Un llamamiento a la RAE: el balón se ¿coló? ¿colgó? ¿encajó? ¿voló la bola?

 

Imagen de www.gistain.net

 

Hace un par de días publiqué un hilo en twitter que terminaba con una petición a la RAE: intentar aclarar qué término hay que utilizar para referirse a ese trágico momento en el que se “cuela” un balón. ¿Existe una palabra que defina ese suceso? Por la importancia de lo que supone  para quien lo experimenta pienso, humildemente, que debería haberla.

Transcribo a continuación el hilo en el que explicaba el origen de mi petición. Y por si alguien siente curiosidad al respecto, simplemente aclarar que se trata de hechos absolutamente reales. Allá va:

 

Koldo pisó el balón, escupió y dio unos pasos atrás, el último en ligera curva hacia su izquierda. Trató de golpear el balón con el empeine, pero lo hizo con el exterior y el balón salió bombeado y se coló por encima de un muro de cantos rodados.

– La cagaste -dijo Fichu.

– ¡Calla, capullo!

– No sabes acomodar el cuerpo.

– Que te calles.

Miraron boquiabiertos la hilera de cristales amarillos y verdes que coronaba el muro.

– Ni un día -dijo Koldo pateando la gravilla-. Joder, ni un puto día me ha durado el balón.

 

Lo que acabáis de leer es un trozo de “Fuera de juego”, una magnífica novela de Miguel Ángel Ortiz Olivera publicada en el 2015 por Caballo de Troya. El fragmento describe una de las experiencias más traumáticas que te pueden suceder cuando eres un niño: la pérdida de un balón.

Otro ejemplo aparece en la maravillosa “Hijos del fútbol” de Galder Reguera, y publicada en el 2017 por Lince Ediciones. Lo describe así:

 

“Esta tarde he encajado el balón de Oihan en uno de los balcones interiores de la plaza de la antigua iglesia, donde jugábamos a refugio de la lluvia. Ha sido tras una volea que pretendía ser magnífica, como la de Zidane en Glasgow, y ha salido como ha salido.

El lugar adonde ha ido a parar es inalcanzable. Aterrado, he buscado la mirada de mi hijo”.

 

Ambas situaciones me recuerdan a uno de los momentos más traumáticos de mi infancia. Debía tener unos 10 u 11 años. Pese al tiempo transcurrido, lo recuerdo con tanta claridad como si acabara de suceder. Voy a explicarlo.

Nací en un humilde barrio obrero de Cornellà, de familias mayoritariamente inmigrantes. A finales de los 70, la calle era el territorio de juegos de todos los niños que allí vivíamos. Éramos muchos, y jugábamos, sobre todo, al fútbol, bocadillo en mano y hasta el anochecer.

 

Imagen de www.futbolenpositivo.com

 

A la hora de jugar siempre nos juntábamos más de veinte, lo que nos permitía formar extensos equipos. En cambio, no abundaban ni ropa ni zapatillas de marca. Ni tampoco, mucho peor aún, balones a los que dar patadas.

Una de las peticiones estrella para el día de Reyes era un balón de reglamento. Aunque la realidad es que lo que se dice de ‘reglamento reglamento’ creo que jamás llegamos a ver ninguno por allí.

 

 

Como mucho, quienes escribían ese deseo en su carta acababan recibiendo, en el mejor de los casos, algún sucedáneo. En el fondo, no importaba demasiado si lo que nos traían no era de cuero ni estaba homologado por la FIFA. Mientras fuera más o menos redondo y susceptible de ser chutado ya nos dábamos por satisfechos.

Aún así, y pese a que los balones a los que podíamos aspirar la mayoría de niños del barrio eran de baratillo y de mercadillo, no los había en todas las casas.

Por eso, el afortunado poseedor de uno acostumbraba a ser el niño mejor tratado de la calle. Algo así como la reina de la fiesta. Aunque te cayera como un tiro, por el simple hecho de tener una pelota con la que jugar, aquel niño se convertía automáticamente en sangre de tu sangre.

Se le defendía como a la propia vida. Y más valía hacerlo así, porque si por la razón que fuera una tarde se le cruzaban los cables y decidía no bajar a jugar a la calle, nos quedábamos sin partido.

 

 

El ritual era siempre el mismo. Después del cole, y a la hora de la merienda, nos íbamos reuniendo en la calle. Si el dueño del balón tardaba en aparecer se le comenzaba a gritar por su nombre a grito pelado. “¡¡¡Manuuuuuuuuuu!!! (nombre real) ¿¿¿¿bajaaaaaaaasss???”

Excepto cuando había castigo de por medio, lo habitual, tras unos segundos de angustiosa espera, era recibir la ansiada respuesta desde alguna de las ventanas de su edificio: “¡¡¡Síiiiiii!!!”. A partir de aquel momento, el mundo se convertía en un lugar maravilloso.

 

 

Y en cuanto el portal de su casa se abría y de sus profundidades emergía el susodicho con la pelota entre sus manos la galaxia y el universo entero se convertían en un festival de fuegos artificiales.

 

 

Pero un día, el balón de Manu se “coló”. Una de las aceras de nuestra calle limitaba con una antigua y enorme fábrica de candados que estaba abandonada. Una auténtica fortaleza absolutamente inexpugnable. Algo similar a esto:

 

 

Su gigantesca fachada, de una altura descomunal, hacía imposible que nada -excepto un pájaro, un avión o los restos de un satélite- fuera capaz de acceder al otro lado.

Bueno, imposible hasta que sucedió. Han pasado 40 años desde aquello, y aún hoy, si vas por el barrio y sacas a relucir la historia del balón de Manu, te hablarán de ella como de un suceso paranormal digno de Milenio 4.

– Chico, era imposible que se colara, pero se coló –responden los más viejos del lugar-. Aquello fue cosa de brujería.

 

 

El caso es que el balón de Manu desapareció engullido por el edificio de la fábrica. El pobre, con razón, cogió una depresión de caballo. Y a nosotros, la perspectiva de quedarnos sin jugar al fútbol, nos causó una tremenda sensación de desamparo.

Si alguien hubiera escrito un relato entonces lo habría titulado como el libro de Ishiguro: “Cuando fuimos huérfanos“.

Durante unos días no pudimos jugar al fútbol. Aunque a los ojos de hoy día parezca increíble, nadie más tenía una triste pelota. Ni de plástico. Así que volvimos a jugar con cromos, a hacer carreras de chapas y, para no perder la práctica de chutar, al bote.

Fuera como fuese, la alegría desapareció de aquella calle. Pero yo “empaticé” bastante con Manu, y eso que jamás se había oído tal palabra en el barrio. Así que me propuse conseguir una pelota para que fútbol y felicidad regresaran a nuestra calle.

Precisamente, hacía por lo menos tres meses que estaba intentando que mis padres me compraran un balón: me portaba bien, hacía los deberes, traía buenas notas del cole e incluso ayudaba en casa.

 

 

Objetivo: conseguir que a mis padres -bueno, más bien a mi madre- se le reblandeciera el corazón y accediera a comprarme la ansiada pelota.

Mi campaña tuvo un acto central: levantarme cada sábado a las seis de la mañana para acompañarla al mercado a comprar. Mi labor consistía en hacer de sherpa transportando el carro de la compra, y en guardar la tanda en las paradas que ella me iba diciendo.

Yo miraba todo aquello con mi cara de sueño, llena de legañas, sintiéndome un auténtico extraterrestre entre tanta frutería, pescadería, carnicería, trasiego de hombres y mujeres para arriba y para abajo, olores, colores, sabores…

Incluso creo que mi tuve mi primer flechazo allí, al enamorarme de la dependienta de una parada de “Ultramarinos”. Pero eso es otra historia.

 

 

Esperaba tiernamente como un pasmarote, en la cola de aquellas paradas, hasta que alguien preguntaba: “¿La última?“. Y yo, entonces, emitía un tímido e inaudible “yo” que más parecía un gallo que una respuesta.

 

 

Desde casa hasta el mercado había poco más de medio kilómetro. Una distancia que recorríamos caminando en unos 10 minutos. A mitad de trayecto había una tienda de material deportivo (la única que existía en la zona en aquella época) que se llamaba Lafaja.

 

 

Lafaja era el apellido de una familia de Cornellà de tradición deportiva. Tenían un pequeño establecimiento con un par de grandes escaparates con material deportivo de todo tipo. De vez en cuando me acercaba hasta allí a soñar que disfrutaba de lo que contenía.

Y también a comprar … sellos. Sí, sellos. Hacía poco que me había aficionado a la filatelia, y durante un tiempo hice allí las modestas adquisiciones para mi sencillo álbum.

 

 

Por supuesto, distribuían también material de montaña. Y fue en aquella tienda donde me compraron mi primera mochila, mi primer saco de dormir, y mi primera cantimplora.

Y, lo más importante del mundo mundial, vendían material futbolero: camisetas, pantalones, medias, botas… y balones de reglamento.

Lafaja, en fin, era un auténtico oasis entre las tiendas del barrio.

 

 

Cada vez que pasaba por allí me quedaba embelesado mirando el escaparate y las esferas perfectas que allí se exponían, como si fueran auténticas joyas.

Y cada vez que pasaba por allí acompañando a mi madre y arrastrando su carro de la compra la forzaba a detenerse ante el cristal para enseñarle lo que tanto ansiaba y deseaba: un balón.

Mi particular campaña de insistencia duró unos dos o tres meses. Sábado tras sábado ejecuté la misma rutina: madrugón, guardar tanda en las paradas del mercado, vuelta a casa arrastrando el carro… y avituallamiento visual en el escaparate de Lafaja.

Y un día sucedió. Supongo que mi madre debía conocerse ya de memoria los productos del escaparate de Lafaja. Y uno de aquellos sábados, el que hacía treinta o cuarenta, ves a saber, tras detenernos una vez más a contemplarlo dijo: ¡venga, entra ya y coge la pelota!

A mi me faltó tiempo para sentirme Picapiedra y gritar Yabadabaduuuuuu, y para entrar de estampida a la tienda y dirigirme emocionado hacia el dueño.

El interior no era demasiado grande. Tenía el mostrador al fondo, y en las paredes de la derecha y la izquierda unas vitrinas de cristal con los diferentes productos ordenados por tipología.

Las pelotas y balones de fútbol, rugby, baloncesto y otros deportes estaban en la parte superior. Antes de que mi madre se arrepintiera grité excitado al señor Lafaja: “¡Quiero una pelota!“.

Él me miró muy serio. Tenía un rostro que impresionaba, imponente como un bloque escultórico. Me miró desde las alturas y me preguntó: “¿Cuál?

Y justo entonces, cuando inicié el giro para señalarle el balón de reglamento con el cuero más brillante que jamás había visto, la voz de mi madre atronó en la tienda: “Esta“, dijo, señalando una pelota casi oculta al final del estante, de un material que de cuero tenía poco.

¡Mamá!“, dije imaginando lo peor. “Esa pelota es de plástico… o de algo parecido, y no es ni de fútbol. ¿No ves que es más pequeña que las otras?“, imploré.

 

 

Yo no sé a que deporte correspondería aquella pelota. Ni siquiera sé si era la pelota correspondiente para la práctica de algún deporte. Tenía una textura de plástico duro, y su color era tirando a marfil.

Era un poco más grande que una de balonmano, pero más pequeña que una de fútbol. “Mamá“, volví a insistir. Y ella, impasible, sentenció: “O la coges o nos vamos“. Y el señor Lafaja me dirigió una seca y fulminante mirada que parecía decir “Yo de ti la cogería, chaval“.

 

 

Y la cogí. ¡Qué remedio! Más valía aquello que nada. Era realmente fea, pero tenía el encanto de esas mascotas a las que acabas cogiendo un gran cariño pese a que son horrorosas.

En cuanto abandonamos la tienda la decepción por no haber conseguido el balón de reglamento se me pasó rápido al pensar que en apenas unos minutos llegaría a la calle y podríamos volver a jugar al fútbol.

De mejor o peor calidad, la realidad era que volvíamos a tener una pelota, y ya imaginaba los driblings, caños, paredes y goles que marcaría ese mismo día.

Impaciente por llegar cuanto antes a mi calle y enseñar la nueva adquisición fuimos avanzando los tres, mi madre, la pelota y yo. Bueno, mejor dicho, los cuatro: mi madre, la pelota, el carro y yo.

Al cabo de unos minutos dejamos la calle Rubió i Ors y giramos hacia Miguel de Roncalí, justo en la esquina donde se encontraba la vaquería de la familia de Daniel Solsona, aquel gran jugador que pasó por el Espanyol y el Valencia, entre otros equipos.

 

 

Solsona era un auténtico ídolo para los niños de Cornellà. Cada día, de camino para el cole, pasaba por delante de la vaquería que allí tenían sus padres. Había que cruzar un callejón en el que olía a vaca.

Pero también se respiraba fútbol. Y aquel sábado, pasar por delante de la tienda de la familia Solsona con mi balón (o lo que aquello fuera) en las manos me hizo sentir futbolista.

Nuestro destino ya se encontraba cerca. Apenas a 300 metros estaba el final de esa calle, justo en la confluencia con Campoamor, donde yo vivía. Miguel de Roncalí terminaba en un terraplén construido años atrás como barrera ante los periódicos desbordamientos del río Llobregat.

Entre el final de la calle y el terraplén había un espacio que solíamos utilizar para jugar. Justo a la derecha había una fábrica de mármoles, y más allá la fábrica de candados que se tragó el balón de Manu.

Al pie del terraplén circulaba un canal de aproximadamente un metro y medio de ancho y otro metro de profundidad. Era un curso de agua que abastecía a los huertos de los agricultores de la zona.

 

 

El canal, como nos referíamos a él, cruzaba varias poblaciones. Nosotros lo utilizábamos, básicamente, de tres maneras. La primera, para lanzar trozos de madera que simulaban ser barcos que hacían carreras al ser arrastrados por la corriente.

La segunda, para hacernos los chulos delante de las niñas saltándolo de lado a lado. Y, la mejor de todas, la tercera, para partirnos de risa cada vez que alguien, al saltarlo, acababa cayendo al agua.

 

 

Junto al canal, y un poco por debajo de él, circulaba otro curso de agua. A diferencia del primero, que discurría en superficie, este iba mayoritariamente bajo tierra. Solo era posible saber de su existencia porque en algunos tramos de calles había una especie de respiradero.

Aquellos respiraderos consistían en una sencilla abertura de apenas 40 cm. Justo en medio tenían dos finas barras de hierro, lo que impedía, por ejemplo, que un niño se pudiera colar por allí.

Terraplén, canal y callejón era el horizonte al que nos acercábamos mi madre, el carro, la pelota y yo. A 50 metros de nuestro destino ya veía a mis amigos al fondo, jugando a canicas, ajenos por completo a la sorpresa que estaba a punto de darles en cuanto vieran la pelota.

¡¡¡Ehhhhhh colegaaaas!!! ¡¡¡Mirad qué tengo!!!“, grité con toda la potencia que pude. Todos, los casi veinte que allí había, miraron entonces hacia el lugar del que procedía la voz. Y yo levanté la pelota como si fuera la mismísima copa del mundo para que todos la vieran.

Jamás olvidaré las caras de asombro y satisfacción que todos pusieron. Cuarenta ojos intentando salir de sus órbitas, y veinte campanillas intentando imitar a los ojos mientras gritaban ¡¡¡Bieeeeennnnn!!!

Explica Eduardo Galeano en “El fútbol a sol y sombra” que una vez, un periodista preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle: ¿Cómo explicaría usted a un niño lo que es la felicidad?

 

– No se lo explicaría –respondió ella-. Le tiraría una pelota para que jugara

 

Yo no había leído ni a Galeano ni a la alemana esa, pero algo en mi interior ya intuía que la felicidad era eso, y que lo que procedía en aquel momento era demostrar que podía hacer felices a un grupo de niños. Así que chuté.

No fue un disparo potente. No fue ni un cañonazo ni un cañardo, como denominábamos a los chuts más poderosos. Simplemente fue un chut con la fuerza suficiente para enviar la pelota hasta el lugar en el que se encontraban mis amigos. Como mucho, unos 30 metros.

Cuando la pelota alcanzó al grupo los dos que se encontraban más cerca intentaron detenerla pero les pasó entre las piernas. A continuación, la pelota tropezó en un pie y salió despedida hasta una rodilla, rebotando de nuevo para volver a pasar bajo las piernas de dos niños más.

De momento, la pelota había salvado ya los intentos de control de al menos 9 niños. Y seguía avanzando. Yo comencé a intuir lo peor, y de mi boca comenzó a salir un silencioso “no, no, no, no por favor, no, no por favor…“.

 

 

El balón siguió avanzando sin que nadie fuera capaz de detenerlo, como si estuviera fabricado de un material etéreo, inmune a las leyes de la física. Quizá el hecho de que no fuese de reglamento tenía algo que ver en su falta de corporeidad.

Porque, ¿cómo explicar si no que nadie hubiera conseguido detenerlo aún?

Hipnotizado por aquel avance implacable, comencé a temer lo peor. Los últimos cuatro niños que quedaban, los situados al fondo del grupo, hicieron el último intento. Juro que dos de ellos se tiraron y se estiraron sobre el suelo cual porteros…,

… pero la pelota pasó bajo su cuerpo de forma inexplicable. Bueno, más bien debería decir que “la pelota ATRAVESÓ sus cuerpos”.

 

 

Y entonces, mis ojos dejaron de mirar la pelota y se centraron en el horror, el horror. Allí estaba el respiradero del canal, una boca oscura y tenebrosa, la puerta de acceso al corazón de las tinieblas.

Pero tuve entonces una chispa de esperanza al pensar en las dos delgadas barras de hierro situadas en el centro de la abertura. Entre los barrotes y estos y la pared del orificio había, exactamente, 22,7 cm.

Un día fui a medirlo.

22,7 cm. Mi pelota tenía un diámetro de 22,6 cm exactamente. Lo comprobé. Un día le pedí al señor Lafaja que me dejara una idéntica a la mía para medirla.

¿Cuál es la probabilidad de que una esfera de 22,6 cm. supere a veinte niños que intentan detenerla y acabe entrando limpia por un agujero de 22,7cm. de anchura?

Las matemáticas dirán lo que quieran. Pero en mi caso, aquel día, la probabilidad fue de infinito.

Y aquel balón, lentamente, como aceptando su destino, entró en el agujero y desapareció para siempre ante la mirada atónita de todos los que allí estábamos.

El horror, el horror.

 

 

Pasaron los años, pero nunca olvidé aquella pelota ni aquella horrible visión. Todavía, de vez en cuando, tengo pesadillas y despierto sudoroso en la noche al volver a vivir la escena.

Y todavía recuerdo las palabras de mi madre, testigo de excepción de lo que ocurrió: “¿Para eso querías una pelota? Mañana vas y me pides otra”.

Tanto me marcó lo sucedido que un día decidí escribir una historia. No aquella historia en concreto, que es demasiado dolorosa para mi. Sino una historia sobre balones desaparecidos.

¿Qué niño no ha vivido la terrible experiencia de ver cómo pierde una pelota? Un poco como exorcismo de aquella experiencia he escrito una novela infantil. Podría haber puesto, debajo del título, “Basada en hechos reales”.

Ahora comenzaré el periplo de enviarla a editoriales y todo eso. Llegar algún día a verla publicada me haría ilusión, para qué nos vamos a engañar. Pero eso, como el flechazo con la dependienta de la tienda de ultramarinos, ya es otra historia.

El hecho es que, como decía, uno de los ejes principales es la desaparición de un balón. Y desde que acabé de escribir la novela hay algo que me inquieta y a lo que no dejo de dar vueltas.

¿Existe alguna palabra para describir el hecho de perder un balón? ¿Debemos limitarnos al impersonal “se ha colado“? ¡Cómo va a ser lo mismo colarse una pelota que colarse en el metro!

 

 

En el fragmento inicial de Miguel Ángel Ortiz dice:

…el balón salió bombeado y se acabó COLANDO“,

y Galder Reguera, en cambio, explica

“… esta tarde he ENCAJADO el balón de Oihan…”

Si hay términos como ‘serendipia’, ‘procastinar’ o ‘transmigración’, ¿no debería también existir al menos uno que describa de manera clara y unívoca la horrible experiencia de perder una pelota?

He leído en el blog “Un arácnido una camiseta” que hace un tiempo también ellos se plantearon la misma pregunta. ¿Cómo se llama ese momento?

Algunas de las respuestas recibidas, según diferentes zonas geográficas, fueron: embarcar, botar, encalar, encolar, enmarcar, encanar, encallar, colgar, encajar… y “volar la bola“. Esta última es de Ciudad de México, y es la que más me gusta de todas las citadas.

Aún así, ninguna de ellas me acaba de convencer. Y creo que el idioma tiene una carencia que merece ser resuelta. Por eso, me atrevo a lanzar un llamamiento a los académicos de la RAE (sobre todo los futboleros, que seguro me comprenderán).

Por favor: designen un término para que podamos referirnos, con toda la solemnidad que merece, a ese trágico e inolvidable instante en el que un niño ve desaparecer su balón.

Decía Eduardo Galeano:

“Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol.  Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico:

-Una linda jugadita, por amor de Dios.

 

Tomo sus palabras y con toda humildad solicito una linda palabrita, por favor.

 

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Programa Pase de Página del 9 de mayo: Victorias y Derrotas y “Los hijos del fútbol” de Galder Reguera

 

Os dejo el enlace a la edición del programa “Pase de página” del pasado miércoles. Mi participación giró en torno a un interesante proyecto de crowfounding: “Victorias y derrotas“. Su objetivo es el de conseguir los recursos necesarios para poder llevar adelante la publicación de un libro, en forma de novela gráfica, en el que se presenten de manera didáctica y visual diversos momentos históricos en los que el fútbol tuvo cierta relevancia socio-política.

Y sobre la huella que dejan las “victorias” y las “derrotas” en los hinchas también existe una referencia en “Hijos del fútbol“, de Galder Reguera, relacionada con la final de la Europa League que el Athletic de Bilbao disputó el 9 de mayo de 2012 en Rumanía contra el Atlético de Madrid.

Podéis acceder al audio del programa haciendo click en la imagen.

 

 

 

“Hijos del fútbol”, de Galder Reguera. Lince Ediciones

 

978849471268

 

“¿Quiero realmente legar a mis hijos esta pasión, esta locura, este sinsentido que me ha acompañado desde que tengo uso de razón, que ha determinado tanto mi manera de ser, de ver el mundo, de comportarme, de sentir?”

 

Decía Jean-Paul Sartre que todo cuanto sabía de su vida lo había aprendido en los libros. Albert Camus dijo que todo cuanto sabía con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. Y yo, inspirándome en ambas, remato: “Gran parte de lo que el fútbol ha significado en mi vida lo acabo de leer en un libro”.

El libro en cuestión es “Hijos del fútbol”, escrito por Galder Reguera y publicado por Lince Ediciones. Una obra que me ha parecido extraordinaria, de la que firmo prácticamente todo de lo que en ella se cuenta, que sin duda será uno de los libros de cabecera a los que regresar de tanto en tanto para los amantes de la literatura futbolera, y a la que solo he encontrado un defecto: sus 200 páginas se acaban muy pronto.

Pero quiero pensar que esta obra no es más que el inicio de algo que volverá dentro de un tiempo, a medida que Oihan, hijo del autor y leit motiv en torno al cual el libro va gravitando, vaya evolucionando como futbolista y, en consecuencia, su padre siga reflexionando en torno a lo que el fútbol significa.

 

SINOPSIS

Un elogio al fútbol como juego, como felicidad, como infancia permanente que acompaña para siempre a quienes lo practican y lo aman.

Hijos del fútbol es una historia personal sobre la afición al fútbol entendido como un juego en el que lo importante es seguir jugando. Hijos del fútbol deposita toda su fuerza en la voz del autor y sus reflexiones acerca de esta pasión transmitida de generación en generación. Es también un análisis sobre cómo ven los padres a sus hijos, y los hijos a sus padres; en este caso, todos ellos enfermos de fútbol, contagiados de esta pasión.

Salford Soccer

Imagen de www.observer.com

Un hijo, un padre, un balón

 

“No llega a los dos años y el virus del fútbol ya se está incubando en él”.

 

Al poco de comenzar a leer “Hijos del fútbol” tuve la sensación de que me encontraba, posiblemente, ante el que podría ser nuestro particular “Fiebre en las gradas”. Y lo sigo pensando porque se trata de un libro que más allá de la simple explicación del nacimiento de una afición por el fútbol, o del origen de la pasión que un aficionado siente por un equipo en particular.

Partiendo de la experiencia personal de la paternidad y de la influencia que un padre puede ejercer sobre un hijo –voluntaria o involuntariamente- a la hora de inculcarle determinadas aficiones –la del fútbol, en este caso- el libro consigue ir mucho más allá de la simple descripción de esta circunstancia. La mirada sobre la evolución del hijo, la vivencia sobre su deseo de jugar al fútbol, sus alegrías y decepciones desde que comienza a experimentar lo que significa este juego y el formar parte de un equipo son situaciones que se acaban transformando, al mismo tiempo, en un espejo que nos devuelve a nuestra infancia, y nos permite reflexionar sobre aquel niño que también fuimos y recorrió el mismo camino que ahora observa en su hijo.

De algún modo, el padre actúa como correa de transmisión hacia el hijo, pero al final se acaba retroalimentando al regresar, a la vez, hasta aquella época en la que fuimos niños. Quienes hemos sido futboleros y tenemos hijos que comienzan a serlo nos sentimos, de inmediato, identificados con lo que en el libro se describe.

“Sonreí pensando que ojalá conserve siempre esa pasión por el mero juego, por ése que no se deja contaminar de realidad”.

 

Explica Ignacio Martínez de Pisón en el prólogo que “resulta muy difícil escribir sobre fútbol sin caer en tópicos, y que este libro lo consigue”. Y es cierto, porque el tratamiento que propone Galder es completamente original, además de emotivo y sincero.

 

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Imagen de www.independent.com.uk

 

Quienes hemos crecido enganchados a una pelota sabemos perfectamente el significado que ese simple objeto de forma esférica tiene para un niño. Partidos interminables de resultados infinitos incluso cuando ya no había casi luz, el anhelo porque llegara la hora del recreo y salir al patio a jugarnos la vida, como si estuviéramos a punto de disputar la final de la Champions, la seriedad con la que nos tomábamos cualquier jugada por insignificante que fuera, la preocupación por estar entre los titulares cuando entrábamos a formar parte de algún equipo…

En ese torbellino de experiencias se encuentra Oihan, el hijo del autor, siendo este testigo de todo ello en primera persona, además de hacerle recordar y reflexionar justamente por la vivencia que tuvo él de ese mismo escenario cuando era niño.

Un estudio sobre la afición por el fútbol

Pero el mérito del libro es que no se limita a hacer una simple descripción de lo que a Oihan le va sucediendo, sino que va mucho más allá. La mirada del autor, a partir de este escenario general, comienza a detenerse en interesantes detalles relacionados con la pasión por el fútbol y para analizarlos con precisión y proponer respuestas antes algunos planteamientos.

“A veces sospecho que hoy día es incluso una parte necesaria de cualquier biografía intelectual que se precie haber escrito unas líneas sobre fútbol”.

 

Así, a medida que su hijo se va convirtiendo en un devoto del universo fútbol, Galder va construyendo una especie de tratado, un itinerario reflexivo que indaga en la afición futbolera. En el libro, desde el punto de vista del papel de la paternidad, se habla de la experiencia del padre como agente que contagia la afición por el fútbol, una infección que también padeció él de niño, por mediación de su abuelo y sus visitas a San Mamés.

Y, dentro del proceso evolutivo de su hijo, nada más simbólico que el bautizo en la Catedral, el ritual de visitar San Mamés. Todo ello, además, se consigue mediante una equilibrada mezcla de pasión y emotividad que no impide mantener en todo momento la mirada reflexiva del intelectual que se formula preguntas y propone algunas respuestas.

 

“Me gusta la idea de un fútbol humanista. Me seduce más esa metáfora que la que apela a la izquierda. En un fútbol humanista no sería la estética la que primaría, sino otros valores”.

 

Desde mi punto de vista, este es otro de los grandes logros del libro, puesto que se encajan con fluidez pensamientos que podrían formar parte de un estudio sobre la naturaleza de la afición por el fútbol. En “Hijos del fútbol” hay también una exploración de otros muchos aspectos que construyen una teoría tanto sobre la esencia de este deporte como de la forma de aproximarse a él por parte de los hinchas.

Y, por ejemplo, proporciona un marco teórico en el que encajar el fútbol en el ideario de los intelectuales de izquierdas, o propone la definición de un “fútbol humanista”. No faltan las referencias a la relación entre “fútbol y literatura”, ni tampoco a la forma de aproximarse al balompié por parte de los intelectuales. Y por ahí van apareciendo Eduardo Galeano, Juan Villoro, Enrique Ballester o Nick Hornby, entre otros.

En este sentido, esa es otra de las razones por las que agradezco la existencia de este libro, ya que me ofrece una colección de argumentos para defender que afición por el fútbol e intelectualidad no forman un oxímoron.

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Imagen de www.tonimatasbarcelo.com

Recuerdos de infancia

Personalmente, he sentido en más de un pasaje una sana envidia de Galder por poder seguir viviendo esos momentos con su hijo: estirarse en la cama antes de ir dormir y leer un cuento futbolero (inevitable recordar “Soñar goles. Fútbol y cuentos de padres a hijos”, de Miquel Nadal. Editorial Drassana), el acompañamiento al campo de fútbol los días de entreno y partido (en esta película todavía estoy), las preguntas que solo un padre puede responder, la sensación de ser un superhéroe que en pocos años desaparecerá…

El libro pone voz a gran parte de mis vivencias personales. Y me he sentido más que tocado emocionalmente en varios de sus fragmentos. Me ha divertido leer cómo completaba su ejemplar de “El fútbol de la A a la Z” incorporando su biografía. Y eso me ha hecho recordar que mi primer contacto entre fútbol y literatura se produjo de una forma similar: escribiendo (mejor dicho, dibujando) jugadas de fútbol en los espacios en blanco que había al comienzo de capítulos o en las hojas que los separaban. Galder lo hacía en un libro estrictamente futbolero. Yo utilizaba mis ejemplares de Enid Blyton que nunca supe cómo habían llegado a casa.

 

“Pero a veces, de noche, sigo imaginándome saltando a San Mamés vestido de corto y recibiendo el aplauso con el que la parroquia local da Ariño a todos los canteranos”.

 

También yo he jugado ligas de papel en la soledad de mi habitación, partidos en los que la victoria o la derrota dependían del azar de los dados. Recuerdo que iba anotando en una libreta todos los encuentros de la jornada (supongo que previamente copiados de algún periódico) y que además de los puntos, goles a favor y en contra de cada uno de los equipos también anota los puntos positivos y los negativos, algo que con el paso de los años ha desaparecido. Por supuesto, como niño que era, no podía evitar hacer alguna trampa e intentar corregir los designios del azar cuando su resultado no era favorable a los intereses de mi equipo.

Insisto en lo maravilloso que es este volumen, y en que me habría gustado que hubiera tenido 200 páginas más. Por eso, quiero pensar que acabamos de asistir a la primera parte del partido. Y que antes o después llegará la segunda.

Para terminar, le deseo toda la felicidad y todos los éxitos del mundo a Oihan. No me puedo imaginar lo que podría significar que llegara a debutar algún día en San Mamés, con la camiseta del Athletic, mientras su padre aplaude desde la grada.

 

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Imagen de www.rtve.es