Un llamamiento a la RAE: el balón se ¿coló? ¿colgó? ¿encajó? ¿voló la bola?

 

Imagen de www.gistain.net

 

Hace un par de días publiqué un hilo en twitter que terminaba con una petición a la RAE: intentar aclarar qué término hay que utilizar para referirse a ese trágico momento en el que se “cuela” un balón. ¿Existe una palabra que defina ese suceso? Por la importancia de lo que supone  para quien lo experimenta pienso, humildemente, que debería haberla.

Transcribo a continuación el hilo en el que explicaba el origen de mi petición. Y por si alguien siente curiosidad al respecto, simplemente aclarar que se trata de hechos absolutamente reales. Allá va:

 

Koldo pisó el balón, escupió y dio unos pasos atrás, el último en ligera curva hacia su izquierda. Trató de golpear el balón con el empeine, pero lo hizo con el exterior y el balón salió bombeado y se coló por encima de un muro de cantos rodados.

– La cagaste -dijo Fichu.

– ¡Calla, capullo!

– No sabes acomodar el cuerpo.

– Que te calles.

Miraron boquiabiertos la hilera de cristales amarillos y verdes que coronaba el muro.

– Ni un día -dijo Koldo pateando la gravilla-. Joder, ni un puto día me ha durado el balón.

 

Lo que acabáis de leer es un trozo de “Fuera de juego”, una magnífica novela de Miguel Ángel Ortiz Olivera publicada en el 2015 por Caballo de Troya. El fragmento describe una de las experiencias más traumáticas que te pueden suceder cuando eres un niño: la pérdida de un balón.

Otro ejemplo aparece en la maravillosa “Hijos del fútbol” de Galder Reguera, y publicada en el 2017 por Lince Ediciones. Lo describe así:

 

“Esta tarde he encajado el balón de Oihan en uno de los balcones interiores de la plaza de la antigua iglesia, donde jugábamos a refugio de la lluvia. Ha sido tras una volea que pretendía ser magnífica, como la de Zidane en Glasgow, y ha salido como ha salido.

El lugar adonde ha ido a parar es inalcanzable. Aterrado, he buscado la mirada de mi hijo”.

 

Ambas situaciones me recuerdan a uno de los momentos más traumáticos de mi infancia. Debía tener unos 10 u 11 años. Pese al tiempo transcurrido, lo recuerdo con tanta claridad como si acabara de suceder. Voy a explicarlo.

Nací en un humilde barrio obrero de Cornellà, de familias mayoritariamente inmigrantes. A finales de los 70, la calle era el territorio de juegos de todos los niños que allí vivíamos. Éramos muchos, y jugábamos, sobre todo, al fútbol, bocadillo en mano y hasta el anochecer.

 

Imagen de www.futbolenpositivo.com

 

A la hora de jugar siempre nos juntábamos más de veinte, lo que nos permitía formar extensos equipos. En cambio, no abundaban ni ropa ni zapatillas de marca. Ni tampoco, mucho peor aún, balones a los que dar patadas.

Una de las peticiones estrella para el día de Reyes era un balón de reglamento. Aunque la realidad es que lo que se dice de ‘reglamento reglamento’ creo que jamás llegamos a ver ninguno por allí.

 

 

Como mucho, quienes escribían ese deseo en su carta acababan recibiendo, en el mejor de los casos, algún sucedáneo. En el fondo, no importaba demasiado si lo que nos traían no era de cuero ni estaba homologado por la FIFA. Mientras fuera más o menos redondo y susceptible de ser chutado ya nos dábamos por satisfechos.

Aún así, y pese a que los balones a los que podíamos aspirar la mayoría de niños del barrio eran de baratillo y de mercadillo, no los había en todas las casas.

Por eso, el afortunado poseedor de uno acostumbraba a ser el niño mejor tratado de la calle. Algo así como la reina de la fiesta. Aunque te cayera como un tiro, por el simple hecho de tener una pelota con la que jugar, aquel niño se convertía automáticamente en sangre de tu sangre.

Se le defendía como a la propia vida. Y más valía hacerlo así, porque si por la razón que fuera una tarde se le cruzaban los cables y decidía no bajar a jugar a la calle, nos quedábamos sin partido.

 

 

El ritual era siempre el mismo. Después del cole, y a la hora de la merienda, nos íbamos reuniendo en la calle. Si el dueño del balón tardaba en aparecer se le comenzaba a gritar por su nombre a grito pelado. “¡¡¡Manuuuuuuuuuu!!! (nombre real) ¿¿¿¿bajaaaaaaaasss???”

Excepto cuando había castigo de por medio, lo habitual, tras unos segundos de angustiosa espera, era recibir la ansiada respuesta desde alguna de las ventanas de su edificio: “¡¡¡Síiiiiii!!!”. A partir de aquel momento, el mundo se convertía en un lugar maravilloso.

 

 

Y en cuanto el portal de su casa se abría y de sus profundidades emergía el susodicho con la pelota entre sus manos la galaxia y el universo entero se convertían en un festival de fuegos artificiales.

 

 

Pero un día, el balón de Manu se “coló”. Una de las aceras de nuestra calle limitaba con una antigua y enorme fábrica de candados que estaba abandonada. Una auténtica fortaleza absolutamente inexpugnable. Algo similar a esto:

 

 

Su gigantesca fachada, de una altura descomunal, hacía imposible que nada -excepto un pájaro, un avión o los restos de un satélite- fuera capaz de acceder al otro lado.

Bueno, imposible hasta que sucedió. Han pasado 40 años desde aquello, y aún hoy, si vas por el barrio y sacas a relucir la historia del balón de Manu, te hablarán de ella como de un suceso paranormal digno de Milenio 4.

– Chico, era imposible que se colara, pero se coló –responden los más viejos del lugar-. Aquello fue cosa de brujería.

 

 

El caso es que el balón de Manu desapareció engullido por el edificio de la fábrica. El pobre, con razón, cogió una depresión de caballo. Y a nosotros, la perspectiva de quedarnos sin jugar al fútbol, nos causó una tremenda sensación de desamparo.

Si alguien hubiera escrito un relato entonces lo habría titulado como el libro de Ishiguro: “Cuando fuimos huérfanos“.

Durante unos días no pudimos jugar al fútbol. Aunque a los ojos de hoy día parezca increíble, nadie más tenía una triste pelota. Ni de plástico. Así que volvimos a jugar con cromos, a hacer carreras de chapas y, para no perder la práctica de chutar, al bote.

Fuera como fuese, la alegría desapareció de aquella calle. Pero yo “empaticé” bastante con Manu, y eso que jamás se había oído tal palabra en el barrio. Así que me propuse conseguir una pelota para que fútbol y felicidad regresaran a nuestra calle.

Precisamente, hacía por lo menos tres meses que estaba intentando que mis padres me compraran un balón: me portaba bien, hacía los deberes, traía buenas notas del cole e incluso ayudaba en casa.

 

 

Objetivo: conseguir que a mis padres -bueno, más bien a mi madre- se le reblandeciera el corazón y accediera a comprarme la ansiada pelota.

Mi campaña tuvo un acto central: levantarme cada sábado a las seis de la mañana para acompañarla al mercado a comprar. Mi labor consistía en hacer de sherpa transportando el carro de la compra, y en guardar la tanda en las paradas que ella me iba diciendo.

Yo miraba todo aquello con mi cara de sueño, llena de legañas, sintiéndome un auténtico extraterrestre entre tanta frutería, pescadería, carnicería, trasiego de hombres y mujeres para arriba y para abajo, olores, colores, sabores…

Incluso creo que mi tuve mi primer flechazo allí, al enamorarme de la dependienta de una parada de “Ultramarinos”. Pero eso es otra historia.

 

 

Esperaba tiernamente como un pasmarote, en la cola de aquellas paradas, hasta que alguien preguntaba: “¿La última?“. Y yo, entonces, emitía un tímido e inaudible “yo” que más parecía un gallo que una respuesta.

 

 

Desde casa hasta el mercado había poco más de medio kilómetro. Una distancia que recorríamos caminando en unos 10 minutos. A mitad de trayecto había una tienda de material deportivo (la única que existía en la zona en aquella época) que se llamaba Lafaja.

 

 

Lafaja era el apellido de una familia de Cornellà de tradición deportiva. Tenían un pequeño establecimiento con un par de grandes escaparates con material deportivo de todo tipo. De vez en cuando me acercaba hasta allí a soñar que disfrutaba de lo que contenía.

Y también a comprar … sellos. Sí, sellos. Hacía poco que me había aficionado a la filatelia, y durante un tiempo hice allí las modestas adquisiciones para mi sencillo álbum.

 

 

Por supuesto, distribuían también material de montaña. Y fue en aquella tienda donde me compraron mi primera mochila, mi primer saco de dormir, y mi primera cantimplora.

Y, lo más importante del mundo mundial, vendían material futbolero: camisetas, pantalones, medias, botas… y balones de reglamento.

Lafaja, en fin, era un auténtico oasis entre las tiendas del barrio.

 

 

Cada vez que pasaba por allí me quedaba embelesado mirando el escaparate y las esferas perfectas que allí se exponían, como si fueran auténticas joyas.

Y cada vez que pasaba por allí acompañando a mi madre y arrastrando su carro de la compra la forzaba a detenerse ante el cristal para enseñarle lo que tanto ansiaba y deseaba: un balón.

Mi particular campaña de insistencia duró unos dos o tres meses. Sábado tras sábado ejecuté la misma rutina: madrugón, guardar tanda en las paradas del mercado, vuelta a casa arrastrando el carro… y avituallamiento visual en el escaparate de Lafaja.

Y un día sucedió. Supongo que mi madre debía conocerse ya de memoria los productos del escaparate de Lafaja. Y uno de aquellos sábados, el que hacía treinta o cuarenta, ves a saber, tras detenernos una vez más a contemplarlo dijo: ¡venga, entra ya y coge la pelota!

A mi me faltó tiempo para sentirme Picapiedra y gritar Yabadabaduuuuuu, y para entrar de estampida a la tienda y dirigirme emocionado hacia el dueño.

El interior no era demasiado grande. Tenía el mostrador al fondo, y en las paredes de la derecha y la izquierda unas vitrinas de cristal con los diferentes productos ordenados por tipología.

Las pelotas y balones de fútbol, rugby, baloncesto y otros deportes estaban en la parte superior. Antes de que mi madre se arrepintiera grité excitado al señor Lafaja: “¡Quiero una pelota!“.

Él me miró muy serio. Tenía un rostro que impresionaba, imponente como un bloque escultórico. Me miró desde las alturas y me preguntó: “¿Cuál?

Y justo entonces, cuando inicié el giro para señalarle el balón de reglamento con el cuero más brillante que jamás había visto, la voz de mi madre atronó en la tienda: “Esta“, dijo, señalando una pelota casi oculta al final del estante, de un material que de cuero tenía poco.

¡Mamá!“, dije imaginando lo peor. “Esa pelota es de plástico… o de algo parecido, y no es ni de fútbol. ¿No ves que es más pequeña que las otras?“, imploré.

 

 

Yo no sé a que deporte correspondería aquella pelota. Ni siquiera sé si era la pelota correspondiente para la práctica de algún deporte. Tenía una textura de plástico duro, y su color era tirando a marfil.

Era un poco más grande que una de balonmano, pero más pequeña que una de fútbol. “Mamá“, volví a insistir. Y ella, impasible, sentenció: “O la coges o nos vamos“. Y el señor Lafaja me dirigió una seca y fulminante mirada que parecía decir “Yo de ti la cogería, chaval“.

 

 

Y la cogí. ¡Qué remedio! Más valía aquello que nada. Era realmente fea, pero tenía el encanto de esas mascotas a las que acabas cogiendo un gran cariño pese a que son horrorosas.

En cuanto abandonamos la tienda la decepción por no haber conseguido el balón de reglamento se me pasó rápido al pensar que en apenas unos minutos llegaría a la calle y podríamos volver a jugar al fútbol.

De mejor o peor calidad, la realidad era que volvíamos a tener una pelota, y ya imaginaba los driblings, caños, paredes y goles que marcaría ese mismo día.

Impaciente por llegar cuanto antes a mi calle y enseñar la nueva adquisición fuimos avanzando los tres, mi madre, la pelota y yo. Bueno, mejor dicho, los cuatro: mi madre, la pelota, el carro y yo.

Al cabo de unos minutos dejamos la calle Rubió i Ors y giramos hacia Miguel de Roncalí, justo en la esquina donde se encontraba la vaquería de la familia de Daniel Solsona, aquel gran jugador que pasó por el Espanyol y el Valencia, entre otros equipos.

 

 

Solsona era un auténtico ídolo para los niños de Cornellà. Cada día, de camino para el cole, pasaba por delante de la vaquería que allí tenían sus padres. Había que cruzar un callejón en el que olía a vaca.

Pero también se respiraba fútbol. Y aquel sábado, pasar por delante de la tienda de la familia Solsona con mi balón (o lo que aquello fuera) en las manos me hizo sentir futbolista.

Nuestro destino ya se encontraba cerca. Apenas a 300 metros estaba el final de esa calle, justo en la confluencia con Campoamor, donde yo vivía. Miguel de Roncalí terminaba en un terraplén construido años atrás como barrera ante los periódicos desbordamientos del río Llobregat.

Entre el final de la calle y el terraplén había un espacio que solíamos utilizar para jugar. Justo a la derecha había una fábrica de mármoles, y más allá la fábrica de candados que se tragó el balón de Manu.

Al pie del terraplén circulaba un canal de aproximadamente un metro y medio de ancho y otro metro de profundidad. Era un curso de agua que abastecía a los huertos de los agricultores de la zona.

 

 

El canal, como nos referíamos a él, cruzaba varias poblaciones. Nosotros lo utilizábamos, básicamente, de tres maneras. La primera, para lanzar trozos de madera que simulaban ser barcos que hacían carreras al ser arrastrados por la corriente.

La segunda, para hacernos los chulos delante de las niñas saltándolo de lado a lado. Y, la mejor de todas, la tercera, para partirnos de risa cada vez que alguien, al saltarlo, acababa cayendo al agua.

 

 

Junto al canal, y un poco por debajo de él, circulaba otro curso de agua. A diferencia del primero, que discurría en superficie, este iba mayoritariamente bajo tierra. Solo era posible saber de su existencia porque en algunos tramos de calles había una especie de respiradero.

Aquellos respiraderos consistían en una sencilla abertura de apenas 40 cm. Justo en medio tenían dos finas barras de hierro, lo que impedía, por ejemplo, que un niño se pudiera colar por allí.

Terraplén, canal y callejón era el horizonte al que nos acercábamos mi madre, el carro, la pelota y yo. A 50 metros de nuestro destino ya veía a mis amigos al fondo, jugando a canicas, ajenos por completo a la sorpresa que estaba a punto de darles en cuanto vieran la pelota.

¡¡¡Ehhhhhh colegaaaas!!! ¡¡¡Mirad qué tengo!!!“, grité con toda la potencia que pude. Todos, los casi veinte que allí había, miraron entonces hacia el lugar del que procedía la voz. Y yo levanté la pelota como si fuera la mismísima copa del mundo para que todos la vieran.

Jamás olvidaré las caras de asombro y satisfacción que todos pusieron. Cuarenta ojos intentando salir de sus órbitas, y veinte campanillas intentando imitar a los ojos mientras gritaban ¡¡¡Bieeeeennnnn!!!

Explica Eduardo Galeano en “El fútbol a sol y sombra” que una vez, un periodista preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle: ¿Cómo explicaría usted a un niño lo que es la felicidad?

 

– No se lo explicaría –respondió ella-. Le tiraría una pelota para que jugara

 

Yo no había leído ni a Galeano ni a la alemana esa, pero algo en mi interior ya intuía que la felicidad era eso, y que lo que procedía en aquel momento era demostrar que podía hacer felices a un grupo de niños. Así que chuté.

No fue un disparo potente. No fue ni un cañonazo ni un cañardo, como denominábamos a los chuts más poderosos. Simplemente fue un chut con la fuerza suficiente para enviar la pelota hasta el lugar en el que se encontraban mis amigos. Como mucho, unos 30 metros.

Cuando la pelota alcanzó al grupo los dos que se encontraban más cerca intentaron detenerla pero les pasó entre las piernas. A continuación, la pelota tropezó en un pie y salió despedida hasta una rodilla, rebotando de nuevo para volver a pasar bajo las piernas de dos niños más.

De momento, la pelota había salvado ya los intentos de control de al menos 9 niños. Y seguía avanzando. Yo comencé a intuir lo peor, y de mi boca comenzó a salir un silencioso “no, no, no, no por favor, no, no por favor…“.

 

 

El balón siguió avanzando sin que nadie fuera capaz de detenerlo, como si estuviera fabricado de un material etéreo, inmune a las leyes de la física. Quizá el hecho de que no fuese de reglamento tenía algo que ver en su falta de corporeidad.

Porque, ¿cómo explicar si no que nadie hubiera conseguido detenerlo aún?

Hipnotizado por aquel avance implacable, comencé a temer lo peor. Los últimos cuatro niños que quedaban, los situados al fondo del grupo, hicieron el último intento. Juro que dos de ellos se tiraron y se estiraron sobre el suelo cual porteros…,

… pero la pelota pasó bajo su cuerpo de forma inexplicable. Bueno, más bien debería decir que “la pelota ATRAVESÓ sus cuerpos”.

 

 

Y entonces, mis ojos dejaron de mirar la pelota y se centraron en el horror, el horror. Allí estaba el respiradero del canal, una boca oscura y tenebrosa, la puerta de acceso al corazón de las tinieblas.

Pero tuve entonces una chispa de esperanza al pensar en las dos delgadas barras de hierro situadas en el centro de la abertura. Entre los barrotes y estos y la pared del orificio había, exactamente, 22,7 cm.

Un día fui a medirlo.

22,7 cm. Mi pelota tenía un diámetro de 22,6 cm exactamente. Lo comprobé. Un día le pedí al señor Lafaja que me dejara una idéntica a la mía para medirla.

¿Cuál es la probabilidad de que una esfera de 22,6 cm. supere a veinte niños que intentan detenerla y acabe entrando limpia por un agujero de 22,7cm. de anchura?

Las matemáticas dirán lo que quieran. Pero en mi caso, aquel día, la probabilidad fue de infinito.

Y aquel balón, lentamente, como aceptando su destino, entró en el agujero y desapareció para siempre ante la mirada atónita de todos los que allí estábamos.

El horror, el horror.

 

 

Pasaron los años, pero nunca olvidé aquella pelota ni aquella horrible visión. Todavía, de vez en cuando, tengo pesadillas y despierto sudoroso en la noche al volver a vivir la escena.

Y todavía recuerdo las palabras de mi madre, testigo de excepción de lo que ocurrió: “¿Para eso querías una pelota? Mañana vas y me pides otra”.

Tanto me marcó lo sucedido que un día decidí escribir una historia. No aquella historia en concreto, que es demasiado dolorosa para mi. Sino una historia sobre balones desaparecidos.

¿Qué niño no ha vivido la terrible experiencia de ver cómo pierde una pelota? Un poco como exorcismo de aquella experiencia he escrito una novela infantil. Podría haber puesto, debajo del título, “Basada en hechos reales”.

Ahora comenzaré el periplo de enviarla a editoriales y todo eso. Llegar algún día a verla publicada me haría ilusión, para qué nos vamos a engañar. Pero eso, como el flechazo con la dependienta de la tienda de ultramarinos, ya es otra historia.

El hecho es que, como decía, uno de los ejes principales es la desaparición de un balón. Y desde que acabé de escribir la novela hay algo que me inquieta y a lo que no dejo de dar vueltas.

¿Existe alguna palabra para describir el hecho de perder un balón? ¿Debemos limitarnos al impersonal “se ha colado“? ¡Cómo va a ser lo mismo colarse una pelota que colarse en el metro!

 

 

En el fragmento inicial de Miguel Ángel Ortiz dice:

…el balón salió bombeado y se acabó COLANDO“,

y Galder Reguera, en cambio, explica

“… esta tarde he ENCAJADO el balón de Oihan…”

Si hay términos como ‘serendipia’, ‘procastinar’ o ‘transmigración’, ¿no debería también existir al menos uno que describa de manera clara y unívoca la horrible experiencia de perder una pelota?

He leído en el blog “Un arácnido una camiseta” que hace un tiempo también ellos se plantearon la misma pregunta. ¿Cómo se llama ese momento?

Algunas de las respuestas recibidas, según diferentes zonas geográficas, fueron: embarcar, botar, encalar, encolar, enmarcar, encanar, encallar, colgar, encajar… y “volar la bola“. Esta última es de Ciudad de México, y es la que más me gusta de todas las citadas.

Aún así, ninguna de ellas me acaba de convencer. Y creo que el idioma tiene una carencia que merece ser resuelta. Por eso, me atrevo a lanzar un llamamiento a los académicos de la RAE (sobre todo los futboleros, que seguro me comprenderán).

Por favor: designen un término para que podamos referirnos, con toda la solemnidad que merece, a ese trágico e inolvidable instante en el que un niño ve desaparecer su balón.

Decía Eduardo Galeano:

“Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol.  Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico:

-Una linda jugadita, por amor de Dios.

 

Tomo sus palabras y con toda humildad solicito una linda palabrita, por favor.

 

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Programa Pase de Página 21 de febrero: fútbol femenino de la mano de Miguel Ángel Ortiz

Os dejo con el enlace a la edición de hoy del programa Pase de Página, el único dedicado al fútbol y la cultura que se emite a través de la emisora de radio oficial del Sevilla FC.

Mi modesta aportación ha estado protagonizada por un fragmento de Miguel Ángel Ortiz Olivera, autor de las novelas “Fuera de juego” y “La inmensa minoría“.  En el texto, el protagonista es el fútbol femenino, y se hace referencia a un partido celebrado un 21 de febrero como el de hoy, pero del año 1971.

Si hacéis clic en la imagen podréis escuchar el programa completo, que es lo que os recomiendo. Y hacia el final del mismo encontraréis mi granito de arena.

 

Fútbol + Literatura = Letras y Fútbol en Bilbao

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Durante los últimos días la combinación de fútbol y literatura se podía respirar por diferentes lugares de Bilbao: en calles y bares, en las inmediaciones de San Mamés, en las librerías, y, por supuesto, en sus bibliotecas. El motivo de ello eran los encuentros “Letras y fútbol“, organizados un año más desde la Fundación del Athletic Club y, seguramente, la mejor iniciativa para difundir la relación que el mundo del fútbol y el de la literatura mantienen entre sí, un vínculo cada vez más intenso y aceptado por diferentes sectores del ámbito de la cultura.

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Hace años que tenía ganas de asistir a alguna de las sesiones que en el marco de estas jornadas se celebran. Pero, desgraciadamente, nunca me era posible por unas razones u otras. Por suerte, este mes de noviembre se ha producido la necesaria conjunción astral que me ha permitido asistir a una de las tertulias. Ha sido una escapada relámpago, de apenas dos días, corta pero intensa, y más que suficiente para dejarme con las ganas de más. Así que, el año próximo, volveremos a intentarlo, porque la propuesta vale la pena.
Maldito karma” es el título de la primera novela del novelista alemán David Safier, precisamente uno de los protagonistas de la edición de este año de los encuentros “Letras y Fútbol“, puesto que lo sentaron en el centro del estadio de San Mamés con una máquina de escribir y le encargaron que escribiera un relato futbolero.
El resultado fue editado en formato de librito y repartido por diferentes lugares de la ciudad. Nada más llegar a Bilbao al mediodía me acordé de Safier y su “Maldito karma“, pero en sentido contrario. El sencillo hotel en el que he estado alojado estos dos días presenta una fotografía histórica de Bilbao en cada una de sus habitaciones. Y a mi me tocó dormir junto a una imagen del viejo estadio de San Mamés. “Buena señal“, me dije.
Por la tarde, el “buen karma” se confirmó gracias a un encuentro fortuito. Fue al entrar en la FNAC, algo que no estaba previsto, puesto que los planes eran ir a tomar un café con un amigo al que hace años que no veo. Habíamos quedado en encontrarnos en un bar de la zona centro, pero poco antes de la hora acordada me llamó para aplazar nuestra cita hasta el día siguiente al encontrarse enfermo.
Recibí la llamada justo cuando estaba por la zona de la librería, por lo que al tener más tiempo disponible decidí, cómo no, entrar a curiosear. Lo primero que encontré, justo en la zona de la entrada, fue una pequeña exposición con libros y publicaciones relacionadas con el Athletic de Bilbao.
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También allí había ejemplares del cuento de David Safier para que la gente los cogiera, un cartel anunciando las jornadas “Letras y Fútbol” y, sorpresa, un tipo cuyo aspecto físico me resultaba conocido: era Galder Reguera, gerente de la Fundación del Athletic, organizadora de los encuentros y autor del recientemente publicado “Hijos del fútbol“, una lectura imprescindible para los amantes del fútbol y la literatura.
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Tras presentarme pudimos conversar un par de minutos (él estaba justo a punto de marchar a la sesión de aquel día) y quedamos en vernos al día siguiente, en la sesión a la que yo tenía previsto asistir. La agradable coincidencia me hizo pensar de nuevo en Safier. “Parece que el karma se está empeñando en ser más bendito que maldito“, pensé.
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El día siguiente, martes 28 de noviembre, pude por fin acercarme hasta la magnífica Biblioteca Foral de Bizkaia, lugar en el que se han ido desarrollando todas las sesiones. El lugar destinado para ello era la sala noble de la biblioteca un espacio al que el adjetivo “noble” le va que ni pintado. A las 19 horas comenzó la tertulia, bajo el título “Fútbol, sociedad y literatura“.
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Moderada por Leire Palacios, contaba con la participación de Miguel Ángel Ortiz y Belén Gopegui, dos personas protagonistas de uno de esos sucesos paranormales que me suelen suceder y que expliqué aquí. Una más que interesante conversación sobre diferentes cuestiones en los que fútbol y literatura acaban interactuando, con especial importancia en el trabajo del escritor.
Y, al terminar la sesión, tuve el gran honor de poder acompañar a los protagonistas y compartir un más que agradable rato de conversación con los protagonistas y con Galder Reguera, un par de horas de aislamiento del mundanal ruido en el que todo giró en torno a nuestras dos grandes pasiones: el fútbol y la literatura. Un auténtico privilegio y todo un placer.
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Espero que el año que viene el karma continúe siendo un aliado mío y poder, así, volver a disfrutar de nuevo de los encuentros “Letras y Fútbol“.
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Futblog Capítulo 12: Miguel Ángel Ortiz y Belén Gopegui en “Letras y Fútbol”

 

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Como buen amante del fútbol y la literatura, hace tiempo que intento hacer una escapada a Bilbao y poder asistir a las jornadas Letras y Fútbol que organiza la Fundación del Athletic de Bilbao. Por unas razones u otras, nunca hasta ahora me había sido posible disfrutar in situ de las interesantes tertulias que en cada edición se organizan. Este año, sin embargo, la cosa cambiará. Como si de un regalo de Reyes anticipado se tratase, voy a poder cumplir mi deseo y, si no pasa nada, seré uno más de los asistentes a estos imprescindibles encuentros para los lectores futboleros.

Para redondear la jugada, el destino ha querido obsequiarme con un episodio paranormal que seguir llenando de combustible esta sección del blog. Aunque ya lo he explicado en más de una ocasión, no está de más insistir en que todos los austerianos episodios que por aquí voy contando son rigurosamente ciertos. Lo que cuento, por extraño y estrambótico que parezca, es real. No hay ni una gota de invención. (Ojalá la hubiera. Eso significaría que tengo capacidad inventiva, algo de lo que carezco por completo). Las cosas que hasta ahora he ido describiendo –insisto, aunque dudéis de su veracidad- se ciñen con exactitud a lo que me ha sucedido, y si lo que reflejan es más o menos acertado se debe, única y exclusivamente, a mis limitaciones como narrador.

O sea, que inspirándome en la advertencia de algunos libros y películas, afirmo que, en mi caso, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, sino realidad pura y dura.

 

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Real como lo que estoy a punto de explicar.

Volviendo al principio del artículo, a finales de noviembre me voy a Bilbao. Las jornadas “Letras y Fútbol” se desarrollan en días diferentes repartidos en dos semanas. Mientras no me toque la lotería no me puedo permitir el disfrutar de una quincena de vacaciones en noviembre. Por eso, me tengo que conformar con hacer una corta escapada de tan solo un par de días. Condicionado por esta limitación, mi decisión final fue que visitaré la capital vizcaína el lunes 27 y el martes 28 de noviembre, lo que me permitirá asistir a las sesiones programadas para esos días.

La del lunes lleva por título “Futbola eta Euskal Kultura“, y contará con la participación de Jon Maia, Gari, Juan Luis Zabala, e Iratxe Fresneda. En cuanto a la del martes, tiene como tema central el de “Fútbol, literatura y sociedad“, y tendrá como tertulianos a Miguel Ángel Ortiz, Belén Gopegui y Leire Palacios.

Esta segunda sesión, que es a la que asistiré, me interesa especialmente. De entrada, ya presenta una curiosidad, como lo es el hecho de que hace tiempo que Miguel Ángel (uno de los cracks del Fútbol Club de Lectura, y autor de “Fuera de juego” y “La inmensa minoría“) y yo intentamos quedar, pero por unas cosas u otras nunca conseguimos encontrar el momento, pese a vivir ambos en el entorno de Barcelona. Sin embargo, cosas de la vida, finalmente vamos a conseguir coincidir: en Bilbao.

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Pero existe otro episodio aún más extraño y paranormal. Conocí la existencia de un autor llamado Miguel Ángel Ortiz tras la publicación de “Fuera de juego“, su primera novela. Me pareció un gran libro, y publiqué un artículo en el blog explicando mis impresiones. Después, en el 2015, se publicó su segunda obra, “La inmensa minoría“, magnífica y más que merecedora de los reconocimientos que hasta el momento ha recibido. La novela está ambientada en el barrio de la Zona Franca, donde él estuvo viviendo durante un tiempo y en cuyo equipo -el Iberia– también llegó a jugar. En aquel barrio también vivió un histórico del Barça de las Cinco Copas, Eduardo Manchón, que es uno de los personajes al que se hace referencia en el libro.

Uno de los protagonistas está realizando un trabajo para el instituto sobre el mítico delantero, alguien que simboliza la posibilidad de prosperar y salir de una vida difícil a través del fútbol. Por circunstancias de la vida he llegado a conocer personalmente a la viuda de Eduardo Manchón, ya que cada año se organiza en Coma-ruga, donde vivo, un torneo con el que se le sigue rindiendo homenaje.

 

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Recuerdo el efecto que me produjo leer, al poco de comenzar “La inmensa minoría“, la referencia a Eduardo Manchón y, precisamente, el torneo de Coma-ruga. Me pareció una más que curiosa coincidencia, y se convertía en un episodio a comentar con Miguel Ángel el día que tuviera la oportunidad de conocerlo personalmente. Eso sucedió, en concreto, una tarde de sábado de febrero de 2015. Se me presentó la posibilidad de desplazarme hasta Barcelona, y aproveché para acercarme hasta el lugar en el que, según había leído en una entrevista, trabajaba Miguel Ángel: la desaparecida librería La Formiga d’Or.

Situada en el corazón de la ciudad, en la que quizá sea una de las calles más transitadas y comerciales de Barcelona, La Formiga d’Or fue, durante años y ya desde joven, uno de los puntos de visita obligada cada vez que iba a dar una vuelta por el centro. Ahora, años después, volvía a entrar allí, esta vez con mis ejemplares de “Fuera de juego” y de “La inmensa minoría” bajo el brazo.

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El encuentro con Miguel Ángel fue muy agradable, y tuvimos el tiempo suficiente para hacer cuatro rápidos comentarios, hacernos un par de fotos y que me dedicara las dos novelas. Como él estaba trabajando y la librería estaba llena de compradores no tuvimos tiempo para más.

Nos despedimos sabiendo que de un modo u otro seguiríamos en contacto. Él siguió a sus menesteres, y yo aproveché para echar un vistazo entre libros. Recuerdo que lo primero que hice fue dirigirme hacia la sección de Deportes, por si encontraba alguno de temática futbolera. También miré los de gran formato, y no me fui sin antes pasar por la sección de libros infantiles y juveniles, de donde no pude resistir la tentación de comprar uno de la colección “El Barco de Vapor“.

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Desde aquel día he mantenido un contacto más o menos fluido con Miguel Ángel. Pero siempre, circunstancias mandan, de forma virtual. En más de una ocasión hemos intentado coincidir para vernos aunque fuera un rato, pero sus horarios laborales y los míos no son lo que se dice “especialmente sociales”. La figura de Eduardo Manchón también ha seguido estando presente, y de hecho tanto Roser (su viuda) como Josep Maldonado (quien fue uno de los mejores amigos del jugador y alma mater del torneo que se organiza cada año en su honor) fueron obsequiados con dos ejemplares de “La inmensa minoría” firmados por el autor. Incluso tenemos pendiente quedar con Roser para tomar un café con ella y hablar del artículo que no hace mucho escribió Miguel Ángel, en la sección Tiempo Extra de la revista Panenka, sobre la relación de Eduardo Manchón y la literatura, y en la documentación del cual puse un granito de arena.

 

Manchon Candel Salvador tridente

Como decía, la realidad es que no ha sido posible que nos volvamos a ver en Barcelona. Y ahora, cosas del destino, los astros se han alineado para que nos encontremos… en Bilbao. Pero si este hecho ya es de por sí sorprendente, existe otro que aún lo es más todavía. Ya he explicado al principio que la sesión en la que Miguel Ángel participa lleva por título el de “Fútbol y sociedad“, y que estará acompañado por una más que reconocida autora, a quien descubrí por su libro “La conquista del aire“.

Se trata de Belén Gopegui, varias veces premiada y también autora de varias obras para el público infantil y juvenil. Lo que seguramente muchos no sabrán es que aunque no se trata de una escritora reconocidamente futbolera, sí tiene, curiosamente, un libro de esta temática destinado al público más joven. Se trata de “El balonazo“, un volumen que viajará conmigo hasta Bilbao y que aprovecharé para que sea dedicado por su autora.

(Hago un paréntesis para añadir que además de la de Belén, aprovecharé para aumentar mi colección de dedicatorias con la de Galder Reguera, responsable de las jornadas y autor de “Hijos del fútbol“).

Y ahora la sorpresa. ¿Recordáis cuando he explicado que el día que conocía a Miguel Ángel Ortiz acabé comprando un libro? ¿Recordáis el título? No, no podéis, porque no lo he dicho. Pero ahora os lo diré. El libro que compré aquella tarde fue… “El balonazo” de Belén Gopegui. Es decir, que hace dos años, cuando conocí personalmente a Miguel Ángel, también estuvo junto a nosotros Belén Gopegui a través de su libro. Y ahora, dos años después, esa extraña conjunción se volverá a producir, aunque en un lugar separado 600 km. del primero.

Y todo, gracias a la literatura futbolera.

¿Algún adjetivo para definir este episodio?

 

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“Manchón, Candel y Salvador, tridente de fútbol, barrio y literatura”, por Miguel Ángel Ortiz Olivera

 

Hace poco más de dos semanas, Miguel Ángel Ortiz (autor de “Fuera de juego” y “La inmensa minoría“) publicaba en la revista Panenka un magnífico artículo titulado “Manchón, Candel y Salvador, tridente de fútbol, barrio y literatura“. El texto giraba en torno a la curiosa relación que estos tres personajes habían tenido, vinculados por la pertenencia a un mismo barrio (la Zona Franca de Barcelona), y, también, gracias al fútbol y la literatura.

Al final del artículo se hace una referencia a este blog como parte de las fuentes documentales para la escritura del texto. Aquí tenéis el artículo completo.

Disfrutarlo porque vale la pena 🙂

 

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La vida, en ocasiones, se compara con un círculo y ya los griegos dudaban de la existencia de algo más perfecto. En nuestros tiempos, posiblemente no exista uno más prestigioso que el balón. Esa esfera de cuero que, como la vida, bota libre y rebota traicionera, se nos escapa en un mal control, y en muchas jugadas termina perdiéndose por la línea de banda aunque nos dejemos el alma corriendo tras ella.

Dedicó Francisco Candel, en su novela Han matado un hombre, han roto un paisaje (1959), unas líneas a un abollado campo de fútbol que se formó en su barrio de Can Tunis, a fuerza de pisar la tierra. Allí, «las pelotas, debido a las desigualdades del terreno, rebotaban cual si fueran lanzadas con efecto, igual que en el billar, marcando tantos complicados, desconcertantes y geométricos». Tres adjetivos que describen sus inicios como escritor. En 1956, tras años complicados, publicó su primera novela gracias a la desconcertante ayuda de un futbolista de su barrio, Eduardo Manchón. Un año después, a raíz de la publicación de la segunda, tuvo que refugiarse en la casa de otro novelista que, curiosamente, había publicado en 1955 una novela con dos ladrones y un futbolista como protagonistas. Su apellido tenía mucho de presagio geométrico: Tomás Salvador.

El balón redondo. La esfera perfecta. El viaje de la vida.

EL NOI DEL BARRAQUER CONQUISTA LES CORTS

Francisco Candel había visto a Eduardo Manchón correr tras el balón en campos de tierra similares a los de su novela. Cuando Manchón solo era el pequeño Eduardo, mataba las tardes jugando al fútbol en la polvorienta carretera del puerto con pelotas hechas de trapos viejos que birlaban a gitanas aún más viejas. Candel compartía aula con Eduardo, y conocía la historia de su familia: sus padres habían llegado a Can Tunis desde Lorca con los bolsillos llenos de hambre y miseria, en busca del dorado que ofrecía la moderna Barcelona.

Como muchos otros emigrantes, sin embargo, acabaron viviendo en una de las cientos de barracas que moteaban la falda de Montjuich, lejos de la ciudad resplandeciente. Su padre trabajaba como barraquero del campo de Casa Antúnez, el modesto club del barrio. Y a Eduardo lo bautizaron como El noi del barraquer: así de sencilla era la vida en Can Tunis. Siendo juvenil comenzó a jugar en el Casa Antúnez. Había estudiado para mecánico, pero en las tascas del barrio se apostaba por otro destino: sería futbolista. Al cumplir la mayoría de edad, fichó por el Barcelona Amateur de Biosca, Bosch y Eloy. Ganaron el Campeonato de Forofos de 1949, con Manchón como héroe de la final: contra el Indautxu marcó el gol que abría la lata y el que sentenciaba con el definitivo 3-2.

Ese mismo año lo cedieron al SD España Industrial, filial del FC Barcelona. Los vecinos de Can Tunis brindaron muchas veces por sus goles aquella temporada, y en 1950, celebraron por todo lo alto que fichaba por el FC Barcelona. Las gitanas, entonces, aseguraron haberlo leído en la mugrienta palma de su mano cuando todavía era un mocoso. Y los más viejos, mientras se anudaban el pañuelo al cuello, advertían que al chiquillo todavía le quedaba por madurar. Manchón corría sobre la línea de cal como si, en vez de un alambre, fuese una autopista. Y por el barrio bromeaban que se había curtido corriendo de la pestañí.

El noi del barraquer rompía la cintura de los laterales con el mismo descaro que bailaba con las mozas en la verbena. Y el 8 de octubre de 1950, frente al Valencia, Daucik le dio la oportunidad de bailar sobre la cal tras la expulsión del argentino Nicolau. Manchón saltó al campo, marcó el gol de la victoria y la banda de Les Corts, desde aquella tarde, tuvo nuevo dueño. En Can Tunis no hubo tasca en la que no se viese amanecer entre chiquitos y fandangos.

UN FUTBOLISTA CON BIBLIOTECA Y UN NOVELISTA SIN LIBROS

Un futbolista solo tiene una oportunidad para escribir la jugada. El balón es su lenguaje, su palabra. El regate, su adjetivo. Con un pase, pone un punto, y con una pared, un punto y seguido. De nada sirven los bocetos; en un partido no hay opción de tachar, pulir, planchar y retocar hasta que la frase suene perfecta. Cuando el balón le llega a las botas, el futbolista redacta la jugada del tirón, de nada le valen los sinónimos si el adjetivo no es el adecuado. Solo si escoge bien cada palabra, cada regate, cada punto y seguido, escuchará el murmullo de la red: la expresión máxima de su poesía.

A Francisco Candel nadie le decía dónde había poesía y dónde no. Él la encontró en callejuelas sucias, en oscuras tascas, en un enjambre de niños andrajosos que habían aprendido corriendo tras un balón que la vida es demasiado dura para tener los pies blandos. Durante años, había escrito cuentos sobre lo que escuchaba en las aceras del barrio. Por ellas paseaba su poesía porque la poesía, en realidad, se esconde en los ojos del que mira. Y él había decidido mirar dónde otros apartaban la mirada. Su Macondo sería la otra Barcelona que crecía a la sombra de Montjuich: la de las barracas de techos de uralita a la que la Ciudad Condal daba la espalda.

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Por eso se sentía orgulloso de que El noi del barraquer hubiese conquistado, con su baile de piernas, la ciudad que crecía al otro lado de la montaña. Aunque le habían cambiado el mote por el de El bicicleta, la fama no le había cambiado. Los niños coreaban los nombres de la mítica delantera de Les Cinc Copes, y las jovencitas suspiraban por sus huesos; pero Manchón solía pasearse por Can Tunis como uno más, charlar con los vecinos, invitar a unos tragos a los viejos amigos. Y telefonear a Candel periódicamente para ver cómo seguía la vida por el barrio.

Nadie —ni Candel ni, posiblemente, el propio Manchón— imaginaba que 1956 sería la última temporada del extremo en el FC Barcelona. Ni tampoco que esa campaña marcaría su gol más literario. Una tarde, Candel y el futbolista se encontraron por casualidad en el barrio. Tras el apretón de manos, Manchón le preguntó si seguía dibujando:

«—No, ahora escribo, he acabado una novela.

—Qué dices. ¿Cuándo la publicas?

—¡Hay! Eso… Sabe Dios si lograré publicarla. No conozco a nadie.

—Pues yo sí conozco a un editor. Se llama Janés y a veces baja a vernos al vestuario y nos regala libros. Le hablaré de ti.»

Aquella tarde, Manchón lo invitó a su casa para que viera su biblioteca.

«—Fíjate qué de libros, no me los leo ni en broma», le dijo.

Candel pasó la yema de los dedos por los lomos encuadernados. «Y como el mundo está lleno de casualidades», contó años después en El País«a mí me llevó definitivamente a la literatura el futbolista del Barça». Manchón cumplió su palabra y, en una visita al vestuario del poeta y editor barcelonés, le habló de su vecino escritor. Aunque, en realidad, Janés ya tenía referencias de un tal Candel que había presentado su novela al Premio Nadal y, aunque no había ganado, había obtenido dos votos del jurado, uno de ellos de su amigo Sebastián Juan Arbó.

Un día, el hermano de Manchón apareció en el felpudo de Candel.

«—Oye, que dice mi hermano que te editan la novela.»

Entusiasmado por la noticia, Candel le pidió más detalles, pero el otro se encogió de hombros y dijo que solo cumplía con el recado. Poco después, Candel atravesaba el vestíbulo del cine Bohème, al lado del Arenas. Se encontró con Manchón, que le confirmó la buena nueva. Unos meses después llegó a las librerías Hay una juventud que aguarda, con prólogo de Tomás Salvador.

DOS LADRONES Y UN FUTBOLISTA

Tomás Salvador sabía mucho de ladrones. No en vano, había dedicado media vida a perseguirlos. La otra mitad, se la había entregado a la escritura. Y había aprendido que el escritor, aunque lo camufle con adjetivos, tiene mucho de ladrón de guante blanco: para engendrar personajes vivos en la página, debía robar sigilosamente pedacitos de vida a los demás.

En 1955, había publicado Los atracadores. Sus protagonistas —dos ladrones y un futbolista— forman la banda de los “Los Corteses”. Ciertos pasajes discurren en campos de tierra como el de Nevín, en la periferia de Barcelona, donde Chico Ramón defiende los colores de la Asociación Deportivo Carranza. En aquel fútbol de Segunda Regional, se recomendaba tomar mucho azúcar y pocas grasas. Había que cuidarse del café, sustancia dopante que solía reservarse, junto a la copa, para los goleadores. Chico Ramón juega con un sueño anudado a las botas: que un patrón, o el propio Samitier, le fiche para su club. Pero su entrenador, Míster Penalty, sabe que pocos alcanzan el sueño:

«Generalmente los aficionados se desanimaban o se marchaban a un club de mala muerte cuando cumplían los veinte años. Era la edad peligrosa. La edad de las mujeres, de las ambiciones, de la impaciencia».

Manchón había escrito la historia opuesta: la del chico de barrio que asciende a la cumbre futbolística. Con el FC Barcelona, había vivido siete campañas trufadas de títulos. Sin embargo, el círculo no se había cerrado. En 1957, «la llegada del uruguayo Ramón Villaverde», contó Enric Bañeres, «le relegó a la suplencia en una época en la que no estaban permitidos los cambios durante los partidos y no ser titular suponía el olvido». Manchón, muy a su pesar, pidió la baja y abandonó el club de su vida después de anotar 81 goles en 201 partidos. Fichó por el Granada. Cuando se enfrentó a su ex equipo, en el recién inaugurado Camp Nou, los culés vencieron por 4-1. El gol de la honra granadina lo anotó Manchón, y se llevó una ovación cerrada como si lo hubiese convertido un jugador local.

Ese año, su amigo Francisco Candel publicó su segunda novela, Donde la ciudad cambia de nombre, y recibió de todo menos aplausos de los suyos. El revuelo que se formó en Can Tunis fue tal, que muchos vecinos aprendieron a leer solamente para saber qué contaba en el dichoso libro. Decían que Candel había escrito las cosas íntimas de los vecinos: que si la muerte de fulano, que si mengano espiaba a las vecinas por un agujero en la pared, las broncas de tal con la parienta, las palizas de pascual a los hijos.

Los vecinos sentían que les habían robado algo suyo. Y lo esperaron en la puerta de su casa para zurrarlo. Y lo insultaron por la calle. Y algunos incluso decidieron unirse y llevarlo a juicio. A Paco Candel solo le quedó esconderse como un vulgar ladrón, y lo hizo en la casa de su buen amigo —y policía— Tomás Salvador.

UNA VIDA, UNA PASIÓN, UN BARRIO

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Manchón no olvidaba Barcelona. Tras su paso por el Granada, militó una temporada en el Deportivo de la Coruña, en Segunda División. Pero no se encontraba como futbolista ni tampoco como hombre lejos de sus raíces. Decidió volver: fichó por el CA Iberia, el equipo de Can Tunis, a pesar de que jugaba en Tercera. En su barrio, disfrutó de nuevo del fútbol. Y sintió que el círculo, al fin, se cerraba. Dos campañas después, se retiró en el Centre d’Esports d’Hospitalet, también en Tercera. En sus últimos 29 partidos, anotó 9 goles.

Su apellido venció al tiempo con la mítica canción de Serrat, Temps era temps«Panallets; penellons; Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón»; versos que, a toda una generación de barcelonistas, traían los ecos de una época dorada de la historia del club. Muchos, de hecho, no entendían que con su calidad solo hubiera jugado un encuentro con la Selección, en 1954, ante Turquía en Estambul. Algo que no impidió que muchas personalidades, como Vázquez Montalbán, recordasen los milagros de aquellos cinco delanteros: «Los dos [Serrat y yo] nos hicimos del Barça por obra y gracia de Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón»

Manchón jugó con los veteranos del Barcelona hasta los 75 años. Colaboró en la celebración del 25º aniversario del Hospitalet, en 2007. Y cedió su apellido para apadrinar el campeonato anual de fútbol playa de Coma-Ruga. El balón siempre lo había acompañado, y lo haría también al final de sus días. Tras contraer un cáncer, se saltó algunas sesiones de tratamiento cuando coincidían con los partidos en Coma-Ruga. El fútbol le daba más vida que la quimioterapia.

Murió días antes de que se rindiera homenaje, en el Camp Nou, a los 60 años de su debut en Les Corts: aquel partido —lejano en el recuerdo, pero vivo en la memoria— en que Manchón salió del banquillo, bailó sobre la línea de cal y marcó el gol de la victoria. Aquel día en que todo un barrio brindó por una vida llena de goles y gambetas para El noi del barraquer.


FUENTES:

El fútbol como memoría sentimental del extrarradio en La inmensa minoría, David García Cames, Universidad de Salamanca.

Más sobre Eduardo Manchón y la literatura, Alfonso Morillas, blog FC de Lectura.

El quinto jinete, Enric Bañeres, La Vanguardia.

Más sobre Eduardo Manchón y la literatura

 

 

La playa de Coma-ruga acoge esta tarde del 5 de agosto una nueva edición del torneo en homenaje a Eduardo Manchón, uno de los integrantes de aquella mítica delantera que tuvo el Fútbol Club Barcelona durante los años 50, y que llegó a ser conocida como la de las “cinco copas”. Organizada por Josep Maldonado, quien fue gran amigo del jugador, y por la Penya Blaugrana de Coma-ruga, la de hoy será la edición número XX de este particular acontecimiento que cuenta con la participación de conocidos exjugadores del club blaugrana, así como otros conocidos y populares personajes.

Hace un par de años publiqué un artículo que titulé “Eduardo Manchón en la literatura”. En aquel texto recogí algunos fragmentos de diferentes obras en las que aparece el jugador, con especial protagonismo de “La inmensa minoría”, novela escrita por Miguel Ángel Ortiz y en la que uno de los personajes está realizando un trabajo precisamente sobre el jugador. Además, en aquel libro, se hace una referencia explícita al torneo de Coma-ruga, lo que me pareció una casualidad merecedora de ser publicada.

Debido a que conozco a Josep Maldonado y a Roser, viuda de Eduardo Manchón, tuve la oportunidad de informarlos de esa aparición en la novela, mostrándose ambos interesados en conseguir un ejemplar del libro. Gracias a la gentileza de Miguel Ángel, su autor, no tardaron en tener cada uno su volumen.

Con el tiempo, y por diferentes circunstancias, he podido ir reuniendo algún texto más en el que Eduardo Manchón aparecía de una forma u otra. Casi siempre en relación a referencias en los que se aludía a aquel equipo de las Cinco Copas desde un punto de vista histórico. Pero, un día, casualmente, descubrí un relato en el que aparecía escrito el nombre del jugador. Su autor era Julià de Jòdar, y aparecía en una de las ediciones de la campaña de promoción de la lectura “Lletres al camp”.

Tras aquel hallazgo llegó otro, también completamente azaroso aunque de una trascendencia que ignoraba. Tenía que ver, en este caso, con Paco Candel. Sabía que había estado muy vinculado al barrio de Can Tunis y las denominadas “casas baratas”, al pie de la montaña de Montjuic. Pero desconocía su relación con Eduardo Manchón. Y no solo eso: sino que fue gracias a la intervención del jugador que Candel consiguió publicar su primera novela.

Por eso, hoy cobra más sentido que nunca aquel artículo de hace dos años, y completarlo con otros fragmentos escritos en los que se habla de Eduardo Manchón, comenzando por el que seguramente es el texto en el que es citado y que más se recuerda: la canción “Temps era temps” de Joan Manuel Serrat:

Cançó “Temps era temps”, de Joan Manuel Serrat

Temps era temps

que vam sortir de l’ou

amb l’or a Moscú,

la pau al coll,

la flota al moll

i la llengua al cul,

amb els símbols arraconats,

l’aigua a la font,

les restriccions

i l’home del sac.

Temps era temps

que més que bons o dolents

eren els meus i han estat els únics.

Temps d’estraperlo i tramvies,

farinetes per sopar

i comuna i galliner a la galeria.

Temps d'”Una, Grande y Libre”,

“Metro Goldwyn Mayer”,

“Lo toma o lo deja”,

“Gomas y lavajes”

Quintero, León i Quiroga;

Panellets i penellons;

Basora, César, Kubala, Moreno i Manchón.

Temps era temps

que d’hora i malament

ho vam saber tot:

qui eren els reis,

d’on vénen els nens

i què menja el llop.

Tot barrejat amb el Palé,

i la Formación del

Espíritu Nacional

i els primers divendres de mes.

Senyora Francis, m’entén?

amb aquests coneixements,

què es podia esperar de nosaltres?

Si encara no saben, senyora,

què serem quan siguem grans

els fills d’un temps,

els fills d’un país orfe.

Temps d'”Una, Grande y Libre”,

“Metro Goldwyn Mayer”,

“Lo toma o lo deja”,

“Gomas y lavajes”

Quintero, León i Quiroga;

Panellets i penellons;

Basora, César, Kubala, Moreno i Manchón.

 

 

La canción de Serrat se complementa a la perfección con el poema “Oración menor. Barça, año 1952”, escrito por Clara Janés (hija del editor y poeta Josep Janés, de quien hablaremos después). El poema está recogido en “Un balón envenenado. Poesía y fútbol”, el número 800 de la Colección Visor de Poesía. En ese poema, y aún sin ser citado, existe una referencia explícita a la delantera de la que formó parte Manchón:

 

Se oyen los nombres

rompiendo el mármol del silencio

y aparecen los dioses bien uniformados,

con aura de frescura.

 

Esos “nombres” a los que se refiere es la alineación: Ramallets; Martín, Biosca, Seguer; Gonçalvo, Bosch; Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón.

 

Si saltamos al terreno de la novela y la ficción toca hablar de “La inmensa minoría”, la magnífica obra de Miguel Ángel Ortiz de la que hablaba al principio, y en la que existen diversas referencias a Manchón:

 

“Decía eso y nos contaba la historia del Manchón.

Nos decía que había tenido que dejar su tierra para poder comer. Con nuestra edad, el Barça ya se había fijado en él, “asín que vais tarde, canijos”, nos decía, “Menos quejarse de que a nuestro campo no vienen los ojeadores, que él salió de Casa Antúnez, que así le llamaban a Can Tunis, y, de allí, al Iberia. ¡Ea! Que pasó de clavar los tacos en la tierra del Iberia a clavarlos en la yerba del Camp Nou. Ahí es na”.

Miraba por el retrovisor al Chusmari.

Tu iaio y el padre del Manchón, que era barraquero, se conocían de mucho, y lo guipó muchas veces jugando en los descampaos de la carretera del puerto, con pelotas hechas de trapos viejos de las gitanas. ¡Qué tiempos! Y vosotros sos quejáis, no sabéis lo que tenéis. El noi del barraquer, le llamaba tu iaio. El chaval de Can Tunis. Decían que corría como si le fuese la pestañí detrás… ¿Quién lo iba a decir? ¿Quién iba a decirle a aquel gachó que jugaría en el Barça de las cinco copas, ¿eh? Con el Basora, el Kubala, el Moreno, el Seguer, el César…

            Me gustaba oír aquella historia. Aunque el Manchón se fue del Barça después de ocho años, volvió a jugar en el Camp Nou con el Granada, marcó un gol, y el público le ovacionó. Entonces el Chusmari, que ya se la sabía de memoria, le decía que el gol era el de la honra, que el Barça ganó aquel partido por cuatro a uno y que otro gallo hubiera cantado si no hubiera ganado.

            Y no era por el parné, decía su padre, y nos salía con el rollo del amor que le tenía el Manchón a la ciudad y la ciudad a él. Nos decía que después del Barça solo jugó un año en el Granada y otro en el Depor y se volvió al Iberia, que en esos años andaba por tercera. Terminó retirándose en el Hospitalet. «Y eso que cuando volvió solo tenía veintiséis o veintisiete años, un chaval, que ahora a esa edad están en la cresta de la ola; pero ya estaba cascaíto: antes los defensas repartían estopa de lo lindo».

 

En otro momento de la novela descubrimos que Manchón también es el personaje central del trabajo de recerca del narrador:

 

“El Pista me llamó después de los exámenes, cuando ya estábamos metidos con el trabajo de recerca. Yo había elegido al Manchón como tema para el trabajo. Pensé que no me lo darían por válido, pero al tutor le gustó porque había sido una personalidad del barrio y me dio el visto bueno. Le hice muchas preguntas al padre del Chusmari y el Peludo me dejó buscar más información en su ordenador y pasarlo a limpio. Chanaba, la recerca; pero cada vez que pensaba que tendría que salir y explicarlo delante de la clase, empezaba a morderme las uñas y los pellejos.”

 

 

Y más adelante:

 

“¿Y tu hermano?, le pregunté. Hace la vida que no le veo.

Ya somos dos, dijo el Pista.

Dio una calada al canuto y se tumbó en la hierba.

¿Cómo llevas lo del Manchón?

Me da palo leerlo delante de todos.

No seas canguelos, nen. A ver si me lo leo un día de estos, tiene que chanar.

Son casi diez páginas.

¿Diez? Buah, entonces no sé si lo leeré.

 

Aprovecho, en este punto, para explicar un increíble episodio que es totalmente cierto en relación con la cita de la novela en la que se habla del torneo de Coma-ruga. Sucedió justo en una cena organizada el año pasado por Josep Maldonado, como muestra de agradecimiento hacia las diferentes entidades y personas que colaboran en la organización del torneo.

En aquella cena, a la que tuve el honor de ser invitado, se encontraba también Roser, la viuda de Eduardo Manchón. Hacia el final, ella explicó a los asistentes el aprecio que Eduardo tenía hacia el torneo que cada año se organizaba en Coma-ruga para homenajearlo, y contó que incluso llegó a saltarse sesiones de quimioterapia para poder asistir. Nada más terminar su explicación le expliqué que esa anécdota es una de las que aparecen reflejadas en “La inmensa minoría”. Conseguí entonces recuperar el párrafo y lo leí:

Me lo contó el Chusmari el día de la huelga general.

Ha salío en las noticias y to, me dijo. Vaya mala suerte, primo, la ha diñao justo cuando le iban a hacer el homenaje en el Camp Nou, los sesenta años de su debut… Me ha contao el papa que ese partío salió de la banqueta en la segunda parte, contra el Valencia, y enchufó un chicharrito y ganaron por dos a uno. ¿Sabes lo que han dicho también? Que hace dos meses dejó de ir a una sesión de quicio por ir a ver el torneo de fútbol playa que lleva su nombre. El payo pasó de la quicio y se pallá, a Coma-Ruga, creo, ¿qué me dices? Ea, que el fútbol le daba más vida que la quimio, primo.

Yo solo había visto alguna foto de Eduardo Manchón en sus años de futbolista. Si me imagina las palabras del Chusmari, veía a un señor mayor, pelo blanco y muchas arrugas alrededor de los ojos y la boca; lo veía sentado en los asientos de plástico de la grada, los ojos cerrados y la cara ligeramente inclinada hacia los rayos del sol mientras abajo, en la arena, se oían los golpes secos de los pies descalzos al balón.

Esa jornada salimos al campo con brazaletes de cinta aislante negra. Antes del partido, guardamos un minuto de silencio. Nos abrazamos, el árbitro consultó su reloj, pitó y cerré los ojos. Solo se oyeron algunas toses y los chillidos de un niño al que alguien le tapó la boca de golpe. El minuto en silencio se hizo largo, hasta llegué a pensar que no se acabaría nunca; pero el árbitro volvió a pitar, abrí los ojos y vi al Pista yendo hacia el balón, ajustándose el brazalete de capitán.

¡Hoy ganamos por Manchón!, nos chilló a todos. ¡Vamoooosss!

 

 

También en el campo de la ficción es el siguiente fragmento, correspondiente al relato “Ell volia ser Cruyff”, escrito por Julià de Jòdar para uno de los materiales elaborados para la campaña de promoción de la lectura “Lletres al camp”:

No ens cansarem amb els davanters. Basora era dretà. César feia uns salts i remenava el cul encara millor que Kubala, que ja és dir. I a Kubala l’havia vist fer un gol de pissarrí quan el Barça el passejava pels camps de Catalunya, que fins i tot sortia en una versió de la raspa: “La raspa la inventó, Kubala con el balón…”, etcètera. Moreno no tenia tanta nomenada com els altres, i el xicot, encara que no fos bon jugador, era molt ambiciós, i volia ser com els grans encara que no ho fos. Manchón, que era esquerrà, feia cara de ser un bon jan, i no com l’Egea, que era extrem esquerre de l’Espanyol, i deien que si insultava els defenses contraris per “desestabilitzar-los”. A la família del xicot ja hi havia un heroi que feia d’extrem esquerre, i en deien el Limones, que feia unes internades per la banda i posava la pilota amb tanta precisió al cap del Flores, anomenat el Rata. Ell no es veia capaç ni d’arribar-li als tacs de les botes.

 

Otro tipo de referencias son las que encontramos en “Fútbol, una religión en busca de un Dios”, publicado el 2005. En esa obra, Manuel Vázquez Montalbán atribuye a Eduardo Manchón una cuota de responsabilidad en el hecho de que el creador de Carvalho fuera del Barça. Siendo así, el título “Eduardo Manchón y la literatura” le vendría como anillo al dedo:

“Imposible olvidar que empieza la celebración del Centenario del Barcelona F. C., institución de la que me declaro partidario por los mismos motivos que Joan Manuel Serrat. Los dos somos de barrio y nos hicimos del Barça porque en las tiendas del país de nuestra infancia aparecían carteles en los que Samitier regateaba a un jugador, cualquiera, del Espanyol. Los dos nos hicimos del Barça por obra y gracia de Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón. Y lo seguimos siendo porque el Barça era el ejército simbólico de una idea de catalanidad popular, laica, sin necesidad de peregrinar a otra montaña sagrada que no sea la grada del Camp de Les Corts o del Camp Nou”.

 

Y en el mismo libro hace una invitación al lector a comparar aquella mítica delantera de la que Manchón fue elemento destacado con la del equipo del año del Centenario:

“Qué importa un autoengaño más. Al fin y al cabo, Serrat canta del himno del Centenario y ahí está la delantera representativa, heredera de Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón. Recítenla de carrerilla: Figo, Giovanni, Anderson o Kluivert, Rivaldo y Zenden. No les invito a que reciten de carrerilla el resto del equipo para que no se echen a llorar, porque hay motivos más serios para las lágrimas: por ejemplo, la flexibilización del mercado de trabajo o que a Pinochet le haya salido un hijo con esa voz”.

 

 

Y una referencia más es la que encontramos cuando dice:

“Diez años después de que el franquismo pretendiera convertir el campo de Les Corts en un aparcamiento de tanques de ocupación, Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón desembarcaban en Dunkerque y abrían el segundo frente ansiado, respaldados por una retaguardia tan exquisita como disuasoria: Ramallets, Calvet, Biosca, Seguer, Gonzalvo III, Bosch, Aldecoa, Vila… El equipo de las Cinco Copas”.

 

Pero si existe un episodio en el que Eduardo Manchón tiene una influencia directa en el mundo de la literatura es su relación con Francisco Candel. Vecinos de barrio y compañeros de escuela, Paco Candel ha reconocido en multitud de ocasiones que si llegó a ver publicada su primera novela fue gracias a la intervención del futbolista, quien mantenía relación con Josep Janés (el padre de Clara, autora del poema del inicio de este artículo) poeta y editor y barcelonista declarado.

En una entrevista realizada por Xavier Caño y Eugenio Madueño, y publicada en el número 48 de la revista Grama en diciembre de 1972, podemos leer:

 

Entonces escribí una novela sobre los chicos que querían ser escritores. Así salió Hay una juventud que aguarda. La presenté también al Nadal, pero no lo ganó, no obstante conseguí dos votos, uno de Sebastián Juan Arbó y el otro de Ignacio Agustí. Juan Arbó me escribió una carta, que me decía que había descubierto en mi novela tal desespero, que si no ganaba dejaría de escribir, pero que no lo hiciera, porque tenía cualidades. Me dijo que fuera a ver al editor Janés, con aquella carta que él me había escrito. Yo fui a verlo y además le hablé de que tenía un gran amigo que se llamaba Eduardo Manchón, que era del Barcelona [Barça] que decía que lo conocía, porque sabía que al editor le gustaba mucho el fútbol.

 

En 1987, esa intervención continuaba estando bien presente en boca de Candel, como podemos leer en una entrevista concedida la revista Sant Andreu Expréss:

 

PACO CANDEL. MUCHO MÁS QUE “LA CELEBRIDAD DE LAS CASAS BARATAS DE CAN TUNIS”

– Me enorgullece que las entidades del barrio me nombren miembro honorífico, y que hablen de mí como “nuestro Candel”. El futbolista Manchón y yo somos hasta ahora las dos celebridades locales.

Precisamente fue su vecino Eduardo Manchón, legendario extremo izquierdo del F.C. Barcelona, la persona que le propició la publicación de su primera novela, algo que parecía inalcanzable para el joven escritor autodidacta y sin contactos. Tras un encuentro casual en el barrio, y el diálogo:

-Qué, Paco ¿Sigues dibujando?

-No, ahora escribo, he acabado una novela.

-¡Qué dices! ¿Cuándo la publicas?

-¡Huy! Eso…eso sabe Dios si lograré publicarla. No conozco a  nadie…

-Pues yo sí conozco a un editor. Se llama Janés y a veces baja a vernos al vestuario y nos regala libros. Le hablaré de ti.

Manchón cumplió su promesa y así entró Candel en el mundo editorial.

 

 

La novela es “Hay una juventud que aguarda”, publicada en 1956

Esa influencia fue incluso recordada en el acto de entrega de la Medalla de Oro de la Generalitat de Catalunya a Francisco Candel, el 3 de septiembre de 2003. Pere Baltà, presidente de la Fundació Candel, dijo:

 

Candel es féu popular quan encara era latent “aquella postguerra en què -com diu Julio Baños, amic d’infància i historiador del barri- per sobreviure, calia fer de tot”. I va fer de quasi tot, fins que el “descobrí” l’editor Josep Janés, a qui arribà amb una carta de Sebastià Joan Arbó i la influència de l’Eduard Manchón, mític jugador barcelonista fill de Can Tunis.

 

Dos años después, en el 2005, Juan Cruz realizaba una entrevista al escritor para el diario El País en la que también aparece el nombre de Eduardo Manchón:

 

¿Ahí nace ‘Hay una juventud que aguarda’?

No. Tardé. Escribía relatos y cuentos, y un día me atreví con una novela larga, que se llamó Brisa en El Cerro, porque ocurría en un sanatorio de ese nombre. A veces me parecía soberbia y a veces más bien mala. A veces la comparaba con otras que leía, y entonces me confortaba. Y como el mundo está lleno de casualidades, a mí me llevó definitivamente a la literatura el futbolista del Barça Eduardo Manchón.

… el de la canción de Serrat…

Exacto. Pues Manchón había ido a la escuela conmigo. Me lo encontré en el barrio. “Paco, ¿todavía pintas?”. Y le conté: “No, ahora escribo”. Y me dice: “Oye, yo conozco un editor. Si quieres, te recomiendo”. Ese editor era José Janés, al que le gustaba mucho el fútbol y el Barça, y que tras los partidos bajaba al vestuario no sólo para saludar a los futbolistas, sino para regalarles libros. Entonces fui a la casa de Manchón, y me los mostró: “Fíjate qué libros, no me los leo ni en broma”. Allí estaban las obras de Proust encuadernadas en piel. Así que me recomendó a Janés y fui a ver al editor con Hay una juventud que aguarda. Y un día el hermano de Manchón, que vivía en mi mismo edificio, toca y me dice: “Oye, que dice mi hermano que te editan la novela”. “Hombre, chaval, detállamelo más“. “¿A mí qué me dices? Yo sólo te doy el recado de mi hermano“. Y me fui a verle, en el vestíbulo del cine Bohème, al lado del cine Arenas. “Pues sí, que te editan la novela, chaval. ¿No te lo crees?”. “¡Me cago en la leche! Pero, vamos por palmos. ¿Es el Janés?”. “El mismo”. Lo busqué en el listín. “Que dice Manchón que usted se interesa por mi novela”. Le había hablado de ella Sebastián Juan Arbó, que había sido jurado del Premio Nadal al que yo se la mandé, y Janés le había hecho caso a él y a Manchón, y ahí estaba diciéndome que yo tenía talento de escritor, capaz de mostrar el desaliento de los jóvenes que querían salir adelante. Yo tenía entonces 28 años.

 

Por último, más recientemente, el año 2014 en concreto, Manchón continuaba apareciendo a la hora de hablar de la obra literaria de Francisco Candel. Con motivo del 50 aniversario de la publicación de “Los otros catalanes”, una de las obras más importantes del escritor, se celebraron una jornadas en las que, entre otras conclusiones, se recoge el siguiente fragmento:

 

Tornaveu no pot obviar una altra conclusió que ha sorgit en els debats. En estudiar els camins per on Candel arribà a l’èxit, sorgeixen les associacions de cultura popular del seu barri (Ateneu Popular i Centre Parroquial) que, amb algun mestre exemplar, n’encarrilen la formació, amics com el futbolista del Barça Eduard Manchon o l’escriptor Tomàs Salvador, entre d’altres, i els arriscats editors Josep Janés i Max Cahner, i la xarxa d’associacions i dinamitzadors culturals (algun llibreter) que promouen les presentacions dels seus llibres com a accions de la resistència cultural.

 

Para completar este reconocimiento vale la pena recordar el fragmento que podemos leer en la página web que el Museu d’Història de Catalunya tiene dedicada al escritor:

 

L’escriptor

 El 1947, degut a un llarg procés de recuperació de la tuberculosi, Candel escriu els primers esbossos de la novel·la que li donarà l’èxit, Donde la ciudad cambia su nombre. Al cap d’uns anys, i per mediació del futbolista del Barça Eduardo Manchón, l’original d’aquest llibre arriba per fi a mans de l’editor Josep Janés, dels primers que van obrir espais de llibertat editora extramurs del franquisme.

Para acabar, una última referencia a Eduardo Manchón. Se trata de su obituario, un texto que tenía guardado porque además de la referencia al futbolista y su calidad literaria incorpora también una referencia al torneo de Coma-ruga y el episodio de la quimioterapia. Escrito por Enric Bañeres, quien fue jefe de deportes de La Vanguardia, el destino ha querido que falleciera el martes de esta semana, hace apenas cuatro días. 

 

“35 años del Brasil-Italia del Mundial 82” y Miguel Ángel Ortiz, el fútbol y la literatura

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Hace un par de días, el 11 de julio, se cumplieron 7 años del gol de Iniesta en la final del Mundial de Sudáfrica. Aquel campeonato, que supuso la primera Copa del Mundo para el equipo español, generó una gran cantidad de literatura futbolera.

Especialmente destacada es su presencia en la novela “La inmensa minoría“, de Miguel Ángel Ortiz Olivera, convirtiéndose en el telón de fondo ante el cual transcurre la narración. Esta combinación de fútbol y literatura no es nueva para Miguel Ángel, quien ya demostró sus posibilidades en “Fuera de juego“, su primera novela.

Su experiencia a la hora de convertir el fútbol en materia literaria  estaba muy en consonancia con uno de los objetivos de la sesión “35 años del Brasil-Italia del Mundial 82, y cómo el fútbol se transforma en literatura“. Por eso, y aunque no pudo estar presente, tuvimos el privilegio de conocer su opinión al respecto de la relación que existe entre fútbol y literatura ,gracias al video siguiente.