“Odio el fútbol moderno. Un homenaje al fútbol de antaño”, de Carlos Roberto y Miquel Sanchis. Editorial Planeta

 

 

“El nacimiento de esta idea no se alimenta de otra cosa que de odio, pero es un odio que surge tras muchos años de devoción, de amor intenso e incondicional, de crecer amando algo que, cuando te quieres dar cuenta, ha cambiado. Al menos el objeto de deseo ha cambiado, porque tú te sigues sintiendo tan puro, tan fiel a tus principios y tus ideas como el primer día, aquella primavera”.

 

De vez en cuando le explico a mi hijo batallitas sobre mi época de jugador de fútbol en categorías regionales. Cuando eso sucede, existen una serie de temas recurrentes que siempre acaban acaparando la conversación. Son aquellos que se refieren a que hubo un tiempo en el que los campos eran de tierra, en el que los árbitros iban de negro, las botas de fútbol no tenían colorines, los balones, cuando no eran duros, tenían un bote imprevisible o eran imposibles de controlar cuando se mojaban por la lluvia…

Le cuento todas estas cosas y me mira con cara rara. Es lógico. Los tiempos han cambiado, y hay muchas cosas que le suenan a chino. También le digo que el fútbol profesional era muy diferente al actual. Le invito a que busque imágenes en YouTube, y miramos los escasos reportajes que se pueden encontrar protagonizados por jugadores de otra época como Mágico González, Sócrates, Roberto Baggio, Eric Cantona, Francescoli o, por supuesto, Maradona.

Por desgracia, las imágenes que se conservan son escasas y, lo peor de todo, de poca calidad, lo que hace que el visionado de aquellas jugadas, aquellos regates, aquella estética aparezca muy devaluada y no luzca lo que en realidad fue.

Y cuando le explico todo eso me entra una terrible nostalgia por aquella época que ya nunca volverá. Más que aquel fútbol –que también- lo que en el fondo añoro es mi infancia y mi juventud. Porque, una vez más, “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia”, y durante aquel periodo el niño que fui vivía el fútbol como lo que era: un asunto que no era cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante, como decía Bill Shankly.

 

Echo de menos los cromos de entonces –¡qué sensación la de encontrar alguno de tus jugadores preferidos!-, y también echo de menos el goce que sentía con la revista Don Balón. Conservaba mis ejemplares como oro en paño, y recortaba fotografías para engancharlas en mi carpeta de estudiante. Nunca olvidaré el verde del césped de aquellas imágenes. Creo que la textura de aquellas fotografías tenía un encanto que, aún siendo de una calidad infinitamente superior no tienen las actuales.

No conservo nada de aquella época. Mis revistas se desintegraron en alguna mudanza, mis álbumes de cromos en algún arrebato juvenil de cambio de intereses. Y hoy me encantaría haberlos podido conservar y poderles echar un vistazo cuando añoro el pasado. Pero como eso no es posible, hasta ahora no me quedaba otro remedio que regalarme con algún paseo de vez en cuando por el Dominical del Mercat de Sant Antoni, y buscar, tocar, ojear y hojear revistas y álbumes de cromos.

Pero a partir de hoy eso ha cambiado en parte, porque acaba de aparecer un auténtico salvavidas para los nostálgicos de aquella época. Y es que la editorial Planeta acaba de publicar “Odio el fútbol moderno. Un homenaje al fútbol de antaño“, una obra de Carlos RobertoMiquel Sanchis, los responsables de la misma página de Facebook que pusieron en marcha hace unos años y que durante todo este tiempo ha ido creciendo y actuando como terapia y manantial para añorados del fútbol de décadas atrás.

 

 

Recibo la publicación de “Odio el fútbol moderno” como una forma de recuperar el disfrute que los álbumes me proporcionaban en mis tiempos de niño. De la misma manera que en aquellos tiempos miraba embelesado los cromos que iba enganchando, he vuelto a revivir aquella sensación al ojear y hojear las páginas de esta obra que es un soplo de aire fresco que ayuda a rejuvenecer nuestra memoria futbolística. La foto de portada ya es de póster, pero el interior es casi hipnótico:

SINOPSIS

Si, en el sopor de la meseta de un martes insustancial —y sin Champions—, emergen en tu recuerdo, con toda su pompa, sugerentes nombres como Mágico González, Dennis Bergkamp o Losantos Omar, entonces este es tu libro.

Si conservas esa camiseta Meyba, Cejudo, Massana, Le coq sportif, o incluso sin marca —y por supuesto sin el nombre de ningún jugador a la espalda—, este es tu libro.

Si consideras que las transacciones más legítimas que se han hecho en el fútbol de los últimos veinte años las hiciste tú desde tu ordenador con el PC Fútbol, este es tu libro.

Si odias el fútbol moderno tanto como nosotros, vas a disfrutar de este libro.

 

 

Volver a escuchar nombres de árbitros –con dos apellidos, por supuesto-, de imaginar cómo debían ser aquellos estadios cuyos nombres escuchábamos por la radio –el Helmántico, el Sadar, la Condomina, Castalia y ¡goool en Las Gaunas!-, comprobar que nuestra memoria no nos traicionaba cuando recordábamos que los futbolistas de entonces vestían pantalones minúsculos y apretados, y botas en blanco y negro, que el césped de aquellos terrenos de juego era de todo menos una alfombra (y, aún así, qué maravillas conseguían hacer algunos jugadores sobre aquella superficie: qué no habrían sido capaces de hacer con las de ahora)…

Comprobar que sí, hubo un tiempo en el que los jugadores eran individuos para quienes las cuestiones estéticas eran secundarias (y si no, echar un vistazo a la sección bigotudos con Bergomi, Stielike, Panenka o Chalana) y que para ser un ídolo no hacía falta tener un careto especialmente afortunado (Spasic, Prosinecki o el gran “Míster Proper” Dertycia). Una época pasada en la que el fútbol era muy diferente, y nada mejor que este libro para comprobarlo y demostrarlo.

Odio el fútbol moderno” viene a ocupar un hueco necesario en nuestros recuerdos, al mismo tiempo que abre la puerta a nuevas publicaciones en la misma línea, pues es mucho lo que aquel fútbol nos dejó, y es mucho lo que podemos recuperar y disfrutar con obras como esta.

Me gustaría también destacar el colorido presente en la obra, sobre el que me tomo la libertad de proyectar cierto simbolismo. El fútbol de mi infancia era mayoritariamente en blanco en negro: uniformes arbitrales, botas, imágenes de televisión y balones. El principal (e impactante) contacto que de niño teníamos con el color era cuando tenías la suerte de acudir a un estadio a ver un partido. Era entonces, cuando contemplabas por primera vez la alfombra verde del terreno de juego, cuando percibías que en el fútbol, también había colores. Gracias a este libro, he recuperado el color para gran parte de mis recuerdos futbolísticos de antaño.

 

El germen del libro está en la página de Factbook que los autores crearon con la intención de dar rienda suelta a su indignación ante la que consideran deriva del fútbol actual, donde el marketing tiene cada vez un mayor protagonismo. El espacio virtual se fue llenando de contenidos que reivindicaban el fútbol de antaño. Y una parte del abundante material que se ha ido incorporando ha servido para acabar dando forma a esta publicación.

Una obra que nos va a servir de terapia curativa para aquellos momentos en los que necesitemos recuperar una autenticidad en parte desaparecida del mundo del fútbol.

Las secciones en las que el libro está dividido es toda una declaración de intenciones: ‘Aquellos torneos de antes’, ‘Top Ten hazañas europeas’, ‘Franjas y colores, ‘Entrenadores’, ‘Estadios’, ‘Futbolistas de otra era’, ‘Árbitros’, ‘Mundiales’, ‘30 razones para odiar el fútbol moderno’, ‘Ni mechas ni gomina: calvos y bigotudos’, ‘Clásicos en horas bajas’, ‘Merchandising antes del merchandising’, ‘España en las grandes citas’, ‘El fútbol como arte’, ‘¿Es nostalgia lo que nos mueve?’, ‘Pasatiempos’ y ‘Agradecimientos’.

En la web de la editorial leemos que Miquel Sanchis y Carlos Roberto, responsables de la página y autores del libro, comparten una visión negativa del balompié de nuestros días, en el que el marketing y el mercantilismo tienen tanta importancia (o más) que si el balón entra o no en la portería. Con su página han intentado recuperar el recuerdo de futbolistas sin depilarse y de entrenadores en chándal, con la esperanza de que aquel deporte de valores y sentimientos pueda regresar algún día.

Esta maravillosa publicación, idónea para regresar continuamente a ella abriéndola por cualquier capítulo, consigue acercarnos de nuevo a aquellos tiempos en los que la esencia del fútbol era diferente a la actual.

 

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“Jóvenes promesas”, de Juanjo Díaz Polo. Editorial Planeta

 

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Hace unas semanas la literatura futbolera me transportaba a finales del siglo XIX. Hasta el año 1899, para ser exactos. Fue gracias a la magnífica “Quan no érem ni onze”, una novela documental escrita por Josep Bobé cuyo argumento gira en torno a la fundación del Fútbol Club Barcelona.

La literatura futbolera -y una afortunada coincidencia en mi calendario de lecturas- han querido que continúe viajando en el tiempo. En esta ocasión, hasta el año 1920, de la mano de la también magnífica “Jóvenes promesas”. Escrita por Juanjo Díaz Polo, y publicada por la editorial Planeta, se trata de una obra también ambientada en un pasado distante para nosotros y en la que podemos identificar varios puntos de contacto con la anterior.

Mientras que allí se habla de los primeros pasos de un club aquí nos hallamos ante el nacimiento de la primera selección española de fútbol. También en este caso el papel del cronista deportivo es clave en la historia, y, así mismo, nos encontramos ante contextos históricos con muchos puntos en común. En este sentido, algunos personajes de la época, protagonistas en aquella historia, se entrecruzan y son mencionados en algún pasaje de esta, como Hans Gamper.


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Selección española Amberes 1920. Imagen de www.curiosidadesdelfutbol.wordpress.com

SINOPSIS

Corre el año 1920 y el Comité Olímpico Español va a enviar por primera vez en su historia una selección de fútbol a un campeonato internacional. La tarea no será fácil: las diferentes federaciones regionales recelan unas de otras y cada una exige que sus jugadores tengan protagonismo. Pocos tienen fe en ese equipo, pero sobre el terreno de juego estarán los Zamora, Pichichi, Pagaza, Belauste o Samitier, componentes de un once de leyenda.

Inspirada en hechos reales, Jóvenes promesas se desarrolla en los inicios del fútbol y el olimpismo y narra, a través de la voz de Elena Díez, la idealista hija de un veterano cronista deportivo, la gesta histórica de un equipo inolvidable, en el que nadie creía, y que alcanzó la gloria.

Tal y como vemos en la sinopsis, la historia de “Jóvenes promesas” está narrada en primera persona. Elena Díez, una inteligente joven de ideas claras, acompaña a su padre, un reconocido y reputado cronista deportivo hasta Amberes, donde están a punto de comenzar los Juegos Olímpicos de 1920. El papel de Elena, sin embargo, pronto se convertirá en mucho más que una simple acompañante o testigo de todo cuanto sucedió durante aquellos días, ya que un irreversible problema de salud de su padre, que cada vez irá a más, la obligará a adoptar un papel inicialmente no previsto para ella.

Los ojos de Elena, sus vivencias y su voz será la pantalla a través de la que reviviremos un momento histórico. Además, su papel no se limitará al de simple narradora de todo cuanto observa y sucede, sino que será eje central de gran parte de los episodios que durante aquellos días ocurrirán. Así, Elena actuará como privilegiado testigo del entorno directo de la selección española desplazada hasta Amberes, pero también como personaje principal en alguno de los episodios protagonizados por algunos miembros de la expedición.

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La novela, así, nos ofrece una radiografía de lo que sucedió durante el viaje, los momentos previos, la estancia del equipo en Bélgica y todo lo que allí aconteció y se generó. Así como el relato del desarrollo de los partidos que aquella selección disputó, con la descripción de las peculiaridades del fútbol de la época, muy diferente al que nosotros conocemos.

“Desde el primer día de los Juegos en Amberes, vivíamos inmersos en el reino del deporte, ajenos a todo lo demás. Como había dicho en sus discursos Coubertin, le sport est roi. Durante la Olimpiada se detenía el tiempo y todo parecía posible. La vida era juego, sin otra consecuencia que la de ganar o perder. El resto del mundo parecía algo irreal, lejano e insignificante.”

Todo ello, basado en hechos reales, puesto que uno de los objetivos del autor era el de escribir “una novela históricamente impecable”. Y esa fidelidad histórica combinada con la ficción que construye se fusionan de tal manera que la lectura te arrastra sin parar. El interés no decae en ningún momento, sino todo lo contrario: los 25 capítulos y el epílogo que la estructuran son una constante insinuación a ir más allá y continuar avanzando hasta el final.

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Imagen de www.museuvirtualdofutebol.blogspot.com

Como sucede en “Quan no érem ni onze” que al principio mencionaba, en “Jóvenes promesas” nos encontramos en un contexto histórico que nos puede parecer lejano, pero que es clave para comprender la importancia que el deporte en general y el fútbol en particular ha ido adquiriendo durante el último siglo. Y es que la novela transcurre en un momento en el que la esperanza depositada sobre los Juegos Olímpicos de Amberes es máxima, tras los desastres de la guerra de unos años antes.

Así, no solo llegaremos a conocer de qué manera vivió aquel equipo su participación en los juegos, sino que lo haremos entrando hasta en los vestuarios, y conociendo los entresijos de lo que en aquella época rodeaba a un equipo de fútbol. A diferencia de lo que actualmente sucede, donde los jugadores son prácticamente inaccesibles, en aquella época la convivencia con los periodistas deportivos era muy estrecha, un hábito que la novela nos muestra convirtiéndonos en testigos privilegiados.

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Imagen de www.vavel.com

Aquella selección estaba integrada por nombres míticos y legendarios, como es el caso de Ricardo Zamora, Samitier o Pichichi entre otros, todos ellos bajo las órdenes de otra importante figura de la época, Paco Bru, el seleccionador (en este artículo de Miguel Ángel Ortiz podréis conocer cosas muy interesantes sobre él). Y ellos son algunos de los protagonistas de la historia, de manera que se produce una humanización de estos personajes, a quienes percibimos como lo que en aquel entonces eran, un grupo de jóvenes deportistas a punto de asistir a un momento histórico.

“Los jugadores elegidos para el primer equipo ya no sorprendían a casi nadie. Días antes, Isidro me había adelantado, con un guiño de complicidad, el once de gala que se iba perfilando en la mente de Bru. El utillero les había puesto mote a todos y su alineación sonaba a la siguiente manera:

– Dragón en el goal; de backs, Acero y el Grúa; en medio, Langosta, Camioncito y el Fino, y de forguares –así llamaba a los delanteros-, Pantera, Metralleta, Cañón, Zorro y Anguila. Es un once fetén, señorita. Colosal.

Sonreí al recordarlo, porque, más que un equipo, su alineación me parecía la partida de bandoleros del Tempranillo. Pero Isidro acertó en todo, los jugadores de los que hablaba entonces formaban el equipo de probables: Zamora de portero; Otero y Arrate en la defensa; Samitier, Belauste y Eguiazábal en el centro, y de forwards o delanteros, Pagaza, Sesúmaga, Patricio, Pichichi y Acedo. Al verlos moverse en el campo, los apodos de Isidro les sentaban como guantes”.

Se trata de elementos centrales de la trama –en especial, Ricardo Zamora-, que encajan a la perfección con la descripción del contexto histórico y el resto de subtramas de la novela para construir una novela que atrapa desde el principio. Y quizá sea justamente ese el gran mérito del libro: el transportarnos hasta 1920, introducirnos en el centro del grupo y hacernos revivir aquellos días sin perder de vista la realidad histórica. Y todo con el gancho de las novelas que no puedes dejar de leer en cuanto las comienzas.

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Zamora y Samitier. Imagen de www.amoelfutbolinternacional.blogspot.com

Los Juegos Olímpicos de Río que ocupan las portadas durante estos días son un marco idóneo para leer “Jóvenes promesas”. Aunque estén separadas por casi un siglo en el tiempo, nos ayudará a aproximarnos a lo que fueron los primeros pasos del olimpismo, a conocer cómo era el fútbol de la época (lleno de curiosidades y tan diferente al de ahora, como por ejemplo el caso de los linieres o la dureza con que se empleaban los jugadores).

Una delicia de libro que se lee de un tirón y en el que bajo el paraguas de las peripecias de aquel equipo de fútbol van emergiendo otros muchos temas que encajan a la perfección como piezas de un puzzle. Y así no faltan una historia de amor, los entresijos políticos y diplomáticos de la época, las rivalidades y desconfianzas entre jugadores según su procedencia autonómica, las ambiciones y rivalidades personales, la amistad y el sentimiento de grupo, o la importancia del periodismo deportivo de la época.

Una de esas novelas, en definitiva, que en cuanto las acabas te entran ganas de volverla a comenzar, por todo lo que te ha enseñado y todo lo que te ha hecho disfrutar.

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Imagen de www.quedelibros.com

MÁS INFORMACIÓN

7 de agosto y las “Jóvenes Promesas” de las Olimpiadas de 1920

 

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Imagen de www.marca.com

 

El 7 de agosto de 1920, papá y yo tomamos el tren en la estación del Norte, dejando atrás Madrid y sus calores. Como habría dicho mamá, el viento había soplado y nos llevaba camino de una Olimpiada en la que el deporte debía ser el único protagonista. Siguiendo su ejemplo, me propuse disfrutar de la experiencia, sin cuestionarme ni un instante si las cosas podían haber sido de otra manera.

Fragmento de “Jóvenes promesas” de Juanjo Díaz Polo. Editorial Planeta, 2016.

 

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