5 de julio: 35 años del Brasil-Italia del Mundial 82

 

 

Hoy, 5 de julio, se cumplen 35 años del memorable Brasil-Italia del Mundial 82 que se disputó en el desaparecido estadio de Sarrià. Un partido que recordaremos esta tarde en la Biblioteca Marta Mata de Cornellá, y que nos servirá también para hablar de fútbol y literatura.

Aquel encuentro generó artículos de prensa, crónicas, referencias en textos, algún relato e incluso una novela, “Los fantasmas de Sarriá visten de chándal”, escrita por Wilmar Cabrera, uno de los textos que tendrán un destacado papel en la sesión de esta tarde.

 

 

Otros ejemplos destacados de transformación de la vivencia de aquel partido en literatura son los que os dejo aquí. El primero corresponde a un fragmento de una de las crónicas escritas por Miguel Delibes, cuyo título es “Sobre el Mundial”, y que se encuentra recogida en “El otro fútbol”. El segundo es el artículo que Mario Vargas Llosa publicó con motivo de aquel legendario encuentro y cuyo título no puede ser más elocuente: “Un partido para la memoria”. El tercero es obra de Llorenç Bonet, y aparece en su libro “Camp de terra“. Y, por último, encontraréis otro fragmento del relato “Los antihéroes del 82” escrito por el periodista Ricard Torquemada.

Puro fútbol, pura literatura.

 

 

            ¿Qué Italia no realizó el mejor fútbol del Mundial? Eso por descontado. El esplendor, la brillantez y, en todo caso, el espectáculo, corrió a cargo del Brasil y, en ocasiones, de Francia y hasta de Polonia. Italia trenzó un fútbol rápido, eficaz y práctico; Brasil, vistoso, festivo, alegre, musical, tonificante. Brasil ha acertado al conjugar la fuerza y la filigrana, el malabarismo y la velocidad. Su fútbol es una fiesta. Para Brasil no rige ese socorrido principio de «sudar la camiseta». Su juego es eso, puro juego, un ejercicio de destreza, lúdico, simple y, sobre todo, asociado, todo lo contrario del fútbol laborioso, aplicado destajista que se le ha opuesto. Los cariocas constituyen un mundo aparte. Mientras Brasil juega, los demás trabajan”.

 

Miguel Delibes, en “El otro fútbol

 

 

 

Será un partido que recordaremos, del que hablaremos todavía cuando hayan pasado muchos años y sus principales protagonistas sean sólo nombres vinculados a la mitología del fútbol. Un partido que vimos con el corazón acelerado, en vilo, como algo electrizante y dramático y cuyos espectadores, tanto los abrumados con la derrota del Brasil como los exaltados con el triunfo de Italia, tendrán siempre por el más emocionante y el de mayor excelencia futbolística que ha visto este Mundial.

Estos son los contrastes y paradojas del balompié: Nada está escrito y la lógica se triza como un cristal. El mejor equipo de la Copa, el que partido a partido había venido exhibiendo el fútbol de calidad más elevada y consistente, cae derrotado, en un encuentro inolvidable, por una escuadra que, luego de unos comienzos mediocres y decepcionantes en la primera vuelta, había venido mejorando progresivamente hasta crecerse y demostrar que podía medirse con los más grandes de igual a igual y vencerIos.

Fui al Estadio de Sarriá con la seguridad de que los brasileños ganarían, pero, apenas ocupé mi lugar en la tribuna, y vi el estadio al tope, repartido entre esas dos barras animosas y multicolores, encrespadas de vítores, bocinas, bombos y banderas, tuve el pálpito de que algo sorprendente podría ocurrir. Estaba en el aire caliente y pegado en la expectativa de la gente, en la convicción rotunda de los hinchas de ambos bandos. Y en ese momento supe, con certeza total, que ganara quien ganara, el partido sería memorable.

Lo fue desde que se iniciaron las acciones y en esos primeros minutos, en que la pelota rodó por el centro de la cancha, entre los dos equipos fue evidente que se vería buen fútbol. Esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en el «match» con Argentina, Italia había salido, no a impedir que el adversario marcara goles, sino a marcarlos ella. No le quedaba otro remedio, por lo demás: el empate le bastaba a Brasil para clasificarse.

Sería una injusticia clamorosa decir que la escuadra de Enzo Bearzot ganó el partido porque la de Tele Santana jugó mal. Lo cierto es que, con excepción de algunas fallas de Serginho y de una cierta abulia de Waldir Peres —el portero es el más débil eslabón del equipo—, Brasil jugó magníficamente. Con la maestría y el pundonor de un campeón, luchando hasta el último instante por cerrar la ventaja que le sacó en tres ocasiones el once italiano. Lo consiguió por dos veces, merecidamente. Pero Italia anotó el tercer tanto y supo replegarse y resistir, con recursos de buena ley, hasta lograr esta clasificación que, más todavía que un triunfo sobre Brasil, significa la recuperación para Europa de un cetro futbolístico que se hallaba en América Latina.

El partido no tuvo un instante de abulia, anarquía o mediocridad. Las acciones se mantuvieron todo el tiempo en el nivel más alto, abundaron los tiros a los arcos, las jugadas inteligentes, las combinaciones primorosas y no hubo más brutalidad de la tolerable. No se puede hablar de un dominio de juego por alguno de los adversarios, pues, aunque, tal vez, la pelota estuvo más tiempo en el campo italiano –sobre todo en el segundo tiempo-, los contraataques de Italia fueron mucho más numerosos y más rápidos, y, también, lo más deslumbrante de la tarde.

Si, hasta ahora, la figura de esa delantera italiana había sido Conti, el gran señor y maestro de este partido fue Paolo Rossi, otrora legendario y que, en la primera fase, había interpretado un rol bastante pobre. Hoy estuvo lleno de ideas, de ímpetu, veloz, efectivo, fulminante en los remates, escurridizo en el regateo, potente al patear y astuto al cabecear. Sin desmerecer a sus compañeros, que jugaron, todos, admirablemente, Rossi fue el alma de este cuadro que se agigantó de manera increíble en relación con sus actuaciones anteriores en el Mundial.

Con una misión muy clara a cuestas, la de permanecer adelantado en todo momento, a fin de sujetar, retrasados, a los defensas brasileños y servir de ariete en los contragolpes de su cuadro, Rossi cumplió su cometido de maravilla, pero no contento con ello fue, también, un esforzado que, de cuando en cuando, bajaba a buscar el pase hasta su propio terreno y desde allí ponía en movimiento a Graziani, Conti o Tardelli en ofensivas relampagueantes y demoledoras. Los tres goles que marcó, y que destellarán sin duda mucho tiempo con una luz celestial para los italianos y un fulgor de infierno para los brasileños aficionados al fútbol, son un premio justísimo y una demostración concreta del magistral partido que jugó el delantero italiano.

Los comentaristas registran los ataques y contraataques de la tarde, la estadística probará que el equilibrio reinó todo el tiempo y que, si Italia ganó, fue porque Brasil no tuvo nadie que contuviera a un Rossi y, en cambio, Italia tuvo a un Gentile que no anuló a Zico pero sí lo disminuyó considerablemente.

Y esta vez –a diferencia de lo que hizo en el marcaje a Maradona- con más elegancia y destreza que violencia. Pero también el desempeño de los guardametas fue un factor decisivo a la hora en el resultado. Después de Rossi, el otro monstruo italiano de la cancha fue Zoff, quien, a la postre, resultó más efectivo a la hora de contener la ofensiva brasileña que el célebre «catenaccio» defensivo de su cuadro. No falló ni dudó ni se puso nervioso una sola vez. Los goles que le metieron Sócrates y Falcao sólo eran atajables con ayuda divina. Pero, en cambio, le vimos parar casi milagrosamente dos mortíferos chutazos de Falcao, otros dos cabezazos de Sócrates, salir siempre con oportunidad y despejar hábilmente con los puños cuando las circunstancias eran críticas. Waldir Peres, por su parte, estuvo nervioso, inseguro y sobre todo apático. De los tres goles que encajó, uno al menos era evitable si hubiera mostrado mejores reflejos.

Y bueno, con el desenlace del partido de esta tarde, el Mundial cambia de tónica de composición y de color. Echaremos de menos a los brasileños, no sólo a su fútbol vistoso y creador, sino también a la alegría de esa «torcida» que encendía las tribunas y las calles de España con su música, sus bailes, su buen humor a prueba de todo (incluidas, esperamos, las derrotas), y por supuesto que nos apenará no ver más, en los partidos que faltan, esa cometa mágica que salía de la «torcida» y se paseaba a ritmo de samba sobre la cancha animando subrepticiamente a sus jugadores.

Pero ni siquiera los que esperábamos el triunfo de Brasil debemos ponernos tristes. El fútbol es el fútbol y esta tarde hemos visto que lo que más admiramos en el cuadro brasileño puede lucirlo Italia cuando quiere: ingenio y garra, imaginación y destreza, alegría y potencia. Toquemos madera para que en los partidos que le falta jugar, Italia sepa estar a la altura de esa responsabilidad que con tanta valentía y talento ha conquistado en esta tarde histórica.

Mario Vargas Llosa, artículo publicado en el diario ABC

 

 

 

“El meu primer orgasme no me’l dóna una dona sinó que és fruit d’un partit que em canvia la vida. Es disputa al ja desaparegut camp de l’Espanyol a l’avinguda de Sarrià, un Itàlia-Brasil. Tres a dos a favor dels italians amb aquella fabulosa tarda de l’ídol Paolo Rossi, partit hipnotitzant per la bellesa estètica de dos equips que representaven estils antagònics executats brillantment. Encara ara, al Youtube visualitzo durant les tardes d’investigació futbolística aquella obra mestra que era el Brasil tècnic i elegant enfront d’una Itàlia tàctica i disciplinada. Els colors de la samarreta de la canarinha i el sobri disseny blau i blanc de l’escuadra italiana s’entrellaçaven a la Barcelona mediterrània i solejada en un moment de bellesa estètica memorable.

Llorenç Bonet en “Camp de terra

 

 

“El fútbol ha sido y será siempre mi compañero de viaje vital. Mi primer recuerdo de un partido completo es del Yugoslavia-España de finales del 1977, seguramente por el impacto de aquel gol tan valioso como extraño de Rubén Cano a centro imposible de Cardeñosa; mi primera redacción futbolística escolar y mi primera explosión de euforia en la niñez fue de la final de la Recopa de Basilea; mi primer enamoramiento, de Maradona; y mis primeras lágrimas alrededor del fútbol, luego llegaron muchas más, fueron con la eliminación de Brasil contra Italia en el Mundial de España de 1982. Vi aquel partido con mi padre, sentados en dos sillas de apartamento alquilado, en el comedor, en una televisión pequeña con antenas en blanco y negro”.

Ricard Torquemada en “Los antihéroes del 82

 

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