F.C. Barcelona-Real Madrid y la tripleta Vila-Matas, Gamero, Landero




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Es inevitable. Cada vez que llega un Barça-Real Madrid (o un Real Madrid-Barça) la primera imagen que me viene a la cabeza no es la de Messi, Iniesta o Busquets, ni la de Cristiano Ronaldo, Bale o Benzemá. No. Lo primero que visualizo es el rostro de dos escritores, uno al lado del otro, dos autores a los que admiro y a los que imagino atentos al devenir del partido. Me estoy refiriendo al culé Enrique Vila-Matas y al merengue Javier Marías, dos escritores para quienes el fútbol no ha sido una afición de la que haya que esconderse, y dos de los principales responsables en demostrar que la relación entre fútbol y literatura puede ser muy placentera.

También me acuerdo, cómo no, del gran Vázquez Montalbán, y de Juan Villoro. Y de Jordi Puntí y de Sergi Pàmies. Y de muchos otros. Tantos, que cualquier día me lío la manta a la cabeza y transformo esa canción de Sisa que tanto me gusta (“Qualsevol nit pot sortir el sol”) y la convierto en un “Qualsevol dia surten els escriptors al terreny de joc”. Tiempo al tiempo.

Puestos a inundar la cabeza de suposiciones añado una que me asaltó el otro día. Tenía que ver con mi amigo Jorge Gamero, también escritor, y autor de un magnífico relato futbolero cuyo título es “La alineación” y acerca del cual ya hice referencia en su día en este artículo. Jorge es muy culé, tanto como Vila-Matas, de quien es tan admirador que se ha dejado infectar de manera voluntaria de esa vilamatiana enfermedad denominada “El mal de Montano”. Así que me los imaginé a ambos sentados en el Camp Nou, el uno al lado del otro, comentando la jugada. La futbolística, por supuesto, no la literaria.

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Recuerdo que hace tiempo explicó Vila-Matas explicó un encuentro con Guardiola, gran aficionado a la lectura, como es de dominio público. De lo que el escritor quería hablar era de cuestiones futbolísticas. Lo que al entrenador le interesaba eran los asuntos literarios. Por eso, estoy convencido que mi amigo Jorge y Vila-Matas se pasarían el partido hablando de fútbol, soltando algún que otro improperio (literario, eso sí) de tanto en tanto, y completamente absorbidos por los vaivenes del balón.

Y siguiendo con mi elucubración del otro día, y aplicando “Otra vuelta de tuerca” más que diría Henry James, decidí introducir más personajes en la escena, y no se me ocurrió otra cosa que darle un papel a Luis Landero, reconocido merengue y quien, para más inri, actuó como padrino literario en la presentación madrileña de un libro escrito por Jorge Gamero. Y ya con la escena completa me imaginé a los tres, Vila-Matas, Gamero y Landero (buena tripleta, fonética de alineación) sentados en el estadio, muy juntitos los tres, intentado cada cual empujar a su equipo hacia la victoria.

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Como podéis comprobar, la imaginación puede ser muy traviesa. Afortunadamente, siempre nos queda la literatura para continuar a flote. Y, por eso, nada mejor que un texto de Enrique Vila-Matas hablando sobre Barça y Madrid para poner orden:

Al principio de esta Liga, viendo cómo los dos supuestos colosos, Barça y Real Madrid, ganaban de calle sus primeros partidos, se llegó a pensar que no perderían nunca un solo punto con nadie y que la competición sería la más igualada y más monótona de toda la historia. Pero había en esta perspectiva de tedio algo que no cuadraba y llevaba a pensar en unas palabras de Maradona en los años ochenta: «En el fútbol español, cuando el Madrid va bien, el Barça va fatal, y viceversa. Nunca se ha visto algo distinto».

¿Por qué iba a ser diferente este año? Lo más sensato era suponer que, aun en el caso de que Barça y Madrid conocieran triunfales trayectorias simétricas hasta el final de la competición, siempre uno de los dos, aunque tan sólo fuera ligeramente y por un mínimo detalle, acabaría saliendo mejor parado de una eventual comparación, dejando al otro de inmediato hundido en una crisis.

Barça y Madrid no pueden ser felices al mismo tiempo. Aunque la diferencia sea minúscula, uno de los dos ha de ser superior al otro…”

Enrique Vila-Matas en “Cuando nunca perdíamos“. Editorial Alfaguara

Disfrutar del partido y de la literatura futbolera. Y como dice el tópico, “que gane el mejor… lector”.

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Imagen de www.GQ.com
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“Letras de fútbol”, de Javier Marías, para despedir el 2015

 

Ayer publiqué un resumen proporcionado por WordPress con las principales cifras que el 2015 ha significado para este blog. 365 días llenos de lecturas futboleras, adultas e infantiles, en ficción o en prosa, actuales y más antiguas. Un año que me ha permitido entablar conocimiento con algunos autores, disfrutar de su obra, profundizar en este apasionante mundo de la literatura futbolera con el que tanto disfruto. Un 2015, en definitiva, que se despide dejando paso a un nuevo año que espero tan interesante como este.

Pero antes de dar carpetazo al ya casi extinto 2015 quiero convertir este 31 de diciembre en un día bisagra, y hacerlo que juegue como uno de esos medios de enganche entre lo que hay hacia adelante (el futuro, el 2016) y lo que dejamos atrás (el pasado). Y por eso quiero aprovechar el día de hoy para retornar a los orígenes, a uno de los artículos al que de tanto en tanto retorno y que tan bien ejemplifican lo que, ya desde el título, significa la unión entre fútbol y literatura.

Se trata de “Letras de fútbol”, de Javier Marías, el responsable de esa maravillosa frase que tantas veces repito: “El fútbol es la recuperación semanal de la infancia”. Marías, madrileño y merengue, además de uno de los grandes de la literatura contemporánea, es un declarado aficionado al fútbol y autor de un gran número de artículos futboleros, una recopilación de los cuales es la que se puede encontrar en el volumen “Salvajes y sentimentales”, publicado el 2000 por Aguilar.

Uno de esos textos es el citado “Letras de fútbol”, de 1995, y anteriormente recogido en “Mano de sombra”, el libro que agrupa los escritos que entre diciembre de 1994 y noviembre de 1996 fue publicando en el suplemento de “El semanal” bajo el título general de Línea de sombra.

Letras de fútbol”, como decía, es un artículo al que me gusta regresar cada cierto tiempo. Está escrito tras la publicación del volumen “Cuentos de fútbol 1” (más adelante se publicaría un segundo volumen), coordinado por Jorge Valdano, en el que Marías también aparece con el relato “En el tiempo indeciso”.

Con la excusa de la publicación de este conjunto de relatos futboleros, Marías nos ofrece en apenas dos páginas un terreno de juego por el que deambulan autores futboleros de nacionalidades diversas, equipos deportivos, alguna anécdota curiosa y, por encima de todo, una demostración de que hablar de fútbol no está reñido con la escritura de alta calidad.

Por último, y para acabar de justificar este cierre de año con este texto, añadir que (casualidades de la literatura futbolera) se incluye una anécdota vivida por el autor en el Santiago Bernabéu mientras se celebraba un partido como el que ayer se disputó en el estadio merengue: Real Madrid – Real Sociedad.

Aquí tenéis el texto. Disfrutadlo.

Letras de fútbol

Por Javier Marías (1995)

En “Salvajes y sentimentales”. Aguilar, 2000

Hace dos semanas participé en el acto de presentación de un libro insólito titulado Cuentos de fútbol, seleccionados por el entrenador del Real Madrid (espero que siga siéndolo cuando salgan estas líneas), Jorge Valdano. En ese grueso volumen de casi cuatrocientas páginas hay veinticuatro relatos de autores vivos y muertos, viejos y jóvenes y maduros, españoles y argentinos, uruguayos y peruanos, mexicanos y paraguayos. Hay nombres bien conocidos, como Delibes, Benedetti, Sampedro, Rosa Bastos o García Hortelano. Entre los de mi generación se alinean el vasco Atxaga, el andaluz Navarro, los gallegos Casares y Rivas, el leonés Llamazares y yo mismo, madrileño. Una sola mujer, la catalana Rosa Regàs. Quizá fuera este dato el único que aún nos hizo ver algo raro en el fútbol durante la tertulia que varios de los cuentistas celebramos ante una sala abarrotada de un público no sé si tan literario como futbolero. Tal vez sí, pues los dos adjetivos no tienen por qué ir reñidos, como se demostró sobradamente durante la charla. Y si entre los antologados sólo había una mujer, no puede decirse lo mismo de ese público, en el que me pareció ver más rostros femeninos que masculinos. Al fin y al cabo, ya en la anticuadísima y divertida letra del himno del Real Madrid se habla de “las mocitas madrileñas” que se encaminan los domingos hacia Chamartín.

                Lo mejor de ese encuentro fue que, pese a estar el estrado lleno de escritores, ninguno se puso a hacer sociología barata, ni a interpretar el juego desde perspectivas psicoanalíticas, ni a buscar burdos paralelismos entre los futbolistas y los novelistas. No hubo pedantería, ni coartadas para justificar una afición. Cómo ha cambiado todo, pensé. Hace sólo veinte años no había intelectual que se atreviera a confesar públicamente que le gustaba el fútbol, algo mal visto, “de derechas” si no franquista, una especie de opio laico del pueblo con el que se lo engañaba y se lo apartaba de la lucha social. Recuerdo una anécdota que lo ilustra bien: vino la Real Sociedad a jugar en Chamartín, y allí coincidieron, cada uno por su cuenta y medio disfrazados para que nadie los reconociera, el rico empresario Querejeta, el novelista Juan García Hortelano, el novelista Juan Benet y el editor Javier Pradera. Al irse descubriendo unos a otros, todavía se sintieron obligados a darse explicaciones: que si el rico empresario había jugado de joven en la Real, que si Pradera era de San Sebastián, que si Benet vivía al lado del estadio y pasaba por allí… Lo contaba Hortelano, el único que no renegaba de su pasión.

                Pero todos los participantes en el coloquio fuimos sacando más precedentes de los imaginables. Vladimir Nabokov había jugado de portero en su exilio inglés, y Albert Camus también se había colocado bajo los palos en su Argelia natal. Ese puesto lo habían ocupado asimismo de chicos Benedetti y Sampedro, quienes confesaron haberse retirado por sendos balonazos recibidos en el estómago, con desmayo incluido del sudamericano. Llamazares reclamó para su equipo, la Cultural Deportiva Leonesa, el honor pionero de haber conciliado en su nombre dos cosas con fama de opuestas. Yo, como zurdo que soy, había jugado de extremo izquierdo, y varios de los presentes habían sufrido lesiones que tal vez truncaron carreras más brillantes que las literarias adoptadas, quién sabe si con resignación. Unos éramos del Madrid y otros del Atlético, del Celta o del Deportivo, del Sporting y del Barça, Benedetti reconoció ser del Nacional de Montevideo y estar muy contento porque habían ganado recientemente al Peñarol, su rival máximo. Yo conté que hace un mes recibí un catálogo inglés de libros antiguos y raros, lleno de exquisitas ediciones primeras de Virginia Woolf, Joyce o Kipling. En medio de tanta literatura de muy altos vuelos aparecía la autobiografía del gran Ferenc Puskas, titulada Capitán de Hungría y a un precio que rondaba al cambio las diez mil pesetas. Dado que Puskas fue de mi equipo y me dio mucha emoción y alegría en mi infancia, y dado que por fin no compré –como quizá recuerden ustedes- aquella pitillera de Sherlock Holmes el pasado verano en loca subasta, llamé a pedir el capricho. Les aseguro que esos catálogos sólo los reciben grandes aficionados a la literatura. Pues bien, el librero londinense me dijo que no sólo la historia de Pancho Puskas ya estaba vendida, sino que era el libro para el que estaban llegando más peticiones. “Si vuelvo a hacerme con un ejemplar”, anunció para mi dolor, “me temo que le doblaré o triplicaré el precio”. Está visto que últimamente no tengo suerte con los caprichos.

 

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#Golesylibros para #ElClásico desde el Observatorio del Libro

 

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Este sábado, 21 de noviembre, a las 18.15 horas, el estadio Santiago Bernabéu acogerá el primero de los clásicos de la presente temporada, un nuevo Real Madrid – F.C. Barcelona que como siempre levantará pasiones y movilizará (o, mejor dicho, inmovilizará ante las pantallas de televisión) a los aficionados al fútbol.

 

Hasta aquí el tópico. Y a partir de ahora, ¿intentamos algo nuevo? Ahí va una propuesta: además de masas movilicemos también libros, y además de pasiones, levantemos también páginas. Futboleras, por supuesto.

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Esta es la intención del Observatorio de la Lectura y el Libro, un organismo adscrito al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte a través de la Dirección General de Política e Industrias Culturales y del Libro, que ha puesto en marcha una interesante campaña durante los días previos al partido.

 

La iniciativa pretende hacer difusión y acercar a lectores y aficionados al fútbol la abundante literatura futbolera que podemos encontrar. Para ello han creado el hashtag #Golesylibros y #Elclásico, y desde el lunes están publicando tweets con preguntas que vinculan fútbol y literatura, enlaces a informaciones de libros sobre fútbol, a la afición al balompié que famosos escritores han tenido, etc.

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Una magnífica iniciativa en la que el Fútbol Club de Lectura ha tenido una mención especial que agradezco enormemente 😀

 

Así que ya sabéis: seguid su cuenta de twitter (@Observalibro) y comenzar a jugar el clásico marcando goles con la lectura de libros.


 

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Javier Marías, el fútbol y la recuperación semanal de la infancia

 

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Hoy, día 20 de septiembre, es el cumpleaños de uno de los grandes de la literatura contemporánea: Javier Marías.  Autor de gran prestigio y reconocimiento, con una producción de una calidad indiscutible, ganador de los premios más importantes (excepto el Nobel, para el que siempre suena), compositor de pequeñas joyas en forma de artículos semanales…

Por si todo lo anterior fuera poco, Javier Marías es un declarado aficionado al fútbol (seguidor del Real Madrid, no todo iba a ser perfecto :-D), y uno de los principales responsables de mi afición por la literatura futbolera.

 

Cómo ha cambiado todo, pensé. Hace sólo veinte años no había intelectual que se atreviera a confesar públicamente que le gustaba el fútbol.

Javier Marías en “Letras de fútbol“, artículo publicado en “Salvajes y sentimentales

 

 

Y es que siempre que alguien me pregunta de dónde procede mi afición por este tipo de literatura no tengo que pensar demasiado para responder: seguramente, el libro “Salvajes y sentimentales” fue el que me introdujo de verdad en un mundo apasionante que unía dos de mis grandes aficiones, el fútbol y la lectura.

Si hago un esfuerzo de memoria puedo identificar unos primeras aproximaciones ya desde mi infancia, cuando me dedicaba a dibujar jugadas de fútbol en las páginas en blanco que separaban los capítulos de mis libros de “Los cinco” o “Los Hollister”.

Dibujos muy esquemáticos, en los que un par de jugadores hacían una pared y marcaban un golazo que se colaba por la escuadra de un escuálido portero que se estiraba sobre el papel. Aunque de forma inconsciente, creo que ese fue el germen inicial que se traduciría mucho tiempo después en la afición por los libros de fútbol.

Imagen de www.arteinfantil.tripod.com

Lejos de esos acercamientos infantiles, mi gusto por la lectura me llevó a disfrutar mucho con los artículos en prensa de Manuel Vázquez Montalbán, quizá uno de los primeros que me hizo ver que el fútbol se podía leer. Lo mismo ocurría con las crónicas de los partidos de Santiago Segurola, que me parecían auténticas piezas literarias que nada tenían que ver con las anodinas descripciones de partidos que se podían leer en algunos medios.

 

Pero, sin duda, el artículo que quizá ejerció de “¡Ábrete, Sésamo!” fue “La recuperación semanal de la infancia”, de Javier Marías, texto y frase que no me he cansado de repetir cada vez que tengo ocasión cuando alguien me pregunta acerca del fútbol. Aquella “recuperación semanal de la infancia”, en mi caso, supuso un regreso a aquellos momentos de soledad en los que dibujaba torpemente jugadas de fútbol en los espacios en blanco de un libro.

En la sinopsis del libro podemos leer:

La supuesta incompatibilidad entre las letras y el fútbol ya fue desmentida por algunos clásicos modernos: tanto Nabokov como Camus ocuparon puesto de portero en sus respectivas juventudes, y el segundo dijo que cuanto de importante sabía acerca de la moral humana lo había aprendido en el fútbol.
A ellos se une el novelista Javier Marías (que fue extremo izquierdo en la infancia) con esta colección de piezas futbolísticas en las que tampoco la moral está ausente. Escribir de este deporte es para él “un descanso”, lo cual debe entenderse, según apunta Paul Ingendaay en su prólogo, como la oportunidad de abandonar las máscaras de la ficción e instalarse en un territorio en el que “las cosas están claras y el autor se siente seguro de sus pasiones y de sus recuerdos”.
Para Marías el fútbol es “la recuperación semanal de la infancia”; y también es temor y temblor, dramaticidad y zozobra, una mezcla de sentimentalidad y salvajismo, una escuela de comportamiento y nostalgia, y la escenificación de la épica al alcance de todo el mundo.
Y vemos el fútbol como lo que seguramente es, en el fondo, para millones de aficionados: un interminable desfile de héroes, villanos, figurantes y gestas, un espectáculo que quizá merezca la pena tomarse en serio.

Imagen de www.arteinfantil.tripod.com

La recuperación semanal de la infancia” acabó formando parte de una joya como es “Salvajes y sentimentales”, un libro editado por Aguilar en el 2000 (la edición que yo tengo) y en el que se recoge una selección de artículos sobre fútbol escritos por Marías entre 1992 y el 2000, publicados mayoritariamente en El País o en el suplemento dominical El Semanal.

Y si el otro día hablaba de la presentación del festival “Letras y fútbol 2015” que se celebrará en noviembre en Bilbao, ahora es momento de volver a citar las palabras “letras” y “fútbol“, puesto que “Letras de fútbol” es el subtítulo del libro de Marías.

En el prólogo al libro se citan unas palabras del propio Marías publicadas en su libro Vida del fantasma, de 1995, en las que dice:

“Pocas cosas me han hecho tanta ilusión en los últimos años como que me pidieran escribir sobre fútbol de vez en cuando: un descanso.”

Imagen de www.javiermariasblog.wordpress.com

Afortunadamente, a lo largo de todos estos años esa afición futbolera suya se ha trasladado en numerosas ocasiones a textos y artículos, demostrando así que la combinación de fútbol y literatura puede ser muy fructífera, y que cuando esa unión nace de la mano de grandes autores como él, pueden dar a la luz auténticas joyas literarias.

Sirva pues este modesto artículo como muestra de homenaje y reconocimiento a quien tanto me ha hecho disfrutar con este tipo de literatura. Creo que es de justicia hacerlo, y más aún cuando uno conserva en su biblioteca una dedicatoria suya de hace muchos años en la que se hace referencia a la “caballerosidad impecable”.

 

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Así que aprovecho el día de hoy para felicitarlo por su cumpleaños y para recordar a uno de los grandes jugadores de esta plantilla integrada por escritores que han dedicado parte de su obra al fútbol.

Aparte de recomendaros la lectura de “Salvajes y sentimentales” (y, por supuesto, de toda la obra de Javier Marías), os invito a que os paséis por la web www.javiermarias.es para conocer todo lo que tiene que ver con su obra y por el blog www.javiermariasblog.wordpress.com, en el que encontraréis una recopilación de todos los artículos que va publicando.

Si estáis interesados especialmente en los que hacen referencia al fútbol no tenéis más que utilizar el buscador.

Y para terminar, aquí tenéis el artículo “La recuperación semanal de la infancia”.

“La recuperación semanal de la infancia”

 

            El escritor Guillermo Cabrera Infante detesta el fútbol. La escasa tradición cubana en este deporte podría justificarlo, pero sus más de veinticinco años en Inglaterra anulan tal explicación. Recuerdo su cólera y sus denuestos cuando ocurrió la tragedia de Heysel. Apartándose por una vez de Nabokov, que fue guardameta en su exilio de Cambridge y hasta el final de su vida gustó de ver partidos por televisión, no culpaba a los hinchas del Liverpool, sino al propio deporte: “Ese juego nefasto”, decía, “incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”. Es curioso que, en cambio, en Estados Unidos el fútbol no haya prosperado porque allí se lo considera demasiado lento y blando, una práctica propia de señoritas. Y en efecto, cuando estuve unos meses en la Universidad exclusivamente femenina de Wellesley College, el deporte preferido de las alumnas no era otro que el arte de Di Stéfano, para mi gran sorpresa. Claro que allí podía deberse a la influencia del propio Nabokov, que pasó por el lugar en los años cincuenta y quizá instauró la tradición.

            Lo que sí sé es que no hay deporte que más angustie, cuando es angustioso. Es más, en mi caso particular confesaré que es de las pocas cosas que me hacen reaccionar hoy en día de la misma manera –exacta- en que reaccionaba cuando tenía diez años y era un salvaje, la verdadera recuperación semanal de la infancia. Hace un mes llegué a asustarme: al carecer de descodificador en mi televisión, hube de seguir la última jornada de la Liga española por radio, como en la postguerra y aun después. Tal vez fue eso lo que me retrotrajo con demasiada vehemencia a los años más indómitos de mi niñez, pero lo cierto es que cuando, acabados los partidos, mi editor culé me llamó con el himno del Barça como música de fondo y dispuesto a hacer bromas de las que –siempre entre risas y sin asomo de ceño- nos gastamos doscientas a lo largo del mes, le anuncié muy serio que ya no podría publicar nunca más con él; y no sólo eso, sino que dudaba que volviera a pisar Barcelona (ciudad que me encanta y en la que viví) y desde luego no pondría jamás pie en Tenerife. Me salió el hooligan que todos los aficionados llevamos dentro.

            Por suerte todo se me pasó al cabo de unas horas –pero no menos-, porque el fútbol soporta una maldición que a la vez es la salvación de jugadores, entrenadores y forofos compungidos por una derrota. Se trata de una actividad en la que no basta con ganar, sino que hay que ganar siempre, en cada temporada, en cada torneo, en cada partido. Un escritor, un arquitecto, un músico pueden sestear un poco tras haber hecho una gran novela, un maravilloso edificio, un disco inolvidable. Pueden no hacer nada durante un tiempo o hacer algo menor. Entre los primeros, que son los que más conozco, los hay que han pasado a ser buenos por decreto y hasta el fin de sus días gracias a una sola obra estimable escrita cincuenta años atrás. En el fútbol, por el contrario, no caben el descanso ni el divertimento, de poco sirve tener un extraordinario palmarés histórico o haber conquistado un título el año anterior. No se considera nunca que ya se ha cumplido, sino que se exige (y los propios jugadores se lo exigen a sí mismos) ganar el siguiente encuentro también, como si se empezara desde cero siempre, analogía del resultado inicial de todo partido. A diferencia de otras actividades de la vida, en el deporte (pero sobre todo en el fútbol) no se acumula ni atesora nada, pese a las salas de trofeos y a las estadísticas cada vez más apreciadas. Haber sido ayer el mejor no cuenta ya hoy, no digamos mañana. La alegría pasada no puede hacer nada contra la angustia presente, aquí no existe la compensación del recuerdo, ni la satisfacción por lo ya alcanzado, ni por supuesto el agradecimiento del público por el contento procurado hace dos semanas. Tampoco, por tanto, existen durante mucho tiempo la pena ni la indignación, que de un día para otro pueden verse sustituidas por la euforia y la santificación. Quizá por eso el fútbol sea un deporte que incita a la violencia, como decía Cabrera: pero no por las patadas, sino por la angustia. A cambio hay que reconocer que tiene algo inapreciable y que no suele darse en los demás órdenes de la vida: incita al olvido, lo que equivale a decir que a lo que no incita nunca es al rencor, algo que se aprende sólo en la edad adulta.

Javier Marías (1992)

Imagen de www.todocoleccion.net

“La sala d’estar és un camp de futbol”, Josep Maria Fonalleras. Ara Llibres

 

 

Javier Marías, gran aficionado al fútbol y autor de “Salvajes y sentimentales”, una obra imprescindible para los amantes de la literatura futbolera, decía que “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia”. Y una magnífica y emotiva recuperación de la infancia con retazos de fútbol como telón de fondo es lo que encontramos en “La sala d’estar és un camp de futbol”, de Josep Maria Fonalleras, publicada por Ara Llibres.

Últimamente pienso a menudo en mi infancia, e intento recuperar recuerdos de aquella época ya lejana que con el paso del tiempo va dejando en mi memoria un poso de paisaje casi idílico. Una infancia en la que como en tantos y tantos otros niños el fútbol en la calle, en el patio del colegio, con porterías improvisadas, en cualquier rincón y bajo cualquier excusa lo acababa invadiendo todo.

La manera més pràctica de saber si ha estat gol és comprovar-ho amb l’empremta que la pilota deixa a la paret. Ha d’haver plogut, és clar, i el terra encara ha d’estar moll, perquè, si no, al pati dels Maristes sempre hi ha discussions.

Los partidos interminables hasta que la noche caía y casi ya no se veía la pelota, las carreras detrás de una pelota con un bocadillo en la mano, los rasponazos en las rodillas, los marcadores infinitos, las colecciones de cromos y la admiración por los jugadores que veíamos tan inalcanzables, los encuentros improvisados en un pasillo…

 Imagen de www.eltravesser.cat

Una recuperación de ese fútbol de la infancia encontré en “Fuera de juego” y “La inmensa minoría”, dos magníficas obras de Miguel Ángel Ortiz y con las que tanto me identifiqué. Y algo muy parecido me ha ocurrido con el libro de Fonalleras, lleno de elementos, salvando las distancias, tan cercanos a mi niñez: los míticos madelman, el clásico Scaléxtric, el salvador Vicks Vaporub, las liturgias habituales en las familias de hace cuarenta años, el miedo al corte de digestión, las relaciones vecinales, y otros muchos elementos fácilmente reconocibles para quienes conocimos aquellos tiempos.

“En el joc, els jugadors que s’estan quiets, la gespa és  de color verd plàstic, molt lluent. El porter es pot moure amb una guia que el fa anar a dreta i esquerra, i els futbolistes, cadascú al seu lloc, tenen una molla als peus que els permet anar enrere per agafar impuls. És així com es fan les centrades i els xuts.

Como dice Vicenç Pagès Jordà en la reseña sobre el libro publicada en El Periódico de Catalunya y que podéis leer aquí, “Josep Maria Fonalleras no se limita a enumerar los recuerdos, pero tampoco aspira a agotarlos: con cuatro pinceladas le basta para dar fe de un tiempo y de un país.”

Y, claro está, el fútbol. “La sala d’estar és un camp de futbol” no es una novela “futbolera”, aunque, como no podía ser de otra manera, el fútbol va apareciendo de manera fragmentaria e intermitente. Pese a ello, su presencia se intuye en todo momento como parte del paisaje de la infancia del autor.

Pocos niños de aquella época deben haber sido ajenos al fútbol. De hecho, Fonalleras ha continuado cultivando esa afición, y podemos disfrutar con su serie de libros infantiles “Contes blaugrana”, una colección de seis libros publicados el año 2005 por la Fundació del Fútbol Club Barcelona y la Editorial Cruïlla, con motivo del Any del Llibre i la Lectura.

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En el episodio del programa Vía Llibre que podéis ver a continuación aparece una entrevista con Josep Maria Fonalleras. En la introducción, se habla de que lo que hace con este libro es actuar como un entomólogo, clasificando y pasando a analizar pequeñas impresiones de su infancia. Las correspondientes al fútbol nos lo muestran prácticamente en todas sus variedades, lo que demuestra el peso que debió tener en su infancia: los partidos con botones, las improvisadas pelotas de papel prensado, los partidos en el patio del colegio, el futbolín, las pruebas para entrar en un equipo…

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Una obra construida con recuerdos de infancia del autor sobre los que, tal y como él mismo define, actúa como un entomólogo, como si los observara a través de un microscopio. Un libro, en todo caso, con el que Josep Maria Fonalleras consigue completamente su objetivo de ofrecer un “canto vital” mediante la descripción de esos recuerdos de infancia.

En mi caso, ha sido un emotivo y revitalizante viaje hasta aquellos tiempos.

Imagen de www.ara.cat

Un último apunte “Austeriano”

Leo en el libro un episodio en el que se describe un concurso de aquellos tiempos que daban por la televisión los sábados por la mañana. La mecánica del juego consistía, más o menos, en que un grupo de cinco jóvenes, como si fuera un equipo de básquet, debía responder las preguntas que se le hacían.

Supongo que se refiere a “Cesta y puntos”, que estuvo en antena entre 1965 y 1971. Personalmente, cuando leí la referencia en el libro, creí que estaba siendo víctima de una de esas casualidades que tanto gustan a Paul Auster (y a mí, añado). Dejo aquí constancia de ello porque no puedo decir más, aunque espero y deseo poder un día explicar a qué me refiero. Cruzo los dedos.

“Buscando a Eric”, de Ken Loach, y con Eric Cantona

 

Si tenéis ganas de ver una de esas comedias inglesas donde el centro de la vida es el barrio, donde los amigos son imprescindibles para superar los obstáculos de la vida, con unos personajes entrañables, con momentos emotivos y también hilarantes, en la que el fútbol hace de telón de fondo y en la que uno de los protagonistas es un futbolista mítico, no lo dudéis: buscar “Buscando a Eric”, valga la redundancia.

Dirigida el año 2009 por Ken Loach, cuyo nombre ya es garantía de calidad, se trata de una de esas películas en las que se retrata el devenir de unos personajes que ante la disyuntiva de resolver los conflictos de su vida cotidiana no tienen más recursos que el de aferrarse al cable que te acaban echando los amigos. Bueno, los amigos, y un ángel de la guarda a quien el protagonista empieza a imaginar que le acompaña y que es, ni más ni menos, que el mítico Eric Cantona.

La película, además de ser galardonada en el Festival de Cannes de aquel año con el Premio Ecuménico del Jurado, cuenta también con la presencia de otra celebridad, Steve Evets, ex bajista del grupo The Fall, que hace el papel protagonista de Eric Bishop.

Imagen de www.películas.film-cine.com

La sinopsis de la película es la siguiente:

Eric Bishop, un cartero de Manchester, fanático del fútbol, atraviesa una dura crisis vital: sus dos hijos hacen trapicheos de todo tipo, su hija le reprocha que no sepa estar a la altura de las circunstancias y, además, su vida sentimental es un desastre. Ni siquiera el buen ambiente que reina en el trabajo consigue levantarle el ánimo. Inesperadamente, una tarde se presenta en su casa Eric Cantona, su ídolo, la estrella de su equipo, el Manchester United. El ex-futbolista intentará ayudarlo a retomar las riendas de su vida.

Desde el momento en que Bishop comienza a sentirse acompañado y aconsejado por Cantona su vida comienza a dar pasos en la buena dirección. A lo largo del filme asistimos a diversas sesiones casi de psicoanálisis de Bishop en compañía de su admirado ídolo, quien le va ofreciendo pautas para ir resolviendo el catálogo de desastres que gobiernan su vida.

Imagen de www.buenaomala.com

Es de destacar el papel de Cantona, que ya había realizado anteriormente algunos pinitos en el cine. De la misma manera que cuando era jugador, su presencia en la pantalla impone, consiguiendo hacer un papel que a mi me parece muy sobrio y acertado. La presencia del fútbol en la película no se limita a la participación en ella de Cantona, sino que existen diferentes escenas en las que se muestran imágenes suyas defendiendo la camiseta del Manchester, realizando jugadas y marcando goles.

Una buena definición de lo que encontraremos en el filme es la formulada por el propio Ken Loach:

“Queríamos refutar la idea de que las celebridades son más que humanos. Y queríamos hacer una película que disfrutase de lo que usted y yo llamaríamos solidaridad, pero que otros llamarían apoyo de tus amigos de verdad, y de la vieja idea de que somos más fuertes como equipo que como individuos.”

Imagen de www.cine-movida.com

Y, ciertamente, esa fortaleza del conjunto frente a la individualidad queda claramente manifestada en la película, especialmente en una escena final que no tiene desperdicio y que, evidentemente, no explicaré aquí.

Aquí tenéis el tráiler de la película:

Por último, aprovechar la presencia de Eric Cantona para recordar un artículo de 1995 de Javier Marías y que forma parte de la recopilación de artículos sobre fútbol que el escritor había ido publicando y que están recogidos en el libro “Salvajes y sentimentales”. En aquel artículo, Marías se refería al episodio en el que Cantona propinó una patada a un hincha del Crystal Palace que lo estaba insultando.

 

Aquel suceso significó prácticamente el final de la carrera del futbolista, y Javier Marías le compuso el siguiente texto de homenaje en reconocimiento a un futbolista especial y carismático, atípico, que además de escribir poesía y pintar cuadros era lector de Baudelaire y de Montesquieu.

Un texto que os recomiendo leer para, a continuación, ver la película.

OH, AH, CANTONA

Javier Marías

Publicado en “Salvajes y sentimentales. Letras de fútbol”. Ediciones Aguilar, 2000

Cuando estas líneas vean la luz, es posible que la carrera del futbolista francés Eric Cantona (pronúnciese Cantoná) haya tocado a su fin. En todo caso estará muy maltrecha, ya que su club, el Manchester United, lo ha apartado del equipo por lo que resta de temporada. También el seleccionador de su país lo ha repudiado, y aún le pueden caer sanciones mayores por parte de los organismos deportivos. El motivo es haberle propinado un acrobático puntapié a un hincha del Crystal Palace cuando, expulsado por el árbitro tras haberle hecho una fuerte entrada a un rival, Cantona se retiraba hacia el vestuario. Al parecer el hincha le estaba diciendo todo tipo de barbaridades, como suele ser costumbre de los hinchas del mundo entero. La acción de Cantona ha sido inmediatamente condenada por dirigentes, entrenadores y periodistas, y se lo ha acusado de caprichoso e incorregible, ya que no es la primera vez que este genio muestra su rebeldía, su impaciencia su sangre caliente. Lleva a cuestas una larga lista de incidentes, y además lee a Baudelaire y a Montesquieu, lo cual –pese a Valdano, Guardiola, Pardeza, Marcial y alguna otra excepción- no está aún muy bien visto en el ambiente futbolístico (leer, quiero decir). Escribe poesías y pinta cuadros. Es medio español de origen y los aficionados de sus ya numerosos equipos lo adoran, a él y a su juego. Siempre lleva el cuello de la camiseta subido, como si fuera el de una gabardina, y su concepción y ejecución del fútbol es una de las más imaginativas, voraces e inesperadas –a la vez artística y aguerrida- de los últimos tiempos. Los niños ingleses le cantan en los recreos: “Oh, ah, Cantona, ran away with the teacher’s bra” (“… salió corriendo con el sostén de la profesora”).

Al hincha agredido por Cantona, un tal Matthew Simmons, de veinte años, se le prohibirá el acceso al estadio de su equipo, ese será su leve castigo. Parece un buen elemento pese a su corta edad: tiene antecedentes penales por robo a mano armada en una gasolinera y es conocido por sus ideas racistas. Es probable que se mereciera la patada y quizá algo más. Aun así, Cantona no debió dársela y es normal que lo sancionen. Lo que es más discutible es su condena moralista general. Sobre él llueven los insultos y las censuras, cuando lo que ha hecho, desde mi punto de vista, ha sido ‘también’ un acto de coraje e insumisión.

Se da por descontado que el público es respetable cuando hace mucho que dejó de serlo. Quien ha pisado alguna vez un estadio o una plaza de toros ha visto a individuos cobardes que, amparándose en la distancia y el anonimato, se atreven a gritarles a los futbolistas o toreros cosas que no serían capaces de murmurarle a nadie que estuviera a dos pasos, gente que no saldría ni en defensa de un niño al que vapulearan cuatro adultos. Se atreven a insultar y humillar en tanto que masa, confundidos con otros de su misma especie, jaleándose y envalentonándose mutuamente. Se sienten impunes porque en esos lugares es casi imposible que sean individualizados, percibidos como lo que son, individuos. Pocas cosas hay en el mundo más repugnantes que un linchamiento, material o verbal: que ese grupo de individuos que dejan de serlo durante un rato para descargarse de responsabilidad y entonces matar o pegar o insultar, y que luego pretenden volver a su individualidad cuando todo ha pasado y pueden pensar: “Yo no he sido, fueron más los otros”. Enfrentarse o revolverse contra esa masa de linchadores es algo casi imposible, y ante tal situación el agredido piensa: “Si pudiera encontrarme con ellos, uno a uno”. Es lo que ha hecho el gran Cantona: individualizar a alguien dentro de esa masa, señalarlo con el pie (más que con el dedo), sacarlo de su cómodo anonimato y darle su merecido. Sobre Cantona podían haber caído en el acto cien gamberros como Simmons que lo habrían matado allí mismo, otra vez constituidos en multitud impune. El jugador corrió su riesgo y le echó valor.

Si esta situación la hubiéramos visto en el cine, no habríamos tenido dudas acerca de la reacción del héroe, la habríamos aplaudido seguramente. A veces me pregunto por qué no sabemos interpretar la vida real con la misma nitidez, con la misma ecuanimidad que una película o una novela. Y pienso que más nos valiera intentar verla así siempre, como una representación ficticia, fiándonos sobre todo de nuestro instinto de espectadores o lectores, que falla mucho menos que nuestro discernimiento de ciudadanos. Javier Marías (1995)

Y, para terminar, algunos de los goles que marcó Eric Cantona: