duda, la adolescencia es la franja de edad ante la que más dificultades se presentan a la hora de conseguir que accedan a la lectura. Sin embargo, hay obras que acaban provocando un click en lectores de estas edades, que por las razones que sean acaban activando en ellos un interés por los libros provocado por el impacto de una obra que ha caído en sus manos. Sea por la historia, por la temática, por la identificación con los personajes, por la forma en que esté escrita o porque entiendan que en aquellas páginas se está hablando de ellos, de tanto en tanto los más reticentes a coger un libro acaban sucumbiendo al encanto de la lectura. Y “La vida en fuera de juego” es uno de esos libros que estoy convencido de que hará que más de un joven alérgico a las historias de papel acabe cambiando de opinión respecto del mundo de los libros.

SINOPSIS

Ibon tiene catorce años, vive en un pequeño pueblo del País Vasco y su mayor pasión es jugar al fútbol. Es centrocampista y se desenvuelve bien sobre el césped, pero un día descubre algo que puede acabar para siempre con su sueño deportivo: lo que siempre ha creído que es el fuera de juego no lo es en realidad. Su equipo, el Sporting de Belako, se juega en los próximos partidos ganar el título de Liga por primera vez en su historia, e Ibon intentará descubrir por sí mismo en qué consiste esa norma indescifrable. En esa búsqueda vivirá su primer amor, hallará secretos que desconocía de sus padres y hermanos y se verá envuelto en un buen puñado de despropósitos, tanto dentro como fuera del campo de fútbol.

Como cualquier chico de su edad, Ibon transita por los márgenes del agujero negro que es la adolescencia. En esa extraña galaxia llena de incertidumbres, vaivenes emocionales y continua búsqueda de la identidad propia existen unos temas y preocupaciones que afectan prácticamente a todos los que la padecen. Y la habilidad por incorporarlos a la historia es destacable. “La vida en fuera de juego” es una novela que combina con un gran acierto todos esos ingredientes, consiguiendo que el interés por todo lo que va sucediendo a Ibon no decaiga en ningún momento y que tiene su culminación en su inesperado y sorprendente final.

 

Es curiosa la vida. Tantas y tantas semanas y meses iguales, en los que nada varía, repitiendo las mismas rutinas, y de repente, en un solo día, ¡paf!, todo cambia y te conviertes en alguien completamente distinto.

 

Me parece brillante el uso del fuera de juego como elemento simbólico para describir lo incomprensible de muchas de las cosas que rodean la vida a esas edades. En el irresistible campo gravitatorio del que antes hablaba, el tránsito de la infancia a la juventud es un torbellino de situaciones en el que todo parece incomprensible. Tanto como esa particular y controvertida regla.

Una etapa de nuestras vidas en la que acostumbramos a pensar que somos los únicos que desconocemos aspectos de la vida que creemos que todos dominan. Preguntas que no nos atrevemos a formular por miedo a quedar en ridículo, aunque después, la realidad, acostumbra a ser bien diferente. Una circunstancia que afecta a Ibon y que es pieza importante en el engranaje de la historia.

Pese a que el libro me llega con cuarenta años de retraso (sin duda, de haberlo tenido en mis manos durante mi época adolescente, se habría convertido en una de esas obras que recuerdas toda la vida) lo he disfrutado como si todavía estuviera anclado en aquella edad. Porque me ha permitido recuperar al joven que fui y rememorar que los mismos temas que protagonizan la vida de Ibon son los mismos en torno a los cuales giraba mi existencia: el fútbol y la pertenencia a un equipo, el descubrimiento del primer amor, las relaciones de amistad, los inevitables conflictos familiares, el comenzar a intuir que el mundo de los adultos se mueve en torno a situaciones que nunca hubiéramos imaginado y que parecen tan incomprensibles como la norma del fuera de juego…

Todos esos ingredientes, como antes decía, son maravillosamente mezclados a lo largo de la historia, y se interrelacionan los unos con los otros, consiguiendo que experimentemos las vivencias de Ibon como propias. La inmensa mayoría de adolescentes que lean el libro se identificarán rápidamente con Ibon. Y los adultos que lo hagan entenderán un poco cómo eran cuando tenían la edad del narrador. Por eso, creo que es una lectura ideal para ser recomendadas a alumnos de ESO, y estoy convencido de que más de un profesor la incluirá en el listado de libros para trabajar con sus estudiantes. Yo lo haría.

 

Ahora es distinto. No sé cómo ni por qué, pero nos hemos alejado. Supongo que él ha cambiado y supongo que yo también.

Si sois padres haced un favor a vuestros hijos e insistid en que la lean. Seguro que dentro de un tiempo os lo acabarán agradeciendo. Y si solo sois adultos, no os dejéis engañar por el hecho de que sea un libro para jóvenes lectores. Liberad al adolescente que fuisteis y acompañad a Ibon en esta maravillosa historia.

Y disfrutad también de la banda sonora, que por ahí suena muy buena música 😀

P. D.: Por si fuera poco, la edición es magnífica, iniciando cada capítulo con unas pinceladas de lo que contiene. Y, sobre todo, por la maravillosa portada que me ha regalado un nuevo cromo para mi colección de jugadores de futbolín en las portadas de libros 🙂

La vida en fuera de juego