“El niño que no sabía jugar al fútbol”, de Ernesto Rodríguez Abad y Víctor Jaubert. SM Ediciones

 

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“Parecía que todos nacían sabiendo dar patadas a la pelota. Él no. Salió de debajo del mostrador con su libreta de versos y dibujos. Allí estaban sus mundos.”

 

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Hace más de cien años, entre 1908 y 1910, se publicó en la capital de Uruguay, Montevideo, una revista bajo el título “Bohemia – Revista de arte”. Un día, uno de sus lectores escribió a sus editores si podían publicar algún artículo relacionado con el fútbol. La respuesta fue contundente: “La poesía y las patadas son incompatibles”.

Afortunadamente, el tiempo ha quitado la razón a quien así opinaba, y desde entonces no han parado de aparecer los ejemplos en los que ambos términos van de la mano. El último, destinado a convertirse en una obra de referencia, hace toda una demostración de lo que esa pareja ha dado de sí durante el último siglo, y las une en literaria ceremonia casándolas en el título: “Poesía y patadas”, de Miguel Ángel Ortiz.

El camino hasta la situación actual ha sido, sin embargo, largo y sinuoso, como “The long and winding road” que cantaban los Beatles. Porque, no solo versos y chutes han acostumbrado a avanzar desemparejados, sino que, en ocasiones, el protagonismo de uno ha podido implicar la anulación del otro. Y eso, más o menos, es lo que encontramos en una maravilla de libro y de historia: “El niño que no sabía jugar al fútbol”, escrito por Ernesto Rodríguez Abad, ilustrado por Víctor Jaubert y publicado por SM Ediciones en el 2015.

 

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SINOPSIS

A Rodolfo no le gusta jugar al fútbol. Y lo cierto es que no se le da bien, aunque todos a su alrededor se empeñan en que aprenda. Pero Rodolfo sabe hacer otras cosas: es capaz de tocar el corazón de las personas.

 

El protagonista de esta delicia de cuento destinado a lectores infantiles a partir de 7 años es Rodolfo, un niño con una especial sensibilidad para las letras y la poesía y, al mismo tiempo, con una absoluta falta de interés por el fútbol. Todos los que le rodean, incluidos sus padres, parecen pensar únicamente en el balón. En los recreos del colegio todos juegan a la pelota, y lo mismo hacen sus amigos en cuanto acaban las clases. Pero a Rodolfo jugar a pelota no se le da bien, por lo que nadie lo quiere en su equipo y, poco a poco, se va encerrando en su mundo. Incluso el día de su cumpleaños el pobre Rodolfo recibe el regalo que él menos desearía: un balón de reglamento.

 

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“Y Manolo, Luisa, Fernando, Javier, Ignacio, Laura… y hasta doña Eloísa Quintana, la maestra, comprendieron que los balones pueden llevar poemas, canciones, dibujos y sonrisas”.

 

Al pequeño Rodolfo, en realidad, lo que le interesa es escribir poemas, jugar con las palabras, inventar rimas y soñar con mundos imaginarios. Una afición que se ve obligado a practicar en solitario, que poco a poco lo va aislando. Pese a los intentos de todos por arrastrarlo hasta el mundo del fútbol, él solo se encuentra cómodo en su particular universo. Y eso, poco a poco, lo va haciendo cada vez más invisible a todos. Nadie se interesa por lo que hace, y todos permanecen ajenos a sus libretas y sus escritos.

 

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Pero un día conocerá a alguien que no lo verá como un extraño, sino que descubrirá lo que de único y especial tiene Rodolfo. Eso lo animará a dar el paso a mostrarse a los demás tal y como es. Y será a partir de entonces cuando todos comiencen a fijarse en él, y a entender que todos somos únicos y especiales, y que no pasa nada si a uno le gusta mucho la poesía y nada las patadas.

 

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El niño que no sabía jugar al fútbol” es una delicada y gran historia, con un protagonista entrañable. Además, se acompaña de unas atractivas y poderosas ilustraciones, con un estilo muy plástico y personal, que contribuye a transmitir la sensibilidad que se respira a lo largo de todas las páginas.

Una lectura ideal para trabajar en las escuelas por el poderoso mensaje de fondo que transmite: todos somos únicos y especiales, y deberíamos aprender a respetar y aceptar los gustos de cada cual.

 

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