“El halo de luz”, un relato futbolero de José Antonio Lizana Arce

 

 

El periodista y escritor chileno José Antonio Lizana, autor de “Ceacheí”: Palabra de Campeón” o “Pelota en la (s) red (es) sociales”, entre otras muchas obras de temática deportiva, ha tenido la deferencia de enviar un original y emotivo relato futbolero que a muchos de vosotros, estoy convencido, os traerá buenos recuerdos.

Su participación en el blog no es nueva, pues ya pudimos disfrutar de otros de sus relatos: “Anoche tuve un sueño” y “El timbre de don Rolando“, acompañado de un video, en el que explica una experiencia con un balón desaparecido.

Disfrutadlo 🙂

El halo de luz

(José Antonio Lizana Arce)

 

Los últimos treinta pesos de la mesada me los gasté, a pesar de que mi papá me aconsejó que los hiciera durar. Por lo mismo, mi emoción cuando en el sobre me salió la figurita clave del álbum oficial de Italia ’90.

Recuerdo que todas las tardes nos juntábamos con los amigos del barrio a intercambiar láminas y dicha impresión no pasó desapercibida. “La tengo, la tengo, la tengo, ohhhhh, esa no la tengo”, me decían los niños asombrados.

En mi billetera portaba las láminas repetidas y el álbum lo guardaba debajo de la almohada cuando me iba a dormir. En el sueño profundo, las figuritas cobraban vida propia y se enfrentaban en un partido inédito en un campo de dimensiones infinitas.

El primer equipo de láminas vestía a listas y estaba conformado por Tony Meola, Paolo Maldini, Nestor Fabbri, Mauro Galvao y Ronald Koeman; Sergei Aleinikov, Andreas Möller, Tab Ramos y Bernardo Redín; Anton Polster y Marius Lacatus. Y el otro elenco de cromos, uniformado a franjas, se presentaba con Thomas N’Kono; Andrés Escobar, Óscar Ruggeri, George Popescu y Peter Larsson; Erwin Koeman, Jan Ceulemans, Rafael Martín Vásquez y Paul Gascoigne; Francois Oman Biyik y Ruben Sosa.

Este partido no tenía horario de inicio, porque no estaba condicionado a las obligatoriedades de las transmisiones televisivas. Tampoco había letreros de publicidad al borde de la cancha y la pelota no respondía a los diseños típicos de las marcas deportivas, sino más bien era un titilante halo de luz.

Sin tantas reglas, la luminosidad intempestivamente comenzó a posarse en los pies de Maldini, para saltar a la cabeza de Polster, quien quiso pivotearla con la técnica que le había enseñado Iván Zamorano en el Sevilla, pero su movimiento fue tan rápido que se desplazó hasta el otro sector del campo de dimensiones infinitas.

El portero N’Kono le lanzó una patada voladora al fulminante destello, que hizo que cayera en los pies de Ramos, quien lo dominó por menos de una de centésima de segundo. Redín, creyendo que se jugaba con un balón tradicional, no aceptó la imprecisión y le movió los brazos al estadounidense en señal de protesta. La posesión del halo de luz no se podía cuantificar, porque su permanecía era efímera en los pies de los futbolistas.

La disputa por el balón entre Koeman y Ceulemans se parecía más a una pintura de Miguel Ángel o a un épico final de cuento de Roberto Fontanarrosa. Asimismo, la férrea marca de Aleinikov a Sosa era más bien un estilizado paso de ballet al más puro estilo de Cascanueces. Sí, eso era verdaderamente el fútbol y no lo que se había visto hasta ahora, señoras y señores.

Maldini se posicionó con liderazgo en el piso celestial, así como lo hizo durante tres décadas en el Milan de Italia. Junto a Fabbri conformaron un murallón de nube que bloqueó todos los intentos ofensivos de Oman Biyik. Ambos defensores exhibían mucho oficio y siempre adivinaban la caída del halo.

En uno de esos duelos, el delantero camerunés tuvo una mala caída y quedó inconsciente por algunos minutos. Inevitable fue el terrible recuerdo de su compatriota Marc Vivien Foe pero, afortunadamente, el ariete se repuso muy rápido.

El español Martín Vásquez era un termostato del juego e intuía de forma natural el movimiento del halo, mostrándoles a sus compañeros la dirección en que éste se dirigía. Uno de esos ataques fue neutralizado por Möller, quien comenzó con una espléndida jugada en área propia, tomando carrera y superando la marca de Erwin Koeman, hasta posicionarse en cielo contrario y lanzar el rayo luminoso a Lacatus, que finiquitó con un tiro rasante idéntico al que le conectó a los soviéticos en el Mundial de Italia.

Los sudamericanos de la retaguardia, Escobar y Ruggeri, fueron a encarar al portero N’Kono, quien en un espontáneo francés les dijo: “Je n’ai pas vu la lumière”. Al ver que sus compañeros no le entendieron, tradujo en un perfecto español: “No vi la luz”. Ambos zagueros se miraron ante la extraña explicación, aunque ellos tampoco la vieron.

El halo volvió al centro del cielo y el juego lo reanudó Sosa, quien entregó de primera a Gascoigne. Sin embargo, el pase fue corto y lo interceptó Ramos, que trató de gambetear a Popescu, pero éste lo agarró de la camiseta y lo derribó. No obstante, la falta quedó sin cobro porque no había árbitro ni reglas. Y menos se podía reclamar a la FIFA o consultarle al VAR, porque simplemente no existían.

Los jugadores se detuvieron y se arreglaron a la buena. El “Cabezón” Ruggeri pensó en sus míticos duelos con Aldo Serena y José Luis Chilavert.

Los delanteros Polster, Lacatus, Sosa y Oman Biyik, hastiados de recibir todo el juego brusco, les reclamaron a los defensores que, de esa forma, su vida futbolística iba a ser mucho más corta de lo deseado. Por resta razón, los arietes de ambos cuadros, decidieron retirarse del encuentro. Como no había capitanes, los más avezados Ruggeri y Aleinikov intentaron evitar la salida, pero no lo consiguieron.

El duelo proseguiría con nueve hombres por lado y con ambas escuadras totalmente adelantadas para cubrir el infinito campo de juego.

En uno de sus vertiginosos desplazamientos, el halo fue capturado por Martín Vásquez, quien se lo entregó a Ceulemans y éste posteriormente se lo cedió a Escobar. El colombiano se lo iba a ceder al arquero N’Kono, pero un trueno cayó muy cerca del guardameta, quien se desmayó debido al gran estruendo que provocó el fenómeno eléctrico. Mauro Galvao se acercó lo que más pudo al portero accidentado, pero Erwin Koeman y Gascoigne no lo dejaron pasar. El defensa vociferaba desde la distancia: “Esta é uma farsa. O arqueiro esta fingindo, eu sei”. Los futbolistas europeos lo miraban, pero no le entendían. El juego, después de un rato, continuó con normalidad.

El cielo se cubrió completamente y no había forma de seguir las acciones del encuentro. A través de los destellos lumínicos del halo se podía ver un poco el ida y vuelta del partido divino. Ruggeri, en ese invisible panorama, le advertía a Escobar que se cuidara de los autogoles. Mientras, Popescu y Larsson se aprovechaban de la situación y le metían codazos en el cuerpo y en la cara a Redín. A su vez, Erwin Koeman cuidaba, cual cancerbero, a su hermano Ronald para que no lanzara de distancia como en esa recordada final de la Copa Europea de Campeones de 1992.

Gascoigne, que estaba demasiado huérfano en delantera, imploraba un rayo de luz mediante un cambio de frente de Celeumans o Martín Vásquez. En la profundidad de la noche, el inglés sacó una botella de whisky de adentro del pantalón y se la tomó de una vez. ¿Quién iba a decirle algo si ese fue el mismo camino por el que transitaron los celestiales Garrincha, George Best y Sócrates?

El viento y la espesa masa nubosa se transformarían en los mejores aliados ofensivos del equipo franjeado. El aro luminoso se instaló en el área de Meola por más de tres horas, tiempo en que la esfera no registró movimiento alguno. El portero observaba impresionado el arcoíris que se formaba en la parte interna y externa del anillo del halo. Sin respuesta ante tal inercia, sus compañeros lo instaban para que saliera a achicarle el ángulo al astro. Sin embargo, cuando se empezó a acercar a la brillantez, ésta se metió por debajo de sus piernas, pero inauditamente se detuvo sobre la demarcación de la meta y luego se devolvió al centro del campo. A esas alturas ya se habían integrado las láminas del póster promocional: Ruud Gullit y Enzo Francescoli para reforzar la ofensiva del equipo de listas y Careca y Emilio Butragueño para potenciar a los franjeados.

Butragueño encontró en Martín Vásquez a un socio perfecto y en pasajes del encuentro rememoraron algunas jugadas de la maravillosa época de la “Quinta del Buitre”, que en la década de los ochentas conformaron en el Real Madrid junto a Míchel, Manolo Sanchís y Miguel Pardeza.

Ambos dominaban el rayo de luz de manera fantástica. Sus jugadas empezaban desde el fondo con el “tuya, mía, para ti, para mí” de cabezazos o toques con borde interno. De hecho, a través de uno de esos impactantes virtuosismos futbolísticos llegó el empate para los de la franja.

El recién ingresado mediocampista Francescoli asumió una espontánea capitanía y a sus defensores les pidió mayor cohesión. El uruguayo les contaba a los suyos acerca de los innumerables títulos conseguidos con Uruguay y River Plate de Argentina. Incluso, el “Príncipe” recordó un episodio de la final de la Copa América 1987 ante Chile. “Toqué la pelota por un lado y Astengo me hizo una rotura de cuádriceps que todavía tengo. Me puse mal, Astengo se me paró adelante, no contuve el impulso y le metí un cabezazo. Me echaron a los veinte minutos. Y ni siquiera le rompí la nariz. Bueno, las finales son así”, relató.

Posteriormente, el mediocampista echó a correr el halo, se lo pasó a Koeman y con su elegancia acostumbrada picó al vacío para buscar el lanzamiento en profundidad del holandés, el cual habían ensayado en las prácticas. Tal como en el partido amistoso entre River Plate y Polonia en 1986, Francescoli realizó una contorsión en el aire y conectó la luz de chilena. Su grito de gol se escuchó con un eco cósmico, así como el de Carlos Caszely ante Botafogo en el Maracaná en 1973.

El elenco franjeado sintió el segundo tanto casi como un golpe de knock-out. El juego bonito de Butragueño y Vásquez se fue diluyendo, para dar paso a la imprecisión, al nerviosismo y la descoordinación. El arquero N’Kono nunca más volvió y el forado en la retaguardia ya no había cómo disimularlo. El “Cabezón” Ruggeri estaba extenuado de ir a tantas coberturas y de gritarles y ordenar a los duros Escobar, Larsson y Popescu. El mediocampo era definitivamente de otro planeta, porque Erwin Koeman, Celeumans, Gascoigne y Vásquez estaban totalmente desconectados entre sí.

En un contraataque de los franjeados, el halo se pegó al pie de Careca, quien se sacó la marca de los defensores y arrancó por la banda derecha. En esa carrera derribó a todos sus rivales y desde el suelo marcó un golazo. No había hinchas para celebrarlo y tampoco cámaras para inmortalizar la mejor jugada de todos los tiempos Todos los jugadores fueron a abrazar a Careca, para posteriormente sacarlo en andas, y dar la vuelta olímpica por el piso de los bienaventurados. Dada la belleza del tanto, las estrellas del balompié internacional decidieron terminar el encuentro en empate, sin vencedores ni vencidos.

El campo infinito se empezaría a despoblar de manera paulatina. De repente, el despertador sonó y me aseguré de que estuviera el álbum debajo de la almohada y de que no me faltara ninguna lámina, especialmente las que habían disputado el alucinante partido. Afuera de mi ventana, estaba el halo de luz.

 

“Anoche tuve un sueño”, relato de José Antonio Lizana con la final de la Copa Libertadores de fondo

 

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Hace una semana, Boca Juniors y River Plate disputaban el segundo partido de la final de la Copa Libertadores. En cambio, en los sueños del escritor y periodista deportivo José Antonio Lizana, quienes se enfrentaban eran Boca y su querido Club Ferroviarios de Chile, y el encuntro no se jugaba en el Estadio Santiago Bernabéu, sino en el desaparecido Estadio San Eugenio.

 

Anoche tuve un sueño

(José Antonio Lizana Arce)

Anoche soñé que el Ferro jugaba la final de la Copa Libertadores de América frente a Boca Juniors y que el último partido se disputaba en el Estadio San Eugenio con más de 33.000 espectadores. Por supuesto que la mayoría de los hinchas que repletaban el romántico recinto eran ferroviarios.

Como toda la vida y con mayor razón para este trascendental encuentro, fui con mi padre a la cancha. También invitamos a su amigo “Pepe” Riquelme, que vivía a una cuadra del estadio.

Estábamos nerviosos y nuestros rostros lo evidenciaban. Y cómo no si éramos el equipo chico que enfrentaba a un monstruo del fútbol mundial. Pero a pesar de esto, teníamos fe. Siempre la tuvimos.

Había tanta gente en la galería que subimos como pudimos hasta la parte más alta que daba a la avenida Ramón Subercaseaux. Ahí nos ubicábamos siempre a modo de cábala, aunque esta vez temerosos de que la galería se viniera abajo.

El barrio San Eugenio era el centro de la noticia y los medios de todo el mundo transmitían sus enlaces desde cualquier esquina. Así vieron en todas partes del planeta el ambiente previo que había en los populares y sabrosos restaurantes “El Rápido”, “Saca pica”, “Cabeza de peso” y “Mando mando”. Incluso allí se juntaron, frente a la televisión y acompañados de interminables cervezas, los infortunados fanáticos tiznados que no pudieron conseguir boletos para la final.

El corazón se me apretaba cuando escuchaba a mi padre y al “Pepe” Riquelme gritar el clásico “¡EFE con E!”. Sus voces eran las de dos hombres fuertes y duros que se forjaron desde muy jóvenes en las sacrificadas labores de la Maestranza de Ferrocarriles.

La hora pasó tan rápido que no nos dimos ni cuenta cuando los equipos entraron a la cancha. Primero lo hizo Boca con una pifiadera que nunca había oído en ese recinto. Desde la distancia divisé a su formación plagada de estrellas: Hugo Orlando Gatti; Gary Medel, Rolando “Flaco” Schiavi, Jorge Bermúdez, Silvio Marzolini; Antonio Rattín, Miguel Ángel Brindisi, Juan Román Riquelme, Diego Armando Maradona; Carlos Tévez y Martín Palermo. Y en la banca había un técnico de tanto prestigio como sus dirigidos: Carlos Bianchi.

Luego hizo su ingreso Ferroviarios, de impecable amarillo y negro, con Raúl Coloma, “Lucho” Jorquera, Enrique “Chacal” Iturra, Luis “Fifo” Eyzaguirre, Carlos “Pluto” Contreras, Juan Carlos Escamilla, Carlos Carmona, Gustavo Huerta, Jorge “Guatón” Pérez, Leonel Sánchez y Luis “Negro” Martínez. En la banca ya no estaba el profesor Francisco Graells, pero la Conmebol permitió que dirigiera desde el cielo.

Antes de que sonara el pitazo inicial, me puse a rezar y le pedí a diosito que la copa se quedara en casa, porque ellos tenían tantas y una más ni se iba a notar en su ya repleta vitrina de trofeos.

Los argentinos entraron a jugar con una personalidad avasalladora, con esa misma que les hace pinchar tanto con las chiquillas en Reñaca. No había cómo detenerlos.

El arquero Coloma no paraba de atajar: arriba, abajo, al lado, al córner, cortando centros y también saliendo a jugar. En tanto, las puteadas entre el “Lucho” Jorquera y el “Chacal” Iturra se escuchaban más fuerte que el pitar de la locomotora.

El colombiano Bermúdez se encargó de neutralizar a Leonel Sánchez y nuestras esperanzas de gol se fueron de a poco difuminando.

Sabíamos que Maradona no era un jugador cualquiera, sino un crack cuyo botín izquierdo se pegaba a la pelota de cuero y además tenía el don de enamorar al balón, pero lo dejamos solo, sin marca. Es cierto que todo el estadio aplaudía sus piruetas, pero el problema es que estaba jugando contra nosotros.

Tuvimos suerte de que no nos metieran un gol hasta los 33 minutos, cuando el “Flaco” Schiavi nos clavó un frentazo tras un córner de Riquelme. El estadio se quedó en silencio y el pitar de la locomotora también. Pero, el grito de gol de la pequeña barra argentina se escuchó con nitidez y eso dolía más.

El primer tiempo finalizó a los 45 minutos exactos. Bajamos rapidito al baño para despejarnos un poco. Mi papá me compró una empanada y una Bilz, y ante mi pesimismo me decía que nunca en la vida había que dar algo por perdido. Yo lo miraba y asentía con la cabeza sólo por respeto.

Con otros hinchas nos quedamos entusiasmados analizando el partido y cuando íbamos subiendo las escaleras, Ferroviarios empató con gol del “Negro” Martínez. Le pregunté a mi papá y al “Pepe” si lo habían visto y me dijeron que no, pero a los minutos lo busqué en YouTube y ya estaba disponible. El empate nos mandaba directo a los penales, pues no había alargue.

Hugo Orlando Gatti pasó de ser un mero espectador a ser la figura del encuentro. Y, era que no, el Gary se descontroló y le pegó un par de viajes a Leonel y también se agarró a combos con Marzolini de su propio elenco.

A los 86 minutos, el Diego tomó la pelota en su propia área y comenzó a derribar palitroques, pero cuando llegó al área de Ferro, Gustavo Huerta lo tomó de la camiseta y casi le arrancó el número diez de la espalda. Penal cobró el árbitro.

Juan Román Riquelme y Martín Palermo discutieron un rato, llevando sus diferencias personales al terreno de juego, y finalmente el “9” tomó el balón. La suerte estaba echada, qué más daba. Ya éramos campeones por el solo hecho de estar ahí y por haber eliminado en las fases anteriores a Flamengo, Sao Paulo, Peñarol y Olimpia.

El reloj marcaba el minuto 89 y Martín envió la pelota a las nubes. El árbitro lo repitió y Palermo otra vez la lanzó afuera. El delantero argentino reclamó que Coloma se había adelantado y el hombre de negro ordenó lanzarlo nuevamente. Sin embargo, en el momento que el ariete se aprestaba para ejecutarlo por tercera vez, el juez finalizó el partido. Todo el equipo de Boca se le fue encima y los carabineros tuvieron que protegerlo. Ya no había nada que hacer. Sólo quedaba la tanda definitiva de penales.

En el intermedio fuimos con mi papá y con el “Pepe” a comprar unas bebidas y unas sopaipillas con ají para calmar la ansiedad.

El “Loco” Gatti se arreglaba el cintillo y le hacía gestos a la barra. Se veía tenso. A su vez, Raúl Coloma, con mucha calma y sapiencia, eligió el arco que daba de oriente a poniente.

Como en la final de la Copa Intercontinental de 2003 ante el Milan, empezó Schiavi y con un tiro rasante y a la derecha de Coloma puso el 1-0. Empató para el local “Lucho” Jorquera, que le pegaba con un fierro. A Martín Palermo le tocaba en el último turno, pero decidió tirar en el segundo. Para no seguir pasando vergüenzas, le pegó fuerte y arriba a la derecha de Coloma. Salió celebrando como un desquiciado. Gustavo Huerta se reivindicó de la cagadita en el penal de Boca y puso el 2-2. “Carlitos” Tévez se fue en puros amagues y el viejo portero del Ferroviarios no le compró. Leonel no fallaba y así fue no más: 3-2 para los tiznados. A Riquelme no se le arrugó ni la frente para colocar el 3-3. Juan Carlos Escanilla acercó a Ferroviarios a la gloria con un tiro a media altura del guardameta boquense para el 4-3. Miguel Ángel Brindisi cerró la serie de los lanzamientos xeneizes para dejar las cifras 4-4. El “Guatón” Pérez le pidió una oportunidad al cielo al profe Graells para lanzar el quinto tiro. Seguramente, don “Pancho” le dijo: “Está bien, pero cuidadito con que se te vaya a ir, hueón”.

Desde que el “10” tiznado tomó la pelota, fue imposible no acordarse de la serie ante Chiprodal de Graneros en 1991, cuando este rechoncho se vendió por unas botellas de whisky y perdimos el título de esa temporada. Pero esta vez teníamos fe. Siempre la tuvimos.

Pérez se tocó las muñequeras, caminó y le pegó fuerte a un rincón…

Anoche tuve un sueño. Soñé que mi Ferroviarios era el campeón de la Copa Libertadores de América.

 

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El fútbol en la infancia en “Vuelta a la vida en 30 años”, artículo de José Antonio Lizana Arce

 

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El nacimiento de la afición por un equipo, el disfrute de encontrar y enganchar cromos en un álbum, la primera vez que se acude a un estadio… Experiencias que se viven durante la infancia y que se quedan para siempre enganchadas a nuestros recuerdos.

El periodista y escritor chileno José Antonio Lizana Arce ha tenido la gentileza de enviarme un emotivo artículo, publicado en la edición chilena de Le Monde Diplomatique, en el que habla de todo ello y con el que es fácil sentirse identificado.

 

 

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Imagen de www.futboldesiempreydehoy.blogspot.com

 

Vuelta a la vida en treinta años

(José Antonio Lizana Arce)

 

Dedicado a José Eugenio Lizana V.

 

En mi infancia me asombraron muchas hazañas de Súperman, de la Mujer Maravilla y del Chapulín Colorado, pero ninguna como cuando en una noche de lluvia, mi viejo salió en busca de las láminas que me faltaban para completar el álbum Fútbol ‘88.

Una bolsa en la cabeza y otras en los zapatos le bastaron para ir recorrer los bazares del barrio. Eran tiempos difíciles, donde la integridad cotidianamente estaba en peligro, pero mi papá nunca le tuvo miedo a esas cosas.

Se demoró harto, pero cuando abrió la puerta respiré aliviado. Traía una bolsa colmada de sobres, pero también un asfixiante olor a pólvora.

A él no le apasionaba el fútbol tanto como a mí. Prefería mirar una película a un partido, pero decía que era simpatizante de la Universidad de Chile. Por lo mismo, cuando me preguntaban por mi equipo favorito, yo respondía que era de la U, porque era el elenco de mi padre. Éramos sanguíneamente hinchas del Ferroviarios en el fútbol amateur, por lo que no estaba tan convencido de mi adhesión por los universitarios en el profesionalismo. Esta opción también me diferenciaba de mis amigos que eran acérrimos hinchas del Colo-Colo.

Me encantaba pegar monitos, porque esos simples papeles multicolores cobraban vida propia en mi mente. Las estampitas del “Ligua” Puebla, del “Jurel” Herrera, del “Pititore” Cabrera, del “Condorito” Ugarte eran las que más se me repetían, pero me interesaban las de la U: Patricio Reyes, Horacio Rivas, Valdir Pereira y Héctor Hoffens.

La primera vez que asistí al Estadio Nacional, fue el 9 de enero de 1988 y se jugó el clásico entre la U y la UC. Pero lo que más me impresionó en esa ocasión, fue el marcador electrónico que se había inaugurado hace algunos meses en el recinto de Ñuñoa. Nunca había visto nada igual.

Después de esa experiencia, llegué alucinado a la casa y le pedí a mi madre que con sus manos nobles y cálidas me bordara una bandera que de vez en cuando asomaba desde la ventana de mi casa en el pasaje de la calle Antofagasta.

La campaña de esa temporada la registré en un cuaderno. El debut en el Campeonato Nacional lo consigné el 9 de julio de 1988, con un empate a uno frente a Palestino con gol de Marcelo Silva. Un periplo donde todo fue cuesta abajo, incluyendo la racha de cinco fechas sin marcar un gol. Los hinchas estaban choreados con el entrenador Manuel Pellegrini, porque dejó botado al equipo varias semanas para ir a un curso de perfeccionamiento a Inglaterra y en su ausencia los resultados fueron paupérrimos.

A final de la competencia, no bastó el triunfo por 3 a 0 ante Colo Colo, porque el 15 de enero de 1989 se produjo la debacle total. Tras empatar a dos goles en el Estadio Nacional ante Cobresal, descendió por primera vez en su historia a la segunda división. El equipo había obtenido veintiséis puntos en treinta partidos y había ganado siete encuentros, empatado doce y perdido once. Si bien O’Higgins y Unión Española también habían terminado el campeonato con veintiséis puntos, la diferencia de gol los salvó de perder la categoría: tenían menos siete goles contra menos ocho de la U. Un tiempo después, se habló de que esos equipos se habían confabulado para que los azules bajaran.

Aquella tarde íbamos con mi familia a visitar al tío Ángel Cornejo a su casa nueva en Puente Alto y en la micro nos enteramos de la terrible noticia. Vimos gente llorando en la calle junto a sus hijos o acompañados de sus vecinos. Yo no lloré, pero abracé a mi padre, a mi madre y a mi hermana. Ese fue el año de la huelga de ferrocarriles, el año en que cursé el sexto básico y en el que se inauguró el Estadio San Carlos de Apoquindo. Ese fue el año en que Alfonso de Iruarrizaga ganó medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Seúl, en el que Los Prisioneros lanzaron la edición latinoamericana de “La Cultura de la Basura” y en el que se estrenó Sussi con la magistral actuación de Marcela Osorio. Ese fue el año en que nació Alexis Sánchez y en el que murieron el poeta Enrique Lihn y el dibujante Lukas. Ese fue el año en que el 53% de los chilenos le dijo No a la dictadura de Augusto Pinochet. La vida dio una vuelta en treinta años y ese fue el año en que tuve un efímero entusiasmo por el tinte azul de una camiseta que a mi papá le gustaba.

 

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