«Hijos del fútbol», de Galder Reguera. Lince Ediciones

 

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“¿Quiero realmente legar a mis hijos esta pasión, esta locura, este sinsentido que me ha acompañado desde que tengo uso de razón, que ha determinado tanto mi manera de ser, de ver el mundo, de comportarme, de sentir?”

 

Decía Jean-Paul Sartre que todo cuanto sabía de su vida lo había aprendido en los libros. Albert Camus dijo que todo cuanto sabía con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. Y yo, inspirándome en ambas, remato: “Gran parte de lo que el fútbol ha significado en mi vida lo acabo de leer en un libro”.

El libro en cuestión es “Hijos del fútbol”, escrito por Galder Reguera y publicado por Lince Ediciones. Una obra que me ha parecido extraordinaria, de la que firmo prácticamente todo de lo que en ella se cuenta, que sin duda será uno de los libros de cabecera a los que regresar de tanto en tanto para los amantes de la literatura futbolera, y a la que solo he encontrado un defecto: sus 200 páginas se acaban muy pronto.

Pero quiero pensar que esta obra no es más que el inicio de algo que volverá dentro de un tiempo, a medida que Oihan, hijo del autor y leit motiv en torno al cual el libro va gravitando, vaya evolucionando como futbolista y, en consecuencia, su padre siga reflexionando en torno a lo que el fútbol significa.

 

SINOPSIS

Un elogio al fútbol como juego, como felicidad, como infancia permanente que acompaña para siempre a quienes lo practican y lo aman.

Hijos del fútbol es una historia personal sobre la afición al fútbol entendido como un juego en el que lo importante es seguir jugando. Hijos del fútbol deposita toda su fuerza en la voz del autor y sus reflexiones acerca de esta pasión transmitida de generación en generación. Es también un análisis sobre cómo ven los padres a sus hijos, y los hijos a sus padres; en este caso, todos ellos enfermos de fútbol, contagiados de esta pasión.

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Imagen de www.observer.com

Un hijo, un padre, un balón

 

“No llega a los dos años y el virus del fútbol ya se está incubando en él”.

 

Al poco de comenzar a leer “Hijos del fútbol” tuve la sensación de que me encontraba, posiblemente, ante el que podría ser nuestro particular “Fiebre en las gradas”. Y lo sigo pensando porque se trata de un libro que más allá de la simple explicación del nacimiento de una afición por el fútbol, o del origen de la pasión que un aficionado siente por un equipo en particular.

Partiendo de la experiencia personal de la paternidad y de la influencia que un padre puede ejercer sobre un hijo –voluntaria o involuntariamente- a la hora de inculcarle determinadas aficiones –la del fútbol, en este caso- el libro consigue ir mucho más allá de la simple descripción de esta circunstancia. La mirada sobre la evolución del hijo, la vivencia sobre su deseo de jugar al fútbol, sus alegrías y decepciones desde que comienza a experimentar lo que significa este juego y el formar parte de un equipo son situaciones que se acaban transformando, al mismo tiempo, en un espejo que nos devuelve a nuestra infancia, y nos permite reflexionar sobre aquel niño que también fuimos y recorrió el mismo camino que ahora observa en su hijo.

De algún modo, el padre actúa como correa de transmisión hacia el hijo, pero al final se acaba retroalimentando al regresar, a la vez, hasta aquella época en la que fuimos niños. Quienes hemos sido futboleros y tenemos hijos que comienzan a serlo nos sentimos, de inmediato, identificados con lo que en el libro se describe.

“Sonreí pensando que ojalá conserve siempre esa pasión por el mero juego, por ése que no se deja contaminar de realidad”.

 

Explica Ignacio Martínez de Pisón en el prólogo que “resulta muy difícil escribir sobre fútbol sin caer en tópicos, y que este libro lo consigue”. Y es cierto, porque el tratamiento que propone Galder es completamente original, además de emotivo y sincero.

 

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Imagen de www.independent.com.uk

 

Quienes hemos crecido enganchados a una pelota sabemos perfectamente el significado que ese simple objeto de forma esférica tiene para un niño. Partidos interminables de resultados infinitos incluso cuando ya no había casi luz, el anhelo porque llegara la hora del recreo y salir al patio a jugarnos la vida, como si estuviéramos a punto de disputar la final de la Champions, la seriedad con la que nos tomábamos cualquier jugada por insignificante que fuera, la preocupación por estar entre los titulares cuando entrábamos a formar parte de algún equipo…

En ese torbellino de experiencias se encuentra Oihan, el hijo del autor, siendo este testigo de todo ello en primera persona, además de hacerle recordar y reflexionar justamente por la vivencia que tuvo él de ese mismo escenario cuando era niño.

Un estudio sobre la afición por el fútbol

Pero el mérito del libro es que no se limita a hacer una simple descripción de lo que a Oihan le va sucediendo, sino que va mucho más allá. La mirada del autor, a partir de este escenario general, comienza a detenerse en interesantes detalles relacionados con la pasión por el fútbol y para analizarlos con precisión y proponer respuestas antes algunos planteamientos.

“A veces sospecho que hoy día es incluso una parte necesaria de cualquier biografía intelectual que se precie haber escrito unas líneas sobre fútbol”.

 

Así, a medida que su hijo se va convirtiendo en un devoto del universo fútbol, Galder va construyendo una especie de tratado, un itinerario reflexivo que indaga en la afición futbolera. En el libro, desde el punto de vista del papel de la paternidad, se habla de la experiencia del padre como agente que contagia la afición por el fútbol, una infección que también padeció él de niño, por mediación de su abuelo y sus visitas a San Mamés.

Y, dentro del proceso evolutivo de su hijo, nada más simbólico que el bautizo en la Catedral, el ritual de visitar San Mamés. Todo ello, además, se consigue mediante una equilibrada mezcla de pasión y emotividad que no impide mantener en todo momento la mirada reflexiva del intelectual que se formula preguntas y propone algunas respuestas.

 

“Me gusta la idea de un fútbol humanista. Me seduce más esa metáfora que la que apela a la izquierda. En un fútbol humanista no sería la estética la que primaría, sino otros valores”.

 

Desde mi punto de vista, este es otro de los grandes logros del libro, puesto que se encajan con fluidez pensamientos que podrían formar parte de un estudio sobre la naturaleza de la afición por el fútbol. En “Hijos del fútbol” hay también una exploración de otros muchos aspectos que construyen una teoría tanto sobre la esencia de este deporte como de la forma de aproximarse a él por parte de los hinchas.

Y, por ejemplo, proporciona un marco teórico en el que encajar el fútbol en el ideario de los intelectuales de izquierdas, o propone la definición de un “fútbol humanista”. No faltan las referencias a la relación entre “fútbol y literatura”, ni tampoco a la forma de aproximarse al balompié por parte de los intelectuales. Y por ahí van apareciendo Eduardo Galeano, Juan Villoro, Enrique Ballester o Nick Hornby, entre otros.

En este sentido, esa es otra de las razones por las que agradezco la existencia de este libro, ya que me ofrece una colección de argumentos para defender que afición por el fútbol e intelectualidad no forman un oxímoron.

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Recuerdos de infancia

Personalmente, he sentido en más de un pasaje una sana envidia de Galder por poder seguir viviendo esos momentos con su hijo: estirarse en la cama antes de ir dormir y leer un cuento futbolero (inevitable recordar “Soñar goles. Fútbol y cuentos de padres a hijos”, de Miquel Nadal. Editorial Drassana), el acompañamiento al campo de fútbol los días de entreno y partido (en esta película todavía estoy), las preguntas que solo un padre puede responder, la sensación de ser un superhéroe que en pocos años desaparecerá…

El libro pone voz a gran parte de mis vivencias personales. Y me he sentido más que tocado emocionalmente en varios de sus fragmentos. Me ha divertido leer cómo completaba su ejemplar de “El fútbol de la A a la Z” incorporando su biografía. Y eso me ha hecho recordar que mi primer contacto entre fútbol y literatura se produjo de una forma similar: escribiendo (mejor dicho, dibujando) jugadas de fútbol en los espacios en blanco que había al comienzo de capítulos o en las hojas que los separaban. Galder lo hacía en un libro estrictamente futbolero. Yo utilizaba mis ejemplares de Enid Blyton que nunca supe cómo habían llegado a casa.

 

“Pero a veces, de noche, sigo imaginándome saltando a San Mamés vestido de corto y recibiendo el aplauso con el que la parroquia local da Ariño a todos los canteranos”.

 

También yo he jugado ligas de papel en la soledad de mi habitación, partidos en los que la victoria o la derrota dependían del azar de los dados. Recuerdo que iba anotando en una libreta todos los encuentros de la jornada (supongo que previamente copiados de algún periódico) y que además de los puntos, goles a favor y en contra de cada uno de los equipos también anota los puntos positivos y los negativos, algo que con el paso de los años ha desaparecido. Por supuesto, como niño que era, no podía evitar hacer alguna trampa e intentar corregir los designios del azar cuando su resultado no era favorable a los intereses de mi equipo.

Insisto en lo maravilloso que es este volumen, y en que me habría gustado que hubiera tenido 200 páginas más. Por eso, quiero pensar que acabamos de asistir a la primera parte del partido. Y que antes o después llegará la segunda.

Para terminar, le deseo toda la felicidad y todos los éxitos del mundo a Oihan. No me puedo imaginar lo que podría significar que llegara a debutar algún día en San Mamés, con la camiseta del Athletic, mientras su padre aplaude desde la grada.

 

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2 de noviembre: «El fantasista» y Cachimoco Farfán

 

 

 

Si existiera un aparato de radio capaz de sintonizar con el mundo de la ficción, hoy, 2 de noviembre, buscaría en su dial la emisora desde la que transmite los partidos Cachimoco Farfán, “el más rápido relator deportivo de Coya Sur, el más rápido relator de la pampa salitrera, fenilanina hidrolasa y la purga que me parió, el más rápido relator del mundo después del maestro Darío Verdugo”.

Cachimoco es uno de los estrambóticos personajes que deambulan por las páginas de “El fantasista”, una novela escrita por Hernán Rivera Letelier y publicada en el 2006. En la página que la wikipedia le dedica se explica que en ella “el autor aborda el mundo del fútbol amateur tomando como eje central a la rivalidad de dos equipos de oficinas salitreras en decadencia durante los inicios de la Dictadura Militar en Chile”.

El título del libro hace referencia al apodo de uno de sus protagonistas, Expedito González, el “Fantasista» que llega a salvar a Coya Sur, y a quien también denominan “el Mesías”. Le acompaña la Colorina, que padece amnesia, y deambulan por las páginas de la novela otros peculiares personajes como El Choche Maravilla, el “pata de diablo”, el “California” o el mismo Cachimoco Farfán, el comentarista de partidos que intercala en sus narraciones toda la terminología médica de que es capaz.

 

 

Hoy, como decía, es el día idóneo para deleitarse con la retransmisión de Cachimoco, puesto que a las cuatro de la tarde de este 2 de noviembre se celebrará el último partido entre las selecciones de María Elena y Coya Sur, el más famoso clásico salitrero de todos los tiempos.

Pero dejemos que sea Cachimoco quien nos narre la previa del partido:

 

¡Ya es casi mediodía en la pampa, señora, señor, enfermos míos; ya casi son las doce de este domingo 2 de noviembre y el calor aquí es infernal, los jotes están cayendo asados y las moscas llegan a chirriar en las calaminas ardientes; sí, amables radioescuchas, el azul del cielo llega a doler en los ojos de puro luminoso y el puto sol hemofílico del desierto está picando como sólo pica el puto sol hemofílico del desierto, y aquí me encuentro yo, Cachimoco Farfán, transmitiendo en onda corta y en onda larga para todos ustedes, llevándoles los instantes previos al último partido entre las selecciones de María Elena y Coya Sur, entre los Cometierra y los Comemuertos, el más famoso clásico salitrero de todos los tiempos, partido que está programado, si Dios no dispone otra cosa, para las cuatro de la tarde, hora en que, como todo el mundo sabe, comienzan a arreciar los más tierrosos vientos de la pampa, y aunque aún faltan cuatro horas y cinco minutos exactos, según el reloj de la pulpería, aunque aún falta todo ese tiempo para que el señor árbitro dé el pitazo inicial, ya vemos cómo desde el campamento comienza a llegar público a la cancha, comienzan a llegar en primer lugar los perros de siempre, los primeros niños y los primeros vendedores ambulantes…

 

1 de noviembre: el delantero que vendía flores, Nick Hornby y Eidur Gudjohnsen

 

Arregui

 

Comenzamos un nuevo mes, noviembre, y lo hacemos a través de una celebración de carácter religioso: la festividad de todos los santos. Si el 1 de noviembre coincide con un fin de semana y, en consecuencia, hay jornada futbolística, los estadios se convierten en lugares concurridos. En cambio, si la jornada coincide con un día laborable, el récord de asistencia se lo llevará, seguramente, otro lugar: el cementerio.

En el día de hoy las familias suelen acudir a llevar flores a los lugares en los que reposan sus difuntos. Si el día del año en el que la venta de libros se dispara es el 23 de abril, seguramente sea hoy cuando se bate el récord de venta de flores. Bien. Pero, ¿qué tienen que ver las flores y el día 1 de noviembre con el fútbol y la literatura futbolera? Pues, aunque no lo parezca, podemos encontrar una cierta relación. Por ejemplo, mirad lo que explica Julián García Candau en su obra “Èpica y lírica del fútbol” sobre Arregui, un delantero centro que militó en las filas de la Real Sociedad:

 

«Entre los grandes mitos rematadores hizo historia Rafael Moreno Aranzadi, Pichichi, delantero muerto prematuramente y del que existe un busto en San Mamés. Tras la contienda bélica española todos los grandes delanteros centro respondieron a la estampa del rematador. Hicieron fortuna Campanal (Sevilla), Mundo (Valencia), Mariano Martín (Barcelona), Pruden (Atlético y Real Madrid), Pérez Payá (Atlético y Real Madrid) y sobre todo, Telmo Zarraonaindia, Zarra, goleador del Athletic Club, internacional y el hombre del que los liberales y anglófilos del país llegaron a decir que tenía la mejor cabeza de Europa, después de la de Churchill.

A los delantero centro no les estaba permitida la más mínima delicadeza intelectual o simplemente humana. El delantero centro debía ser una especie de individuo con orejeras. Se sabe, no obstante, de un delantero de la Real Sociedad, Arregui, que poseía una floristería, que tenía un contrato en el que se le eximía de jugar los días 1 de noviembre. En esa jornada se dedicaba exclusivamente a los ramos y coronas para los muertos».

Epica lirica futbol

 

 

Existe un cierto punto de tristeza en este día en tanto que nos lleva a recordar, con mayor intensidad, a los seres que ya no están entre nosotros. Pero también puede convertirse en un día de ingrato recuerdo por otras razones, como por ejemplo por culpa de un partido. Y si no, mirad lo que explica Nick Hornby en “Fiebre en las gradas” en relación con el Arsenal-Brighton al que asistió, precisamente, un 1 de noviembre, el de 1980:

ARSENAL – BRIGHTON

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«Un partido penoso entre dos equipos que daban pena. Dudo mucho que cualquiera de los que estuviesen allí recuerde nada de aquel partido, tal como es indudable que mis dos compañeros de aquella tarde, mi padre y mi hermanastro, habían olvidado el encuentro a la mañana siguiente. Yo solamente lo recuerdo (¡solamente!) porque fue la última vez que estuve en Highbury con mi padre, y aunque quién sabe si no iremos todavía alguna que otra vez (últimamente ha hecho un par de mínimas alusiones), ese partido tiene un aura propia del final de toda una época».

 

Fiebre en las gradas

 

Pero dejemos atrás la tristeza y acabemos este recorrido con un poco de alegría, como la que sintió un todavía niño Eidur Gudjohnsen cuando el equipo en el que jugaba su padre eliminó al Barça en una eliminatoria de Recopa disputada en el Camp Nou en 1989. Él estaba en la grada, con una bufanda del Anderlecht. Aquel día pisó el estadio blaugrana por primera vez. Seguramente no podía imaginarse que años después llegaría a jugar con aquel equipo. Lo explica Santi Giménez en su relato “La isla maldita de los Gudjohnsen”, que aparece en el volumen número 5 de “Historias solidarias del deporte”:

 

Eidur Gudjohnsen

 

«De esa época, Eidur Gudjohnsen recuerda que era el fútbol lo que más le apasionaba. “Y eso que sacaba muy buenas notas, pero estudiar no me gustaba nada, no me motivaba. Yo quería jugar a fútbol”. Desde muy pequeño supo cómo funcionaba un vestuario profesional porque después de cada partido en el viejo Contant van den Stock, Eidur bajaba al vestuario para recoger a su padre. Allí era como la mascota de un equipo en el que jugaban tipos de la talla de Milan Jankovic, Marc Degryse, Marc van der Linden, Luc Nilis o Georges Grun. De todos ellos, Van der Linden era su preferido. Formaba pareja en la línea de ataque con su padre y fue el futbolista que le dio una de sus mayores alegrías cuando el 1 de noviembre de 1989 marcó en la prórroga un tanto que eliminaba al Barcelona de los octavos de final de la Recopa. Eidur vio ese partido desde la grada del Camp Nou con una bufanda del Anderlecht y al final del partido bajó a los vestuarios para participar de la kermesse que ahí se vivía. Era la primera vez que pisaba el estadio del Barça”.

Historias solidarias deporte

«Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre», de Sergio Galarza. Candaya Editorial

 

 

“Aquella tarde de primavera, luminosa y asfixiante, mi equipo de fútbol perdía por dos goles, y ambos habían sido culpa mía. Durante la madrugada había chateado con mi hermana Lupe, que vive en Seattle, confirmando la peor sospecha: a nuestra madre, mi vieja, como ella aceptaba a regañadientes que la llamara en una demostración de afecto bruto, no le quedaba mucho tiempo. El cáncer estaba generalizado”.

 

La reseña que hoy publico no corresponde a un libro de temática futbolística. No lo es, al menos, en el sentido que lo son otras obras del género por todos conocidas como “El delantero centro fue asesinado al atardecer” de Manuel Vázquez Montalbán, “Mercado de invierno”, de Philip Kerr o “Aquella edad inolvidable”, de Ramiro Pinilla, por poner algunos ejemplos.

Tampoco se trata de una obra que aparecería en un posible listado de novelas fútboleras. Sin embargo, voy a hablar de él porque, aunque de forma tenue, casi como una insinuación, el fútbol tiene una presencia constante a lo largo de todas sus páginas. Y aunque no actúe como uno de los ejes principales de la narración, está ahí, latiendo, como un ruido de fondo que puede ser escuchado en clave simbólica.

El libro al que me refiero es “Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre”. Su autor es el peruano Sergio Galarza, y está publicado por la Editorial Candaya, siendo la primera edición de marzo de 2017.

En la sinopsis leemos:

Doris Puente fue abogada, creía en las palabras y buscó siempre la belleza en la justicia. Cuando descubre que va a morir, decide visitar por última vez a su hijo menor, un escritor que ama el caos y la noche, y vive en Madrid. Juntos realizarán un último viaje en un intento por reconocerse después de muchos desencuentros. Será entonces cuando ella escribirá el epílogo de su vida, con Bob Dylan como música de fondo, en las carreteras y pueblos de Galicia.

Más que un libro de duelo sobre el dolor y la muerte, este emocionado relato es una historia de formación y de lucha, que tiene como fondo una crisis económica inaudita en España y el azote demencial del terrorismo en Perú. Pero Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre es, sobre todo, la victoria de lo luminoso en lo oscuro, un retrato de una mujer que luchó contra la injusticia y deseó la inmortalidad en el lenguaje, vocación que ella misma contagió a su hijo, el escritor Sergio Galarza Puente.

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Nos encontramos ante una novela contundente, más que recomendable, directa y sin florituras, que pese a su dureza nos demuestra la poderosa capacidad que tiene la buena literatura para apelar a las emociones. Una obra que es como un puñetazo, sin espacio para florituras ni concesiones, un sincero trabajo de introspección en el que los sentimientos quedan al desnudo y en el que no se intentan disimular ni justificar los errores cometidos. Solo la literatura sirve en este caso como analgésico de una memoria dolorosa.

El narrador dibuja un ajuste de cuentas sentimental con su madre, mujer especial, culta, de marcado carácter, una sombra continua en la vida del protagonista y con la que, sorprendentemente, conserva un poderoso vínculo gracias al fútbol, como si de un cordón umbilical que los sigue uniendo a ambos se tratase.

 

“¿Estaba entre sus planes volver a verme jugar al fútbol?

Mi vieja había sido mi soporte cuando empecé a jugar en el equipo del colegio San Agustín en Lima. Era la hincha que exigía que pusiera todo mi talento y garra en la cancha”.

 

En este recorrido autobiográfico el fútbol emerge y desaparece de manera continua, salpicando el relato pero sin llegar a adquirir en ningún momento un papel protagonista. Sin embargo, esa presencia permanente, al menos en mi caso, me lleva a pensar que no estamos ante un simple accesorio, sino a un elemento de carácter simbólico que no puede ser obviado.

Todo cuando se explica transcurre bajo una atmósfera en la que el fútbol es una invisible neblina que está ahí. Es una presencia discreta, que a los no aficionados les permitirá acercarse a la obra desde una perspectiva no futbolística, un elemento que no pretende robar cámara al peso argumental de la historia.

Y, en cambio, sus tenues apariciones hace que quienes sí somos futboleros lo podamos identificar e interpretar desde nuestra vivencia. Muy especialmente cuando determinados pasajes de la lectura nos transporten a una infancia en la que la pelota era uno de los pocos objetos que formaban parte de nuestro día a día.

“En ese universo de patadas donde una línea blanca separa la gloria de la tragedia, todo quedará en la cancha. No hay lugar para la ficción. El marcador no se puede editar a favor cuando ocurre una derrota. En la literatura sí”.

 

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La suave y discreta presencia futbolera, en cambio, adquiere un poderoso simbolismo para quienes somos futboleros. Son apariciones contadas, discretas, casi imperceptibles en el conjunto de la obra, pero, al menos desde mi punto de vista, con un poderoso contenido simbólico.

El autor ha explicado en alguna entrevista que “es un aficionado a jugarlo, pero no a verlo por televisión”. Y, de hecho, su libro debería haber sido de fútbol en principio, pero mientras lo escribía apareció el cáncer de su madre, por lo que se decidió a transformar esos textos en un libro sobre ella.

De momento, la temática futbolera está presente en la producción de Sergio Galarza a través del relato “Donde anidan las arañas”, que aparece en el recopilatorio “Por amor a la pelota. Once cracks de la ficción futbolera”.

Un libro, en definitiva, más que recomendable, que no os dejará indiferentes, que como la buena literatura os dejará una muesca más y no olvidaréis fácilmente. Y desde la vertiente futbolística, si sois futboleros percibiréis en este aspecto el potencial simbólico asociado al fútbol. Si no lo sois, apreciaréis de qué forma el fútbol, en ocasiones, actúa como cuerda que mantiene unidos emocionalmente a una madre y un hijo.

“No disfruto más escribiendo un párrafo con sustantivos sólidos de bajo y batería, adornados con adjetivos como punteos delicados de guitarras de palo, que salvando un gol en la línea o metiendo un pase entre las piernas”.

 

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MÁS INFORMACIÓN

Podéis leer un fragmento en: http://www.candaya.com/antigua/unacancionseleccion.pdf

Y aquí tenéis un par de vídeos relacionados con el libro. El primero es un booktráiler con imágenes de la familia del autor. Y el segundo es una entrevista con Sergio Galarza en la que se habla del libro.

 

 

 

 

 

«El Caimán de Kaduna», de Francisco Zamora Loboch. Editorial 2709 Books

 

 

Nunca, jamás, he visto un caimán, y tampoco nací en Kaduna, pero aquí todo el mundo me conoce como el Caimán de Kaduna”.

 

De esta forma tan (aparentemente) poco ‘futbolera’ comienza “El Caimán de Kaduna”, una original novela escrita por Francisco Zamora Loboch y publicada por la editorial 2709 Books en el 2012. Si bien todo el mundo sabe qué es un ‘caimán’, seguramente no todo el mundo conoce donde se encuentra Kaduna. Yo, al menos, lo desconocía, hasta que he descubierto (nunca te acostarás sin aprender algo nuevo) que se trata de una ciudad situada en la zona septentrional de Nigeria, capital del estado del mismo nombre, y en la que la industria textil, la automovilística y las refinerías de petróleo son las principales actividades económicas.

Pero Kaduna es algo más. Y seguramente los fans de Íker Casillas saben perfectamente a qué hace referencia la combinación de las palabras ‘caimán’ y ‘Kaduna’, puesto que ‘el caimán de Kaduna’ fue el sobrenombre que se puso al portero tras su participación en el Mundial Sub-21, celebrado en 1999 justamente en aquella ciudad nigeriana. Y ahora, “El Caimán de Kaduna” es también esta recomendable novela en la que, evidentemente, sobrevuela la figura de quien llegó a ser considerado mejor portero del mundo.

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Imagen de www.marca.com

En la sinopsis leemos:

Un joven africano, que llega a España con el sueño de convertirse en jugador de un gran equipo de fútbol, termina en la cárcel por un asunto de drogas. Desde allí, entre partidos para matar el tedio y el peculiar encargo de escribir una biografía de su ídolo, Iker Casillas, narra su viaje, sus ilusiones y sus decepciones.

Una historia de fútbol y literatura, mezcla de ficción y realidad, que homenajea a grandes futbolistas mientras mete el dedo en la llaga de la emigración, el racismo y las mafias organizadas alrededor de algunos jugadores africanos.

La primera frase nos introduce ya en el tono general de la novela. Un narrador, encerrado en una prisión con un variado y curioso catálogo de peligrosos malhechores, habla, cuenta, narra. Allí, privado de libertad, el principal enemigo no será la seguridad personal en un entorno con tantos delincuentes peligrosos, sino algo mucho más etéreo e inaprensible pero cuyos efectos, sin embargo, son demoledores: el tedio.

En ese escenario, además de los partidos de fútbol que se disputan en el patio, la palabra se convierte en la única vía de evasión posible. Las conversaciones y los diálogos van fluyendo hasta llegar a uno de los puntos centrales de la historia: la existencia de un misterioso grupo denominado ‘La fábrica blanca’ que se dedica, en exclusiva, a la creación literaria.

 

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Imagen de www.bbc.com

 

Integrado por presidiarios, su misión es la de escribir textos por encargo, de todas las temáticas imaginables, que luego serán publicados en el exterior bajo la firma de reconocidos autores. Haciendo un juego de palabras, se podría decir que ‘la fábrica blanca’ es una auténtica ‘factoría de negros’.

Estás rodeado de auténticos fabuladores, das una patada en la tercera galería y saltan cien historias a cual más original, nada que ver con la vida real de esos cientos de chupatintas que acuden en masa a los concursos literarios en busca de gloria.

 

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Imagen de www.bbc.com

 

En este punto la intervención del narrador será clave, puesto que recibirá el encargo de escribir una biografía de Íker Casillas. Para ello deberá salvar un importante obstáculo, como es el de la necesidad de documentarse y conocer todo cuanto sea posible acerca del portero. Será entonces cuando la novela se vaya componiendo a base de retazos e informaciones que el narrador irá recogiendo tras numerosas conversaciones con diferentes presos que, de un modo u otro, llegaron a estar vinculados a Casillas.

Es el caso, por ejemplo, de Fifirichi, un mexicano que consiguió dar el salto a Europa en su momento y cumplir el sueño de miles de jóvenes, llegando a aterrizar en las categorías del fútbol base del Real Madrid. Desgraciadamente, y como tan a menudo suele suceder, la corrupción existente en este tráfico de jugadores acabó por destrozar su posible carrera y hasta su vida.

 

Entonces me explicó el maestro Ribas que no escondía misterio alguno y que únicamente se trataba de que yo, otro buen portero, escribiese algo así como la biografía de Iker.

 

La historia de Fifirichi, que será una de las principales fuentes de información, en tanto que llegó a conocer los entresijos del Real Madrid de aquella época (aterrizó en la Ciudad Deportiva en 1990, el mismo año que Íker), es muy ilustrativo de lo que “El Caimán de Kaduna” ofrece.

Por un lado, el lector acaba sintiendo que forma parte de las conversaciones de la prisión, de los intercambios orales que se van sucediendo capítulo a capítulo, participando de una historia que avanza de manera muy dinámica, con abundancia de diálogos, lo que permite mantener un tono fresco y desenfadado. No falta el humor ni las referencias a elementos de la cultura africana.

Pero, al mismo tiempo, también encontramos una crítica a la industria en la que se han convertido algunos aspectos relacionados con el fútbol, como el citado tráfico de jóvenes a quienes se les promete un paraíso que puede acabar convertido en un infierno.

 

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Aunque la novela se centra en la figura de Casillas y, de rebote, en el Real Madrid, será disfrutada por cualquier aficionado al fútbol. En el fondo, existe también un reconocimiento justamente a los apasionados de este deporte, sean del club que sean, en tanto que pueden verse representados en las opiniones, los conocimientos y las conversaciones que van componiendo el libro.

En el caso de los seguidores del club blanco les agradará especialmente, pues en la estructura de la trama se van intercalando diferentes aspectos sobre su historia, jugadores y porteros que han defendido su portería, entrenadores, evolución en las costumbres y otras cuestiones vinculadas a la entidad.

Dice el refrán que la boca del viejo huele mal, pero cuenta buenas historias.

En aquellos momentos me habría gustado ponerme a contar historias, al calor de una buena hoguera, con el aliento a algas podridas de la boca de un viejo narrador.

 

Vale la pena destacar que además de la vertiente futbolística de la historia, nos encontramos ante un homenaje al acto de narrar, a la oralidad y la palabra. El interés por la literatura late en todas las páginas, protagonizado por curiosos personajes como Fifirichi, Manolito el Rata, Primo Opare, don Santi, Felipe Neri, Bocha, Chon, el Mangas, Kokú, o Chicharito Evia, entre otros. O dicho de otro modo, traficantes de drogas, secuestradores, asesinos, violadores, atracadores o estafadores.

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Y, pese a ello, entre los muros de aquella prisión brotan son numerosos los actos relacionados con la escritura: creación literaria en ‘La fábrica blanca’, ejemplos de poemas, la escritura de diarios por parte de uno de los responsables del fútbol base, por el propio Íker Casillas, e incluso por el súbdito de un rey, y hasta se cita la existencia de un curioso grupo dedicado a recuperar palabras y modismos locales en el pueblo del portero.

Narrar, escribir, contar. La novela, además de leerla se acaba escuchando, como si nos encontráramos sentados alrededor de un fuego, o en el mismo centro de la acción, participando de las conversaciones que allí se van sucediendo. Unas y otras, entretejidas, acaban componiendo la recomendable historia de “El Caimán de Kaduna”.

 

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FutBlog Capítulo 11: Íker Casillas: de «El Caimán de Kaduna» a suplente en la Champions

 

Hace apenas un par de horas he terminado de leer «El Caimán de Kaduna«, una novela escrita por Francisco Zamora Loboch y publicada por 2709 Books. Escrita en el 2012, se trata de una historia que gira en torno a la figura de Íker Casillas y su evolución y trayectoria como jugador.

Aunque se trata de una novela, gracias al texto conocemos cómo llegó a ser considerado el mejor portero del mundo. Se rememoran, así, algunos de sus grandes momentos, desde su etapa de juvenil hasta su titularidad en el Real Madrid y en la selección española.

Curiosamente, nada más acabar el libro, y todavía con el recuerdo de algunos de los grandes momentos futbolísticos que Casillas nos ha ofrecido, echo un vistazo a Twitter y me encuentro con esto:

 

A esto lo llamo «premonición a la inversa«.

«Manchón, Candel y Salvador, tridente de fútbol, barrio y literatura», por Miguel Ángel Ortiz Olivera

 

Hace poco más de dos semanas, Miguel Ángel Ortiz (autor de «Fuera de juego» y «La inmensa minoría«) publicaba en la revista Panenka un magnífico artículo titulado «Manchón, Candel y Salvador, tridente de fútbol, barrio y literatura«. El texto giraba en torno a la curiosa relación que estos tres personajes habían tenido, vinculados por la pertenencia a un mismo barrio (la Zona Franca de Barcelona), y, también, gracias al fútbol y la literatura.

Al final del artículo se hace una referencia a este blog como parte de las fuentes documentales para la escritura del texto. Aquí tenéis el artículo completo.

Disfrutarlo porque vale la pena 🙂

 

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La vida, en ocasiones, se compara con un círculo y ya los griegos dudaban de la existencia de algo más perfecto. En nuestros tiempos, posiblemente no exista uno más prestigioso que el balón. Esa esfera de cuero que, como la vida, bota libre y rebota traicionera, se nos escapa en un mal control, y en muchas jugadas termina perdiéndose por la línea de banda aunque nos dejemos el alma corriendo tras ella.

Dedicó Francisco Candel, en su novela Han matado un hombre, han roto un paisaje (1959), unas líneas a un abollado campo de fútbol que se formó en su barrio de Can Tunis, a fuerza de pisar la tierra. Allí, «las pelotas, debido a las desigualdades del terreno, rebotaban cual si fueran lanzadas con efecto, igual que en el billar, marcando tantos complicados, desconcertantes y geométricos». Tres adjetivos que describen sus inicios como escritor. En 1956, tras años complicados, publicó su primera novela gracias a la desconcertante ayuda de un futbolista de su barrio, Eduardo Manchón. Un año después, a raíz de la publicación de la segunda, tuvo que refugiarse en la casa de otro novelista que, curiosamente, había publicado en 1955 una novela con dos ladrones y un futbolista como protagonistas. Su apellido tenía mucho de presagio geométrico: Tomás Salvador.

El balón redondo. La esfera perfecta. El viaje de la vida.

EL NOI DEL BARRAQUER CONQUISTA LES CORTS

Francisco Candel había visto a Eduardo Manchón correr tras el balón en campos de tierra similares a los de su novela. Cuando Manchón solo era el pequeño Eduardo, mataba las tardes jugando al fútbol en la polvorienta carretera del puerto con pelotas hechas de trapos viejos que birlaban a gitanas aún más viejas. Candel compartía aula con Eduardo, y conocía la historia de su familia: sus padres habían llegado a Can Tunis desde Lorca con los bolsillos llenos de hambre y miseria, en busca del dorado que ofrecía la moderna Barcelona.

Como muchos otros emigrantes, sin embargo, acabaron viviendo en una de las cientos de barracas que moteaban la falda de Montjuich, lejos de la ciudad resplandeciente. Su padre trabajaba como barraquero del campo de Casa Antúnez, el modesto club del barrio. Y a Eduardo lo bautizaron como El noi del barraquer: así de sencilla era la vida en Can Tunis. Siendo juvenil comenzó a jugar en el Casa Antúnez. Había estudiado para mecánico, pero en las tascas del barrio se apostaba por otro destino: sería futbolista. Al cumplir la mayoría de edad, fichó por el Barcelona Amateur de Biosca, Bosch y Eloy. Ganaron el Campeonato de Forofos de 1949, con Manchón como héroe de la final: contra el Indautxu marcó el gol que abría la lata y el que sentenciaba con el definitivo 3-2.

Ese mismo año lo cedieron al SD España Industrial, filial del FC Barcelona. Los vecinos de Can Tunis brindaron muchas veces por sus goles aquella temporada, y en 1950, celebraron por todo lo alto que fichaba por el FC Barcelona. Las gitanas, entonces, aseguraron haberlo leído en la mugrienta palma de su mano cuando todavía era un mocoso. Y los más viejos, mientras se anudaban el pañuelo al cuello, advertían que al chiquillo todavía le quedaba por madurar. Manchón corría sobre la línea de cal como si, en vez de un alambre, fuese una autopista. Y por el barrio bromeaban que se había curtido corriendo de la pestañí.

El noi del barraquer rompía la cintura de los laterales con el mismo descaro que bailaba con las mozas en la verbena. Y el 8 de octubre de 1950, frente al Valencia, Daucik le dio la oportunidad de bailar sobre la cal tras la expulsión del argentino Nicolau. Manchón saltó al campo, marcó el gol de la victoria y la banda de Les Corts, desde aquella tarde, tuvo nuevo dueño. En Can Tunis no hubo tasca en la que no se viese amanecer entre chiquitos y fandangos.

UN FUTBOLISTA CON BIBLIOTECA Y UN NOVELISTA SIN LIBROS

Un futbolista solo tiene una oportunidad para escribir la jugada. El balón es su lenguaje, su palabra. El regate, su adjetivo. Con un pase, pone un punto, y con una pared, un punto y seguido. De nada sirven los bocetos; en un partido no hay opción de tachar, pulir, planchar y retocar hasta que la frase suene perfecta. Cuando el balón le llega a las botas, el futbolista redacta la jugada del tirón, de nada le valen los sinónimos si el adjetivo no es el adecuado. Solo si escoge bien cada palabra, cada regate, cada punto y seguido, escuchará el murmullo de la red: la expresión máxima de su poesía.

A Francisco Candel nadie le decía dónde había poesía y dónde no. Él la encontró en callejuelas sucias, en oscuras tascas, en un enjambre de niños andrajosos que habían aprendido corriendo tras un balón que la vida es demasiado dura para tener los pies blandos. Durante años, había escrito cuentos sobre lo que escuchaba en las aceras del barrio. Por ellas paseaba su poesía porque la poesía, en realidad, se esconde en los ojos del que mira. Y él había decidido mirar dónde otros apartaban la mirada. Su Macondo sería la otra Barcelona que crecía a la sombra de Montjuich: la de las barracas de techos de uralita a la que la Ciudad Condal daba la espalda.

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Por eso se sentía orgulloso de que El noi del barraquer hubiese conquistado, con su baile de piernas, la ciudad que crecía al otro lado de la montaña. Aunque le habían cambiado el mote por el de El bicicleta, la fama no le había cambiado. Los niños coreaban los nombres de la mítica delantera de Les Cinc Copes, y las jovencitas suspiraban por sus huesos; pero Manchón solía pasearse por Can Tunis como uno más, charlar con los vecinos, invitar a unos tragos a los viejos amigos. Y telefonear a Candel periódicamente para ver cómo seguía la vida por el barrio.

Nadie —ni Candel ni, posiblemente, el propio Manchón— imaginaba que 1956 sería la última temporada del extremo en el FC Barcelona. Ni tampoco que esa campaña marcaría su gol más literario. Una tarde, Candel y el futbolista se encontraron por casualidad en el barrio. Tras el apretón de manos, Manchón le preguntó si seguía dibujando:

«—No, ahora escribo, he acabado una novela.

—Qué dices. ¿Cuándo la publicas?

—¡Hay! Eso… Sabe Dios si lograré publicarla. No conozco a nadie.

—Pues yo sí conozco a un editor. Se llama Janés y a veces baja a vernos al vestuario y nos regala libros. Le hablaré de ti.»

Aquella tarde, Manchón lo invitó a su casa para que viera su biblioteca.

«—Fíjate qué de libros, no me los leo ni en broma», le dijo.

Candel pasó la yema de los dedos por los lomos encuadernados. «Y como el mundo está lleno de casualidades», contó años después en El País«a mí me llevó definitivamente a la literatura el futbolista del Barça». Manchón cumplió su palabra y, en una visita al vestuario del poeta y editor barcelonés, le habló de su vecino escritor. Aunque, en realidad, Janés ya tenía referencias de un tal Candel que había presentado su novela al Premio Nadal y, aunque no había ganado, había obtenido dos votos del jurado, uno de ellos de su amigo Sebastián Juan Arbó.

Un día, el hermano de Manchón apareció en el felpudo de Candel.

«—Oye, que dice mi hermano que te editan la novela.»

Entusiasmado por la noticia, Candel le pidió más detalles, pero el otro se encogió de hombros y dijo que solo cumplía con el recado. Poco después, Candel atravesaba el vestíbulo del cine Bohème, al lado del Arenas. Se encontró con Manchón, que le confirmó la buena nueva. Unos meses después llegó a las librerías Hay una juventud que aguarda, con prólogo de Tomás Salvador.

DOS LADRONES Y UN FUTBOLISTA

Tomás Salvador sabía mucho de ladrones. No en vano, había dedicado media vida a perseguirlos. La otra mitad, se la había entregado a la escritura. Y había aprendido que el escritor, aunque lo camufle con adjetivos, tiene mucho de ladrón de guante blanco: para engendrar personajes vivos en la página, debía robar sigilosamente pedacitos de vida a los demás.

En 1955, había publicado Los atracadores. Sus protagonistas —dos ladrones y un futbolista— forman la banda de los “Los Corteses”. Ciertos pasajes discurren en campos de tierra como el de Nevín, en la periferia de Barcelona, donde Chico Ramón defiende los colores de la Asociación Deportivo Carranza. En aquel fútbol de Segunda Regional, se recomendaba tomar mucho azúcar y pocas grasas. Había que cuidarse del café, sustancia dopante que solía reservarse, junto a la copa, para los goleadores. Chico Ramón juega con un sueño anudado a las botas: que un patrón, o el propio Samitier, le fiche para su club. Pero su entrenador, Míster Penalty, sabe que pocos alcanzan el sueño:

«Generalmente los aficionados se desanimaban o se marchaban a un club de mala muerte cuando cumplían los veinte años. Era la edad peligrosa. La edad de las mujeres, de las ambiciones, de la impaciencia».

Manchón había escrito la historia opuesta: la del chico de barrio que asciende a la cumbre futbolística. Con el FC Barcelona, había vivido siete campañas trufadas de títulos. Sin embargo, el círculo no se había cerrado. En 1957, «la llegada del uruguayo Ramón Villaverde», contó Enric Bañeres, «le relegó a la suplencia en una época en la que no estaban permitidos los cambios durante los partidos y no ser titular suponía el olvido». Manchón, muy a su pesar, pidió la baja y abandonó el club de su vida después de anotar 81 goles en 201 partidos. Fichó por el Granada. Cuando se enfrentó a su ex equipo, en el recién inaugurado Camp Nou, los culés vencieron por 4-1. El gol de la honra granadina lo anotó Manchón, y se llevó una ovación cerrada como si lo hubiese convertido un jugador local.

Ese año, su amigo Francisco Candel publicó su segunda novela, Donde la ciudad cambia de nombre, y recibió de todo menos aplausos de los suyos. El revuelo que se formó en Can Tunis fue tal, que muchos vecinos aprendieron a leer solamente para saber qué contaba en el dichoso libro. Decían que Candel había escrito las cosas íntimas de los vecinos: que si la muerte de fulano, que si mengano espiaba a las vecinas por un agujero en la pared, las broncas de tal con la parienta, las palizas de pascual a los hijos.

Los vecinos sentían que les habían robado algo suyo. Y lo esperaron en la puerta de su casa para zurrarlo. Y lo insultaron por la calle. Y algunos incluso decidieron unirse y llevarlo a juicio. A Paco Candel solo le quedó esconderse como un vulgar ladrón, y lo hizo en la casa de su buen amigo —y policía— Tomás Salvador.

UNA VIDA, UNA PASIÓN, UN BARRIO

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Manchón no olvidaba Barcelona. Tras su paso por el Granada, militó una temporada en el Deportivo de la Coruña, en Segunda División. Pero no se encontraba como futbolista ni tampoco como hombre lejos de sus raíces. Decidió volver: fichó por el CA Iberia, el equipo de Can Tunis, a pesar de que jugaba en Tercera. En su barrio, disfrutó de nuevo del fútbol. Y sintió que el círculo, al fin, se cerraba. Dos campañas después, se retiró en el Centre d’Esports d’Hospitalet, también en Tercera. En sus últimos 29 partidos, anotó 9 goles.

Su apellido venció al tiempo con la mítica canción de Serrat, Temps era temps«Panallets; penellons; Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón»; versos que, a toda una generación de barcelonistas, traían los ecos de una época dorada de la historia del club. Muchos, de hecho, no entendían que con su calidad solo hubiera jugado un encuentro con la Selección, en 1954, ante Turquía en Estambul. Algo que no impidió que muchas personalidades, como Vázquez Montalbán, recordasen los milagros de aquellos cinco delanteros: «Los dos [Serrat y yo] nos hicimos del Barça por obra y gracia de Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón»

Manchón jugó con los veteranos del Barcelona hasta los 75 años. Colaboró en la celebración del 25º aniversario del Hospitalet, en 2007. Y cedió su apellido para apadrinar el campeonato anual de fútbol playa de Coma-Ruga. El balón siempre lo había acompañado, y lo haría también al final de sus días. Tras contraer un cáncer, se saltó algunas sesiones de tratamiento cuando coincidían con los partidos en Coma-Ruga. El fútbol le daba más vida que la quimioterapia.

Murió días antes de que se rindiera homenaje, en el Camp Nou, a los 60 años de su debut en Les Corts: aquel partido —lejano en el recuerdo, pero vivo en la memoria— en que Manchón salió del banquillo, bailó sobre la línea de cal y marcó el gol de la victoria. Aquel día en que todo un barrio brindó por una vida llena de goles y gambetas para El noi del barraquer.


FUENTES:

El fútbol como memoría sentimental del extrarradio en La inmensa minoría, David García Cames, Universidad de Salamanca.

Más sobre Eduardo Manchón y la literatura, Alfonso Morillas, blog FC de Lectura.

El quinto jinete, Enric Bañeres, La Vanguardia.

Presentación «Letras y Fútbol 2017»

 

 

El martes se presentó la nueva edición de Letras y Fútbol, los encuentros de literatura y fútbol organizados por la Fundación Athletic Club y la Biblioteca Foral de Bizkaia. En el acto de presentación participó el escritor David Safier, quien conversó sobre literatura, fútbol y humor con la periodista Txani Rodríguez.

La edición de este año de «Letras y Fútbol» se desarrollará durante los días 20, 21, 27 y 28 de noviembre, y en sus diferentes sesiones participarán autores como Jonathan Wilson, Michael Calvin, Sid Lowe, Miqui Otero, Laura Fernández, Jon Maia, Juan Luis Zabala, Gari, Miguel Angel Ortiz o Belén Gopegui, que dialogarán sobre la relación entre el fútbol y las letras y, también, con la sociedad contemporánea, desde diferentes perspectivas y planteamientos.

 

 

Letras y Fútbol 2017 contará este año con el Athletic Club de Lectura, campaña de promoción de la Lectura que la Fundación pone en marcha anualmente desde hace ya tres años. Se trata de una iniciativa mediante la cual cualquier persona puede sugerir a través de la web Letras y Fútbol la lectura de un libro a jugadores y jugadoras del Athletic. De todas las sugerencias recibidas, cada jugador o jugadora elige una y a partir de esa elección, la Fundación organiza un club de lectura. Este año se añade la novedad de que el AC de Lectura se extiende durante toda la temporada, ya que los jugadores y jugadoras serán anunciados uno a uno en los próximos meses. El primero es Mikel Rico y ya se pueden hacer para él sugerencias de lectura en la web letrasyfutbol.com

Por último, con motivo de Letras y Fútbol, se editará el cuento “Replay”, escrito para la ocasión por David Safier en el centro del campo de San Mamés y del que se repartirán 20.000 ejemplares en Bilbao a partir del 13 de noviembre, en bibliotecas, librerías y otros espacios.

Letras y fútbol, David Safier y San Mamés

 

 

El próximo martes 10 de octubre a las 19:30 horas en San Mamés VIP Área, la Fundación Athletic Club organiza un encuentro con el célebre autor alemán David Safier, autor entre otros de los bestsellers Maldito KarmaJesús me quiere o Una familia feliz.

El título del encuentro es “Literatura, fútbol y humor” y estará moderado por la periodista Txani Rodríguez.

El acto se enmarca en la edición de 2017 de Letras y fútbol, encuentros de literatura y fútbol organizados por la Fundación Athletic Club y la Biblioteca Foral de Bizkaia, con el patrocinio principal de Euskaltel.

Durante la presentación se hablará del cuento Replay, escrito por el propio David Safier en el centro del campo de San Mamés, y del cualse editarán 20.000 unidades en euskera y castellano que serán liberadas en Bilbao, a partir del 13 de noviembre, en librerías y bibliotecas.

Espectacular el vídeo promocional:

 

 

Menudo karma, ¿no?