Un llamamiento a la RAE: el balón se ¿coló? ¿colgó? ¿encajó? ¿voló la bola?

 

Imagen de www.gistain.net

 

Hace un par de días publiqué un hilo en twitter que terminaba con una petición a la RAE: intentar aclarar qué término hay que utilizar para referirse a ese trágico momento en el que se “cuela” un balón. ¿Existe una palabra que defina ese suceso? Por la importancia de lo que supone  para quien lo experimenta pienso, humildemente, que debería haberla.

Transcribo a continuación el hilo en el que explicaba el origen de mi petición. Y por si alguien siente curiosidad al respecto, simplemente aclarar que se trata de hechos absolutamente reales. Allá va:

 

Koldo pisó el balón, escupió y dio unos pasos atrás, el último en ligera curva hacia su izquierda. Trató de golpear el balón con el empeine, pero lo hizo con el exterior y el balón salió bombeado y se coló por encima de un muro de cantos rodados.

– La cagaste -dijo Fichu.

– ¡Calla, capullo!

– No sabes acomodar el cuerpo.

– Que te calles.

Miraron boquiabiertos la hilera de cristales amarillos y verdes que coronaba el muro.

– Ni un día -dijo Koldo pateando la gravilla-. Joder, ni un puto día me ha durado el balón.

 

Lo que acabáis de leer es un trozo de “Fuera de juego”, una magnífica novela de Miguel Ángel Ortiz Olivera publicada en el 2015 por Caballo de Troya. El fragmento describe una de las experiencias más traumáticas que te pueden suceder cuando eres un niño: la pérdida de un balón.

Otro ejemplo aparece en la maravillosa “Hijos del fútbol” de Galder Reguera, y publicada en el 2017 por Lince Ediciones. Lo describe así:

 

“Esta tarde he encajado el balón de Oihan en uno de los balcones interiores de la plaza de la antigua iglesia, donde jugábamos a refugio de la lluvia. Ha sido tras una volea que pretendía ser magnífica, como la de Zidane en Glasgow, y ha salido como ha salido.

El lugar adonde ha ido a parar es inalcanzable. Aterrado, he buscado la mirada de mi hijo”.

 

Ambas situaciones me recuerdan a uno de los momentos más traumáticos de mi infancia. Debía tener unos 10 u 11 años. Pese al tiempo transcurrido, lo recuerdo con tanta claridad como si acabara de suceder. Voy a explicarlo.

Nací en un humilde barrio obrero de Cornellà, de familias mayoritariamente inmigrantes. A finales de los 70, la calle era el territorio de juegos de todos los niños que allí vivíamos. Éramos muchos, y jugábamos, sobre todo, al fútbol, bocadillo en mano y hasta el anochecer.

 

Imagen de www.futbolenpositivo.com

 

A la hora de jugar siempre nos juntábamos más de veinte, lo que nos permitía formar extensos equipos. En cambio, no abundaban ni ropa ni zapatillas de marca. Ni tampoco, mucho peor aún, balones a los que dar patadas.

Una de las peticiones estrella para el día de Reyes era un balón de reglamento. Aunque la realidad es que lo que se dice de ‘reglamento reglamento’ creo que jamás llegamos a ver ninguno por allí.

 

 

Como mucho, quienes escribían ese deseo en su carta acababan recibiendo, en el mejor de los casos, algún sucedáneo. En el fondo, no importaba demasiado si lo que nos traían no era de cuero ni estaba homologado por la FIFA. Mientras fuera más o menos redondo y susceptible de ser chutado ya nos dábamos por satisfechos.

Aún así, y pese a que los balones a los que podíamos aspirar la mayoría de niños del barrio eran de baratillo y de mercadillo, no los había en todas las casas.

Por eso, el afortunado poseedor de uno acostumbraba a ser el niño mejor tratado de la calle. Algo así como la reina de la fiesta. Aunque te cayera como un tiro, por el simple hecho de tener una pelota con la que jugar, aquel niño se convertía automáticamente en sangre de tu sangre.

Se le defendía como a la propia vida. Y más valía hacerlo así, porque si por la razón que fuera una tarde se le cruzaban los cables y decidía no bajar a jugar a la calle, nos quedábamos sin partido.

 

 

El ritual era siempre el mismo. Después del cole, y a la hora de la merienda, nos íbamos reuniendo en la calle. Si el dueño del balón tardaba en aparecer se le comenzaba a gritar por su nombre a grito pelado. “¡¡¡Manuuuuuuuuuu!!! (nombre real) ¿¿¿¿bajaaaaaaaasss???”

Excepto cuando había castigo de por medio, lo habitual, tras unos segundos de angustiosa espera, era recibir la ansiada respuesta desde alguna de las ventanas de su edificio: “¡¡¡Síiiiiii!!!”. A partir de aquel momento, el mundo se convertía en un lugar maravilloso.

 

 

Y en cuanto el portal de su casa se abría y de sus profundidades emergía el susodicho con la pelota entre sus manos la galaxia y el universo entero se convertían en un festival de fuegos artificiales.

 

 

Pero un día, el balón de Manu se “coló”. Una de las aceras de nuestra calle limitaba con una antigua y enorme fábrica de candados que estaba abandonada. Una auténtica fortaleza absolutamente inexpugnable. Algo similar a esto:

 

 

Su gigantesca fachada, de una altura descomunal, hacía imposible que nada -excepto un pájaro, un avión o los restos de un satélite- fuera capaz de acceder al otro lado.

Bueno, imposible hasta que sucedió. Han pasado 40 años desde aquello, y aún hoy, si vas por el barrio y sacas a relucir la historia del balón de Manu, te hablarán de ella como de un suceso paranormal digno de Milenio 4.

– Chico, era imposible que se colara, pero se coló –responden los más viejos del lugar-. Aquello fue cosa de brujería.

 

 

El caso es que el balón de Manu desapareció engullido por el edificio de la fábrica. El pobre, con razón, cogió una depresión de caballo. Y a nosotros, la perspectiva de quedarnos sin jugar al fútbol, nos causó una tremenda sensación de desamparo.

Si alguien hubiera escrito un relato entonces lo habría titulado como el libro de Ishiguro: “Cuando fuimos huérfanos“.

Durante unos días no pudimos jugar al fútbol. Aunque a los ojos de hoy día parezca increíble, nadie más tenía una triste pelota. Ni de plástico. Así que volvimos a jugar con cromos, a hacer carreras de chapas y, para no perder la práctica de chutar, al bote.

Fuera como fuese, la alegría desapareció de aquella calle. Pero yo “empaticé” bastante con Manu, y eso que jamás se había oído tal palabra en el barrio. Así que me propuse conseguir una pelota para que fútbol y felicidad regresaran a nuestra calle.

Precisamente, hacía por lo menos tres meses que estaba intentando que mis padres me compraran un balón: me portaba bien, hacía los deberes, traía buenas notas del cole e incluso ayudaba en casa.

 

 

Objetivo: conseguir que a mis padres -bueno, más bien a mi madre- se le reblandeciera el corazón y accediera a comprarme la ansiada pelota.

Mi campaña tuvo un acto central: levantarme cada sábado a las seis de la mañana para acompañarla al mercado a comprar. Mi labor consistía en hacer de sherpa transportando el carro de la compra, y en guardar la tanda en las paradas que ella me iba diciendo.

Yo miraba todo aquello con mi cara de sueño, llena de legañas, sintiéndome un auténtico extraterrestre entre tanta frutería, pescadería, carnicería, trasiego de hombres y mujeres para arriba y para abajo, olores, colores, sabores…

Incluso creo que mi tuve mi primer flechazo allí, al enamorarme de la dependienta de una parada de “Ultramarinos”. Pero eso es otra historia.

 

 

Esperaba tiernamente como un pasmarote, en la cola de aquellas paradas, hasta que alguien preguntaba: “¿La última?“. Y yo, entonces, emitía un tímido e inaudible “yo” que más parecía un gallo que una respuesta.

 

 

Desde casa hasta el mercado había poco más de medio kilómetro. Una distancia que recorríamos caminando en unos 10 minutos. A mitad de trayecto había una tienda de material deportivo (la única que existía en la zona en aquella época) que se llamaba Lafaja.

 

 

Lafaja era el apellido de una familia de Cornellà de tradición deportiva. Tenían un pequeño establecimiento con un par de grandes escaparates con material deportivo de todo tipo. De vez en cuando me acercaba hasta allí a soñar que disfrutaba de lo que contenía.

Y también a comprar … sellos. Sí, sellos. Hacía poco que me había aficionado a la filatelia, y durante un tiempo hice allí las modestas adquisiciones para mi sencillo álbum.

 

 

Por supuesto, distribuían también material de montaña. Y fue en aquella tienda donde me compraron mi primera mochila, mi primer saco de dormir, y mi primera cantimplora.

Y, lo más importante del mundo mundial, vendían material futbolero: camisetas, pantalones, medias, botas… y balones de reglamento.

Lafaja, en fin, era un auténtico oasis entre las tiendas del barrio.

 

 

Cada vez que pasaba por allí me quedaba embelesado mirando el escaparate y las esferas perfectas que allí se exponían, como si fueran auténticas joyas.

Y cada vez que pasaba por allí acompañando a mi madre y arrastrando su carro de la compra la forzaba a detenerse ante el cristal para enseñarle lo que tanto ansiaba y deseaba: un balón.

Mi particular campaña de insistencia duró unos dos o tres meses. Sábado tras sábado ejecuté la misma rutina: madrugón, guardar tanda en las paradas del mercado, vuelta a casa arrastrando el carro… y avituallamiento visual en el escaparate de Lafaja.

Y un día sucedió. Supongo que mi madre debía conocerse ya de memoria los productos del escaparate de Lafaja. Y uno de aquellos sábados, el que hacía treinta o cuarenta, ves a saber, tras detenernos una vez más a contemplarlo dijo: ¡venga, entra ya y coge la pelota!

A mi me faltó tiempo para sentirme Picapiedra y gritar Yabadabaduuuuuu, y para entrar de estampida a la tienda y dirigirme emocionado hacia el dueño.

El interior no era demasiado grande. Tenía el mostrador al fondo, y en las paredes de la derecha y la izquierda unas vitrinas de cristal con los diferentes productos ordenados por tipología.

Las pelotas y balones de fútbol, rugby, baloncesto y otros deportes estaban en la parte superior. Antes de que mi madre se arrepintiera grité excitado al señor Lafaja: “¡Quiero una pelota!“.

Él me miró muy serio. Tenía un rostro que impresionaba, imponente como un bloque escultórico. Me miró desde las alturas y me preguntó: “¿Cuál?

Y justo entonces, cuando inicié el giro para señalarle el balón de reglamento con el cuero más brillante que jamás había visto, la voz de mi madre atronó en la tienda: “Esta“, dijo, señalando una pelota casi oculta al final del estante, de un material que de cuero tenía poco.

¡Mamá!“, dije imaginando lo peor. “Esa pelota es de plástico… o de algo parecido, y no es ni de fútbol. ¿No ves que es más pequeña que las otras?“, imploré.

 

 

Yo no sé a que deporte correspondería aquella pelota. Ni siquiera sé si era la pelota correspondiente para la práctica de algún deporte. Tenía una textura de plástico duro, y su color era tirando a marfil.

Era un poco más grande que una de balonmano, pero más pequeña que una de fútbol. “Mamá“, volví a insistir. Y ella, impasible, sentenció: “O la coges o nos vamos“. Y el señor Lafaja me dirigió una seca y fulminante mirada que parecía decir “Yo de ti la cogería, chaval“.

 

 

Y la cogí. ¡Qué remedio! Más valía aquello que nada. Era realmente fea, pero tenía el encanto de esas mascotas a las que acabas cogiendo un gran cariño pese a que son horrorosas.

En cuanto abandonamos la tienda la decepción por no haber conseguido el balón de reglamento se me pasó rápido al pensar que en apenas unos minutos llegaría a la calle y podríamos volver a jugar al fútbol.

De mejor o peor calidad, la realidad era que volvíamos a tener una pelota, y ya imaginaba los driblings, caños, paredes y goles que marcaría ese mismo día.

Impaciente por llegar cuanto antes a mi calle y enseñar la nueva adquisición fuimos avanzando los tres, mi madre, la pelota y yo. Bueno, mejor dicho, los cuatro: mi madre, la pelota, el carro y yo.

Al cabo de unos minutos dejamos la calle Rubió i Ors y giramos hacia Miguel de Roncalí, justo en la esquina donde se encontraba la vaquería de la familia de Daniel Solsona, aquel gran jugador que pasó por el Espanyol y el Valencia, entre otros equipos.

 

 

Solsona era un auténtico ídolo para los niños de Cornellà. Cada día, de camino para el cole, pasaba por delante de la vaquería que allí tenían sus padres. Había que cruzar un callejón en el que olía a vaca.

Pero también se respiraba fútbol. Y aquel sábado, pasar por delante de la tienda de la familia Solsona con mi balón (o lo que aquello fuera) en las manos me hizo sentir futbolista.

Nuestro destino ya se encontraba cerca. Apenas a 300 metros estaba el final de esa calle, justo en la confluencia con Campoamor, donde yo vivía. Miguel de Roncalí terminaba en un terraplén construido años atrás como barrera ante los periódicos desbordamientos del río Llobregat.

Entre el final de la calle y el terraplén había un espacio que solíamos utilizar para jugar. Justo a la derecha había una fábrica de mármoles, y más allá la fábrica de candados que se tragó el balón de Manu.

Al pie del terraplén circulaba un canal de aproximadamente un metro y medio de ancho y otro metro de profundidad. Era un curso de agua que abastecía a los huertos de los agricultores de la zona.

 

 

El canal, como nos referíamos a él, cruzaba varias poblaciones. Nosotros lo utilizábamos, básicamente, de tres maneras. La primera, para lanzar trozos de madera que simulaban ser barcos que hacían carreras al ser arrastrados por la corriente.

La segunda, para hacernos los chulos delante de las niñas saltándolo de lado a lado. Y, la mejor de todas, la tercera, para partirnos de risa cada vez que alguien, al saltarlo, acababa cayendo al agua.

 

 

Junto al canal, y un poco por debajo de él, circulaba otro curso de agua. A diferencia del primero, que discurría en superficie, este iba mayoritariamente bajo tierra. Solo era posible saber de su existencia porque en algunos tramos de calles había una especie de respiradero.

Aquellos respiraderos consistían en una sencilla abertura de apenas 40 cm. Justo en medio tenían dos finas barras de hierro, lo que impedía, por ejemplo, que un niño se pudiera colar por allí.

Terraplén, canal y callejón era el horizonte al que nos acercábamos mi madre, el carro, la pelota y yo. A 50 metros de nuestro destino ya veía a mis amigos al fondo, jugando a canicas, ajenos por completo a la sorpresa que estaba a punto de darles en cuanto vieran la pelota.

¡¡¡Ehhhhhh colegaaaas!!! ¡¡¡Mirad qué tengo!!!“, grité con toda la potencia que pude. Todos, los casi veinte que allí había, miraron entonces hacia el lugar del que procedía la voz. Y yo levanté la pelota como si fuera la mismísima copa del mundo para que todos la vieran.

Jamás olvidaré las caras de asombro y satisfacción que todos pusieron. Cuarenta ojos intentando salir de sus órbitas, y veinte campanillas intentando imitar a los ojos mientras gritaban ¡¡¡Bieeeeennnnn!!!

Explica Eduardo Galeano en “El fútbol a sol y sombra” que una vez, un periodista preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle: ¿Cómo explicaría usted a un niño lo que es la felicidad?

 

– No se lo explicaría –respondió ella-. Le tiraría una pelota para que jugara

 

Yo no había leído ni a Galeano ni a la alemana esa, pero algo en mi interior ya intuía que la felicidad era eso, y que lo que procedía en aquel momento era demostrar que podía hacer felices a un grupo de niños. Así que chuté.

No fue un disparo potente. No fue ni un cañonazo ni un cañardo, como denominábamos a los chuts más poderosos. Simplemente fue un chut con la fuerza suficiente para enviar la pelota hasta el lugar en el que se encontraban mis amigos. Como mucho, unos 30 metros.

Cuando la pelota alcanzó al grupo los dos que se encontraban más cerca intentaron detenerla pero les pasó entre las piernas. A continuación, la pelota tropezó en un pie y salió despedida hasta una rodilla, rebotando de nuevo para volver a pasar bajo las piernas de dos niños más.

De momento, la pelota había salvado ya los intentos de control de al menos 9 niños. Y seguía avanzando. Yo comencé a intuir lo peor, y de mi boca comenzó a salir un silencioso “no, no, no, no por favor, no, no por favor…“.

 

 

El balón siguió avanzando sin que nadie fuera capaz de detenerlo, como si estuviera fabricado de un material etéreo, inmune a las leyes de la física. Quizá el hecho de que no fuese de reglamento tenía algo que ver en su falta de corporeidad.

Porque, ¿cómo explicar si no que nadie hubiera conseguido detenerlo aún?

Hipnotizado por aquel avance implacable, comencé a temer lo peor. Los últimos cuatro niños que quedaban, los situados al fondo del grupo, hicieron el último intento. Juro que dos de ellos se tiraron y se estiraron sobre el suelo cual porteros…,

… pero la pelota pasó bajo su cuerpo de forma inexplicable. Bueno, más bien debería decir que “la pelota ATRAVESÓ sus cuerpos”.

 

 

Y entonces, mis ojos dejaron de mirar la pelota y se centraron en el horror, el horror. Allí estaba el respiradero del canal, una boca oscura y tenebrosa, la puerta de acceso al corazón de las tinieblas.

Pero tuve entonces una chispa de esperanza al pensar en las dos delgadas barras de hierro situadas en el centro de la abertura. Entre los barrotes y estos y la pared del orificio había, exactamente, 22,7 cm.

Un día fui a medirlo.

22,7 cm. Mi pelota tenía un diámetro de 22,6 cm exactamente. Lo comprobé. Un día le pedí al señor Lafaja que me dejara una idéntica a la mía para medirla.

¿Cuál es la probabilidad de que una esfera de 22,6 cm. supere a veinte niños que intentan detenerla y acabe entrando limpia por un agujero de 22,7cm. de anchura?

Las matemáticas dirán lo que quieran. Pero en mi caso, aquel día, la probabilidad fue de infinito.

Y aquel balón, lentamente, como aceptando su destino, entró en el agujero y desapareció para siempre ante la mirada atónita de todos los que allí estábamos.

El horror, el horror.

 

 

Pasaron los años, pero nunca olvidé aquella pelota ni aquella horrible visión. Todavía, de vez en cuando, tengo pesadillas y despierto sudoroso en la noche al volver a vivir la escena.

Y todavía recuerdo las palabras de mi madre, testigo de excepción de lo que ocurrió: “¿Para eso querías una pelota? Mañana vas y me pides otra”.

Tanto me marcó lo sucedido que un día decidí escribir una historia. No aquella historia en concreto, que es demasiado dolorosa para mi. Sino una historia sobre balones desaparecidos.

¿Qué niño no ha vivido la terrible experiencia de ver cómo pierde una pelota? Un poco como exorcismo de aquella experiencia he escrito una novela infantil. Podría haber puesto, debajo del título, “Basada en hechos reales”.

Ahora comenzaré el periplo de enviarla a editoriales y todo eso. Llegar algún día a verla publicada me haría ilusión, para qué nos vamos a engañar. Pero eso, como el flechazo con la dependienta de la tienda de ultramarinos, ya es otra historia.

El hecho es que, como decía, uno de los ejes principales es la desaparición de un balón. Y desde que acabé de escribir la novela hay algo que me inquieta y a lo que no dejo de dar vueltas.

¿Existe alguna palabra para describir el hecho de perder un balón? ¿Debemos limitarnos al impersonal “se ha colado“? ¡Cómo va a ser lo mismo colarse una pelota que colarse en el metro!

 

 

En el fragmento inicial de Miguel Ángel Ortiz dice:

…el balón salió bombeado y se acabó COLANDO“,

y Galder Reguera, en cambio, explica

“… esta tarde he ENCAJADO el balón de Oihan…”

Si hay términos como ‘serendipia’, ‘procastinar’ o ‘transmigración’, ¿no debería también existir al menos uno que describa de manera clara y unívoca la horrible experiencia de perder una pelota?

He leído en el blog “Un arácnido una camiseta” que hace un tiempo también ellos se plantearon la misma pregunta. ¿Cómo se llama ese momento?

Algunas de las respuestas recibidas, según diferentes zonas geográficas, fueron: embarcar, botar, encalar, encolar, enmarcar, encanar, encallar, colgar, encajar… y “volar la bola“. Esta última es de Ciudad de México, y es la que más me gusta de todas las citadas.

Aún así, ninguna de ellas me acaba de convencer. Y creo que el idioma tiene una carencia que merece ser resuelta. Por eso, me atrevo a lanzar un llamamiento a los académicos de la RAE (sobre todo los futboleros, que seguro me comprenderán).

Por favor: designen un término para que podamos referirnos, con toda la solemnidad que merece, a ese trágico e inolvidable instante en el que un niño ve desaparecer su balón.

Decía Eduardo Galeano:

“Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol.  Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico:

-Una linda jugadita, por amor de Dios.

 

Tomo sus palabras y con toda humildad solicito una linda palabrita, por favor.

 

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Galder Reguera e Ignacio Martínez de Pisón en Cosmopoética

 

 

En el mundo del fútbol y la literatura también hay encuentros de Champions, como el que reunirá a Galder Reguera e Ignacio Martínez de Pisón, el próximo 1 de octubre, en el Festival de Poesía Cosmopoética, que se celebrará en Córdoba entre el 28 de septiembre y el 6 de octubre.

Teniendo en cuenta que también estará por ahí Antonio Agredano, director del festival, solo faltará que el terreno de juego sea un sofá y que den sandía a los jugadores para que el encuentro sea de Mundial.

“La muerte y el hincha”, Galder Reguera. La Caja Books

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“Yo era el único que creía que el amor por nuestros colores era incompatible con cualquier otro, estuviéramos en segunda B o en tercera división, ganáramos o perdiéramos. Eso me lo enseñó mi padre”.

 

¿Cómo funciona el engranaje emocional de un aficionado al fútbol? ¿Cuál es el secreto de ese enigmático impulso que lo lleva a vincular su vida al seguimiento por un equipo? ¿Cómo es posible que un fenómeno como un partido de fútbol, en el que no somos más que meros espectadores de cuanto sucede, llegue a afectarnos tanto como lo hace? ¿Puede el deporte del balón condicionar nuestras vidas hasta el punto de acabar con ellas?

El mítico Bill Shankly decía: “Algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso”. Santiago Roncagliolo, por su parte, escribía hace unos días un artículo en el diario El País titulado “Fanáticos” en el que dice: “En el fondo, los hinchas son así. Cada uno se identifica con algo tan vago y general como unos colores, y está dispuesto a dar la vida por ellos. No existen explicaciones de por qué cada persona asiste a un estadio, se endeuda para viajar a un mundial, llora más por la derrota del equipo que por su propio divorcio”.

Y, casualmente, el periodista Màrius Carol escribía también hace unos días el artículo “Tributo al fútbol” en La Vanguardia, donde decía: “He vuelto a releer el relato de Camus antes de la final del Mundial para entender por qué nos gusta tanto este deporte, por qué es capaz de hacernos tan felices o tan desdichados el hecho de que un balón entre o no en la portería”.

Así pues, la pregunta está clara: ¿dónde está el límite entre la pasión por un equipo y la propia vida?

 

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Ese planteamiento de fondo es el que encontramos en “La muerte y el hincha”, una novela corta de Galder Reguera que se incluye en esa maravilla que es “La Caja del Fútbol”, la atractiva y original propuesta editorial de La Caja Books. La caja en cuestión incluye también “La religión esférica” de Enrique Carretero y “Maradona en Humahuaca y otros goles con historia”, de Vicent Chilet.

 

“Qué sabían ellos, si su fútbol era de oro, de oro y brillantes y plástico y estadios llenos y focos que deslumbran. Qué sabían”

 

La muerte y el hincha” es una novela corta que se acaba devorando en un suspiro, casi como una obra de intriga pues las macabras coincidencias que van afectando a los protagonistas nos van arrastrando hasta la resolución de la historia. Pero es mucho más que eso, pues también plantea una acertada y profunda reflexión sobre lo que significa ser un aficionado al fútbol. Galder Reguera demuestra una vez más su habilidad a la hora de abordar lo futbolístico desde diferentes perspectivas.

Ya lo hizo con la maravillosa e imprescindible “Hijos del fútbol”, donde aplicaba el microscopio para descifrar cómo funciona la transmisión de la afición futbolera de padres a hijos. Y lo vuelve a hacer ahora, con una invitación indirecta a situarnos en el lugar de los protagonistas y terminar preguntándonos qué haríamos nosotros en su lugar.

SINOPSIS

 

Maka, Ariel, Mikel y Sergio son cuatro amigos unidos por una pasión: el fútbol. Cada uno es hincha de un equipo distinto. El día en que su club juega la final de la Copa del Rey, Maka aparece muerto en su cama. La desolación por la coincidencia de la muerte del hincha con la final de su equipo deja paso al miedo cuando lo mismo sucede con Ariel. El día en que su equipo disputa la ansiada final, muere. Quedan Sergio y Mikel. El destino enfrentará a sus clubes en una semifinal. ¿Celebrarán los goles de sus equipos, aunque la victoria tal vez suponga morir? ¿Desearán la derrota del club al que aman?

Galder Reguera ha escrito una conmovedora reflexión en torno a la figura del aficionado y el sentido último de la adhesión irracional a unos colores. Maka y su abnegada visión de la vida, donde la normalidad no se celebra. Ariel, hijo de intelectuales argentinos, con su pasión oculta en el armario. Mikel y su sensación de que el fútbol tritura a los héroes anónimos de la grada. Sergio y los recuerdos de un padre que ya no está. La muerte no se comprende, mascullan. Pero, ¿y la vida?

 

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Aquí hay aficionados al fútbol. Los parámetros que rigen a unos u otros, acaban siendo en el fondo los mismos, tanto si tu equipo es uno de los grandes, habituados a disputar finales a menudo como si es uno de los que se ven obligados a arrastrarse por el infierno de la segunda B. La afición, cuando es sincera, es vivida de la misma manera por unos y otros. Bueno, decir “vivida” en este caso puede sonar a sarcasmo, pues habría que decir, más bien, “muerta”.

A medida que las muertes de los protagonistas se van sucediendo la inevitable pregunta va cobrando cada vez más fuerza. ¿Qué importa más, la propia vida o la victoria de tu equipo? Este, como decía, es uno de los grandes temas de la novela, pero no faltan otros igual de interesantes en tanto que ayudan a comprender el significado de la condición de aficionado al fútbol.

 

“¿Unos niños jugaban con un balón, los bancos de la plaza como porterías? Qué bonita es la vida a veces, Maka.”

 

Así, hay referencias a la forma de vivir las victorias y las derrotas en función del tipo de equipo a quien uno siga (habituales a disputar finales o a “hundirse en las profundidades del fútbol de barro de la segunda B), al desprestigio que lo futbolístico ha tenido desde la esfera de lo intelectual (cada vez menor, afortunadamente), o a la transmisión de la afición por el fútbol que se produce entre padres e hijos, entre otros.

 

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Se trata, en definitiva, de una novela que cualquier aficionado al fútbol debería leer. Por un lado, porque se trata de una original trama que te acaba enganchando desde la primera frase:

 

“Tenían que hacerlo. Sabían que nadie lo comprendería. Sospechaban que era delito. Pero lo sentían como una obligación”.

Y, por otro, porque es una de esas lecturas que no abundan y que son muy necesarias para que todos aquellos que nos declaramos futboleros nos formulemos preguntas acerca de nuestra afición. Reflexionar sobre aquello que somos y hacemos siempre es sano.

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Fútbol y literatura para el Mundial de Rusia 2018

Imagen de Angie Wang extraída de la web del New York Times en español

 

Una vez más, acudo al auxilio de uno de mis mantras favoritos: fútbol y literatura combinan a la perfección. Juan Villoro dice que “el fútbol no solo se ve, sino que necesita de palabras para ser entendido”. Cuando menos, es un inagotable generador de la necesidad de ser contado y explicado, sea en forma de artículo, crónica, libro o simple conversación de bar.

Si aceptamos que el fútbol tiene tal potencial, el mayor acontecimiento futbolístico del planeta, el Mundial, debe ser algo muy parecido a un tsunami de palabras. Para comprobarlo, tan solo necesitamos hacer una sencilla exploración por Internet, observar con atención los expositores de los quioscos y rebuscar un poco entre las novedades de las librerías. Sin ánimo de exhaustividad, en este artículo ofreceré algunos ejemplos de la gran cantidad de material legible que el Mundial ha generado antes de comenzar.

 

Comencemos -¡cómo no!- en Argentina, campeones del género, donde encontramos artículos como “En 2018 el Mundial de Fútbol también se palpitará en las librerías argentinas“, publicado por Télam (Agencia Nacional de Noticias de Bolívar), y en el que se hace un recorrido por las novedades en las que las  editoriales argentinas estaban trabajando. Otro artículo de este tipo es “Literatura Mundial: 11 libros sobre fútbol, con historias sobre Messi, Sampaoli y los viajes de Macaya“. O el publicado en abril por el diario La Nación bajo el título: “Mundial Rusia 2018: cuentos, memorias y confesiones, los libros también salen a la cancha“.

La cosa, por supuesto, no termina aquí, pues también procedente del país de Roberto Fontanarrosa y Eduardo Sacheri, entre muchos otros, nos llega “Un Mundial que se juega en los libros“. O “La literatura también mira al Mundial de Rusia“, del diario El Día.

 

Y dejamos los medios argentinos haciendo referencia a otro interesante artículo publicado en el diaro La Nación, dedicado, en este caso, a la literatura futbolera destinada a los más pequeños. El título es “Los chicos quieren fútbol: el Mundial, una excusa apasionante hasta para leer y releer“, y ofrece un listado de cuatro lecturas para que los lectores infantiles se vayan entrenando en el juego del fútbol con un libro en las manos. El texto viene a complementar el publicado hace unos días en el mismo medio con el título “¿Qué vas a leer con tu hijo esta noche? Cuentos para chicos sobre fútbol, pasión de multitudes“.

Cambiamos de medio y descubrimos que el diario “El ciudadano“, con ediciones en Chile y Venezuela, publicó también hace escasos días un reportaje de título bien ilustrativo: “Intelectualidad y literatura vs. Mundial de Fútbol“, en el que se recoge la opinión de algunos escritores sobre la relación que existe entre lo intelectual y el fútbol y proponen, al mismo tiempo, algunas lecturas de temática futbolera.

Más lecturas para el Mundial

A los artículos ya citados en los que se recogen las novedades editoriales de temática futbolera que se han ido publicando podemos añadir “Seis lecturas futboleras para el Mundial de Rusia“, publicado en la edición en español del New York Times, de título directo. O el también explícito “5 libros para leer durante el Mundial“, publicado por la revista Panenka hace apenas un par de días.

Y no podemos dejar de lado el ejemplo que esta influencia del mundial en el mundo editorial ha tenido en otros lugares como por ejemplo Perú, donde encontramos artículos y selecciones de libros centrados en el fútbol y la selección de aquel país como por ejemplo “Los 8 libros sobre la selección peruana que debes leer“,Cuatro libros que todo peruano debe leer antes del Mundial“, “Literatura mundialista: las obras que retratan el camino de Perú a Rusia 2018“, o “Nuevos libros sobre Rusia 2018 que no te puedes perder“. Como se puede comprobar, el país de Santiago Roncagliolo compite en la champions de los interesados en el fútbol y la literatura.

 

 

En el caso español encontramos una interesante serie que durante las últimas semanas se ha ido publicando en el diario La Vanguardia. Se trata de la serie “Historias de los Mundiales“, escrita por Xavier G. Luque, que ha ofrecido un repaso por algunos de los aspectos más destacados de cada uno de los campeonatos del mundo que hasta el momento se han organizado.

 

 

Esta misma temática (la historia de los mundiales) pero con un formato completamente diferente es el que también podemos encontrar en la serie de interesantísimos ‘hilos’ que ha ido publicando en Twitter el doctor en Historia, profesor y escritor Ángel Iturriaga. Un magnífico ejemplo de las posibilidades del medio y, en especial, los ‘hilos’ como soporte narrativo.

 

 

De lectura obligatoria es también el intercambio epistolar que han iniciado Galder Reguera (responsable del Festival Letras y Fútbol que cada año organiza la Fundación del Athletic de Bilbao) y Carlos Marañón (periodista, director de Cinemanía y exfutbolista). Bajo el título de “Cartas del Mundial” ofrecen cada día una maravilla de lectura en la que el mundial es el paraguas que da cobijo al fútbol, pero también a otros muchos temas.

 

 

Y, también de seguimiento imprescindible, son las crónicas que Martín Caparrós irá publicando durante el desarrollo del Mundial en la edición en español del New York Times.

 

Por último, en este repaso por lo que en relación con la lectura ha generado hasta el momento el Mundial, vale la pena volver recordar la campaña que se puso en marcha desde Loqueleo, del Grupo Santillana, y en la que bajo el título “Se viene el Mundial” se ofrecían diferentes lecturas dirigidas a lectores infantiles de diferentes edades para ser trabajadas en las escuelas.

Y, en esta misma línea, es también interesante la campaña “Leer es un golazo”, en su doble vertiente. Por un lado, en tanto que iniciativa puesta en marcha en las bibliotecas argentinas para promover la lectura. Y, por otro, como iniciativa para vivir la pasión del Mundial de Rusia con las novelas del escritor uruguayo Daniel Baldi, destinadas al público infantil y juvenil.

 

 

 

Para terminar, regreso al material en papel para hacer algunas referencias más a revistas o suplementos que han dedicado sus últimos números al fútbol. La primera mención es para la revista Panenka, cuyo último número está dedicado al Mundial de Fútbol.

En cuanto a diarios, tenemos el suplemento Rusia 2018 editado por El País, en el que se incluyen textos, entre otros, de Juan Villoro, Javier Marías o Carlos Zanón. Y el de La Vanguardia, en el que bajo el título “La fiesta del Fútbol” encontramos una amplia información sobre el campeonato con textos de Santiago Segurola, Sergi Pàmies o John Carlin.

 

 

También acaba de salir al mercado el Especial Mundial de El Jueves, 92 páginas en las que el fútbol es el máximo protagonista. Y, para terminar este repaso, vale la pena citar otro ejemplo de la influencia del Campeonato del Mundo, puesto que la revista infantil Reporter Doc, que se edita en Catalunya, no ha podido evitar dedicar un número especial… al fútbol.

 

 

Así que ya sabéis: comienza el Mundial. Es tiempo de leer.

 

 

Programa Pase de Página del 9 de mayo: Victorias y Derrotas y “Los hijos del fútbol” de Galder Reguera

 

Os dejo el enlace a la edición del programa “Pase de página” del pasado miércoles. Mi participación giró en torno a un interesante proyecto de crowfounding: “Victorias y derrotas“. Su objetivo es el de conseguir los recursos necesarios para poder llevar adelante la publicación de un libro, en forma de novela gráfica, en el que se presenten de manera didáctica y visual diversos momentos históricos en los que el fútbol tuvo cierta relevancia socio-política.

Y sobre la huella que dejan las “victorias” y las “derrotas” en los hinchas también existe una referencia en “Hijos del fútbol“, de Galder Reguera, relacionada con la final de la Europa League que el Athletic de Bilbao disputó el 9 de mayo de 2012 en Rumanía contra el Atlético de Madrid.

Podéis acceder al audio del programa haciendo click en la imagen.

 

 

 

Próximamente: “La caja del fútbol”, de La Caja Books

 

 

El próximo 25 de mayo sale a la venta la original y atractiva propuesta de “La caja Books”, una iniciativa editorial que ofrece unos particulares productos: cajas que contienen tres libros dedicados a una misma temática.

De momento, ya están preparadas las cajas de la “Nostalgia”, de la “Bicicleta”, de las “Rebeldes”, de los “Dictadores” y del… “Fútbol”.

 

 

En esta última encontramos tres libros:

 

 

 

Como véis, cuando uno tiene ganas de jugar al fútbol puede hacerlo hasta con una caja llena de libros.

Fútbol + Literatura = Letras y Fútbol en Bilbao

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Durante los últimos días la combinación de fútbol y literatura se podía respirar por diferentes lugares de Bilbao: en calles y bares, en las inmediaciones de San Mamés, en las librerías, y, por supuesto, en sus bibliotecas. El motivo de ello eran los encuentros “Letras y fútbol“, organizados un año más desde la Fundación del Athletic Club y, seguramente, la mejor iniciativa para difundir la relación que el mundo del fútbol y el de la literatura mantienen entre sí, un vínculo cada vez más intenso y aceptado por diferentes sectores del ámbito de la cultura.

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Hace años que tenía ganas de asistir a alguna de las sesiones que en el marco de estas jornadas se celebran. Pero, desgraciadamente, nunca me era posible por unas razones u otras. Por suerte, este mes de noviembre se ha producido la necesaria conjunción astral que me ha permitido asistir a una de las tertulias. Ha sido una escapada relámpago, de apenas dos días, corta pero intensa, y más que suficiente para dejarme con las ganas de más. Así que, el año próximo, volveremos a intentarlo, porque la propuesta vale la pena.
Maldito karma” es el título de la primera novela del novelista alemán David Safier, precisamente uno de los protagonistas de la edición de este año de los encuentros “Letras y Fútbol“, puesto que lo sentaron en el centro del estadio de San Mamés con una máquina de escribir y le encargaron que escribiera un relato futbolero.
El resultado fue editado en formato de librito y repartido por diferentes lugares de la ciudad. Nada más llegar a Bilbao al mediodía me acordé de Safier y su “Maldito karma“, pero en sentido contrario. El sencillo hotel en el que he estado alojado estos dos días presenta una fotografía histórica de Bilbao en cada una de sus habitaciones. Y a mi me tocó dormir junto a una imagen del viejo estadio de San Mamés. “Buena señal“, me dije.
Por la tarde, el “buen karma” se confirmó gracias a un encuentro fortuito. Fue al entrar en la FNAC, algo que no estaba previsto, puesto que los planes eran ir a tomar un café con un amigo al que hace años que no veo. Habíamos quedado en encontrarnos en un bar de la zona centro, pero poco antes de la hora acordada me llamó para aplazar nuestra cita hasta el día siguiente al encontrarse enfermo.
Recibí la llamada justo cuando estaba por la zona de la librería, por lo que al tener más tiempo disponible decidí, cómo no, entrar a curiosear. Lo primero que encontré, justo en la zona de la entrada, fue una pequeña exposición con libros y publicaciones relacionadas con el Athletic de Bilbao.
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También allí había ejemplares del cuento de David Safier para que la gente los cogiera, un cartel anunciando las jornadas “Letras y Fútbol” y, sorpresa, un tipo cuyo aspecto físico me resultaba conocido: era Galder Reguera, gerente de la Fundación del Athletic, organizadora de los encuentros y autor del recientemente publicado “Hijos del fútbol“, una lectura imprescindible para los amantes del fútbol y la literatura.
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Tras presentarme pudimos conversar un par de minutos (él estaba justo a punto de marchar a la sesión de aquel día) y quedamos en vernos al día siguiente, en la sesión a la que yo tenía previsto asistir. La agradable coincidencia me hizo pensar de nuevo en Safier. “Parece que el karma se está empeñando en ser más bendito que maldito“, pensé.
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El día siguiente, martes 28 de noviembre, pude por fin acercarme hasta la magnífica Biblioteca Foral de Bizkaia, lugar en el que se han ido desarrollando todas las sesiones. El lugar destinado para ello era la sala noble de la biblioteca un espacio al que el adjetivo “noble” le va que ni pintado. A las 19 horas comenzó la tertulia, bajo el título “Fútbol, sociedad y literatura“.
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Moderada por Leire Palacios, contaba con la participación de Miguel Ángel Ortiz y Belén Gopegui, dos personas protagonistas de uno de esos sucesos paranormales que me suelen suceder y que expliqué aquí. Una más que interesante conversación sobre diferentes cuestiones en los que fútbol y literatura acaban interactuando, con especial importancia en el trabajo del escritor.
Y, al terminar la sesión, tuve el gran honor de poder acompañar a los protagonistas y compartir un más que agradable rato de conversación con los protagonistas y con Galder Reguera, un par de horas de aislamiento del mundanal ruido en el que todo giró en torno a nuestras dos grandes pasiones: el fútbol y la literatura. Un auténtico privilegio y todo un placer.
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Galder Reguera
Espero que el año que viene el karma continúe siendo un aliado mío y poder, así, volver a disfrutar de nuevo de los encuentros “Letras y Fútbol“.
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