Aquella noche retrocedí en el tiempo hasta el 5 de enero de ese mismo año y me trasladé soñando a la Catedral. El Barça se jugaba el pase a semifinal de la Copa del Rey contra el Athletic. La primera imagen del sueño fue la del gol de Abidal en el minuto 74. Era su primer gol con el Barça. Lo celebró retrocediendo en el campo igual que yo acababa de hacer en el tiempo. Lo vi corriendo para atrás y sacando la lengua como si se burlara del peligro que lo había estado acechando durante todo el partido. Pero el enemigo que lo amenazaba en el sueño no era el Athletic de Bilbao, sino un tumor oculto en el hígado que pretendía derrotarlo. Una amenaza que él aún desconocía. Aquel partido representó mucho para Abidal. Después del enorme esfuerzo alcanzaba la recompensa. Me sentí plenamente identificado con él a lo largo del sueño, porque yo también había de enfrentarme a un enemigo invisible capaz de aniquilar a quien osara ponerse por delante. El sufrimiento también vale para vencer. La noche de San Mamés, al entrar Abidal en el vestuario, los compañeros le hicieron el pasillo. Nadie podía imaginar que al cabo de algunas jornadas iba a ser ingresado en el hospital para extirparle un tumor y que pocos meses después lo mantearían tras reaparecer en el partido de vuelta de la Champions contra el Real Madrid. ¿Será cierto que la vida es sueño?
Hoy se cumplen 56 años del fallecimiento de Albert Camus. Fue el 4 de enero de 1960 tras estrellarse su coche contra un árbol en Villeblevin (Francia). Premio Nobel de Literatura en 1957, novelista y dramaturgo, autor de obras literarias que se han convertido en clásicos, Camus, además de uno de los grandes intelectuales de la cultura europea nunca ocultó la importancia que el fútbol tuvo en su vida, una relación perfectamente reflejada en una de sus afirmaciones más conocidas:
“Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.
Sobre la relación entre Albert Camus y el fútbol existe abundante información. Él mismo escribió un artículo cuyo título es «Lo que le debo al fútbol«. También encontraréis un extenso artículo en el libro «Los Nobel del Fútbol«, de Jorge Omar Pérez y publicado por Meteora. Una parte del artículo fue publicada en el diario El Mundo Deportivo en una sección con el mismo título.
En el capítulo del libro dedicado al escritor se recoge una anécdota que refleja que la pasión de Camus por el fútbol ya venía desde su infancia y que explica en parte los orígenes de su posición de guardameta:
«Nacido en el seno de una familia muy pobre, sin conocer a su padre muerto en la guerra de 1914, con una madre de ascendencia menorquina, analfabeta y casi muda, y una abuela que lo sometía a severos castigos, Albert Camus desde niño no tuvo otra opción cuando jugaba al fútbol que la de ser guardameta. Su abuela le controlaba la suela de los zapatos a diario para comprobar el estado de los mismos y a la menor raspadura el pequeño Camus recibía una buena tunda de latigazos. Este hecho, con el tiempo, convirtió a Albert Camus en uno de los mejores guardametas de contención, ya que aguantaba el disparo del delantero sin moverse de su sitio hasta el último segundo. Clavado en la hierba y sin inmutarse, sorprendía a los delanteros rivales por su sangre fría.»
Para acabar, un fragmento de una de las obras cumbre de la literatura, «La Peste«, en el que se incluye una referencia al fútbol, una muestra más de la importancia que para el escritor tuvo este deporte.
“El cielo estaba cubierto a medias, y González, mirando hacia arriba, comentó que este tiempo, ni lluvioso ni caluroso, era el más favorable para un buen partido. Empezó a evocar a su modo el olor de la embrocación de los vestuarios, las tribunas atestadas, las camisetas de colores vivos sobre el terreno amarillento, las limonadas de la primavera y las gaseosas del verano que pican en la garganta reseca con mil agujar refrescantes. Tarrou notó también que durante todo el trayecto a través de las calles del barrio, llenas de baches, el jugador no dejaba de dar patadas a todas las piedras que encontraba. Procuraba lanzarlas bien dirigidas a las bocas de las alcantarillas y si acertaba decía: “Uno a cero”. Cuando terminaba un cigarro, escupía la colilla hacia delante e intentaba darle con el pie. Cerca ya del estadio, unos niños que estaban jugando tiraron una pelota hacia el grupo que pasaba y González se apresuró a devolverla con precisión”.
Si el calendario fuera un equipo de fútbol, el número 1 lo llevaría el mes de enero. Y enero, en la literatura futbolera, juega más o menos así:
El partido que jugamos en campo del Villa, para cuartos de final de la Copa de la Liga en enero del 86, fue uno de los mejores que recuerdo: una fantástica hinchada en un estadio fenomenal, que no visitaba desde que era pequeño; un buen partido y un resultado razonable (1-1 tras una primera parte en la que marcó Charlie Nicholas y un comienzo de la segunda en el que dominamos por completo, con fallos garrafales en sendas ocasiones de Rix y de Quinn). También hubo aquella noche un interesante elemento histórico: el aire gélido de enero, al menos a nuestro alrededor, estaba cargado de humo de marihuana, y fue la primera vez en que de verdad comprendí que existía una cultura de gradería diferente de la mía, aunque sólo empezase a surgir por entonces.
Artículo «Hundido en la miseria» de Nick Hornby, sobre el partido Aston Villa – Arsenal del 22 de enero de 1986. En «Fiebre en las gradas«. Anagrama, 2008.
Ayer publiqué un resumen proporcionado por WordPress con las principales cifras que el 2015 ha significado para este blog. 365 días llenos de lecturas futboleras, adultas e infantiles, en ficción o en prosa, actuales y más antiguas. Un año que me ha permitido entablar conocimiento con algunos autores, disfrutar de su obra, profundizar en este apasionante mundo de la literatura futbolera con el que tanto disfruto. Un 2015, en definitiva, que se despide dejando paso a un nuevo año que espero tan interesante como este.
Pero antes de dar carpetazo al ya casi extinto 2015 quiero convertir este 31 de diciembre en un día bisagra, y hacerlo que juegue como uno de esos medios de enganche entre lo que hay hacia adelante (el futuro, el 2016) y lo que dejamos atrás (el pasado). Y por eso quiero aprovechar el día de hoy para retornar a los orígenes, a uno de los artículos al que de tanto en tanto retorno y que tan bien ejemplifican lo que, ya desde el título, significa la unión entre fútbol y literatura.
Se trata de “Letras de fútbol”, de Javier Marías, el responsable de esa maravillosa frase que tantas veces repito: “El fútbol es la recuperación semanal de la infancia”. Marías, madrileño y merengue, además de uno de los grandes de la literatura contemporánea, es un declarado aficionado al fútbol y autor de un gran número de artículos futboleros, una recopilación de los cuales es la que se puede encontrar en el volumen “Salvajes y sentimentales”, publicado el 2000 por Aguilar.
Uno de esos textos es el citado “Letras de fútbol”, de 1995, y anteriormente recogido en “Mano de sombra”, el libro que agrupa los escritos que entre diciembre de 1994 y noviembre de 1996 fue publicando en el suplemento de “El semanal” bajo el título general de Línea de sombra.
“Letras de fútbol”, como decía, es un artículo al que me gusta regresar cada cierto tiempo. Está escrito tras la publicación del volumen “Cuentos de fútbol 1” (más adelante se publicaría un segundo volumen), coordinado por Jorge Valdano, en el que Marías también aparece con el relato “En el tiempo indeciso”.
Con la excusa de la publicación de este conjunto de relatos futboleros, Marías nos ofrece en apenas dos páginas un terreno de juego por el que deambulan autores futboleros de nacionalidades diversas, equipos deportivos, alguna anécdota curiosa y, por encima de todo, una demostración de que hablar de fútbol no está reñido con la escritura de alta calidad.
Por último, y para acabar de justificar este cierre de año con este texto, añadir que (casualidades de la literatura futbolera) se incluye una anécdota vivida por el autor en el Santiago Bernabéu mientras se celebraba un partido como el que ayer se disputó en el estadio merengue: Real Madrid – Real Sociedad.
Hace dos semanas participé en el acto de presentación de un libro insólito titulado Cuentos de fútbol, seleccionados por el entrenador del Real Madrid (espero que siga siéndolo cuando salgan estas líneas), Jorge Valdano. En ese grueso volumen de casi cuatrocientas páginas hay veinticuatro relatos de autores vivos y muertos, viejos y jóvenes y maduros, españoles y argentinos, uruguayos y peruanos, mexicanos y paraguayos. Hay nombres bien conocidos, como Delibes, Benedetti, Sampedro, Rosa Bastos o García Hortelano. Entre los de mi generación se alinean el vasco Atxaga, el andaluz Navarro, los gallegos Casares y Rivas, el leonés Llamazares y yo mismo, madrileño. Una sola mujer, la catalana Rosa Regàs. Quizá fuera este dato el único que aún nos hizo ver algo raro en el fútbol durante la tertulia que varios de los cuentistas celebramos ante una sala abarrotada de un público no sé si tan literario como futbolero. Tal vez sí, pues los dos adjetivos no tienen por qué ir reñidos, como se demostró sobradamente durante la charla. Y si entre los antologados sólo había una mujer, no puede decirse lo mismo de ese público, en el que me pareció ver más rostros femeninos que masculinos. Al fin y al cabo, ya en la anticuadísima y divertida letra del himno del Real Madrid se habla de “las mocitas madrileñas” que se encaminan los domingos hacia Chamartín.
Lo mejor de ese encuentro fue que, pese a estar el estrado lleno de escritores, ninguno se puso a hacer sociología barata, ni a interpretar el juego desde perspectivas psicoanalíticas, ni a buscar burdos paralelismos entre los futbolistas y los novelistas. No hubo pedantería, ni coartadas para justificar una afición. Cómo ha cambiado todo, pensé. Hace sólo veinte años no había intelectual que se atreviera a confesar públicamente que le gustaba el fútbol, algo mal visto, “de derechas” si no franquista, una especie de opio laico del pueblo con el que se lo engañaba y se lo apartaba de la lucha social. Recuerdo una anécdota que lo ilustra bien: vino la Real Sociedad a jugar en Chamartín, y allí coincidieron, cada uno por su cuenta y medio disfrazados para que nadie los reconociera, el rico empresario Querejeta, el novelista Juan García Hortelano, el novelista Juan Benet y el editor Javier Pradera. Al irse descubriendo unos a otros, todavía se sintieron obligados a darse explicaciones: que si el rico empresario había jugado de joven en la Real, que si Pradera era de San Sebastián, que si Benet vivía al lado del estadio y pasaba por allí… Lo contaba Hortelano, el único que no renegaba de su pasión.
Pero todos los participantes en el coloquio fuimos sacando más precedentes de los imaginables. Vladimir Nabokov había jugado de portero en su exilio inglés, y Albert Camus también se había colocado bajo los palos en su Argelia natal. Ese puesto lo habían ocupado asimismo de chicos Benedetti y Sampedro, quienes confesaron haberse retirado por sendos balonazos recibidos en el estómago, con desmayo incluido del sudamericano. Llamazares reclamó para su equipo, la Cultural Deportiva Leonesa, el honor pionero de haber conciliado en su nombre dos cosas con fama de opuestas. Yo, como zurdo que soy, había jugado de extremo izquierdo, y varios de los presentes habían sufrido lesiones que tal vez truncaron carreras más brillantes que las literarias adoptadas, quién sabe si con resignación. Unos éramos del Madrid y otros del Atlético, del Celta o del Deportivo, del Sporting y del Barça, Benedetti reconoció ser del Nacional de Montevideo y estar muy contento porque habían ganado recientemente al Peñarol, su rival máximo. Yo conté que hace un mes recibí un catálogo inglés de libros antiguos y raros, lleno de exquisitas ediciones primeras de Virginia Woolf, Joyce o Kipling. En medio de tanta literatura de muy altos vuelos aparecía la autobiografía del gran Ferenc Puskas, titulada Capitán de Hungría y a un precio que rondaba al cambio las diez mil pesetas. Dado que Puskas fue de mi equipo y me dio mucha emoción y alegría en mi infancia, y dado que por fin no compré –como quizá recuerden ustedes- aquella pitillera de Sherlock Holmes el pasado verano en loca subasta, llamé a pedir el capricho. Les aseguro que esos catálogos sólo los reciben grandes aficionados a la literatura. Pues bien, el librero londinense me dijo que no sólo la historia de Pancho Puskas ya estaba vendida, sino que era el libro para el que estaban llegando más peticiones. “Si vuelvo a hacerme con un ejemplar”, anunció para mi dolor, “me temo que le doblaré o triplicaré el precio”. Está visto que últimamente no tengo suerte con los caprichos.
Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.
Aquí hay un extracto:
Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 7.300 veces en 2015. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 6 viajes transportar tantas personas.
Uno de los episodios más terribles y lamentables de la historia del fútbol sucedió el 29 de mayo de 1985 en el antiguo estadio de Heysel (actualmente llamado Estadio del Rey Balduíno). Faltaba poco para que se diera inicio a la final de la Copa de Europa de aquel año, un partido que enfrentaba a la Juventus y al Liverpool, y que se presentaba, a priori, como una nueva fiesta del fútbol. Sin embargo, una salvaje acción de una horda de hooligans ingleses provocó una avalancha en la que fallecieron 39 aficionados, resultando heridos más de 500. Un acto injustificable que supuso un antes y un después en la historia del deporte.
Tomando como base este hecho histórico, Armand Company ha escrito una novela dura, uno de esos libros que dejan huella y te obligan a reflexionar, cuyas páginas te hacen sentir muy de cerca la vivencia de aquellas horribles horas, y que actúa como un contundente alegato contra la violencia en el fútbol.
Con un título tan sencillo pero poderoso como «Heysel«, y publicado por la editorial 3i4, nos encontramos ante una obra que debería ser lectura obligatoria para todos aquellos que tienen algo que ver con el universo futbolísitico, y a la que sería muy recomendable regresar de vez en cuando para mantener siempre fresco aquel brutal episodio.
«Heysel» nos muestra el recorrido de dos de los protagonistas (basados en personajes reales) de aquel día. Por un lado, Giuseppina Conti, de 17 años, una de las víctimas de la tragedia, joven aficionada de la Juventus, estudiante con toda una vida por delante, a quien le hace una terrible ilusión poder asistir a la gran final alcanzada por su equipo, y que conseguirá convencer a su padre para viajar hasta Bruselas y asistir al partido.
-Papà, papà, què me’n dius, d’anar a veure la final? -va preguntar-li la filla-. Papà, és el meu somni des de fa anys, veure la meua Juve campiona d’Europa…
Y por el otro Gary Cooper, un joven conflictivo procedente de un entorno desestructurado, navegante habitual en el mar de la violencia, un hooligan continuamente flirteando con el conflicto, aficionado del Liverpool para quien el alcohol, la agresividad y la delincuencia no son más que algunos elementos de su cotidianidad.
«Per al Gary Cooper, el Liberpool Football Club era la seua vida, el seu amor a uns colors. I la Nutty Crew, la via per a cremar l’adrenalina acumulada en l’època thatcheriana, en què la marginació, la crisi econòmica i l’atur eren els flagells de la comunitat anglesa. Formaven part de la seua vida els altercats a les tavernes, el saqueig d’establiments d’alimentació i l’apedregament de trens i autobusos en què anaven seguidors rivals cada cap de setmana que jugaven a l’estadi Anfield, i, és clar, sobretot les agressions i les baralles amb afeccionats d’equips londinencs i del Manchester fins que la policia apareixia per una cantonada d’un carrer o en un túnel del metro per malmetre la baralla».
«Heysel» son dos historias paralelas, tan reales como la vida misma. Dos caminos diferentes que conducen a un mismo sitio. Uno de estos caminos es el que tomó un hooligan del Liverpool Football Club llamado Gary Cooper. Un camino peligroso lleno de curvas. El otro camino es el que tomó una seguidora de la Juventus Football Club, la Giussepina Conti, que a primera vista parece más seguro. Es casi como un trazado en línea recta con vallas de seguridad, con una posibilidad muy remota de que exista una valla rota o sin arreglar. Pero en ocasiones, cuando todo hace pensar que son dos caminos diferentes, de repente estos se unen y se convierten en un único camino hacia Bruselas, al estadio de Heysel.»
Ese trágico avance en esas dos trayectorias vitales, totalmente alejadas entre sí en apariencia, es el que vemos evolucionar a medida que vamos leyendo. Los protagonistas se van alternando los capítulos, hasta llegar al momento siniestro de su encuentro.
Un libro ante el que la indiferencia no es posible, y que sin buscar la truculencia o el sensacionalismo consigue trasladarte hasta aquellas horas y ponerte la piel de gallina en cuanto imaginas lo que en el interior de aquel estadio debió suceder.
Una historia magníficamente trabada que aunque se lee con un nudo en la garganta consigue describir a la perfección las vivencias de los personajes desde los días previos a la final, los preparativos, el viaje, el escalofriante suceso y las terribles consecuencias finales.
En este enlace (Armand Company sobre «Heysel») encontraréis una entrevista con el autor. En este otro («reseña Sons de Xaloc«) un artículo sobre el libro, y uno más aquí.
También existe una interesante y adecuada «Guía didáctica» para poder trabajar en profundidad los contenidos del libro en los institutos, y una entrevista con el autor en este otro enlace.
Hay fechas que se le graban a fuego a uno y se acaban recordando durante toda la vida. Por una razón u otra, determinadas combinaciones de día, mes y año se nos enganchan a la memoria como un defensa pegajoso, hasta convertirse en una especie de contraseña de nuestra caja fuerte vital.
Así, no acostumbramos a olvidar nunca el día de nuestro cumpleaños, ni el del aniversario de nuestros hijos, ni el de la madre, ni el de tu pareja (este, por si las moscas, mejor engancharlo también con un imán en la nevera), ni el día en qué el hombre llegó a la luna… bueno, de esta última tengo mis dudas (de la llegada, no de la fecha) … En fin, fechas y acontecimientos que no olvidamos y cuya visita esperamos año tras año.
Y entre esas fechas, una por encima de todas para los amantes del fútbol y la literatura: la del 19 de diciembre de 1971. Una casilla del calendario que además de señalar un día en la historia del fútbol da título al que se considera uno de los mejores relatos futboleros jamás escritos por una de las grandes figuras de la literatura futbolera: Roberto «el Negro» Fontanarrosa.
Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario esos días anteriores al partido. Y te digo esos días, desde semanas antes se venía hablando del partido, la ciudad era una caldera. Porque eso era lo que era la ciudad: una caldera.
“19 de diciembre de 1971” es un cuento del gran humorista y escritor argentino Roberto Fontanarrosa que fue publicado en 1982 en el libro “Nada del otro mundo”. El relato está inspirado en el partido de semifinales del Torneo Nacional de 1971 que los dos grandes rivales de la ciudad de Rosario (en la que nacieron Messi, Di Maria, Marcelo Bielsa o el Che Guevara, entre otros), Rosario Central y Newell’s Old Boys, disputaron en el Estadio Monumental de River Plate con victoria de los primeros por 1 a 0.
Un partido que ha pasado a la historia por muchas razones, una de las cuales el relato de Fontanarrosa, que incluye también la descripción de uno de los momentos claves en la historia del fútbol y de la literatura futbolera, como es la mítica Palomita de Poy.
El cuento, aunque es una historia de ficción, incluye elementos de total veracidad. La historia comienza durante los días previos al enfrentamiento entre ambos equipos, un partido, recordémoslo, de la máxima rivalidad e importancia, a la altura de un Barça-Madrid, para que nos entendamos.
Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con la camiseta de Newels clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja, que no manya nada de todo esto, tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de esos de Pilato, Pilato, sino gana Central en River no te desato. Después la vieja decía que habíamos ganado por ella. Pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale. Pero yo le decía que sí, para no desilusionarla a la pobre vieja.
Así, en cuanto tienen conocimiento de la existencia de un aficionado canaya –el viejo Casale– que jamás ha visto perder a su equipo (Rosario Central) deciden que hay que conseguir que acuda al campo sea como sea. El problema aparece en cuanto descubren que el viejo hace tiempo que tiene prohibido acercarse a un estadio de fútbol por prescripción médica, y que ni tan siquiera le está permitido escuchar los partidos por la radio.
Ante tal panorama, y ante la trascendental importancia que para ellos tiene el partido, el grupo de amigos se verá obligado a tomar una medida drástica. El viejo Casale debe estar presente sí o sí en el Monumental de River en Buenos Aires, sede del enfrentamiento. Si para ello es necesario arrastrarlo hasta allí, pues eso es lo que harán. Y eso es lo que ocurre: que secuestran al viejo Casale para llevarlo hasta el campo.
El cuento es una increíble explicación de todo ese proceso, desde los momentos previos a la preparación del viaje, de los intentos de convencer al Viejo Casale hasta la llegada al estadio. Y, por supuesto, la vivencia del partido y su desenlace final. Un partido histórico que estuvo marcado por otro hecho que todavía hoy es recordado.
El resultado del encuentro fue favorable al equipo de Rosario por 1 a 0, gracias al gol que Aldo Pedro Poy marcó casi al final del partido. El gol dispone de entrada propia en la wikipedia, y aquí tenéis un fragmento de lo que en ella se puede leer:
Promediaba el segundo tiempo del encuentro, cuando el lateral derecho uruguayo centralista, Jorge José González, envió un potente centro desde la derecha. Poy se zambulló «en palomita», ganándole al defensor rojinegro De Rienzo, e impactó el balón con la frente de su cabeza para vencer al arquero Carlos Fenoy marcar el 1 a 0 final.
Gracias a aquella victoria, Rosario Central consiguió clasificarse para la final del torneo argentino, del que se acabaría convirtiendo en campeón por primera vez en su historia.
La trascendencia de aquel gol ha sido tal que a día de hoy se sigue celebrando por parte de la afición “canaya”, y cada 19 de diciembre se sigue reuniendo para conmemorar aquella victoria. De hecho, incluso el protagonista del gol, Aldo Poy, sigue participando de la celebración reproduciendo la jugada para volver a imitar aquél cabezazo ante una portería, momento en que los aficionados vuelven a cantar el gol.
Incluso se hizo una petición al libro Guinness de los Récords en 1995 para que fuera considerado el gol más celebrado de la historia del fútbol. De momento, la propuesta no ha prosperado.
En este vídeo tenéis un resumen de la Palomita de Poy incluyendo algunas palabras del propio Roberto Fontanarrosa.
En este otro vídeo, encontraréis el reportaje que con motivo de la celebración de los 40 años de aquel gol realizó el canal de televisión Sports Center.
Y, por último, en este vídeo tenéis un montaje elaborado por un aficionado de Rosario Central que incluye la narración íntegra del relato por parte del actor y narrador argentino Alejandro Apo, como parte de su espectáculo «Y el fútbol contó un cuento«. Hay que decir, como anécdota, que casualmente hoy, 19 de diciembre, es su cumpleaños.
Uno de los resultados más simbólicos para los aficionados del Fútbol Club Barcelona (también conocidos como “culés”) es el de 0 a 5. Y 0 a 5 es, precisamente, el resultado que protagoniza la nueva aventura de estos extraños y curiosos personajes que habitan en el Camp Nou y que se denominan “fanculés”.
Escrita por Carles Sala, ilustrada por Eloi Sala, y publicada por La Galera como producto oficial del Fútbol Club Barcelona, en los dos primeros números de la serie (“La fábrica de nata” y “La princesa comenata” tuvimos la ocasión de conocer a los principales personajes de estas historias.
Entre ellos se encuentran Fantrépido, Fantina, Fanmanitas o el Topo Pataplaf, entre otros. Y también tuvimos ocasión de conocer que para los Fanculés no todo es plácido, puesto que también tienen sus enemigos, en especial la Ratata Comenata y sus ayudantes: el Babas o Repuggato.
En el número 3 de la serie nos encontramos, nuevamente, con un nuevo intento de provocar problemas por parte de la Ratata Comenata y una nueva intervención de los Fanculés para evitar lo que puede acabar en una auténtica catástrofe.
¿Y qué es lo que ocurre en esta ocasión? Pues que un día, mientras Fantrépido y Fantina hacen una visita a la plas-plateca (el almacén de aplausos del Camp Nou) que cuida y conserva Fanolis, escuchan una extraña conversación de las Fancotillas. El caso es que, según parece, la Ratata Comenata ha hecho una extraña apuesta: que el Barça perderá por 0 a 5 el próximo partido.
Bueno, hasta aquí, aunque el resultado pueda parecer extraño y ciertamente difícil, no es algo imposible, y si alguien quiere apostar a ese marcador pues allá él. Pero, ¡un momento! La apuesta es, sí, de 0 a 5. ¡Pero en el partido de básket que el Barça jugará dentro de un par de horas en el Palau Blaugrana!
-Tampoco es para tanto -dice la Fantercera-. ¡Los culés también podemos tener un mal día!
-Pero no para quedar 0-5 en un partido de… -responde la Fanprimera.
-…en un partido de básket! -acaba la Fantercera.
Si la Ratata Comenata ha apostado por ese resultado es porque debe haber preparado alguna cosa para conseguirlo, así que los Fanculés se ponen enseguida a investigar para intentar descubrir qué es lo que sucede y, por supuesto, evitarlo.
Y sí, efectivamente comprueban que la Ratata Comenta y sus ayudantes han ideado un sistema de control remoto de la pelota de baloncesto, lo que hace imposible que los jugadores consigan alguna canasta.
El tiempo corre, el partido ha comenzado, si no se les ocurre algo rápido la Ratata se saldrá con la suya.
Sin pensárselo dos veces, los dos fanculés se introducen en las entrañas del Camp Nou, hasta que, poco después, llegan hasta la escalera de caracol que conduce al nido de la Ratata.
Descienden poco a poco, sin hacer ruido, y a mitad de camino se detienen y se quedan ocultos en la penumbra.
¿Qué sucederá?
Emoción en esta nueva entrega de los Fanculés que encantará a los lectores a partir de 6 años por el atractivo de las ilustraciones, la investigación de los personajes y la aventura que ofrece esta nueva entrega de la serie.
«Como ida diciendo, los del Delta Work 3 me llamaron. Les costó bastante encontrarme, y lo comprendo. Hace veintitrés años y siete meses que colgué los auriculares y el micrófono al final de un partido de la copa A. En teoría, los mejores. El índice de escucha fue de 0,37. Inferior al de los reestrenos de las películas mudas que pasaban en el programa de la Old Movies Netword, entre las tres y las cinco de la tarde. A partir de aquel día ya no hubo más partidos. Después de todo, tuve bastante suerte, ya que dejé el oficio en el momento justo en el que no hubiera podido seguir ejerciéndolo.
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