Hoy, 8 de enero, es el día «pues a mí«. ¿Y qué día es ese? Pues el día en el que tras las vacaciones de Navidad, esa es la expresión más utilizada en las puertas de los colegios.
Primer día de colegio después de las vacaciones de Navidad.
El día «pues a mí».
-Pues a mí me han traído unas botas de fútbol nuevas -empezó Marilyn, la capitana del equipo, que tiene que cambiar de botas cada seis meses porque es la más rápida y se pasa los partidos corriendo, y las gasta enseguida.
-Pues a mí, un perro -dijo OCho-, un labrador negro que es superlisto.
Espero que hayás tenido un buen día de «pues a mí» 🙂
El fútbol es un juego complejo, en el que no existe acción sin dificultad. De entre todas las que forman parte de su desarrollo, quizá la más llamativa es la que lleva a la consecución del gol.
No es fácil marcar goles. Y hoy, 4 de enero de 1948, se cumplen exactamente 70 años de uno de los hechos más insólitos de la historia del fútbol. Un episodio protagonizado por Pedro Bazán, jugador al que seguramente conocerán pocos (y me incluyo en el listado) y que, sin embargo, pasó a la historia un día en el que su equipo, el Málaga, venció por 9 a 2 al Hércules, siendo él el autor, atención, de los 9 tantos de su equipo.
Tres, con remates después de un centro; uno, de oportunismo en un córner; otro, después de una falta; el sexto y el octavo, tras una acción colectiva; el séptimo, de penalti; el último, con un tiro cruzado. El día después de la hazaña, en la Hoja del Lunes de Málaga, destacaba un titular: “Bazán 9-2 Hércules”. Sevillano de La Algaba, Pedro Bazán había recalado en el Málaga en 1946 -previo paso por el Olímpica Jiennense- sin levantar demasiadas expectativas. Pero la forma como la historia lo acabaría recordando se estableció el 4 de enero de 1948, cuando marcó nueve goles en un solo encuentro ante el Hércules.
Con el 7 en su espalda, un número más para un delantero que un defensa, Gaetano salió por el centro del campo con la pelota dominada. Ese era su trabajo. Como lo hacía siempre desde que Bearzot lo llamó a la Nazionale, aquel 30 de diciembre de 1975 contra Grecia.
Y es que Scirea, que fue setenta y ocho veces internacional con la Azzurra, era uno de los jugadores que manejaban perfectamente los tiempos de un partido. Elegante y discreto. En el papel de atacante-defensa era limpio y efectivo. Y como defensa-atacante salía jugando cuando se le antojaba, sin más objetivo que el arco contrario.
Hoy, 28 de diciembre, y Día de los Inocentes, la propuesta para el calendario del fútbol y la literatura no podía ser otra que «El misterio del Día de los Inocentes«.
Aunque para Pakete sea el peor día del año, siempre es un buen momento para recomendar una buena lectura. Y mejor aún si es futbolera.
En 1983, el jugador más famoso en el fútbol británico era Charlie Nicholas. Contra todo pronóstico, fue fichado por el Arsenal. En “Fiebre en las gradas”, Nick Hornby, su autor, se refiere al jugador como el “Niño Cañón, el jugador de los Celtics de Glasgow, que la temporada anterior había marcado en la liga escocesa cincuenta y tantos goles. ¡Por fin algo digno de verse!”.
El fichaje de Charlie fue interpretado por parte de Hornby como un buen augurio. Hacía poco que había abandonado su trabajo de profesor para ponerse a escribir, y en aquel momento, “vincular la trayectoria de Charlie con la mía se me antojó irresistible”. Las cosas, sin embargo, no fueron bien, ni para uno ni para otro. “A la sazón, Charlie terminó por ser un indicador bastante exacto de mi suerte”.
Y muestra de ello fue la racha de escasos goles que atravesó, y que se rompió tal día como hoy, un 27 de diciembre, pero de aquel 1983. Así lo explica Hornby:
“En el siguiente partido que jugamos en casa, contra el Manchester United, me pareció lento e incapaz de conectar con los demás, y el equipo fue barrido: perdimos por 2-3, pero nunca llegamos a estar dentro del partido. (A decir verdad, no marcó en Highbury hasta el 27 de diciembre, cuando convirtió un penalti contra el Birmingham, que celebramos con tanto fervor como si le hubiese metido tres roscos en un partido al mismísimo Tottenham.) Abreviando, su primera temporada fue un desastre, tal como lo fue para todo el equipo. El entrenador, Terry Neill, fue despedido tras una racha lamentable entre noviembre y comienzos de diciembre”.
Hace 34 años, exactamente el 23 de diciembre de 1983, el Club Atletico Independiente se proclamó campeón de la liga argentina tras derrotar por 2 a 0 a su principal rival, el Racing Club. Este, además, había descendido de categoría la jornada anterior.
– ¿Vos sabés, vos te das una idea de lo que yo lloré con esos dos campeonatos que estuvimos a punto de ganar y no ganamos en el 82 y el 83, Mauricio?
– Me imagino, Mono.
– Bueno. La cosa es que empieza el Metropolitano 83 y el Rojo vuelve a ser candidato. ¿Digo bien?
– Decís bien.
– Y, para colmo, Racing andaba como el culo, ese año.
– Exacto, se terminó yendo al descenso en cancha nuestra.
– ¡Ahí, ahí está! ¡A eso quiero llegar! ¿Te acordás de la fecha?
– Veintitrés de diciembre de 1983.
– ¿Ves que te la acordás como si fuera una fecha patria, Mauri?
– Bueno, Mono. Convengamos que no es muy habitual que salgas campeón justo jugando un clásico, en tu cancha, y que Racing se vaya a la B ese día. Mejor dicho, la semana anterior, porque ya habían descendido.
Y llegó un nuevo 19 de diciembre, una fecha que debería ser incorporada al santoral como de San Roberto Fontanarrosa, y celebrarse en todo el mundo conmemorando la maravillosa unión entre fútbol y literatura.
Hoy, 46 años después de aquel 19 de diciembre de 1971, de aquel Rosario Central – Newells, de aquella final entre canayas y leprosos, de aquella palomita de Poy, es el momento de recordar, una vez más, lo que aquel día significó para los enfermos que pretendemos seguir disfrutando del fútbol a través de los libros.
Para ello, recupero este artículo de hace un par de años.
Hay fechas que se le graban a fuego a uno y se acaban recordando durante toda la vida. Por una razón u otra, determinadas combinaciones de día, mes y año se nos enganchan a la memoria como un defensa pegajoso, hasta convertirse en una especie de contraseña de nuestra caja fuerte vital.
Así, no acostumbramos a olvidar nunca el día de nuestro cumpleaños, ni el del aniversario de nuestros hijos, ni el de la madre, ni el de tu pareja (este, por si las moscas, mejor engancharlo también con un imán en la nevera), ni el día en qué el hombre llegó a la luna… bueno, de esta última tengo mis dudas (de la llegada, no de la fecha) … En fin, fechas y acontecimientos que no olvidamos y cuya visita esperamos año tras año.
Y entre esas fechas, una por encima de todas para los amantes del fútbol y la literatura: la del 19 de diciembre de 1971. Una casilla del calendario que además de señalar un día en la historia del fútbol da título al que se considera uno de los mejores relatos futboleros jamás escritos por una de las grandes figuras de la literatura futbolera: Roberto «el Negro» Fontanarrosa.
Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario esos días anteriores al partido. Y te digo esos días, desde semanas antes se venía hablando del partido, la ciudad era una caldera. Porque eso era lo que era la ciudad: una caldera.
“19 de diciembre de 1971” es un cuento del gran humorista y escritor argentino Roberto Fontanarrosa que fue publicado en 1982 en el libro “Nada del otro mundo”. El relato está inspirado en el partido de semifinales del Torneo Nacional de 1971 que los dos grandes rivales de la ciudad de Rosario (en la que nacieron Messi, Di Maria, Marcelo Bielsa o el Che Guevara, entre otros), Rosario Central y Newell’s Old Boys, disputaron en el Estadio Monumental de River Plate con victoria de los primeros por 1 a 0.
Un partido que ha pasado a la historia por muchas razones, una de las cuales el relato de Fontanarrosa, que incluye también la descripción de uno de los momentos claves en la historia del fútbol y de la literatura futbolera, como es la mítica Palomita de Poy.
El cuento, aunque es una historia de ficción, incluye elementos de total veracidad. La historia comienza durante los días previos al enfrentamiento entre ambos equipos, un partido, recordémoslo, de la máxima rivalidad e importancia, a la altura de un Barça-Madrid, para que nos entendamos.
Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con la camiseta de Newels clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja, que no manya nada de todo esto, tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de esos de Pilato, Pilato, sino gana Central en River no te desato. Después la vieja decía que habíamos ganado por ella. Pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale. Pero yo le decía que sí, para no desilusionarla a la pobre vieja.
Así, en cuanto tienen conocimiento de la existencia de un aficionado canaya –el viejo Casale– que jamás ha visto perder a su equipo (Rosario Central) deciden que hay que conseguir que acuda al campo sea como sea. El problema aparece en cuanto descubren que el viejo hace tiempo que tiene prohibido acercarse a un estadio de fútbol por prescripción médica, y que ni tan siquiera le está permitido escuchar los partidos por la radio.
Ante tal panorama, y ante la trascendental importancia que para ellos tiene el partido, el grupo de amigos se verá obligado a tomar una medida drástica. El viejo Casale debe estar presente sí o sí en el Monumental de River en Buenos Aires, sede del enfrentamiento. Si para ello es necesario arrastrarlo hasta allí, pues eso es lo que harán. Y eso es lo que ocurre: que secuestran al viejo Casale para llevarlo hasta el campo.
El cuento es una increíble explicación de todo ese proceso, desde los momentos previos a la preparación del viaje, de los intentos de convencer al Viejo Casale hasta la llegada al estadio. Y, por supuesto, la vivencia del partido y su desenlace final. Un partido histórico que estuvo marcado por otro hecho que todavía hoy es recordado.
El resultado del encuentro fue favorable al equipo de Rosario por 1 a 0, gracias al gol que Aldo Pedro Poy marcó casi al final del partido. El gol dispone de entrada propia en la wikipedia, y aquí tenéis un fragmento de lo que en ella se puede leer:
Promediaba el segundo tiempo del encuentro, cuando el lateral derecho uruguayo centralista, Jorge José González, envió un potente centro desde la derecha. Poy se zambulló «en palomita», ganándole al defensor rojinegro De Rienzo, e impactó el balón con la frente de su cabeza para vencer al arquero Carlos Fenoy marcar el 1 a 0 final.
Gracias a aquella victoria, Rosario Central consiguió clasificarse para la final del torneo argentino, del que se acabaría convirtiendo en campeón por primera vez en su historia.
La trascendencia de aquel gol ha sido tal que a día de hoy se sigue celebrando por parte de la afición “canaya”, y cada 19 de diciembre se sigue reuniendo para conmemorar aquella victoria. De hecho, incluso el protagonista del gol, Aldo Poy, sigue participando de la celebración reproduciendo la jugada para volver a imitar aquél cabezazo ante una portería, momento en que los aficionados vuelven a cantar el gol.
Incluso se hizo una petición al libro Guinness de los Récords en 1995 para que fuera considerado el gol más celebrado de la historia del fútbol. De momento, la propuesta no ha prosperado.
En este vídeo tenéis un resumen de la Palomita de Poy incluyendo algunas palabras del propio Roberto Fontanarrosa.
En este otro vídeo, encontraréis el reportaje que con motivo de la celebración de los 40 años de aquel gol realizó el canal de televisión Sports Center.
Y, por último, en este vídeo tenéis un montaje elaborado por un aficionado de Rosario Central que incluye la narración íntegra del relato por parte del actor y narrador argentino Alejandro Apo, como parte de su espectáculo «Y el fútbol contó un cuento«. Hay que decir, como anécdota, que casualmente hoy, 19 de diciembre, es su cumpleaños.
Hoy, 17 de diciembre, se cumplen 27 años del debut de Pep Guardiola de la mano de Cruyff. Lo explica el maestro Juan Villoro en el capítulo «Guardiola: el exilio y el reino«, de «Dios es redondo«.
Aquí tenéis un fragmento de la explicación:
Cuando Cruyff hizo debutar a Guardiola, el 16 de diciembre de 1990, seguramente pensó en lo que se muchacho representaba para la afición. Las multitudes armadas de banderas que cada quince días recorren la Diagonal rumbo al Camp Nou, sabían que Pep era tan local como el viento garbí que llega del Mediterráneo, y suponían que estaría ahí para siempre; no en balde llevaba el número 4, que estimulaba juegos de palabras en las pancartas: «Guardiola 4 ever».
En 1986, César Luis Menotti, recién salido del Barcelona, publicó su libro Fútbol sin trampa. El prólogo de Joan Manuel Serrat parecía dirigido a Guardiola, entonces de 15 años. El cantante hablaba de los jóvenes que juegan en las calles y pierden la alegría cuando entran al fútbol profesional: «No los conviertan en aburridos prematuros, que de eso, con el tiempo, ya se ocupa la empresa.». Cruyff, poco amigo de las lecturas y de los consejos, llegó a la misma conclusión sin oír a Serrat. Guardiola entraría al Barça como a una prolongación del barrio.
En la mitología griega, Clío es la musa de la historia y la poesía heroica. Es hija de Zeus y Mnemósine, aunque la mayoría de los mortales seguramente asocian su nombre a un vehículo: el Renault Clío.
Desde que este modelo fue lanzado al mercado, cada vez que me cruzaba con uno, de quien en realidad me acordaba era de Cleo. ¿Os acordáis de Cleo? Fue un jugador brasileño que tuvo un brevísimo paso por el FC Barcelona. Pese a ello, tiene cierto protagonismo en la literatura futbolera, apareciendo al menos en dos de mis obras favoritas. Una de ellas es “Fútbol. La novela gráfica”, de Santiago García y Pablo Ríos, publicada por Astiberri.
Y la otra referencia es de Jordi Puntí, en su relato “Cuando era un Neeskens”, publicado en la recopilación “Cuando nunca perdíamos”. Una aparición que tal día como hoy, 13 de diciembre, vale la pena recordar:
“La peripecia azulgrana de Cleo empezó el 13 de diciembre de 1981 en San Mamés, en un Athletic-Barça, el día en que Goikoetxa lesionó a Schuster con una entrada terrible. La larga baja del centrocampista alemán permitió a la directiva traer a un nuevo jugador, a prueba durante tres meses, y el elegido fue Cleo. Tenía veintidós años y venía del Internacional de Porto Alegre. Su llegada, pues, se vivió como una epifanía extraña. Mal negocio, el de sustituto de una estrella lesionada”.
Así es como lo explica Stan Skavelicz, el protagonista de la obra:
“Como iba diciendo, los del Delta Work 3 me llamaron. Les costó bastante encontrarme, y lo comprendo. Hace veintitrés años y siete meses que colgué los auriculares y el micrófono al final de un partido de la copa A. En teoría, los mejores. El índice de escucha fue de 0,37. Inferior al de los reestrenos de las películas mudas que pasaban en el programa de la Old Movies Netword, entre las tres y las cinco de la tarde. A partir de aquel día ya no hubo más partidos. Después de todo, tuve bastante suerte, ya que dejé el oficio en el momento justo en el que no hubiera podido seguir ejerciéndolo.
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