Fútbol y literatura para el Día del Libro y la Diada de Sant Jordi: 11 libros para adultos

 

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El próximo martes, 23 de abril, celebraremos una nueva Diada de Sant Jordi y un nuevo Día Internacional del Libro, por lo que ya han comenzado a aparecer y multiplicarse las listas de recomendaciones.

Para no ser menos, me subo al carro, y publico una alineación de once libros de temática futbolera para adultos y otros once para lectores infantiles.

Se trata de una selección arbitraria, en la que me limito a citar obras publicadas en el 2018 o en el 2019. He intentado que haya un poco de variedad, incluyendo obras de ficción y ensayo. Sin duda, podrían aparecer otros libros, y como en toda alineación, cuesta dejar fuera del equipo titular a algunos jugadores. Pero es lo que también tiene el fútbol y la literatura: que cuando montas un equipo solo pueden jugar once.

 

Poesía y patadas

Miguel Ángel Ortiz. Córner

 

SINOPSIS

En 1910, un lector escribió a Bohemia, una revista de arte solicitándoles que incluyesen el fútbol entre sus temas. Como respuesta, recibió una contundente negativa de sus editores: «La poesía y las patadas son incompatibles». Ocho años después, Horacio Quiroga publicó un cuento en otra revista, Atlántida. El cuento narraba la trágica muerte del futbolista que se había quitado la vida disparándose en el corazón. La literatura, por primera vez, se puso al servicio del fútbol. Y desde entonces hasta nuestros días, a lo largo de un siglo, cientos de escritores han demostrado que, en el fútbol, hay poesía y patadas.

Precisamente Poesía y patadas se titula el libro de Miguel Ángel Ortiz. Por sus páginas desfilan afamados novelistas como Camus, Pasolini, Nabokov, Delibes, Montalbán, Ray Loriga o Félix Romeo. Los ensayos periodísticos de Miquelarena o Hernández Coronado, el aguafuerte porteño de Roberto Artl, un artículo de García Márquez, son algunos ejemplos más, junto a Alberti, Celaya o Miguel Hernández capitaneando a muchos otros poetas que, año tras año, han cantado al balón

 

La jugada de todos los tiempos. Fútbol, mito y literatura

David García Cames. Prensas de la Universidad de Zaragoza

 

SINOPSIS

El fútbol es mito, el fútbol puede ser literatura. Un deporte que apasiona y conmueve a millones de personas como ningún otro juego a lo largo de la historia no puede permanecer al margen de cuentos, poemas y novelas. El fútbol es un fenómeno que, en contra de lo que pueda parecer, en contra de los prejuicios acumulados, ha recibido una atención notable por parte de algunos de los mejores escritores en lengua española. De Cela a Delibes, de Bolaño a Villoro, pasando por los clásicos futboleros como Fontanarrosa o Soriano, este ensayo rastrea la evolución del fútbol en la literatura hispánica a través de los principales motivos que han servido para fijar y anotar el gol en la palabra.

 

Todo Messi

Jordi Puntí. Anagrama

 

SINOPSIS

Desde que Leo Messi llegó al F. C. Barcelona con trece años, su dimensión futbolística ha crecido hasta convertirse en el mejor jugador de todos los tiempos. Los niños y niñas quieren ser Messi, su camiseta es la más vendida y los vídeos de sus goles y jugadas son los más vistos en YouTube. Leo Messi nos ha hecho felices muchas veces, y estos ejercicios de estilo son un intento de redondear y prolongar esa felicidad. Jordi Puntí captura en palabras la belleza en el juego, la voracidad, el genio y la obsesión de un futbolista que ha sido comparado con Mozart y Picasso.

Su figura está en el centro de cada uno de estos textos, de los primeros goles cuando era un niño en Rosario a la manera de chutar las faltas, de la rivalidad con Cristiano Ronaldo a la relación con sus compañeros del Barça, de sus récords y premios individuales a la facilidad para repetir goles históricos. Al mismo tiempo, Messi es un artista del siglo XXI y encarna las predicciones que Italo Calvino hacía para este milenio: ligereza, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad.

Con una prosa juguetona, sentimental y analítica, Puntí nos hace revivir el privilegio de ver jugar a Messi, pero también nos sitúa frente a las intrigas del futuro. ¿Será este 2018 su gran año con el Barça y con Argentina? Como dice el entrenador Jorge Sampaoli, «el fútbol le debe un Mundial». Y aún hay más interrogantes: ¿cómo será el fútbol cuando Messi se retire? ¿Cómo seremos nosotros después de Messi?

 

Relatos solidarios del deporte

 

SINOPSIS

Marc-André Ter Stegen, portero del FC Barcelona, ​​es el padrino de la 15ª edición del libro Relatos Solidarios del Deporte, una iniciativa que impulsa un grupo de más de 50 periodistas de nuestro país y que cuenta con el apoyo de la Fundación Barça. El acto de presentación se ha celebrado este jueves y además del portero alemán ha tenido como protagonista al Pare Manel, impulsor de la entidad beneficiaria de esta edición, la Fundación Pare Panel, una institución sin ánimo de lucro, arraigada a barrios de Verdum y Roquetes de Barcelona, ​​que desarrolla y lidera proyectos de acción social y educativa destinados a niños, jóvenes y familias que se encuentran en situación de vulnerabilidad social.

 

La caja del fútbol

Galder Reguera, Vicent Chilet, Enrique Carretero. La Caja Books

 

SINOPSIS

Es falso que un partido de fútbol sean once contra once. Lo más interesante sucede fuera del campo. El sentimiento irracional del hincha. El relato épico que se adueña de la realidad. La religión pagana en la que se ha convertido el fútbol, amado y denostado pero tan poco reflexionado.

 

Fútbol B. Lo que me habría gustado saber cuando era futbolista y nadie me contó

Jacinto Elá

 

SINOPSIS

Me nombraron mejor jugador del mundo con 14 años. Desde ese instante el fútbol se convirtió en parte importante de mi vida. A veces, más importante de lo que en realidad es. Tras años en el fútbol base del RCD Espanyol de Barcelona, firmé por el Southampton FC de la liga inglesa, siendo el primer jugador español menor de 20 años en fichar por un club inglés. Tras un primer año de dura adaptación me fui cedido al Hércules de Alicante. Allí, con 20 años, sufrí una lesión de rodilla que me mantuvo casi un año apartado de los terrenos de juego. Fue el mejor periodo en mi carrera como futbolista. Este libro no es un libro de fútbol.

 

Retrato del futbolista adolescente

Valentín Roma. Editorial Periférica

 

SINOPSIS

Albert Camus dijo que todo lo que sabía de las obligaciones y la moral de los hombres se lo debía al fútbol. Este libro explora, precisamente, todo lo que los futbolistas adquieren a pesar de la obligación, todo lo que imaginan contra la moralidad, todo en lo que creen cuando el partido del domingo finaliza. Durante algún tiempo, el autor, Valentín Roma, fue futbolista. Abandonó la práctica del deporte para dedicarse a sus estudios de Historia del Arte y Estética (en la actualidad es director del Centro de la Imagen La Virreina de Barcelona y profesor universitario). Hijo del obrero de una fábrica, un obrero con claras ideas políticas, este libro narra su propio proceso de desclasamiento, que refleja, a la vez, un desclasamiento colectivo, el de una generación nacida en España a finales de los años sesenta y principios de los setenta, los hijos universitarios de padres campesinos emigrados a la ciudad, vástagos de las aspiraciones sociales que circulaban por aquel entonces, y hoy con un pie en el aburguesamiento y otro en el instinto de supervivencia. Este retrato de un futbolista adolescente es, también, cierta recapitulación sobre qué proporciona el éxito y sobre todo qué arrebata, cuánto de ese triunfo pertenecía al narrador, y por qué se apeó de él al comenzar a alcanzarlo… Este libro es un viaje que sigue la sombra de James Joyce y Stephen Dedalus, aquí transformados en un narrador y en el futbolista adolescente que fue. Y, finalmente, este libro es la memoria de lo que se oye en un vestuario de fútbol cuando las puertas se cierran, la ideología que acompaña a meniscos y rótulas, la «vida interior» de los jugadores, sus ansias de ser y sus sospechas de no entender qué les ocurre a los demás. Una historia fascinante, nunca antes contada así en la literatura española, entre la risa y la melancolía.

 

Fútbol, sexo, negocios y otras mentiras

Ramón Rocamora. Ediciones Urano

 

SINOPSIS

Una novela que revela los escándalos del mundo del fútbol jamás contados. Un thriller futbolístico que comienza con la muerte del delantero estrella de un club donde todos parecen tener un motivo para matar. Una voz fresca, sin complejos y con un don extraordinario para tejer un buen thriller.

“Sexo, fútbol, negocios y otras mentiras” cuenta la historia de un club de fútbol donde el menor de sus escándalos es el asesinato de su delantero, el fichaje estrella de la temporada. Homofobia, drogas, machismo, amaños de partidos, negocios turbios y un asesinato, convierten a esta novela en el libro maldito del fútbol. Porque… ¿sabemos realmente las cosas que ocurren en los despachos de un club de fútbol? Un thriller futbolístico no apto para lectores con escasa capacidad crítica.

 

Odio el fútbol moderno

Carlos Roberto y Miquel Sanchis. Planeta

 

SINOPSIS

Si, en el sopor de la meseta de un martes insustancial —y sin Champions—, emergen en tu recuerdo, con toda su pompa, sugerentes nombres como Mágico González, Dennis Bergkamp o Losantos Omar, entonces este es tu libro.
Si conservas esa camiseta Meyba, Cejudo, Massana, Le coq sportif, o incluso sin marca —y por supuesto sin el nombre de ningún jugador a la espalda—, este es tu libro.
Si consideras que las transacciones más legítimas que se han hecho en el fútbol de los últimos veinte años las hiciste tú desde tu ordenador con el PC Fútbol, este es tu libro.
Si odias el fútbol moderno tanto como nosotros, vas a disfrutar de este libro.

 

Barraca y Tangana

Enrique Ballester. Libros del KO

 

SINOPSIS

«Me gustan los equipos trabajadores, constantes, honestos, valientes y jóvenes porque son todo lo que yo no soy. Me gusta el invierno porque puedo llenar de comida los bolsillos del batín y no tener que levantarme del sofá durante un Perú-Nueva Zelanda. El de la tele dijo que no era penalti porque el defensa tenía el brazo pegado al cuerpo, y menos mal, porque si lo tuviera despegado vaya susto, llamad a un médico, o algo».

Las columnas de Barraca y tangana (publicadas en el diario Levante) se han convertido en una contraseña de culto entre los ojeadores más exigentes.

Ballester escribe, aparentemente, de fútbol. Pero no te fíes: utiliza el regate de la ironía para despistar al lector. En verdad, escribe sobre lo que de verdad importa.

 

Cómo llegamos a la final de Wembley

J. L. Carr. Tusquets Editores

 

SINOPSIS

Con su flamante uniforme amarillo, el Steeple Sinderby Wanderers —cuyos integrantes ya se dan con un canto en los dientes solo con que el terreno donde juegan no quede sumergido bajo varios centímetros de agua— es el equipo de fútbol menos conocido, y menos profesional, de toda Inglaterra. Esta novela inclasificable y tremendamente divertida narra una gran hazaña: la que llevó a este humilde equipo a empezar la temporada causando estragos para acabar disputando la final en el mismísimo estadio de Wembley. «Pero ¿es creíble esta historia?», se pregunta el autor. «Ah, todo dependerá de si usted quiere creérsela.» A veces, un puñado de hombres embargados por un sueño pueden conseguir lo imposible (con un poco de ayuda).

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Sale a la venta “Poesía y patadas”, de Miguel Ángel Ortiz (Editorial Córner)

 

 

14 de febrero, Día de los Enamorados… incluyendo a los de la pareja fútbol y literatura. Un día ideal para regalar “Poesía y patadas“, de Miguel Ángel Ortiz, que justamente sale hoy a la venta, y que se convertirá en una de las obras de referencia en el mundo de lo futbolísticamente literario.

En la sinopsis podemos leer:

 

Un extraordinario relato para conmemorar los cien años de relación entre dos pasiones muy distintas pero cada día más inseparables: el fútbol y la literatura

 

En 1910, un lector escribió a Bohemia, una revista de arte solicitándoles que incluyesen el fútbol entre sus temas. Como respuesta, recibió una contundente negativa de sus editores: «La poesía y las patadas son incompatibles». Ocho años después, Horacio Quiroga publicó un cuento en otra revista, Atlántida. El cuento narraba la trágica muerte del futbolista que se había quitado la vida disparándose en el corazón. La literatura, por primera vez, se puso al servicio del fútbol. Y desde entonces hasta nuestros días, a lo largo de un siglo, cientos de escritores han demostrado que, en el fútbol, hay poesía y patadas.

Precisamente Poesía y patadas se titula el libro de Miguel Ángel Ortiz. Por sus páginas desfilan afamados novelistas como Camus, Pasolini, Nabokov, Delibes, Montalbán, Ray Loriga o Félix Romeo. Los ensayos periodísticos de Miquelarena o Hernández Coronado, el aguafuerte porteño de Roberto Artl, un artículo de García Márquez, son algunos ejemplos más, junto a Alberti, Celaya o Miguel Hernández capitaneando a muchos otros poetas que, año tras año, han cantado al balón.

 

Ya sabéis: si queréis demostrar vuestro amor y pasión en un día como el de hoy tenéis una magnífica forma de hacerlo con este libro 🙂

Un llamamiento a la RAE: el balón se ¿coló? ¿colgó? ¿encajó? ¿voló la bola?

 

Imagen de www.gistain.net

 

Hace un par de días publiqué un hilo en twitter que terminaba con una petición a la RAE: intentar aclarar qué término hay que utilizar para referirse a ese trágico momento en el que se “cuela” un balón. ¿Existe una palabra que defina ese suceso? Por la importancia de lo que supone  para quien lo experimenta pienso, humildemente, que debería haberla.

Transcribo a continuación el hilo en el que explicaba el origen de mi petición. Y por si alguien siente curiosidad al respecto, simplemente aclarar que se trata de hechos absolutamente reales. Allá va:

 

Koldo pisó el balón, escupió y dio unos pasos atrás, el último en ligera curva hacia su izquierda. Trató de golpear el balón con el empeine, pero lo hizo con el exterior y el balón salió bombeado y se coló por encima de un muro de cantos rodados.

– La cagaste -dijo Fichu.

– ¡Calla, capullo!

– No sabes acomodar el cuerpo.

– Que te calles.

Miraron boquiabiertos la hilera de cristales amarillos y verdes que coronaba el muro.

– Ni un día -dijo Koldo pateando la gravilla-. Joder, ni un puto día me ha durado el balón.

 

Lo que acabáis de leer es un trozo de “Fuera de juego”, una magnífica novela de Miguel Ángel Ortiz Olivera publicada en el 2015 por Caballo de Troya. El fragmento describe una de las experiencias más traumáticas que te pueden suceder cuando eres un niño: la pérdida de un balón.

Otro ejemplo aparece en la maravillosa “Hijos del fútbol” de Galder Reguera, y publicada en el 2017 por Lince Ediciones. Lo describe así:

 

“Esta tarde he encajado el balón de Oihan en uno de los balcones interiores de la plaza de la antigua iglesia, donde jugábamos a refugio de la lluvia. Ha sido tras una volea que pretendía ser magnífica, como la de Zidane en Glasgow, y ha salido como ha salido.

El lugar adonde ha ido a parar es inalcanzable. Aterrado, he buscado la mirada de mi hijo”.

 

Ambas situaciones me recuerdan a uno de los momentos más traumáticos de mi infancia. Debía tener unos 10 u 11 años. Pese al tiempo transcurrido, lo recuerdo con tanta claridad como si acabara de suceder. Voy a explicarlo.

Nací en un humilde barrio obrero de Cornellà, de familias mayoritariamente inmigrantes. A finales de los 70, la calle era el territorio de juegos de todos los niños que allí vivíamos. Éramos muchos, y jugábamos, sobre todo, al fútbol, bocadillo en mano y hasta el anochecer.

 

Imagen de www.futbolenpositivo.com

 

A la hora de jugar siempre nos juntábamos más de veinte, lo que nos permitía formar extensos equipos. En cambio, no abundaban ni ropa ni zapatillas de marca. Ni tampoco, mucho peor aún, balones a los que dar patadas.

Una de las peticiones estrella para el día de Reyes era un balón de reglamento. Aunque la realidad es que lo que se dice de ‘reglamento reglamento’ creo que jamás llegamos a ver ninguno por allí.

 

 

Como mucho, quienes escribían ese deseo en su carta acababan recibiendo, en el mejor de los casos, algún sucedáneo. En el fondo, no importaba demasiado si lo que nos traían no era de cuero ni estaba homologado por la FIFA. Mientras fuera más o menos redondo y susceptible de ser chutado ya nos dábamos por satisfechos.

Aún así, y pese a que los balones a los que podíamos aspirar la mayoría de niños del barrio eran de baratillo y de mercadillo, no los había en todas las casas.

Por eso, el afortunado poseedor de uno acostumbraba a ser el niño mejor tratado de la calle. Algo así como la reina de la fiesta. Aunque te cayera como un tiro, por el simple hecho de tener una pelota con la que jugar, aquel niño se convertía automáticamente en sangre de tu sangre.

Se le defendía como a la propia vida. Y más valía hacerlo así, porque si por la razón que fuera una tarde se le cruzaban los cables y decidía no bajar a jugar a la calle, nos quedábamos sin partido.

 

 

El ritual era siempre el mismo. Después del cole, y a la hora de la merienda, nos íbamos reuniendo en la calle. Si el dueño del balón tardaba en aparecer se le comenzaba a gritar por su nombre a grito pelado. “¡¡¡Manuuuuuuuuuu!!! (nombre real) ¿¿¿¿bajaaaaaaaasss???”

Excepto cuando había castigo de por medio, lo habitual, tras unos segundos de angustiosa espera, era recibir la ansiada respuesta desde alguna de las ventanas de su edificio: “¡¡¡Síiiiiii!!!”. A partir de aquel momento, el mundo se convertía en un lugar maravilloso.

 

 

Y en cuanto el portal de su casa se abría y de sus profundidades emergía el susodicho con la pelota entre sus manos la galaxia y el universo entero se convertían en un festival de fuegos artificiales.

 

 

Pero un día, el balón de Manu se “coló”. Una de las aceras de nuestra calle limitaba con una antigua y enorme fábrica de candados que estaba abandonada. Una auténtica fortaleza absolutamente inexpugnable. Algo similar a esto:

 

 

Su gigantesca fachada, de una altura descomunal, hacía imposible que nada -excepto un pájaro, un avión o los restos de un satélite- fuera capaz de acceder al otro lado.

Bueno, imposible hasta que sucedió. Han pasado 40 años desde aquello, y aún hoy, si vas por el barrio y sacas a relucir la historia del balón de Manu, te hablarán de ella como de un suceso paranormal digno de Milenio 4.

– Chico, era imposible que se colara, pero se coló –responden los más viejos del lugar-. Aquello fue cosa de brujería.

 

 

El caso es que el balón de Manu desapareció engullido por el edificio de la fábrica. El pobre, con razón, cogió una depresión de caballo. Y a nosotros, la perspectiva de quedarnos sin jugar al fútbol, nos causó una tremenda sensación de desamparo.

Si alguien hubiera escrito un relato entonces lo habría titulado como el libro de Ishiguro: “Cuando fuimos huérfanos“.

Durante unos días no pudimos jugar al fútbol. Aunque a los ojos de hoy día parezca increíble, nadie más tenía una triste pelota. Ni de plástico. Así que volvimos a jugar con cromos, a hacer carreras de chapas y, para no perder la práctica de chutar, al bote.

Fuera como fuese, la alegría desapareció de aquella calle. Pero yo “empaticé” bastante con Manu, y eso que jamás se había oído tal palabra en el barrio. Así que me propuse conseguir una pelota para que fútbol y felicidad regresaran a nuestra calle.

Precisamente, hacía por lo menos tres meses que estaba intentando que mis padres me compraran un balón: me portaba bien, hacía los deberes, traía buenas notas del cole e incluso ayudaba en casa.

 

 

Objetivo: conseguir que a mis padres -bueno, más bien a mi madre- se le reblandeciera el corazón y accediera a comprarme la ansiada pelota.

Mi campaña tuvo un acto central: levantarme cada sábado a las seis de la mañana para acompañarla al mercado a comprar. Mi labor consistía en hacer de sherpa transportando el carro de la compra, y en guardar la tanda en las paradas que ella me iba diciendo.

Yo miraba todo aquello con mi cara de sueño, llena de legañas, sintiéndome un auténtico extraterrestre entre tanta frutería, pescadería, carnicería, trasiego de hombres y mujeres para arriba y para abajo, olores, colores, sabores…

Incluso creo que mi tuve mi primer flechazo allí, al enamorarme de la dependienta de una parada de “Ultramarinos”. Pero eso es otra historia.

 

 

Esperaba tiernamente como un pasmarote, en la cola de aquellas paradas, hasta que alguien preguntaba: “¿La última?“. Y yo, entonces, emitía un tímido e inaudible “yo” que más parecía un gallo que una respuesta.

 

 

Desde casa hasta el mercado había poco más de medio kilómetro. Una distancia que recorríamos caminando en unos 10 minutos. A mitad de trayecto había una tienda de material deportivo (la única que existía en la zona en aquella época) que se llamaba Lafaja.

 

 

Lafaja era el apellido de una familia de Cornellà de tradición deportiva. Tenían un pequeño establecimiento con un par de grandes escaparates con material deportivo de todo tipo. De vez en cuando me acercaba hasta allí a soñar que disfrutaba de lo que contenía.

Y también a comprar … sellos. Sí, sellos. Hacía poco que me había aficionado a la filatelia, y durante un tiempo hice allí las modestas adquisiciones para mi sencillo álbum.

 

 

Por supuesto, distribuían también material de montaña. Y fue en aquella tienda donde me compraron mi primera mochila, mi primer saco de dormir, y mi primera cantimplora.

Y, lo más importante del mundo mundial, vendían material futbolero: camisetas, pantalones, medias, botas… y balones de reglamento.

Lafaja, en fin, era un auténtico oasis entre las tiendas del barrio.

 

 

Cada vez que pasaba por allí me quedaba embelesado mirando el escaparate y las esferas perfectas que allí se exponían, como si fueran auténticas joyas.

Y cada vez que pasaba por allí acompañando a mi madre y arrastrando su carro de la compra la forzaba a detenerse ante el cristal para enseñarle lo que tanto ansiaba y deseaba: un balón.

Mi particular campaña de insistencia duró unos dos o tres meses. Sábado tras sábado ejecuté la misma rutina: madrugón, guardar tanda en las paradas del mercado, vuelta a casa arrastrando el carro… y avituallamiento visual en el escaparate de Lafaja.

Y un día sucedió. Supongo que mi madre debía conocerse ya de memoria los productos del escaparate de Lafaja. Y uno de aquellos sábados, el que hacía treinta o cuarenta, ves a saber, tras detenernos una vez más a contemplarlo dijo: ¡venga, entra ya y coge la pelota!

A mi me faltó tiempo para sentirme Picapiedra y gritar Yabadabaduuuuuu, y para entrar de estampida a la tienda y dirigirme emocionado hacia el dueño.

El interior no era demasiado grande. Tenía el mostrador al fondo, y en las paredes de la derecha y la izquierda unas vitrinas de cristal con los diferentes productos ordenados por tipología.

Las pelotas y balones de fútbol, rugby, baloncesto y otros deportes estaban en la parte superior. Antes de que mi madre se arrepintiera grité excitado al señor Lafaja: “¡Quiero una pelota!“.

Él me miró muy serio. Tenía un rostro que impresionaba, imponente como un bloque escultórico. Me miró desde las alturas y me preguntó: “¿Cuál?

Y justo entonces, cuando inicié el giro para señalarle el balón de reglamento con el cuero más brillante que jamás había visto, la voz de mi madre atronó en la tienda: “Esta“, dijo, señalando una pelota casi oculta al final del estante, de un material que de cuero tenía poco.

¡Mamá!“, dije imaginando lo peor. “Esa pelota es de plástico… o de algo parecido, y no es ni de fútbol. ¿No ves que es más pequeña que las otras?“, imploré.

 

 

Yo no sé a que deporte correspondería aquella pelota. Ni siquiera sé si era la pelota correspondiente para la práctica de algún deporte. Tenía una textura de plástico duro, y su color era tirando a marfil.

Era un poco más grande que una de balonmano, pero más pequeña que una de fútbol. “Mamá“, volví a insistir. Y ella, impasible, sentenció: “O la coges o nos vamos“. Y el señor Lafaja me dirigió una seca y fulminante mirada que parecía decir “Yo de ti la cogería, chaval“.

 

 

Y la cogí. ¡Qué remedio! Más valía aquello que nada. Era realmente fea, pero tenía el encanto de esas mascotas a las que acabas cogiendo un gran cariño pese a que son horrorosas.

En cuanto abandonamos la tienda la decepción por no haber conseguido el balón de reglamento se me pasó rápido al pensar que en apenas unos minutos llegaría a la calle y podríamos volver a jugar al fútbol.

De mejor o peor calidad, la realidad era que volvíamos a tener una pelota, y ya imaginaba los driblings, caños, paredes y goles que marcaría ese mismo día.

Impaciente por llegar cuanto antes a mi calle y enseñar la nueva adquisición fuimos avanzando los tres, mi madre, la pelota y yo. Bueno, mejor dicho, los cuatro: mi madre, la pelota, el carro y yo.

Al cabo de unos minutos dejamos la calle Rubió i Ors y giramos hacia Miguel de Roncalí, justo en la esquina donde se encontraba la vaquería de la familia de Daniel Solsona, aquel gran jugador que pasó por el Espanyol y el Valencia, entre otros equipos.

 

 

Solsona era un auténtico ídolo para los niños de Cornellà. Cada día, de camino para el cole, pasaba por delante de la vaquería que allí tenían sus padres. Había que cruzar un callejón en el que olía a vaca.

Pero también se respiraba fútbol. Y aquel sábado, pasar por delante de la tienda de la familia Solsona con mi balón (o lo que aquello fuera) en las manos me hizo sentir futbolista.

Nuestro destino ya se encontraba cerca. Apenas a 300 metros estaba el final de esa calle, justo en la confluencia con Campoamor, donde yo vivía. Miguel de Roncalí terminaba en un terraplén construido años atrás como barrera ante los periódicos desbordamientos del río Llobregat.

Entre el final de la calle y el terraplén había un espacio que solíamos utilizar para jugar. Justo a la derecha había una fábrica de mármoles, y más allá la fábrica de candados que se tragó el balón de Manu.

Al pie del terraplén circulaba un canal de aproximadamente un metro y medio de ancho y otro metro de profundidad. Era un curso de agua que abastecía a los huertos de los agricultores de la zona.

 

 

El canal, como nos referíamos a él, cruzaba varias poblaciones. Nosotros lo utilizábamos, básicamente, de tres maneras. La primera, para lanzar trozos de madera que simulaban ser barcos que hacían carreras al ser arrastrados por la corriente.

La segunda, para hacernos los chulos delante de las niñas saltándolo de lado a lado. Y, la mejor de todas, la tercera, para partirnos de risa cada vez que alguien, al saltarlo, acababa cayendo al agua.

 

 

Junto al canal, y un poco por debajo de él, circulaba otro curso de agua. A diferencia del primero, que discurría en superficie, este iba mayoritariamente bajo tierra. Solo era posible saber de su existencia porque en algunos tramos de calles había una especie de respiradero.

Aquellos respiraderos consistían en una sencilla abertura de apenas 40 cm. Justo en medio tenían dos finas barras de hierro, lo que impedía, por ejemplo, que un niño se pudiera colar por allí.

Terraplén, canal y callejón era el horizonte al que nos acercábamos mi madre, el carro, la pelota y yo. A 50 metros de nuestro destino ya veía a mis amigos al fondo, jugando a canicas, ajenos por completo a la sorpresa que estaba a punto de darles en cuanto vieran la pelota.

¡¡¡Ehhhhhh colegaaaas!!! ¡¡¡Mirad qué tengo!!!“, grité con toda la potencia que pude. Todos, los casi veinte que allí había, miraron entonces hacia el lugar del que procedía la voz. Y yo levanté la pelota como si fuera la mismísima copa del mundo para que todos la vieran.

Jamás olvidaré las caras de asombro y satisfacción que todos pusieron. Cuarenta ojos intentando salir de sus órbitas, y veinte campanillas intentando imitar a los ojos mientras gritaban ¡¡¡Bieeeeennnnn!!!

Explica Eduardo Galeano en “El fútbol a sol y sombra” que una vez, un periodista preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle: ¿Cómo explicaría usted a un niño lo que es la felicidad?

 

– No se lo explicaría –respondió ella-. Le tiraría una pelota para que jugara

 

Yo no había leído ni a Galeano ni a la alemana esa, pero algo en mi interior ya intuía que la felicidad era eso, y que lo que procedía en aquel momento era demostrar que podía hacer felices a un grupo de niños. Así que chuté.

No fue un disparo potente. No fue ni un cañonazo ni un cañardo, como denominábamos a los chuts más poderosos. Simplemente fue un chut con la fuerza suficiente para enviar la pelota hasta el lugar en el que se encontraban mis amigos. Como mucho, unos 30 metros.

Cuando la pelota alcanzó al grupo los dos que se encontraban más cerca intentaron detenerla pero les pasó entre las piernas. A continuación, la pelota tropezó en un pie y salió despedida hasta una rodilla, rebotando de nuevo para volver a pasar bajo las piernas de dos niños más.

De momento, la pelota había salvado ya los intentos de control de al menos 9 niños. Y seguía avanzando. Yo comencé a intuir lo peor, y de mi boca comenzó a salir un silencioso “no, no, no, no por favor, no, no por favor…“.

 

 

El balón siguió avanzando sin que nadie fuera capaz de detenerlo, como si estuviera fabricado de un material etéreo, inmune a las leyes de la física. Quizá el hecho de que no fuese de reglamento tenía algo que ver en su falta de corporeidad.

Porque, ¿cómo explicar si no que nadie hubiera conseguido detenerlo aún?

Hipnotizado por aquel avance implacable, comencé a temer lo peor. Los últimos cuatro niños que quedaban, los situados al fondo del grupo, hicieron el último intento. Juro que dos de ellos se tiraron y se estiraron sobre el suelo cual porteros…,

… pero la pelota pasó bajo su cuerpo de forma inexplicable. Bueno, más bien debería decir que “la pelota ATRAVESÓ sus cuerpos”.

 

 

Y entonces, mis ojos dejaron de mirar la pelota y se centraron en el horror, el horror. Allí estaba el respiradero del canal, una boca oscura y tenebrosa, la puerta de acceso al corazón de las tinieblas.

Pero tuve entonces una chispa de esperanza al pensar en las dos delgadas barras de hierro situadas en el centro de la abertura. Entre los barrotes y estos y la pared del orificio había, exactamente, 22,7 cm.

Un día fui a medirlo.

22,7 cm. Mi pelota tenía un diámetro de 22,6 cm exactamente. Lo comprobé. Un día le pedí al señor Lafaja que me dejara una idéntica a la mía para medirla.

¿Cuál es la probabilidad de que una esfera de 22,6 cm. supere a veinte niños que intentan detenerla y acabe entrando limpia por un agujero de 22,7cm. de anchura?

Las matemáticas dirán lo que quieran. Pero en mi caso, aquel día, la probabilidad fue de infinito.

Y aquel balón, lentamente, como aceptando su destino, entró en el agujero y desapareció para siempre ante la mirada atónita de todos los que allí estábamos.

El horror, el horror.

 

 

Pasaron los años, pero nunca olvidé aquella pelota ni aquella horrible visión. Todavía, de vez en cuando, tengo pesadillas y despierto sudoroso en la noche al volver a vivir la escena.

Y todavía recuerdo las palabras de mi madre, testigo de excepción de lo que ocurrió: “¿Para eso querías una pelota? Mañana vas y me pides otra”.

Tanto me marcó lo sucedido que un día decidí escribir una historia. No aquella historia en concreto, que es demasiado dolorosa para mi. Sino una historia sobre balones desaparecidos.

¿Qué niño no ha vivido la terrible experiencia de ver cómo pierde una pelota? Un poco como exorcismo de aquella experiencia he escrito una novela infantil. Podría haber puesto, debajo del título, “Basada en hechos reales”.

Ahora comenzaré el periplo de enviarla a editoriales y todo eso. Llegar algún día a verla publicada me haría ilusión, para qué nos vamos a engañar. Pero eso, como el flechazo con la dependienta de la tienda de ultramarinos, ya es otra historia.

El hecho es que, como decía, uno de los ejes principales es la desaparición de un balón. Y desde que acabé de escribir la novela hay algo que me inquieta y a lo que no dejo de dar vueltas.

¿Existe alguna palabra para describir el hecho de perder un balón? ¿Debemos limitarnos al impersonal “se ha colado“? ¡Cómo va a ser lo mismo colarse una pelota que colarse en el metro!

 

 

En el fragmento inicial de Miguel Ángel Ortiz dice:

…el balón salió bombeado y se acabó COLANDO“,

y Galder Reguera, en cambio, explica

“… esta tarde he ENCAJADO el balón de Oihan…”

Si hay términos como ‘serendipia’, ‘procastinar’ o ‘transmigración’, ¿no debería también existir al menos uno que describa de manera clara y unívoca la horrible experiencia de perder una pelota?

He leído en el blog “Un arácnido una camiseta” que hace un tiempo también ellos se plantearon la misma pregunta. ¿Cómo se llama ese momento?

Algunas de las respuestas recibidas, según diferentes zonas geográficas, fueron: embarcar, botar, encalar, encolar, enmarcar, encanar, encallar, colgar, encajar… y “volar la bola“. Esta última es de Ciudad de México, y es la que más me gusta de todas las citadas.

Aún así, ninguna de ellas me acaba de convencer. Y creo que el idioma tiene una carencia que merece ser resuelta. Por eso, me atrevo a lanzar un llamamiento a los académicos de la RAE (sobre todo los futboleros, que seguro me comprenderán).

Por favor: designen un término para que podamos referirnos, con toda la solemnidad que merece, a ese trágico e inolvidable instante en el que un niño ve desaparecer su balón.

Decía Eduardo Galeano:

“Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol.  Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico:

-Una linda jugadita, por amor de Dios.

 

Tomo sus palabras y con toda humildad solicito una linda palabrita, por favor.

 

Programa Pase de Página 21 de febrero: fútbol femenino de la mano de Miguel Ángel Ortiz

Os dejo con el enlace a la edición de hoy del programa Pase de Página, el único dedicado al fútbol y la cultura que se emite a través de la emisora de radio oficial del Sevilla FC.

Mi modesta aportación ha estado protagonizada por un fragmento de Miguel Ángel Ortiz Olivera, autor de las novelas “Fuera de juego” y “La inmensa minoría“.  En el texto, el protagonista es el fútbol femenino, y se hace referencia a un partido celebrado un 21 de febrero como el de hoy, pero del año 1971.

Si hacéis clic en la imagen podréis escuchar el programa completo, que es lo que os recomiendo. Y hacia el final del mismo encontraréis mi granito de arena.

 

Fútbol + Literatura = Letras y Fútbol en Bilbao

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Durante los últimos días la combinación de fútbol y literatura se podía respirar por diferentes lugares de Bilbao: en calles y bares, en las inmediaciones de San Mamés, en las librerías, y, por supuesto, en sus bibliotecas. El motivo de ello eran los encuentros “Letras y fútbol“, organizados un año más desde la Fundación del Athletic Club y, seguramente, la mejor iniciativa para difundir la relación que el mundo del fútbol y el de la literatura mantienen entre sí, un vínculo cada vez más intenso y aceptado por diferentes sectores del ámbito de la cultura.

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Hace años que tenía ganas de asistir a alguna de las sesiones que en el marco de estas jornadas se celebran. Pero, desgraciadamente, nunca me era posible por unas razones u otras. Por suerte, este mes de noviembre se ha producido la necesaria conjunción astral que me ha permitido asistir a una de las tertulias. Ha sido una escapada relámpago, de apenas dos días, corta pero intensa, y más que suficiente para dejarme con las ganas de más. Así que, el año próximo, volveremos a intentarlo, porque la propuesta vale la pena.
Maldito karma” es el título de la primera novela del novelista alemán David Safier, precisamente uno de los protagonistas de la edición de este año de los encuentros “Letras y Fútbol“, puesto que lo sentaron en el centro del estadio de San Mamés con una máquina de escribir y le encargaron que escribiera un relato futbolero.
El resultado fue editado en formato de librito y repartido por diferentes lugares de la ciudad. Nada más llegar a Bilbao al mediodía me acordé de Safier y su “Maldito karma“, pero en sentido contrario. El sencillo hotel en el que he estado alojado estos dos días presenta una fotografía histórica de Bilbao en cada una de sus habitaciones. Y a mi me tocó dormir junto a una imagen del viejo estadio de San Mamés. “Buena señal“, me dije.
Por la tarde, el “buen karma” se confirmó gracias a un encuentro fortuito. Fue al entrar en la FNAC, algo que no estaba previsto, puesto que los planes eran ir a tomar un café con un amigo al que hace años que no veo. Habíamos quedado en encontrarnos en un bar de la zona centro, pero poco antes de la hora acordada me llamó para aplazar nuestra cita hasta el día siguiente al encontrarse enfermo.
Recibí la llamada justo cuando estaba por la zona de la librería, por lo que al tener más tiempo disponible decidí, cómo no, entrar a curiosear. Lo primero que encontré, justo en la zona de la entrada, fue una pequeña exposición con libros y publicaciones relacionadas con el Athletic de Bilbao.
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También allí había ejemplares del cuento de David Safier para que la gente los cogiera, un cartel anunciando las jornadas “Letras y Fútbol” y, sorpresa, un tipo cuyo aspecto físico me resultaba conocido: era Galder Reguera, gerente de la Fundación del Athletic, organizadora de los encuentros y autor del recientemente publicado “Hijos del fútbol“, una lectura imprescindible para los amantes del fútbol y la literatura.
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Tras presentarme pudimos conversar un par de minutos (él estaba justo a punto de marchar a la sesión de aquel día) y quedamos en vernos al día siguiente, en la sesión a la que yo tenía previsto asistir. La agradable coincidencia me hizo pensar de nuevo en Safier. “Parece que el karma se está empeñando en ser más bendito que maldito“, pensé.
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El día siguiente, martes 28 de noviembre, pude por fin acercarme hasta la magnífica Biblioteca Foral de Bizkaia, lugar en el que se han ido desarrollando todas las sesiones. El lugar destinado para ello era la sala noble de la biblioteca un espacio al que el adjetivo “noble” le va que ni pintado. A las 19 horas comenzó la tertulia, bajo el título “Fútbol, sociedad y literatura“.
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Moderada por Leire Palacios, contaba con la participación de Miguel Ángel Ortiz y Belén Gopegui, dos personas protagonistas de uno de esos sucesos paranormales que me suelen suceder y que expliqué aquí. Una más que interesante conversación sobre diferentes cuestiones en los que fútbol y literatura acaban interactuando, con especial importancia en el trabajo del escritor.
Y, al terminar la sesión, tuve el gran honor de poder acompañar a los protagonistas y compartir un más que agradable rato de conversación con los protagonistas y con Galder Reguera, un par de horas de aislamiento del mundanal ruido en el que todo giró en torno a nuestras dos grandes pasiones: el fútbol y la literatura. Un auténtico privilegio y todo un placer.
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Galder Reguera
Espero que el año que viene el karma continúe siendo un aliado mío y poder, así, volver a disfrutar de nuevo de los encuentros “Letras y Fútbol“.
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Futblog Capítulo 12: Miguel Ángel Ortiz y Belén Gopegui en “Letras y Fútbol”

 

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Como buen amante del fútbol y la literatura, hace tiempo que intento hacer una escapada a Bilbao y poder asistir a las jornadas Letras y Fútbol que organiza la Fundación del Athletic de Bilbao. Por unas razones u otras, nunca hasta ahora me había sido posible disfrutar in situ de las interesantes tertulias que en cada edición se organizan. Este año, sin embargo, la cosa cambiará. Como si de un regalo de Reyes anticipado se tratase, voy a poder cumplir mi deseo y, si no pasa nada, seré uno más de los asistentes a estos imprescindibles encuentros para los lectores futboleros.

Para redondear la jugada, el destino ha querido obsequiarme con un episodio paranormal que seguir llenando de combustible esta sección del blog. Aunque ya lo he explicado en más de una ocasión, no está de más insistir en que todos los austerianos episodios que por aquí voy contando son rigurosamente ciertos. Lo que cuento, por extraño y estrambótico que parezca, es real. No hay ni una gota de invención. (Ojalá la hubiera. Eso significaría que tengo capacidad inventiva, algo de lo que carezco por completo). Las cosas que hasta ahora he ido describiendo –insisto, aunque dudéis de su veracidad- se ciñen con exactitud a lo que me ha sucedido, y si lo que reflejan es más o menos acertado se debe, única y exclusivamente, a mis limitaciones como narrador.

O sea, que inspirándome en la advertencia de algunos libros y películas, afirmo que, en mi caso, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, sino realidad pura y dura.

 

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Real como lo que estoy a punto de explicar.

Volviendo al principio del artículo, a finales de noviembre me voy a Bilbao. Las jornadas “Letras y Fútbol” se desarrollan en días diferentes repartidos en dos semanas. Mientras no me toque la lotería no me puedo permitir el disfrutar de una quincena de vacaciones en noviembre. Por eso, me tengo que conformar con hacer una corta escapada de tan solo un par de días. Condicionado por esta limitación, mi decisión final fue que visitaré la capital vizcaína el lunes 27 y el martes 28 de noviembre, lo que me permitirá asistir a las sesiones programadas para esos días.

La del lunes lleva por título “Futbola eta Euskal Kultura“, y contará con la participación de Jon Maia, Gari, Juan Luis Zabala, e Iratxe Fresneda. En cuanto a la del martes, tiene como tema central el de “Fútbol, literatura y sociedad“, y tendrá como tertulianos a Miguel Ángel Ortiz, Belén Gopegui y Leire Palacios.

Esta segunda sesión, que es a la que asistiré, me interesa especialmente. De entrada, ya presenta una curiosidad, como lo es el hecho de que hace tiempo que Miguel Ángel (uno de los cracks del Fútbol Club de Lectura, y autor de “Fuera de juego” y “La inmensa minoría“) y yo intentamos quedar, pero por unas cosas u otras nunca conseguimos encontrar el momento, pese a vivir ambos en el entorno de Barcelona. Sin embargo, cosas de la vida, finalmente vamos a conseguir coincidir: en Bilbao.

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Pero existe otro episodio aún más extraño y paranormal. Conocí la existencia de un autor llamado Miguel Ángel Ortiz tras la publicación de “Fuera de juego“, su primera novela. Me pareció un gran libro, y publiqué un artículo en el blog explicando mis impresiones. Después, en el 2015, se publicó su segunda obra, “La inmensa minoría“, magnífica y más que merecedora de los reconocimientos que hasta el momento ha recibido. La novela está ambientada en el barrio de la Zona Franca, donde él estuvo viviendo durante un tiempo y en cuyo equipo -el Iberia– también llegó a jugar. En aquel barrio también vivió un histórico del Barça de las Cinco Copas, Eduardo Manchón, que es uno de los personajes al que se hace referencia en el libro.

Uno de los protagonistas está realizando un trabajo para el instituto sobre el mítico delantero, alguien que simboliza la posibilidad de prosperar y salir de una vida difícil a través del fútbol. Por circunstancias de la vida he llegado a conocer personalmente a la viuda de Eduardo Manchón, ya que cada año se organiza en Coma-ruga, donde vivo, un torneo con el que se le sigue rindiendo homenaje.

 

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Recuerdo el efecto que me produjo leer, al poco de comenzar “La inmensa minoría“, la referencia a Eduardo Manchón y, precisamente, el torneo de Coma-ruga. Me pareció una más que curiosa coincidencia, y se convertía en un episodio a comentar con Miguel Ángel el día que tuviera la oportunidad de conocerlo personalmente. Eso sucedió, en concreto, una tarde de sábado de febrero de 2015. Se me presentó la posibilidad de desplazarme hasta Barcelona, y aproveché para acercarme hasta el lugar en el que, según había leído en una entrevista, trabajaba Miguel Ángel: la desaparecida librería La Formiga d’Or.

Situada en el corazón de la ciudad, en la que quizá sea una de las calles más transitadas y comerciales de Barcelona, La Formiga d’Or fue, durante años y ya desde joven, uno de los puntos de visita obligada cada vez que iba a dar una vuelta por el centro. Ahora, años después, volvía a entrar allí, esta vez con mis ejemplares de “Fuera de juego” y de “La inmensa minoría” bajo el brazo.

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El encuentro con Miguel Ángel fue muy agradable, y tuvimos el tiempo suficiente para hacer cuatro rápidos comentarios, hacernos un par de fotos y que me dedicara las dos novelas. Como él estaba trabajando y la librería estaba llena de compradores no tuvimos tiempo para más.

Nos despedimos sabiendo que de un modo u otro seguiríamos en contacto. Él siguió a sus menesteres, y yo aproveché para echar un vistazo entre libros. Recuerdo que lo primero que hice fue dirigirme hacia la sección de Deportes, por si encontraba alguno de temática futbolera. También miré los de gran formato, y no me fui sin antes pasar por la sección de libros infantiles y juveniles, de donde no pude resistir la tentación de comprar uno de la colección “El Barco de Vapor“.

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Desde aquel día he mantenido un contacto más o menos fluido con Miguel Ángel. Pero siempre, circunstancias mandan, de forma virtual. En más de una ocasión hemos intentado coincidir para vernos aunque fuera un rato, pero sus horarios laborales y los míos no son lo que se dice “especialmente sociales”. La figura de Eduardo Manchón también ha seguido estando presente, y de hecho tanto Roser (su viuda) como Josep Maldonado (quien fue uno de los mejores amigos del jugador y alma mater del torneo que se organiza cada año en su honor) fueron obsequiados con dos ejemplares de “La inmensa minoría” firmados por el autor. Incluso tenemos pendiente quedar con Roser para tomar un café con ella y hablar del artículo que no hace mucho escribió Miguel Ángel, en la sección Tiempo Extra de la revista Panenka, sobre la relación de Eduardo Manchón y la literatura, y en la documentación del cual puse un granito de arena.

 

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Como decía, la realidad es que no ha sido posible que nos volvamos a ver en Barcelona. Y ahora, cosas del destino, los astros se han alineado para que nos encontremos… en Bilbao. Pero si este hecho ya es de por sí sorprendente, existe otro que aún lo es más todavía. Ya he explicado al principio que la sesión en la que Miguel Ángel participa lleva por título el de “Fútbol y sociedad“, y que estará acompañado por una más que reconocida autora, a quien descubrí por su libro “La conquista del aire“.

Se trata de Belén Gopegui, varias veces premiada y también autora de varias obras para el público infantil y juvenil. Lo que seguramente muchos no sabrán es que aunque no se trata de una escritora reconocidamente futbolera, sí tiene, curiosamente, un libro de esta temática destinado al público más joven. Se trata de “El balonazo“, un volumen que viajará conmigo hasta Bilbao y que aprovecharé para que sea dedicado por su autora.

(Hago un paréntesis para añadir que además de la de Belén, aprovecharé para aumentar mi colección de dedicatorias con la de Galder Reguera, responsable de las jornadas y autor de “Hijos del fútbol“).

Y ahora la sorpresa. ¿Recordáis cuando he explicado que el día que conocía a Miguel Ángel Ortiz acabé comprando un libro? ¿Recordáis el título? No, no podéis, porque no lo he dicho. Pero ahora os lo diré. El libro que compré aquella tarde fue… “El balonazo” de Belén Gopegui. Es decir, que hace dos años, cuando conocí personalmente a Miguel Ángel, también estuvo junto a nosotros Belén Gopegui a través de su libro. Y ahora, dos años después, esa extraña conjunción se volverá a producir, aunque en un lugar separado 600 km. del primero.

Y todo, gracias a la literatura futbolera.

¿Algún adjetivo para definir este episodio?

 

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“Manchón, Candel y Salvador, tridente de fútbol, barrio y literatura”, por Miguel Ángel Ortiz Olivera

 

Hace poco más de dos semanas, Miguel Ángel Ortiz (autor de “Fuera de juego” y “La inmensa minoría“) publicaba en la revista Panenka un magnífico artículo titulado “Manchón, Candel y Salvador, tridente de fútbol, barrio y literatura“. El texto giraba en torno a la curiosa relación que estos tres personajes habían tenido, vinculados por la pertenencia a un mismo barrio (la Zona Franca de Barcelona), y, también, gracias al fútbol y la literatura.

Al final del artículo se hace una referencia a este blog como parte de las fuentes documentales para la escritura del texto. Aquí tenéis el artículo completo.

Disfrutarlo porque vale la pena 🙂

 

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La vida, en ocasiones, se compara con un círculo y ya los griegos dudaban de la existencia de algo más perfecto. En nuestros tiempos, posiblemente no exista uno más prestigioso que el balón. Esa esfera de cuero que, como la vida, bota libre y rebota traicionera, se nos escapa en un mal control, y en muchas jugadas termina perdiéndose por la línea de banda aunque nos dejemos el alma corriendo tras ella.

Dedicó Francisco Candel, en su novela Han matado un hombre, han roto un paisaje (1959), unas líneas a un abollado campo de fútbol que se formó en su barrio de Can Tunis, a fuerza de pisar la tierra. Allí, «las pelotas, debido a las desigualdades del terreno, rebotaban cual si fueran lanzadas con efecto, igual que en el billar, marcando tantos complicados, desconcertantes y geométricos». Tres adjetivos que describen sus inicios como escritor. En 1956, tras años complicados, publicó su primera novela gracias a la desconcertante ayuda de un futbolista de su barrio, Eduardo Manchón. Un año después, a raíz de la publicación de la segunda, tuvo que refugiarse en la casa de otro novelista que, curiosamente, había publicado en 1955 una novela con dos ladrones y un futbolista como protagonistas. Su apellido tenía mucho de presagio geométrico: Tomás Salvador.

El balón redondo. La esfera perfecta. El viaje de la vida.

EL NOI DEL BARRAQUER CONQUISTA LES CORTS

Francisco Candel había visto a Eduardo Manchón correr tras el balón en campos de tierra similares a los de su novela. Cuando Manchón solo era el pequeño Eduardo, mataba las tardes jugando al fútbol en la polvorienta carretera del puerto con pelotas hechas de trapos viejos que birlaban a gitanas aún más viejas. Candel compartía aula con Eduardo, y conocía la historia de su familia: sus padres habían llegado a Can Tunis desde Lorca con los bolsillos llenos de hambre y miseria, en busca del dorado que ofrecía la moderna Barcelona.

Como muchos otros emigrantes, sin embargo, acabaron viviendo en una de las cientos de barracas que moteaban la falda de Montjuich, lejos de la ciudad resplandeciente. Su padre trabajaba como barraquero del campo de Casa Antúnez, el modesto club del barrio. Y a Eduardo lo bautizaron como El noi del barraquer: así de sencilla era la vida en Can Tunis. Siendo juvenil comenzó a jugar en el Casa Antúnez. Había estudiado para mecánico, pero en las tascas del barrio se apostaba por otro destino: sería futbolista. Al cumplir la mayoría de edad, fichó por el Barcelona Amateur de Biosca, Bosch y Eloy. Ganaron el Campeonato de Forofos de 1949, con Manchón como héroe de la final: contra el Indautxu marcó el gol que abría la lata y el que sentenciaba con el definitivo 3-2.

Ese mismo año lo cedieron al SD España Industrial, filial del FC Barcelona. Los vecinos de Can Tunis brindaron muchas veces por sus goles aquella temporada, y en 1950, celebraron por todo lo alto que fichaba por el FC Barcelona. Las gitanas, entonces, aseguraron haberlo leído en la mugrienta palma de su mano cuando todavía era un mocoso. Y los más viejos, mientras se anudaban el pañuelo al cuello, advertían que al chiquillo todavía le quedaba por madurar. Manchón corría sobre la línea de cal como si, en vez de un alambre, fuese una autopista. Y por el barrio bromeaban que se había curtido corriendo de la pestañí.

El noi del barraquer rompía la cintura de los laterales con el mismo descaro que bailaba con las mozas en la verbena. Y el 8 de octubre de 1950, frente al Valencia, Daucik le dio la oportunidad de bailar sobre la cal tras la expulsión del argentino Nicolau. Manchón saltó al campo, marcó el gol de la victoria y la banda de Les Corts, desde aquella tarde, tuvo nuevo dueño. En Can Tunis no hubo tasca en la que no se viese amanecer entre chiquitos y fandangos.

UN FUTBOLISTA CON BIBLIOTECA Y UN NOVELISTA SIN LIBROS

Un futbolista solo tiene una oportunidad para escribir la jugada. El balón es su lenguaje, su palabra. El regate, su adjetivo. Con un pase, pone un punto, y con una pared, un punto y seguido. De nada sirven los bocetos; en un partido no hay opción de tachar, pulir, planchar y retocar hasta que la frase suene perfecta. Cuando el balón le llega a las botas, el futbolista redacta la jugada del tirón, de nada le valen los sinónimos si el adjetivo no es el adecuado. Solo si escoge bien cada palabra, cada regate, cada punto y seguido, escuchará el murmullo de la red: la expresión máxima de su poesía.

A Francisco Candel nadie le decía dónde había poesía y dónde no. Él la encontró en callejuelas sucias, en oscuras tascas, en un enjambre de niños andrajosos que habían aprendido corriendo tras un balón que la vida es demasiado dura para tener los pies blandos. Durante años, había escrito cuentos sobre lo que escuchaba en las aceras del barrio. Por ellas paseaba su poesía porque la poesía, en realidad, se esconde en los ojos del que mira. Y él había decidido mirar dónde otros apartaban la mirada. Su Macondo sería la otra Barcelona que crecía a la sombra de Montjuich: la de las barracas de techos de uralita a la que la Ciudad Condal daba la espalda.

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Por eso se sentía orgulloso de que El noi del barraquer hubiese conquistado, con su baile de piernas, la ciudad que crecía al otro lado de la montaña. Aunque le habían cambiado el mote por el de El bicicleta, la fama no le había cambiado. Los niños coreaban los nombres de la mítica delantera de Les Cinc Copes, y las jovencitas suspiraban por sus huesos; pero Manchón solía pasearse por Can Tunis como uno más, charlar con los vecinos, invitar a unos tragos a los viejos amigos. Y telefonear a Candel periódicamente para ver cómo seguía la vida por el barrio.

Nadie —ni Candel ni, posiblemente, el propio Manchón— imaginaba que 1956 sería la última temporada del extremo en el FC Barcelona. Ni tampoco que esa campaña marcaría su gol más literario. Una tarde, Candel y el futbolista se encontraron por casualidad en el barrio. Tras el apretón de manos, Manchón le preguntó si seguía dibujando:

«—No, ahora escribo, he acabado una novela.

—Qué dices. ¿Cuándo la publicas?

—¡Hay! Eso… Sabe Dios si lograré publicarla. No conozco a nadie.

—Pues yo sí conozco a un editor. Se llama Janés y a veces baja a vernos al vestuario y nos regala libros. Le hablaré de ti.»

Aquella tarde, Manchón lo invitó a su casa para que viera su biblioteca.

«—Fíjate qué de libros, no me los leo ni en broma», le dijo.

Candel pasó la yema de los dedos por los lomos encuadernados. «Y como el mundo está lleno de casualidades», contó años después en El País«a mí me llevó definitivamente a la literatura el futbolista del Barça». Manchón cumplió su palabra y, en una visita al vestuario del poeta y editor barcelonés, le habló de su vecino escritor. Aunque, en realidad, Janés ya tenía referencias de un tal Candel que había presentado su novela al Premio Nadal y, aunque no había ganado, había obtenido dos votos del jurado, uno de ellos de su amigo Sebastián Juan Arbó.

Un día, el hermano de Manchón apareció en el felpudo de Candel.

«—Oye, que dice mi hermano que te editan la novela.»

Entusiasmado por la noticia, Candel le pidió más detalles, pero el otro se encogió de hombros y dijo que solo cumplía con el recado. Poco después, Candel atravesaba el vestíbulo del cine Bohème, al lado del Arenas. Se encontró con Manchón, que le confirmó la buena nueva. Unos meses después llegó a las librerías Hay una juventud que aguarda, con prólogo de Tomás Salvador.

DOS LADRONES Y UN FUTBOLISTA

Tomás Salvador sabía mucho de ladrones. No en vano, había dedicado media vida a perseguirlos. La otra mitad, se la había entregado a la escritura. Y había aprendido que el escritor, aunque lo camufle con adjetivos, tiene mucho de ladrón de guante blanco: para engendrar personajes vivos en la página, debía robar sigilosamente pedacitos de vida a los demás.

En 1955, había publicado Los atracadores. Sus protagonistas —dos ladrones y un futbolista— forman la banda de los “Los Corteses”. Ciertos pasajes discurren en campos de tierra como el de Nevín, en la periferia de Barcelona, donde Chico Ramón defiende los colores de la Asociación Deportivo Carranza. En aquel fútbol de Segunda Regional, se recomendaba tomar mucho azúcar y pocas grasas. Había que cuidarse del café, sustancia dopante que solía reservarse, junto a la copa, para los goleadores. Chico Ramón juega con un sueño anudado a las botas: que un patrón, o el propio Samitier, le fiche para su club. Pero su entrenador, Míster Penalty, sabe que pocos alcanzan el sueño:

«Generalmente los aficionados se desanimaban o se marchaban a un club de mala muerte cuando cumplían los veinte años. Era la edad peligrosa. La edad de las mujeres, de las ambiciones, de la impaciencia».

Manchón había escrito la historia opuesta: la del chico de barrio que asciende a la cumbre futbolística. Con el FC Barcelona, había vivido siete campañas trufadas de títulos. Sin embargo, el círculo no se había cerrado. En 1957, «la llegada del uruguayo Ramón Villaverde», contó Enric Bañeres, «le relegó a la suplencia en una época en la que no estaban permitidos los cambios durante los partidos y no ser titular suponía el olvido». Manchón, muy a su pesar, pidió la baja y abandonó el club de su vida después de anotar 81 goles en 201 partidos. Fichó por el Granada. Cuando se enfrentó a su ex equipo, en el recién inaugurado Camp Nou, los culés vencieron por 4-1. El gol de la honra granadina lo anotó Manchón, y se llevó una ovación cerrada como si lo hubiese convertido un jugador local.

Ese año, su amigo Francisco Candel publicó su segunda novela, Donde la ciudad cambia de nombre, y recibió de todo menos aplausos de los suyos. El revuelo que se formó en Can Tunis fue tal, que muchos vecinos aprendieron a leer solamente para saber qué contaba en el dichoso libro. Decían que Candel había escrito las cosas íntimas de los vecinos: que si la muerte de fulano, que si mengano espiaba a las vecinas por un agujero en la pared, las broncas de tal con la parienta, las palizas de pascual a los hijos.

Los vecinos sentían que les habían robado algo suyo. Y lo esperaron en la puerta de su casa para zurrarlo. Y lo insultaron por la calle. Y algunos incluso decidieron unirse y llevarlo a juicio. A Paco Candel solo le quedó esconderse como un vulgar ladrón, y lo hizo en la casa de su buen amigo —y policía— Tomás Salvador.

UNA VIDA, UNA PASIÓN, UN BARRIO

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Manchón no olvidaba Barcelona. Tras su paso por el Granada, militó una temporada en el Deportivo de la Coruña, en Segunda División. Pero no se encontraba como futbolista ni tampoco como hombre lejos de sus raíces. Decidió volver: fichó por el CA Iberia, el equipo de Can Tunis, a pesar de que jugaba en Tercera. En su barrio, disfrutó de nuevo del fútbol. Y sintió que el círculo, al fin, se cerraba. Dos campañas después, se retiró en el Centre d’Esports d’Hospitalet, también en Tercera. En sus últimos 29 partidos, anotó 9 goles.

Su apellido venció al tiempo con la mítica canción de Serrat, Temps era temps«Panallets; penellons; Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón»; versos que, a toda una generación de barcelonistas, traían los ecos de una época dorada de la historia del club. Muchos, de hecho, no entendían que con su calidad solo hubiera jugado un encuentro con la Selección, en 1954, ante Turquía en Estambul. Algo que no impidió que muchas personalidades, como Vázquez Montalbán, recordasen los milagros de aquellos cinco delanteros: «Los dos [Serrat y yo] nos hicimos del Barça por obra y gracia de Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón»

Manchón jugó con los veteranos del Barcelona hasta los 75 años. Colaboró en la celebración del 25º aniversario del Hospitalet, en 2007. Y cedió su apellido para apadrinar el campeonato anual de fútbol playa de Coma-Ruga. El balón siempre lo había acompañado, y lo haría también al final de sus días. Tras contraer un cáncer, se saltó algunas sesiones de tratamiento cuando coincidían con los partidos en Coma-Ruga. El fútbol le daba más vida que la quimioterapia.

Murió días antes de que se rindiera homenaje, en el Camp Nou, a los 60 años de su debut en Les Corts: aquel partido —lejano en el recuerdo, pero vivo en la memoria— en que Manchón salió del banquillo, bailó sobre la línea de cal y marcó el gol de la victoria. Aquel día en que todo un barrio brindó por una vida llena de goles y gambetas para El noi del barraquer.


FUENTES:

El fútbol como memoría sentimental del extrarradio en La inmensa minoría, David García Cames, Universidad de Salamanca.

Más sobre Eduardo Manchón y la literatura, Alfonso Morillas, blog FC de Lectura.

El quinto jinete, Enric Bañeres, La Vanguardia.