Fútbol y literatura para el Mundial de Rusia (II)

 






El pasado jueves, con motivo de la inauguración del Campeonato del Mundo, publiqué el artículo “Fútbol y literatura para el Mundial de Rusia“. En él recogía algunas de las numerosas referencias publicadas en canales y medios diversos en las que , aprovechando el tirón del Mundial, se centraban en la relación entre fútbol y literatura.

Como la cosa ha ido a más (síntoma de la buena vitalidad del binomio que forman lo futbolero y lo literario) publico este nuevo artículo incorporando algunas referencias de gran interés.

 

 

Para comenzar, nada mejor que hacerlo con el artículo que el maestro Juan Villoro publicaba ayer en el suplemento Babelia del diario El País, bajo el título de “El fútbol es una novela“. Además de defender la importancia de la palabra en relación con el fútbol, ofrecía una selección de títulos para demostrarlo.

En el suplemento El Cultural del diario El Mundo podemos encontrar un listado de lecturas de este tipo: “El 11 ideal de libros de fútbol“. Y también se han ocupado sobre la relación entre fútbol y literatura en la revista “Qué leer“, con el artículo “Literatura (de) Mundial“.

 

 

En el primer artículo hacía referencia a algunos de los diarios que podíamos ir siguiendo durante estos días, como las “Cartas del Mundial” entre Galder Reguera y Carlos Marañón, o las crónicas de Martín Caparrós. Ahora toca añadir al listado los casos de Juan Tallón en Vanity Fair, los escritos que en la sección “Bar Mundial” irán alternando Miqui Otero y Jordi Puntí, o la columna que compartirán autores y periodistas como Sergi Pàmies, Xavier Aldekoa o Santiago Segurola, entre otros, en el diario La Vanguardia.

Tampoco os perdáis el diario del Mundial en viñetas que está haciendo Pablo Ríos. bajo el título “Le futebol“.

 

 

Por último, hasta en el catálogo de novedades de la FNAC para el verano hay una evidente presencia futbolera 🙂

 

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2 de marzo: “¿Día de los futbolistas calvos y los melenudos?”

 



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Que los futbolistas son y han sido modelos a imitar por los niños no es ningún descubrimiento. Querer ser como Messi o Cristiano Ronaldo no es ningún descubrimiento. Y es por esa razón por la que los fabricantes de botas se ponen las ídem con cada modelo que las estrellas del fútbol estrenan a lo largo de la temporada. O por la que se imitan determinados aspectos estéticos de su indumentaria, como ahora las medias hasta el muslo de Neymar. Esto, de todas maneras, no es nuevo. En mis tiempos, fue tendencia llevar aquella especie de tobillera blanca que distinguía a Neeskens. O, también, fue habitual el que –quien pudiera- intentara lucir el melenazo de Schuster o el peinado de Cruyff.

Seguramente, durante los últimos años ha aumentado la importancia del futbolista como modelo estético, especialmente en lo que se refiera al cabello. Esta influencia, sin embargo, tampoco es ninguna novedad. Y si no, mirad esta viñeta de 1983, publicada en el TBO núm. 101.

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Pero si tenemos que hablar de fútbol y peluquería, o de fútbol y cabello, nada mejor que recurrir a Juan Tallón, especialmente un día como hoy, 2 de marzo, en el que se cumplen exactamente 42 años de un episodio ocurrido sobre un terreno de fútbol y en el que el pelo tiene un gran protagonismo. La historia está explicada en “Manual de fútbol. Un libro en fuera de juego”, del citado Juan Tallón, publicado por la editorial Edhasa el 2014.

En realidad, el fútbol siempre ha tenido siempre mucho que ver con el pelo. La historia de Crisanto García Valdés, Tati, es conocida. Jugaba en el Sporting de Gijón y era calvo con veintipocos años. Un drama. Alguien le habló un día de una peluca de fabricación alemana, y quiso probar. El invento funcionó. Valdés jugó con peluquín muchos partidos. Pero el 2 de marzo de 1975, el Sporting recibió a la Real Sociedad. El Molinón estaba a reventar. Daba gusto verlo. El partido se emitía en directo por televisión. En un balón dividido, Tati jugó de cabeza y perdió la peluca. El estadio emitió un respetuoso «¡Ooooohh!». El interior la recogió del suelo y volvió a acomodársela en la calva, con aparente dignidad. Pero en el segundo despeje la perdió otra vez. Una tragedia. El murmullo de la grada fue general, y Tati enfiló los vestuarios anticipadamente.

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Imagen de Crisanto García Valdés, Tati, de www.cromopedia.es

El capítulo en el que se explica la historia de Tati se complementa con otras suculentas curiosidades en las que el cabello es protagonista, como la de Stanley Matthews, que durante un partido disputado en Turín en 1940 procedió de una inesperada manera. Buscad la maravilla que es “Manual de fútbol” si queréis descubrir cuál fue.

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Ratón Ayala, en www.colchoneros.com

Por mi parte, recuerdo a jugadores de cabello abundante o de vistosa melena: desde el Ratón Ayala la trenza de Pinto, o el peludo globo de Valderrama. Pero también recuerdo el caso de Derticia, aquel delantero a quien todos llamaban Míster Proper y que padecía una grave alopecia que hacía que su cabeza fuera como una bola de billar.

Quizá estaría bien convertir el 2 de marzo en el Día de los futbolistas calvos y melenudos.

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Imagen de www.colgadosporelfutbol.com

Letras y fútbol: Eduardo Mendoza, Iván Repila y Juan Tallón

 

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Última jornada del encuentro “Letras y fútbol” que el próximo año espero no perderme. Y como acto de clausura, una conversación entre los escritores Eduardo Mendoza, Iván Repila y Juan Tallón, en torno a la relación de las letras con el balón.

Tres personajes cuya vinculación con la literatura futbolera me era más o menos conocida en función de cada uno de ellos. A Iván Repila no lo conocía, por lo que poco puedo decir sobre él. A Juan Tallón lo descubrí gracias al elogioso artículo que bajo el título “Literatura y fútbol” publicó Sergi Pàmies, en el diario La Vanguardia, calificándolo de “fenómeno” a raíz de su libro “Manual de fútbol“.

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Y de Eduardo Mendoza… Bueno, qué decir de Eduardo Mendoza. Podría hablar extensamente sobre su obra literaria y sobre lo mucho que me ha hecho disfrutar con la lectura. Creo que es el autor que más risas por página ha conseguido arrancarme. Y el responsable de uno de los mejores recuerdos de mi vida.

Sucedió un día de mayo de los años 80, sentado en el suelo de un andén de la estación de Atocha. Estaba haciendo la mili en Madrid, y me disponía a disfrutar de un fin de semana de permiso en casa. Mientras esperaba, la gente que por allí transitaba no dejaba de mirarme como si de un bicho raro se tratase. Incluso un par de policías comenzaron a acercarse en actitud precavida. ¿La razón? Pues que me estaba desternillando a carcajada limpia sin poder dejar de reír por culpa del libro que tenía en las manos: “El laberinto de las aceitunas” de Eduardo Mendoza.

Aparte de eso, poco más puedo decir acerca de Mendoza, de quien creo que poca cosa hay en su obra relacionada con el fútbol.

¿Poca? Un momento. Aunque escasa, creo que las páginas más delirantes de la literatura futbolera que jamás se hayan escrito son de Eduardo Mendoza. Sí, sí, suyas. ¿O acaso no recordáis el principio y el final de “El misterio de la cripta embrujada“?

Poneos cómodos y disfrutad, que os refresco la memoria…

“EL MISTERIO DE LA CRIPTA EMBRUJADA”

CAPÍTULO 1
– Una visita inesperada –

 Habíamos salido a ganar; podíamos hacerlo. La, valga la inmodestia, táctica por mi concebida, el duro entrenamiento a que había sometido a los muchachos, la ilusión que con amenazas les había inculcado eran otros tantos elementos a nuestro favor. Todo iba bien; estábamos a punto de marcar; el enemigo se derrumbaba. Era una hermosa mañana de abril, hacía sol y advertí de refilón que las moreras que bordeaban el campo aparecían cubiertas de una pelusa amarillenta y aromática, indicio de primavera. Y a partir de ahí todo empezó a ir mal: el cielo se nubló sin previo aviso y Carrascosa, el de la sala trece, a quien había incomendado una defensa firma y, de proceder, contundente, se arrojó al suelo y se puso a gritar que no quería ver sus manos tintas de sangre humana, cosa que nadie le había pedido, y que su madre, desde el cielo, le estaba reprochando su agresividad, no por inculcada menos culposa. Por fortuna doblaba yo mis funciones de delantero con las de árbitro y conseguí, no sin protestas, anular el gol que acababan de meternos. Pero sabía que una vez iniciado el deterioro ya nadie lo pararía y que nuestra suerte deportiva, por así decir, pendía de un hilo. Cuando vi que Toñito se empeñaba en dar cabezazos al travesaño de la portería rival ciscándose en los pases largos y, para qué negarlo, precisos, que yo le lanzaba desde medio campo, comprendí que no había nada que hacer, que tampoco aquel año seríamos campeones. Por eso no me importó que el doctor Chulferga, si tal era su nombre, pues nunca lo había visto escrito y soy algo duro de oído, me hiciera señas de que abandonara el terreno de juego y me reuniera con él allende la línea de demarcación para no sé qué decirme.

 

Última página del libro

Y yo iba pensando que, después de todo, no me había ido tan mal, que había resuelto un caso complicado en el que, por cierto, quedaban algunos cabos sueltos bastante sospechosos, y había gozado de unos días de libertad y me había divertido y, sobre todo, había conocido a una mujer hermosísima y llena de virtudes al a que no guardaba ningún rencor y cuyo recuerdo me acompañaría siempre. Y pensé que quizá pudiera aún recomponer el equipo y ganar la liga local y enfrentarnos este año por fin a los esquizos del Pere Mata y aún arrebatarles la copa, con un poco de suerte.

No me digáis que esto no es “fútbol y literatura” de la buena.