«Los fantasmas de Sarrià visten de chándal», de Wilmar Cabrera. Editorial Milenio

 

 

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Hace tiempo escuché a un escritor decir que a la mayoría de las novelas le sobran 200 páginas. Se refería, claro está, a las que sobrepasaban las 400 o 500. Durante una época de mi vida dejaba caer esa cita cada vez que tenía ocasión, pues me parecía que me hacía más intelectual y conocedor de los entresijos de la alta literatura. Una chorrada como tantas otras de las que acostumbro a soltar en cuanto puedo.

Hoy me reafirmo en la idea de que el número de páginas a veces es importante. Y no porque sobren, sino justamente por todo lo contrario. Porque esas 200 páginas que a aquel autor le sobraban hoy las he echado en falta. Y cuando eso ocurre solo hay una explicación: se está disfrutando tanto que uno no querría que la historia acabara.

Viene todo esto a cuento de la magnífica “Los fantasmas de Sarrià visten de chandal”, una novela de Wilmar Cabrera a la que, ya lo he dicho, me habría gustado que se hubiera prolongado durante 200 páginas más. Un número –el 200- con el que casualmente antes de tener la oportunidad de leer el libro ya se produjo un cierto intercambio. Fue cuando publiqué el artículo con el que conmemoraba el post número 200 del blog. Para celebrarlo, no se me ocurrió otra cosa que publicar 11 páginas 200 de 11 novelas futboleras. Como aún no había tenido la ocasión de leer la novela de Wilmar, contacté con el autor para que me facilitara, al menos, una fotografía de la página 200 de su novela. Su respuesta fue: “Te lo agradezco, pero mi novela tiene menos de 200 páginas”.

Visto lo visto, Wilmar, no sabes cuánto me habría gustado que las tuviera. O 200 más 😀

Sinopsis

 

Es verano y mientras en Sudáfrica se realiza el Mundial de Fútbol 2010, a cientos de kilómetros de allí, en Barcelona, tres inmigrantes disímiles, un exfutbolista argentino, un periodista colombiano y un gángster búlgaro, se toman la tarea de revivir el partido Italia Brasil del Campeonato Mundial de España 1982. Lo hacen con el fin único de crear un ¿falso? tour que atraiga a los visitantes llegados a la Ciudad Condal. Un tour que recorra las calles y plazas que reemplazaron al estadio de Sarrià, entre el triángulo marcado por la avenida del mismo nombre, la General Mitre y la calle doctor Fleming. Los tres quieren aprovechar el flujo de turistas para venderles la ruta, la historia y simulados souvenirs –incluso hierba de un campo que ya no existe-. Sin embargo, su idea se ve truncada cuando intentan convencer al jardinero que cuidó el césped durante cuarenta y tres años para ser el guía del recorrido. El viejo prefiere seguir en un geriátrico, en donde se recluyó, queriendo olvidarse del fútbol, tras la demolición del estadio en 1997.

Los fantasmas de Sarrià visten de chándal, más que una novela, es una “almazuela literaria” que mezcla, agrupa, contiene, incorpora y combina: ficción, crónica deportiva, realidad, periodismo, inmigración, soledad, olvido, supervivencia y turismo futbolero. Una historia para leer más allá de los 90 minutos.

“Revivir un partido mítico como la derrota de Brasil frente a Italia en el Mundial de España  regala grandes momentos de disfrute en esta novela”. David Trueba.

Estructura

La estructura de la novela no podría ser más futbolera: once capítulos que incluyen tres niveles de lectura. Por un lado, la historia de los protagonistas, Wolframio Caballero y José Wenceslao Novac Irigoyen, y su surrealista proyecto de convertir la memoria del antiguo estadio de Sarrià en una ruta turística, impulsada por el búlgaro mafioso Dimitar Zehirov.

Un segundo nivel que es una auténtica disección de un partido de fútbol para recomponerlo en forma de ofrenda literaria: el legendario Italia-Brasil que se disputó en Sarrià en el Mundial 82.

Y, por un último, un tercer nivel, más breve y conciso, pero no por ello menos interesante y ameno, el de los apuntes que Wolframio va registrando en su “Cuaderno de notas” tras recibir el encargo del búlgaro de ir preparando el folleto publicitario para la ruta turística.

Imagen de http://www.jotdown.es

Las tres capas de lectura se complementan a la perfección, ofreciendo al lector tres perspectivas de una misma historia. Una composición en la que las tres partes independientes acaban construyendo el todo, como sucede en un caleidoscopio.

Los fantasmas de Sarrià visten de chándal” nos ofrece un detallado desglose de uno de los partidos más míticos de la historia del fútbol: el Italia-Brasil del Mundial 82. El autor aplica el microscopio y desmenuza el partido para volverlo a mostrar a partir de la gran cantidad de detalles que en él se pueden encontrar. Detalles que no solo se limitan a lo futbolístico (una alineación, una jugada, un gol…) sino que también contienen una gran componente emocional, y que nos muestra a algunos de sus protagonistas desde el punto de vista de lo que son: futbolistas, pero también personas.

Explica Wilmar Cabrera que uno de sus objetivos en relación con la literatura futbolera es el de intentar ir más allá de la mera descripción futbolística, alejarse del terreno tan habitual que se limita a aproximarse al fútbol desde una óptica más periodística que literaria. El fútbol, dice, también puede ser materia literaria. En torno a él también hay vida, y la vida puede ser explicada en igualdad de condiciones aun cuando el fútbol sea el escenario principal. Y cita como ejemplo de esta idea la novela de Ramiro PinillaAquella edad inolvidable”.

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No solo estoy totalmente de acuerdo con él, sino que, en mi opinión, en “Los fantasmas de Sarrià visten de chándal” consigue que eso sea así, que el fútbol sea el cemento para construir una novela como cualquier otra cuyo tema fuera de tipo más “literario”. Aquí, lo que al final queda, además de aumentar nuestro idilio hacia un espectáculo histórico como fue aquel partido, es la sensación de que gracias al fútbol hemos conocido a unos personajes y unas vidas.

Lo que al final queda es el recuerdo de lo vivido, las ilusiones, las expectativas, la emoción vital que nos empuja a continuar adelante. Y eso, en esta novela, lo encontramos perfectamente descrito gracias al telón de fondo de dos episodios futbolísticos: el partido Italia-Brasil y la memoria del estadio de Sarrià.

Imagen de www.eldomingoalascinco.com

Tal y como explica el propio autor, nos encontramos ante una historia de transformaciones con el fútbol como motor de cambio. La transformación de un periodista en falso futbolista, y la transformación de un estadio en un conglomerado de viviendas. Un contenedor de historias en el interior del cual encontramos crónica deportiva, ficción, realidad, periodismo, supervivencia, inmigración, soledad…

Y también nos encontramos ante una contraposición entre dos modelos del fútbol. El de antes, en el que quien dominaba eran los futbolistas, representado por el jardinero, que tras la demolición del estadio se interna en un geriátrico, desaparece, como ha desaparecido su vida, y el del negocio actual, simbolizado por la sustitución del campo de fútbol por viviendas, por la sustitución del juego por el negocio inmobiliario.

Fútbol y literatura

Que el fútbol pueda ser considerado materia literaria de primera división y no de la tercera territorial es una de las intenciones del autor ya indicadas. La literatura, también lo he dicho ya, forma una excelente pareja con el fútbol en esta novela. Y, por si fuera poco, esa relación se remata con numerosas referencias a obras y autores repartidas a lo largo y ancho del terreno de juego del libro.

Así, por sus páginas no solo desfilan citas de autores como Juan Villoro o Dante Panzieri, sino que encontramos referencias a Osvaldo Soriano, Peter Handke, Enrique Vila-Matas e incluso a “La plaça del diamant” de Mercè Rodoreda.

Un tema acerca del cual tuve oportunidad de hablar con el autor el día que pude conocerlo. Una muy agradable conversación que espero no tardar en repetir.

Y para los que somos unos amantes de este tipo de referencias en los libros tenemos un regalo extra, como es el caso de las referencias cinematográficas, e incluso musicales, que van apareciendo dispersadas entre las páginas del libro. Y alguna escena, como la pasión del búlgaro por cierto cantante es impagable.

 

Jardines del Campo de Sarrià, imagen de www.barcelona.cat

Wolframio y Wenceslao, o Valentí y Fermín, son parejas de personajes que perfectamente podrían haber coincidido con Carvalho y Biscuter en alguna de las novelas de Vázquez Montalbán. Gentes que intentan tirar hacia adelante como pueden, algunos (Wenceslao y Wolframio) con más esperanza que otros (Valentí y Fermín, en el final de sus vidas). Los unos en fase de reconstrucción tras haber superado una etapa que ya no volverá (la de futbolista, en el caso de Wenceslao). Los otros, a la espera del derribo definitivo, apartados ya de toda circulación, como Valentí y Fermín.

Especialmente significativo es el caso de Valentí, jardinero durante más de 40 años del estadio de Sarrià. Aquel césped era su vida. El fútbol era aquel césped. Desaparecido el uno, desaparecido el otro. Y a partir de entonces, el aislamiento. El derribo. La desaparición.

Y todo ello con el telón de fondo de una identificación geográfica muy concreta y precisa, que hace que la novela se convierta también en un homenaje a una cierta zona de Barcelona, con numerosas referencias geográficas que, al menos a mi, me hacen entrar ganas de “recorrerla” y pasear por los lugares que aparecen.

Una novela en la que los dualismos son continuos, con una historia de parejas encabezada por la que para siempre será una de las más distinguidas y elegantes de la historia del fútbol: la formada por Italia y Brasil.

(Por cierto: “bonaerense” y “baronense” solo se diferencien en una letra “e”. ¿Otro dualismo?)

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Una novela, en definitiva, que es una pequeña joya en la que el autor combina diferentes y variados ingredientes para conseguir su objetivo: que el fútbol sea la excusa y el contexto para tratar temas universales. Para demostrar, nuevamente, que el fútbol y la literatura, cuando van de la mano, tienen mucho que decir.

Una historia llena de detalles a los que regresar, de referencias que releer, de ángulos desde los que aproximarse, rica en matices, y que, como al principio decía, me habría gustado hubiera tenido 200 páginas más 😀

MÁS INFORMACIÓN

Podéis leer el primer capítulo de la novela desde este enlace.

En este otro tenéis diferentes referencias aparecidas en prensa sobre la novela. Y aquí una entrevista con el autor.

En este vídeo tenéis una breve entrevista con el autor alguna opinión sobre la novela:

 

Este es el mapa de la novela:

 

Y aquí tenéis un booktráiler:

Diez años de la Champions del Barça en París, «Tenim un nom» y Vicenç Villatoro

 

Hoy os traigo una auténtica asociación en la que fútbol y literatura combinan y organizan una jugada que va desde la Edad Media hasta el día de hoy. Bueno, tampoco esperéis gran cosa, que no soy Umberto Eco. Y, como podréis imaginar, la pared literario-futbolística que me dispongo a describir no deja de tener un punto estrambótico. Pero es lo que hay. Así que vamos allá.

El año 2016 está dedicado en Catalunya a la figura de Ramon Llull, uno de los escritores y pensadores más destacados a nivel europeo de toda la Edad Media. Ramon Llull también da nombre a un prestigioso premio literario, ganado hace seis años por Vicenç Villatoro. Y Villatoro ganó ese premio con la novela «Tenim un nom» («El sueño de París«, en la edición en español), cuyo escenario de fondo es la Champions que el Barça ganó en París en el 2006, y de la que hoy, 17 de mayo, se cumplen exactamente diez años.

La historia de la novela es la siguiente:

Un periodista y su hijo adolescente viajan juntos a París para asistir a la final de la Champions, que jugará el F.C. Barcelona contra el Arsenal inglés. Distanciados desde hace unos años, padre e hijo participarán de la épica del deporte rey y la compartirán con todos los aficionados del campo. Al mismo tiempo, padre e hijo intentarán reconstruir su relación y recuperar, por fin, el tiempo perdido.

Vicenç Villatoro presenta una maravillosa historia repleta de personajes marcados por el pasado: una fascinante narración que nos habla del amor, del paso del tiempo, de las renuncias personales y de la difícil comunicación entre las personas.

¿Lo véis? Gracias al fútbol y la literatura hemos viajado desde la Edad Media hasta el presente pasando por la Champions de París. Un París que protagoniza el título de la versión en castellano de la novela: «El sueño de París«.

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10 de mayo, Ignacio Martínez de Pisón y el gol de Nayim


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Hoy, día 10 de mayo, se cumplen exactamente 21 años de uno de los goles más espectaculares que recuerdo. Fue en 1995, durante la final de la Recopa que el Zaragoza y el Arsenal jugaban en París.

La espectacularidad de gol presentaba tres facetas: la de su gran dificultad, la de su impactante belleza y la de lo que aquel gol, conseguido desde 40 metros en el último minuto de la prórroga de una final europea, significó.

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Ignacio Martínez de Pisón, en su obra «El siglo del pensamiento mágico«, publicada en la colección Hooligans Ilustrados de Libros del K.O., lo (d)escribe así:

Me acuerdo de cuando cayó en mis manos “Fiebre en las gradas”, el libro en el que el británico Nick Hornby recreaba la evolución sentimental de un joven a través de su condición de seguidor del Arsenal. Lo primero que hice fue buscar en el índice las páginas dedicadas al 10 de mayo de 1995, pero la narración concluía con un partido contra el Aston Villa de 1992 y no hablaba de la final de la Recopa que ese 10 de mayo enfrentó al Arsenal y al Zaragoza en el Parque de los Príncipes de París. Se llegó con empate a uno en la prórroga y, cuando ésta estaba a punto de terminar y todos nos preparábamos para la tanda de penaltis, ocurrió lo inesperado. Nayim recibió el balón a la altura de la línea central y, casi sin pensárselo, lo lanzó hacia la portería defendida por David Seaman. El balón subió y subió hasta rozar el cielo de París, y luego descendió en busca del único hueco posible entre el desesperado bracear de Seaman y el larguero de su portería. Aquello no fue un gol: aquello fue un milagro.”

Y aquí tenéis el gol.

28 de abril, Simon Kuper y la tragedia de la selección de Zambia

 

Imagen de www.diariosdefutbol.com

Chabala, Muanza, Changue, Chomba, Kangua, Watiyakeni, Makinka, Mulenga, Mutale, Soko, Muila, Chansa, Muitua, Masuwa, Chikualakuala, Banda y Simamba.

¿Os dicen algo estos nombres? Reconozco que a mi, hasta ayer mismo, no me sonaban de nada. Pero gracias al calendario he conocido sus nombres y su historia. Un episodio triste y trágico, pues se trata de los nombres de los futbolistas de la selección de Zambia que fallecieron el 28 de abril de 1993 en un accidente de avión.

Venían de ganar por 3 a 0 a Islas Mauricio en un partido de clasificación para la Copa África, y se dirigían hacia Dakar, donde jugarían el siguiente partido frente a Senegal, en este caso correspondiente a la fase de clasificación para el Mundial de 1994 de Estados Unidos. Una clasificación que era todo un sueño para la que se estaba revelando como una brillante generación de futbolistas. Un sueño que quedó truncado por culpa de un trágico accidente de avión.

Encontraréis información sobre el trágico suceso en este artículo que publicó el diario El País, y en este otro de la página Diarios de Fútbol.

Y también aparece una referencia al accidente en el fragmento que tenéis a continuación, correspondiente al libro «Fútbol contra el enemigo«, de Simon Kuper y Contra Editorial, y en el que se recuerda aquel triste 28 de abril.

            Etiopía fue una de las veintisiete selecciones africanas que pudo disputar todos los partidos de la fase de clasificación para el Mundial de Estados Unidos. Su primer partido fue contra Marruecos en campo contrario. Los etíopes volaron vía Roma, donde sus cinco mejores jugadores solicitaron asilo político. Solo quedaban ocho jugadores para disputar el partido, por lo que tuvieron que echar mano, para completar el once inicial, del portero suplente, del segundo entrenador y de un amigo. En el descanso, dos de los «fichajes» de última hora no podían con su alma y Marruecos ganaba ya por 5 a 0. Al empezar la segunda parte, tres jugadores etíopes más se rindieron y, con solo seis jugadores sobre el terreno de juego, el árbitro decidió dar por concluido el encuentro. Etiopía no se clasificó para el Mundial.

            Pero lo que le pasó a Zambia por falta de presupuesto fue muchísimo peor. Y es que los integrantes de su selección murieron cuando el avión en el que viajaban a Senegal para disputar un partido clasificatorio se estrelló en el Atlántico el 28 de abril de 1993, cerca de la costa de Gabón. El avión que se suponía que tenía que cubrir 4.800 kilómetros desde Lusaka hasta Dakar, no era más que un pequeño avión militar diseñado para cubrir trayectos cortos. La Federación de Fútbol de Zambia no había podido costearse un avión de línea regular. Cuando se conoció la tragedia, la indignación en Zambia fue mayúscula y las cosas empeoraron cuando los ministros responsables de las investigaciones se trasladaron a Gabón en el potentísimo Douglas DC-8 presidencial. «Jamás en la vida se lo perdonaré a la Federación», declaró Albert Bwalya, quien no había sido seleccionado por discrepancias económicas.

            Pero la falta de presupuesto no fue, como me explicó Burkhard Ziese, un alemán que había entrenado a Ghana, la única causa de la tragedia: «Ten en cuenta que volar en aviones militares no deja de ser más lucrativo tanto para dirigentes como para jugadores. Como no tienes que pasar el control de la aduana, puedes comprar gran cantidad de jabón, perfumes, ginebra y whisky de alta gama a precio muy bajo, y ganar algo vendiéndolo en Ghana».

 

Fragmento de “África (en pocas palabras”, en “Fútbol contra el enemigo”, de Simón Kuper. Contra Editorial, 2012

 

Imagen de www.bbc.co.uk

Post número 200

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Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a traicionar el principal precepto de la religión fundada por mi admirado Enrique Vila-Matas: voy a celebrar un número redondo. Porque me hace gracia e ilusión hacerlo. Y aunque a partir de mañana volveré a diluirme entre las fanáticas hordas de quienes estamos “Para acabar con los números redondos” (tal es el nombre de nuestra particular biblia, santas escrituras nacidas de la sapiencia de nuestro maestro) hoy me puede la tentación, mi inquebrantable fe se rompe en mil pedazos para caer en el pecado y no tengo ganas de oponer resistencia.

¿Y qué celebramos?”, grita la muchedumbre que se manifiesta por las principales urbes del planeta. Pues, ni más ni menos, que este artículo lleno de impurezas, fruto de la misma fragilidad manifestada por Adán ante la manzana venenosa, es el número 200 de este modesto espacio virtual en el que fútbol y literatura comparten órbita.

Como no soy especialmente cuidadoso a la hora de controlar los guarismos (¡qué ganas tenía de colocar el término “guarismo” en un post!), debo reconocer que casi se me escapa la efeméride. Y que, un poco más, y un día me doy cuenta de que llevo 217, 235 ó 279 artículos. Cifras, estas sí, dignas de ser alabadas según la normativa promulgada por nuestro guía espiritual. De hecho, ya me pasó con el número 100, que si no celebré no fue por falta de ganas de pecar, sino porque ni siquiera me enteré de su llegada.

Imagen de www.escudodehielo.blogspot.com

Dicho esto, y habiendo decidido que esta vez sí, que estaba dispuesto a transgredir el gran libro y arriesgarme a ser expulsado al numérico infierno del aburrimiento, solo me faltaba un detalle por resolver. “Vale, chaval. ¿Y cómo lo celebramos?”. Sabia pregunta.

Hace por lo menos catorce (simbólico número) artículos que me devano los sesos en busca de una respuesta a tan peliaguda cuestión. Y hace al menos ocho posts que encontré la solución. Desgraciadamente, a la contraseña que me iba a permitir abrir el cofre del tesoro no llegué por méritos propios. No fue mi capacidad creativa, mis dosis deductivas, mis facultades improvisadoras las que me llevaron hasta la línea de meta. ¡Qué más quisiera yo que ser un cerebrito de soluciones brillantes ante enigmas indescifrables!

No. Lo que ocurrió fue mucho más simple y prosaico, más fortuito y azaroso, más inverosímil y rocambolesco. Lo que ocurrió fue una demostración más de que el universo se rige por una woodyallenianense ley filosófica que no falla nunca: deja que la chiripa lo resuelva por ti.

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Y la chiripa, en mi caso, actuó hace unas dos semanas, justo cuando descubrí que el 200 asomaba su remolque en lontananza. Entonces, supongo que como resultado del azoramiento que provocó en mi la dualidad “dejad que el 200 se acerque a mi” y “Vade Retro 200”, intenté buscar consuelo en uno de mis libros. Y al girarme para cogerlo del estante el “consuelo” se convirtió en “al suelo”, pues hacia allí se precipitó el volumen que tan torpemente tomé, y cuya función debía ser la de redimirme de mi sentimiento de culpabilidad.

Pero, en realidad, el “al suelo” de mi posible “consuelo” no fue tal. O, al menos, no de manera literal. Y no lo fue porque el volumen, en su caída al vacío, fue a aterrizar contra mi empeine derecho, activando de forma inmediata una reacción en cadena que acabó siendo expulsada de mi cuerpo por la boca mostrando al vecindario el significado de la palabra “decibelios”.

Si yo hubiera sido Maradona, la caída del libro sobre mi pie habría sido aprovechada para comenzar a dar unos toques y hacer unos malabarismos al ritmo de “Life is life”. Pero como no lo soy, tan solo me pude acordar de Peret, puesto que el impacto de tanta letra sobre mi extremidad hizo también que “Una lágrima cayera en mi pie”. Superada la primera fase del percance, es decir, aquella en la que la razón deja de existir para dejar paso a la espontaneidad del “¡ostia puta qué daño!”, eché un rápido vistazo a la extremidad agredida, cosa que no fue del todo posible puesto que sobre ella, como si fuera un tejado protector o un ave agotada reposaba, abierto y en posición de decúbito prono (boca abajo, en lenguaje callejero), el libro volador.

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Y hete aquí que pasé entonces a una nueva fase, más compasiva y comprensiva y spasibo (vale, ya sé que esto no pinta nada aquí, pero era para demostrar mi dominio del ruso). Aquella fase, como la reanudación de un partido tras el descanso, fue la de la racionalización kantiana, que me llevó a pensar, en primer lugar, en lo simbólico del suceso, en lo críptico del episodio, en los inescrutables caminos del… azar. Y me dejé arrastrar por el daliniano método crítico-paranoico hasta formular el siguiente paralelismo: buscando el modo de celebrar un hecho virtual relacionado con el fútbol y la literatura, atravieso las dimensiones espacio-temporales para materializar la caída de un objeto literario-futbolístico sobre una extremidad futbolística capaz de acomodar un libro.

Uffff. Esto casi que vale como pregunta de examen, ¿no? Pues ahora vais y me analizáis la frasecita sintáctica y morfológicamente.

Y después de este nuevo “Encuentro en ya he perdido la cuenta de qué fase” fue cuando mi bombilla cerebral (de bajo consumo, todo hay que decirlo) acabó por activarse. Demostré que mis abdominales todavía funcionan, me agaché sobre el suelo, observé la portada del libro, su título, su foto, viajé por algunos fogonazos de sus personajes e historia, y lo tomé con cuidado con las manos.

¿Y sabéis qué fue lo primero que vieron mis ojos? Un número. El número de una página. El número 200. “¡Eureka, lo encontré!”. Volví a gritar con la intención de que todo el barrio me escuchara. Y efectivamente, acabé por descubrir mis Indias particulares. Celebraría el post número 200 recogiendo 11 fragmentos extraídos de la página 200 de libros futboleros.

Teniendo en cuenta que no doy para más, yo creo que está bastante bien, ¿no? Pues vamos a ello.

 

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En Cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, un «mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban». En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo. Condenado a una situación limítrofe, no debe abandonar su área. Es el raro que usa las manos. Si el Dios del fútbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.

El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En Melancolía I, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo guardameta es el ángel de la melancolía: sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.

Pág. 200 de “Balón dividido” de Juan Villoro (Planeta, 2014)

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– 2 –

 

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“Lo que siempre he deseado es encontrar un punto en el que pudiera entregarme del todo a los patrones, a los ritmos del fútbol, sin tener que preocuparme por el resultado. Tengo la impresión de que, si se dieran las circunstancias precisas, el fútbol podría servir como una especie de terapia estilo New Age: el frenético movimiento de los jugadores de uno y otro equipo podría de alguna forma absorber todo lo que me corroe por dentro y disolverlo, aunque nunca funciona de ese modo. Primero me distraen las excentricidades: los hinchas, los gritos de los jugadores («¡Dale caña, a ver si lo dejas para el arrastre!», le insistió Micky Chatterton, nuestro héroe del Maidenhead, a un compañero que aquella tarde se las tenía que ver con un extremo particularmente habilidoso en el regate), la inconfundible y destartalada forma de presentar el espectáculo (el Cambridge City daba por megafonía la melodía de Match of the Day, aunque muchas veces la cinta se ralentizaba hasta terminar con un penoso chirrido en el momento culminante). Y una vez estoy ya entregado, todo me importa: no pasa mucho hasta que el Maidenhead, el Cambridge o el Saffron Walden empiezan a importarme más de lo que debieran, vuelvo a meterme a fondo en lo que está pasando, y así es imposible que funcione la terapia.

 

Pág. 200 de “Fiebre en las gradas” de Nick Hornby (Anagrama, 2008)

 

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“El día en que llegó a Cipolletti, hace más de treinta años, ya insinuaba esa determinación de rebelarse contra los esquemas y los tabúes del fútbol. En aquel tiempo yo había cumplido los diecisiete y empezaban a ponerme en la primera con los grandes. Orlando el Sucio, que había sido el técnico anterior, nos hacía jugar con el esquema que Helenio Herrera aplicaba en Italia. Ponía cuatro defensores en línea, otros dos criminales unos pasos más adelante y un tercero que les quitaba a los contrarios las ganas de asomarse. Ése era el Cuco Pedrazzi, que tenía el récord de ocho expulsiones por juego brusco en un solo campeonato. A los lados, boyando en zona, colocaba un par de corredores sin historia de los que se consiguen en cualquier potrero. El que llevaba el número once era un poco más despierto, corría por delante de la muralla y tenía que ordenar el despelote que se armaba cada vez que venía una pelota dividida y se chocaban entre ellos. Todos tenían prohibido pasar la mitad de la cancha. Sólo el Manco Salinas, que era número diez, podía irse unos metros, no muchos, y allá arriba, solo y puteado por toda la hinchada, quedaba yo como único delantero. Fueron tan pocos los goles que hice ese año que me los acuerdo todos, hasta aquel cañonazo del Cuco Pedrazzi que pegó en el travesaño, rebotó adentro y como el referí hizo seguir tuve que ir a meterla de chilena. No sé cómo hice pero desde ese día la tribuna empezó a putearme menos a mí que a los defensores contrarios.

 

Página 200 de “Fútbol” de Osvaldo Soriano. Fragmento de “Peregrino Fernández” (Seix Barral, 2010)

 

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“Chupando un cubo de hielo o algo parecido, el tipo camina de vuelta al centro de la cancha, mirando de soslayo a la portería uruguaya. Es de suponer que esté frustrado por el gol que no pudo hacer, pero parece tranquilo, de una placidez incluso arrogante, como si quisiera dar a entender que, la verdad, no quería hacer lo que parecía haber querido hacer, que todo salió conforme a lo planificado y que la impresión de todo el mundo –de que quería anotar el gol, mientras todo el tiempo su intención era fallarlo por poco, marcar en el cuerpo colectivo de la especie la cicatriz de ese «por poco», consciente de que quemaría más que el gozo de la realización-, eso era el regate definitivo, inconcebible, el regate del regate sobre el pobre Mazurkiewicz.

Sucede que el negro de camiseta amarilla que llena la pantalla, congelado en el acto de chupar un hielo y mirar de reojo, ya es un jugador maduro, consagrado, más que eso, inmortal, pero joven –no tiene ni siquiera treinta.

La relatividad del tiempo. Rew, play, pause, play.

 

Página 200 de “El regate” de Sergio Rodrigues (Anagrama, 2014)

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11. JUGADA D’ESTRATÈGIA A BIRMINGHAM

Les accions a pilota parada són cada dia més importants en els partits de futbol. Sovint, quan el joc normal no serveix per foradar la porteria contrària, els entrenadors recorren a la pissarra. Això vol dir que durant la setmana han hagut d’idear com treure partit dels llançaments de falta i dels córners per sorprendre el rival. En aquestes jugades hi sol haver igualtat numèrica i, freqüentment, un bon truc a l’hora de moure els jugadors provoca un desequilibri definitiu.

 

Página 200 de “L’últim defensa” de Jordi Agut (Stonberg, 2015)

 

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“Ya era muy célebre antes de llegar al Arsenal (de ahí que pagaran tanto por él), sobre todo por un partido de estruendoso resultado, un 1-5 de Escocia en Wembley. Ya entonces se discutía entre el estilo escocés y el estilo inglés, según se atuviera el juego más al paso corto o al pase largo. James aglutinó una selección escocesa que jugó a su estilo, estilo escocés, estilo James, y dio un baile en Wembley. Y eso que en Escocia muchas voces se habían opuesto a que fuera seleccionado, ya que había abandonado el país para fichar por el Preston North End. «¿No se ha llevado su fútbol a Inglaterra? Pues que juegue para Inglaterra», escribió un editorialista. Pero jugó, marcó dos goles (uno en un preciso bombeo sobre el portero desde treinta metros, otro en un disparo duro y seco) y alimentó a sus compañeros en los otros tres.

Curiosamente, a este hombre tan preocupado por el dinero las inversiones le fueron mal. Cuando dejó el fútbol se fue arruinando, y en el momento de su muerte, en 1953, estaba sin un penique.”

 

Página 200 de “366 historias del fútbol mundial” de Alfredo Relaño (Ediciones Martínez Roca, 2010)

 

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“Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos: «¡Qué importa!» ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla!

 

Página 200 de “Cuentos de fútbol” (Santillana, 1995). Fragmento de “19 de diciembre de 1971” de Roberto Fontanarrosa

 

Cuentos futbol

 

– 8 –

 

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“Compramos telas de diferentes colores y a las que lo requerían les pintamos las pertinentes rayas. Cortábamos cuadrados pequeños y con ellos forrábamos las chapas, prensando la tela por abajo con el corcho correspondiente, que antes habíamos sacado con cuidado para que saliera entero. Sobre la tela pegábamos las caras de los jugadores, recortadas a su vez de cromos. Fue idea de mi hermano abandonar el garbanzo crudo y saltarín que servía de balón incontrolable, en favor de un botón blanco de proporcional tamaño, pelota mucho más manejable al ser plana y no botar tanto. Supongo que hoy es inimaginable tanta tarea; lo cierto es que así llegamos a disponer de las plantillas completas de ocho o diez equipos de Primera División. Ambos éramos y somos del Real Madrid, pero nunca cupo duda de que mi hermano jugaría con las chapas de nuestro favorito, por ser mayor y por ser el inventor del asunto y el fabricante y dueño de las porterías.”

 

Página 200 de “Salvajes y sentimentales” de Javier Marías (Aguilar, 2000)

 

salvajes y sentimentales

 

– 9 –

 

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Conchi fue a la habitación.

-¿Qué haces ahí subido?

-Buscar las camisetas.

-Baja de ahí.

Fichu saltó de la banqueta.

-Está Koldo abajo –dijo Conchi-. Dice que bajes rápido que se tiene que ir al bar, que empieza no sé qué partido.

-Necesito las camisetas.

-¿Qué camisetas?

-Las de papá –dijo Fichu.

-¿Cuáles?

-Las de trabajar.

-¿Las blancas?

-Sí.

-Pero si están muy viejas –dijo Conchi-. ¿Para qué las quieres?

-Para hacer las del equipo.

-¿Qué equipo?

-Alas de Júpiter.

 

Página 200 de “Fuera de juego” de Miguel Ángel Ortiz (Caballo de Troya, 2013)

 


fuera de juego

 

– 10 –

 

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Cecilio trató de recordar inútilmente qué palabras, cuentos o consejos transmitía a su Souto de siete años. «Es distinto», pensó. «Este no es mi hijo, ni siquiera mi nieto. Estoy en otro tiempo, somos de dos sangres, buenas sangres, pero una aceite y otra agua.» De pronto se acordó del fútbol, que tanto le unió a Souto desde que le llevaba de la mano a San Mamés. «Fue mucho antes de sus siete años, los hijos aprenden a andar mucho antes.» A fin de atrapar la atención del que tenía delante se propuso hablarle de fútbol. Y al recordar, por Irune, que el pequeño llenaba cromos de futbolistas un álbum tras otro, creyó estar en el buen camino. Incluso apoyó sus dos manos en los tiernos hombros y pronunció la palabra Athletic adobada con alguna más. Aunque no consiguió nada, al menos sabía la razón. «Cecilio, ¿cuándo has podido explicarte a ti mismo con palabras qué es el Athletic? Nunca. ¡Nunca! Ni siquiera en las pausas del retrete. Es algo que se siente y se acabó.

 

Página 200 de “Aquella edad inolvidable” de Ramiro Pinilla (Maxi Tusquets, 2012)

 


aquella edad inolvidable

 

– 11 –

 

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-Bueno, ¿qué opina? –preguntó.

-¿Sobre esta lista? Si estuviera escribiendo un artículo para un periódico sobre la gente a la que le caía mal Joao Zarco ya habría cubierto el expediente con esos nombres. Pero existe una sana diferencia entre que te caiga mal alguien para criticarlo y odiarlo hasta el punto de querer verlo muerto. Algunas de esas personas son figuras muy respetadas en el mundo del fútbol. Este deporte inspira sentimientos muy intensos. Siempre lo ha hecho. Recuerdo que mi padre me llevó a un partido de la Old Firm un día de Año Nuevo. Era un Rangers contra el Celtic, por cierto. Fue mucho antes de la Ley sobre Conductas Ofensivas en el Fútbol y Mensajes Amenazadores, que me parece un oxímoron ridículo. La ferocidad de la rivalidad histórica y religiosa entre esas dos aficiones era algo digno de ver. Y es justo decir que se han cometido asesinatos porque un hombre llevaba los colores equivocados en la parte equivocada de la ciudad. Dicho esto…

 

Página 200 de “Mercado de invierno” de Philip Kerr (RBA, 2015)

mercado invierno

23 de abril, Sant Jordi, el Día del Libro y autores futboleros

Imagen de www.ccaa.elpais.es

Hace un año, por estas mismas fechas, hice una selección de once propuestas para saltar al terreno del fútbol y la literatura en el día del libro, un listado para quien estuviera interesado en comprar algún libro de esta temática.

Hoy, 23 de abril, día del libro (diada de Sant Jordi en Catalunya, donde la gente regala libros y rosas) mi propuesta es diferente, porque en lugar de hablar de libros hablaré sobre autores. Y lo que me propongo es hacer un modesto homenaje a los auténticos responsables de todo este tinglado, los autores, que no solo nos alegran la vida con sus creaciones literarias, sino que, además, dan salida de tanto en tanto a su pasión futbolera y nos la transmiten mediante la escritura.

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Listado de recomendaciones que publiqué para Sant Jordi de 2015

Así, en este artículo hago una convocatoria de autores que tienen alguna obra futbolística, ya sea en forma de libro o de relato. Afortunadamente la nómina de escritores que han trabajado este tema es tan amplia que podría estar haciendo equipos durante un año. Por esa razón he tenido que establecer unos límites en mi lista de convocados, y muy a mi pesar he tenido que dejar fuera del equipo a algunos.

Por un lado, me he limitado a citar a dieciséis jugadores: once saldrán de titulares, y cinco quedarán en el banquillo. Todos han entrenado bien durante la semana, así que el salir de titular o de reserva al comenzar el encuentro tan solo se debe al tan recurrido orden alfabético.

El segundo de los condicionantes para formar parte de esta selección es el de la proximidad geográfica. Se trata de autores ubicados, todos ellos, próximos a Barcelona. Y como los hay que son del Barça y otros del Español, si fueran citados para jugar en un estadio neutral, como el Olímpico de Montjuic, estarían como mucho a dos horas de distancia.

Finalmente, aquí está la convocatoria, impulsada por un deseo que me gustaría ver cumplido algún día: la de que esta reunión virtual se pudiera producir de manera real, y que al menos una vez al año dos equipos integrados por autores futboleros pudieran llevar las historias de sus páginas al terreno de juego.

Si algún patrocinador lee esto…

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ALINEACIÓN PRIMERA PARTE

Jordi Agut

Josep Maria Albert de Paco

Llorenç Bonet

Wilmar Cabrera

Jordi Calvet

Josep Maria Fonalleras

Jorge Gamero

Jordi de Manuel

Miguel Ángel Ortiz

Sergi Pàmies

Jordi Puntí

SALTARÁN AL CAMPO EN LA SEGUNDA PARTE

Emma Riverola

David Trueba

Enrique Vila-Matas

Vicenç Villatoro

Juan Villoro

 

Buscad sus libros, tanto los de temática futbolística como los que no lo son, y disfrutad de la literatura.

Por cierto, que nadie piense que en un hipotético partido de fútbol de verdad este equipo sería fácil de batir. Tenemos de portero a Jordi de Manuel, el padre de «Pantera negra«, el mejor portero del mundo,  y a Jordi Agut como excelente «último defensa». Y, por si fuera poco, algunos de los convocados han sido futbolistas de verdad, como Llorenç Bonet, Wilmar Cabrera, Jorge Gamero o Miguel Ángel Ortiz.

O sea, que de equipo fácil nada de nada.

Que paséis un gran día del libro.

 

 

 

 

22 de abril: de Enrique Vila-Matas a Juan Sasturain, y de Saviola a Messi, con el Quijote de árbitro

 

Imagen de www.cultura.elpais.com

Tal día como hoy, pero de hace 14 años (es decir, el 22 de abril de 2002), Enrique Vila-Matas escribía un artículo en el diario El País bajo el título “Don Quijote y Saviola”. Vale la pena recuperar el texto porque el inicio no puede estar más en consonancia con el día de hoy, en un ejemplo más de que, a menudo, parece que estamos inmersos en un eterno día de la marmota. Y si no, fijaros en las dos primeras frases del artículo:

Mañana es el Día del Libro y el día del partido del siglo. Literatura y fútbol más unidos que nunca, el no va más. Tal vez por lo especial que se presenta el día de mañana estaba yo hace un rato leyendo al profesor Claudio Magris hablando del Quijote…

Excepto por la referencia al partido del siglo (aquel año coincidió un Barça-Real Madrid por Sant Jordi), el resto de la frase podría haberse escrito perfectamente tal día como hoy: mañana es el Día del Libro, Claudio Magris leyó ayer el pregón de Sant Jordi en el ayuntamiento de Barcelona, Cervantes y el “Quijote” fueron homenajeados en el congreso de los diputados…

Imagen de www.cc.aa.elpais.com

Lo que decía. Que aunque el paso del tiempo es inexorable, en ocasiones se muestra juguetón y parece haberse detenido y mostrarse perezoso, con ganas de que la realidad se repita una y otra vez. En fin, dejémonos de enrevesamientos temporales y disfrutemos del artículo.

¡Ah! Y cuando lleguéis al final no os marchéis todavía, que aún hay más.

Don Quijote y Saviola

Enrique Vila-Matas

22 de abril de 2002

Mañana es el Día del Libro y el día del partido del siglo. Literatura y fútbol más unidos que nunca, el no va más. Tal vez por lo especial que se presenta el día de mañana, estaba yo hace un rato leyendo al profesor Claudio Magris hablando del Quijote y, ustedes perdonen, he ido a parar a la cueva de Montesinos y allí se me ha aparecido el presidente Gaspart.

Dice Magris que Don Quijote no tiene miedo. He recordado que Cruyff le ha recomendado a Rexach que no tenga su habitual canguelo -a nivel de táctica, se vio en Vigo y me parece asombroso, el entrenador del Barça sigue estando en la pretemporada y, además, continúa con sus apelmazados pánicos- y le juegue al Madrid sin miedo, teniendo la fe y la confianza del que sabe que puede ser superior. Precisamente los éxitos del dream team llegaron gracias a haberle perdido por completo el miedo, que no el respeto, al Madrid.

Dice Magris que Don Quijote se ofrece a la incertidumbre del vivir, que le trae desastres, palos, porquerías, humillaciones. Pero Don Quijote no tiene fe en la vida, que no sabe lo que hace, sino en los libros que no hablan de la vida, sino de aquello que le da sentido, sus enseñas. Por ellas Don Quijote se bate y recibe palizas, pero nunca duda de esas enseñas.

¿Puede tener fe el socio del Barça en Rexach si éste se ha pasado la (pre)temporada plagiando a Alexanko, quiero decir a Héctor Cúper? ¿Puede tener fe el socio del Barça en su presidente si éste, que es una de sus máximas enseñas, tiene canguelo en el palco y lo abandona cambiándolo por el retrete a la primera de cambio? Ya se vio en el partido de laChampions con los mediocres griegos y lo hemos visto otras veces: de pronto, desaparece el presidente y con él se evaporan, pues, trágicamente todos los socios a los que él representa. Es como si en las grandes batallas antiguas el general en jefe de un ejército de legendario prestigio cambiara sistemáticamente a sus soldados por las letrinas.

Se dirá que todo el mundo tiene derecho a estar enfermo, pero conviene recordar que el presidente no ha sido elegido para que haga de charlatán en la televisión, sino para que sea la encarnación misma de la dignidad de un gran club. No es una cuestión estética el asunto de las letrinas, sino ética. Ya que no le reprende el entorno mediático -cómplice del miedo y más ocupado en chorradas que en advertir, por ejemplo, a los socios de las pretensiones de la Junta de vender a ese futuro gran jugador que es Arteta a un club escocés-, deberían reprenderle los socios pero éstos, en respetable mayoría, eligieron hace dos años el proyecto Riquelme -llamemos así a la ausencia de cualquier proyecto de futuro- y se merecen lo que está pasando.

Hace tiempo que el gregarismo y la mezquindad de cierta parte de la afición están alejando a muchos de su antigua identificación con este gran club que no siempre ha tenido miedo, que tuvo etapas de valentía y arrojo.

En fin. Ojalá mañana sea el Día del Libro y el día del Libro de Saviola -acaba de publicar uno, seguramente escrito en el tiempo que le ha sobrado todo el año cuando jugaba el Barça en campo contrario- y el equipo juegue sin miedo ofreciéndose como el Quijote a la incertidumbre del vivir y, como hicieron algunos inolvidables jugadores que forjaron la intensa leyenda de este club, a la maravillosa incertidumbre del fútbol.

Ojalá el equipo, olvidándose del canguelo escénico de palco y banquillo, recupere la fe y, si es necesario, la fe en los libros y vea el partido como un libro abierto y acabe ganando por 6-2, que es un resultado que a los miedosos de Can Barça les haría decir que la eliminatoria aún no estaba resuelta y a los valientes proclamar que había que ir de nuevo con todas las enseñas y la fe del mundo al Bernabéu.

Enrique Vila-Matas,socio del Barcelona número 7.933.

Javier Saviola. Imagen de www.taringa.net

¿Ya estáis aquí? Bien. Pues ahora que habéis acabado con la lectura del artículo, os tengo preparada otra sorpresa. Debe ser una confabulación astral o ves a saber qué alineación sobrenatural, pero el caso es que existe una fijación en la literatura por relacionar a delanteros argentinos con el Quijote. Yo, al menos, conozco dos casos. El descrito del artículo de Vila-Matas, vinculando al caballero de la triste figura con el conejo Saviola y otro, de Juan Sasturain, publicado en el 2004, bajo el título de… Agarraros: “Lionel Messi, autor del Quijote”.

Juan Sasturain. Imagen de www.donpatadon.com

 

Y así, gracias al fútbol y la literatura, nos encontramos ante una pared literaria entre Enrique Vila-Matas y Juan Sasturain, y entre Javier Saviola y Leo Messi. Y todo ello con el Quijote como testigo. Desconozco si tan famoso hidalgo jugó alguna vez al fútbol, o si Cervantes, como tantos otros escritores, fue portero durante su juventud (siendo manco, no me extrañaría en absoluto).

Pero no puedo evitar dejar volar la imaginación y pensar que en el episodio de los molinos que don Quijote veía como gigantes quizá, en realidad, en lo que Cervantes estaba pensando era en enormes defensas del equipo rival de un partido de fútbol, tal y como Forges lo intuyó y podéis ver en la viñeta del final de este artículo.

Aquí tenéis el artículo.

Lionel Messi, autor del Quijote

 Por Juan Sasturain

Cuando Jorge Luis Borges en 1944 publicó Ficciones, acaso el mejor libro de cuentos de la lengua castellana, incluyó un texto barroco, irónico y sin duda extraordinario que le había dedicado a Silvina Ocampo cinco años antes: Pierre Menard, autor del Quijote. Pocos relatos borgeanos han sido objeto de exégesis más finas y ninguno plantea con mayor sutileza una cuestión tan insólita como deslumbrante. El narrador, que es un pedantísimo confidente epistolar del desaparecido Menard –simbolista tardío, amigo de Valéry, autor de una obra breve y fragmentaria y de un intento desmesurado–, hace el relato y la detallada descripción de la inconcebible empresa que se llevó los máximos esfuerzos y los parciales logros del malogrado poeta de Nimes: escribir El Quijote.

Porque el propósito del oscuro francés Pierre Menard no era traducir ni copiar ni transcribir ni memorizar la obra clásica española; es decir, no quería escribir otro Quijote –“lo que sería fácil”, dice Borges por boca del narrador–, sino escribir el Quijote, el mismo texto: “Producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes”. Un propósito “meramente asombroso” en sus propias palabras, para cuyo cumplimiento se impuso en principio un método que, dentro de lo imposible, era relativamente sencillo: ser Cervantes.

Para eso –y ahí deslumbra Borges en la enumeración–, Menard llegó a conocer relativamente bien el español del siglo XVII, recuperó la fe católica, guerreó de memoria contra turcos y moros y consiguió olvidar la historia europea entre 1602 y 1912, entre otras hazañas. Sin embargo, ese camino le pareció excesivamente fácil y lo desechó. Así eligió finalmente la tarea más ardua y la única verdadera: llegar a escribir El Quijote sin tratar de ser en el siglo XX un novelista del XVII, siendo apenas lo –y el– que era, el oscuro Pierre Menard. “Mi empresa no es difícil esencialmente –le confiesa al narrador en una de sus cartas con lógica perturbadora–, me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.”

De toda esa prodigiosa tarea sólo quedan testimonios parciales, ejemplos de lo que pudo haber sido: los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte y un fragmento del veintidós. Y eso es todo.

Hasta ahí, Menard. Hasta –o desde– ahí, la soberbia especulación borgeana sobre la propiedad de las ideas y los relatos, la temporalidad reversible, el equívoco sentido que se ilumina hacia atrás y hacia adelante. “Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas”, concluye la indudable voz de Borges con pavorosa ironía.

Recurrir a estos esplendores de la ficción y la inteligencia para referirse a un avatar futbolero puede parecer excesivo o al menos descaminado. Creo poder demostrar que no lo es.

Cuando –ya famosamente– el joven Lionel Messi realizó en el Camp Nou del Barcelona FC, durante el crepúsculo boreal del miércoles 18 de abril, para disfrute y consumo urbi et orbe, la maniobra prolongada en tiempo y espacio que culminó en el segundo gol de su equipo contra el Getafe, hubo consenso unánime e inmediato de que se trataba de un hecho prodigioso y, paradójicamente, comparable: el pibe había hecho un gol igual al de Maradona contra los ingleses en el Mundial ’86.

En estos tiempos de fútbol mecanizado y jugadas preconcebidas con ejecutores obedientes, no es demasiado raro que se vean goles iguales a otros –hay infinidad de casos en que se repiten calcados circunstancias y desempeños–; lo extraordinario del caso es que, precisamente, lo que se veía mágicamente repetido era lo –por definición– irrepetible, lo excepcional: el mejor gol de la historia. El de Messi no era ni mejor ni peor: era, de un modo inquietante, igual. No hizo otro gol parecido ni lo copió ni lo imitó ni lo tradujo: simple, increíblemente, lo hizo otra vez.

Digo que, como Pierre Menard quiso y pudo parcialmente escribir El Quijote, Messi intentó y pudo hacer el gol de Diego. Incluso se puede llegar a suponer o –me atrevo a decirlo– a reconstruir un propósito similar en el precoz, homólogo petiso. Es innegable que, como Pierre Menard, Messi –o el espíritu consciente o no que a través de él se manifiesta– alguna vez concibió la idea de hacer el mismo gol del Diego. Y es evidente que eligió como primera opción, al igual que Pierre Menard, el camino de –en la medida de lo posible– ser Maradona para después hacerlo “desde el Diego”. Por eso es (se hizo) argentino, por eso se mueve allí donde se mueve, por eso ha ido a jugar a Europa en el Barcelona, por eso ha sido campeón mundial juvenil, por eso ha tenido un primer Mundial frustrante.

Lo extraordinario es que en algún momento, y también como Pierre Menard, Messi decidió el camino más difícil, y decidió hacer el gol del Diego sin (esperar) ser Diego: aceleró (literalmente) el trámite, se apuró, no llegó ni a cumplir los años ni a jugar el segundo Mundial ni a enfrentar a Inglaterra y, en una noche cualquiera, hizo el gol del Diego con la certeza y sabiduría desinteresada con que da en el blanco un arquero zen.

 

Imagen de www.elpais.es

Jordi de Manuel y «Lletres, al camp!» del 2006

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Uno de los principales jugadores de este Fútbol Club de Lectura, el escritor Jordi de Manuel, tiene el detalle (que agradezco enormemente) de hacerme llegar un auténtico tesoro para nuestro equipo. Se trata del material que con motivo de la edición de la campaña “Lletres al camp!” del año 2006 se repartió entre los asistentes al Camp Nou el día de Sant Jordi de aquel año, una publicación en formato DIN A3 recogiendo los relatos breves encargados a once autores, con el objetivo de aprovechar el altavoz de un estadio de fútbol como el blaugrana para hacer difusión de la lectura.



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La campaña “Lletres al camp!” se puso en marcha por primera vez el año 2005, impulsada desde l’Institut de les Lletres Catalanes en colaboración con el Fútbol Club Barcelona. Actualmente, la iniciativa continua vigente, celebrándose cada año el día de partido más cercano a Sant Jordi, el 23 de abril, mediante acciones como el reparto de puntos de libro con frases futboleras de escritores, por ejemplo.

Material de difusió de "Lletres, al camp!"

La edición que nos ocupa, la del 2006, jugó con la siguiente alineación: Gemma Lienas, Pere Guixà, Jordi de Manuel, Antoni Dalmases, Jordi Puntí, Julià de Jòdar, Toni Sala, Ada Castells, Ignasi Riera, Lolita Bosch, Ramon Solsona.

Cada uno de los once jugadores escribió un relato corto de temàtica futbolera que fue impreso en el material que justo ahora acabo de recibir. Once demostraciones de que el fútbol y la literatura pueden hacer buenas combinaciones, y que de sus asociaciones pueden surgir magníficas jugadas. Once historias para disfrutar antes del inicio de un encuentro de fútbol.

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Según tengo entendido, se publicaron unos 90.000 ejemplares, que fueron dejados en los asientos del estadio. Estoy convencido de que la mayoría de los asistentes al partido de aquel día tuvieron la oportunidad de descubrir que el fútbol se puede leer. Llegar al campo y encontrar sobre tu asiento un material de estas características es algo que se debería valorar.

Pero también hubo quien al ver aquel documento se tomó al pie de la letra el lema de la iniciativa: “Lletres, al camp!” (“Letras, ¡al campo!”), y decidió que la mejora forma de convertir aquel imperativo en realidad era convertir el impreso en avión de papel y lanzarlo al terreno de juego. “Letras, ¡al campo!”, nunca mejor dicho, tal como el propio Jordi de Manuel me explica y Toni Sala, otro de los jugadores/escritores participantes en aquella edición, recogió también en un artículo.

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Agradezco nuevamente el gesto que Jordi de Manuel ha tenido conmigo al enviarme este documento, que incluye su relato dedicado. Y también aprovecho para llevar a cabo lo que considero es un acto de justicia, como es hacer regresar al impreso por un momento al lugar para el que fue creado, y darle la posibilidad de volver a cumplir la función para la que se publicó: ser leído en la grada de un campo de fútbol por parte de sus espectadores.

De esta manera, además de volver a vincular literatura y fútbol, rendimos un sencillo homenaje a los ejemplares que aquel día fueron lanzados al aire sin haber sido leídos. He aquí el documento gráfico que acredita que diez años después la memoria de aquellos folletos sigue bien viva, y que no volaron en vano.

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Para terminar, aquí tenéis el relato que escribió Jordi de Manuel, para que lo disfrutéis. Se trata de «El darrer penal«, una historia ambientada en el año 2026, lo que me lleva a fijarme en otra de esas coincidencias que tanto me gustan: un material escrito para Sant Jordi del 2006 vuelve a salir a flote en el Sant Jordi de 2016 haciendo referencia a otro Sant Jordi situado en el 2026.

 

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La base argumental de «El darrer penal» es la que encontramos más adelante en «Clonació (Biografia d’un felí, 3)«, uno de los relatos futboleros que integran «Orsai«, publicado el 2012. Antes, en el 2004, el autor había publicado otra recopilación de este tipo de relatos, «Pantera negra«, bajo el nombre de Joan Gols. Tanto una como otra son dos obras imprescindibles para los amantes de la literatura futbolera, puesto que ofrecen una variada aproximación al mundo del «fúmbol» desde perspectivas muy originales. Y, además, la gran abundancia de interrelaciones entre uno y otro libro enriquecen enormemente la lectura.

Leed el relato y disfrutadlo. Y a ser posible, hacerlo sentados en la grada de un estadio de fútbol.

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15 de abril en «Libre directo» de Pepe Albert de Paco

 

Hace dos días, el 13 de abril, publicaba este artículo este artículo en el que se hacía mención justamente a ese día. Está extraído de «La balada del Bar Torino«, de Rafa Lahuerta, un libro gracias al cual descubrí otra obra futbolera, «Libre directo«, de Pepe Albert de Paco.

Escrita a modo de dietario, en esta última podemos encontrar entre sus páginas referencias a algunas fechas del calendario, siendo una de ellas el 15 de abril, un día como hoy.

Una combinación entre libros, fechas y referencias que nos permite recordar que en el planeta fútbol también existen las paredes literarias.

Y como hoy es un buen día para recuperarlo, aquí tenéis el fragmento:

15 de abril de 1989

El público de El Sadar se amontona en las gradas de los fondos como si nada hubiera sucedido en Heysel o en Hillsborough. El hincha del Sadar se disuelve como en un magna informe de cuerpos ingrávidos, apenas mecidos por el lado de los acontecimientos. Basta con que el árbitro señale un córner para que el rumor de pacharán que flota en el ambiente sea más ensordecedor que el gol mismo. El césped, en El Sadar, es una escueta interferencia en el paisaje. Ante la contemplación de esa cuerda de terroristas que se asoma al balcón del área, de ese monstruo de tres mil cabezas que casi alcanza a navajear al rival de turno, uno tiene la impresión de que el fútbol es fortuito. De hecho, es precisamente en esa clase estadios, tan idolatrados por los hinchas (es la arquitectura, y no otra cosa, la que apuntala el fervor del hincha), donde el fútbol queda reducido a su mínima expresión, a una secuencia lógica de pelotazos al ariete. El Osasuna, hoy en día, juega igual que en los tiempos de Zabalza porque Zabalza jamás dirigió el juego del Osasuna. Quien lo hizo, en verdad, fue la arquitectura, esa arquitectura que brama a bocajarro las más procaces consignas. Arriba. Dale. Métele. Chuta. Dala ya. Y al poco el balón sobrevuela el campo para enquistarse en el área. Tal vez algún rebote inesperado permita al ariete meter la puntita y el balón allane la portería y el graderío se penetre a sí mismo.

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13 de abril en «La balada del Bar Torino» de Rafa Lahuerta

Imagen de www.sentimentche.es

Ayer fue 13 de abril. Si queremos conocer qué tal jugador es podemos acercarnos hasta Mestalla y la historia del Valencia, de la mano de esa magnífica obra que es «La balada del Bar Torino«, de Rafa Lahuerta.

Una historia repleta de nombres como Tendillo, Castellanos, Arias o Sempere, nombres que poblaron mi juventud con reminiscencias de tardes radiofónicas.

Aquí tenéis el 13 de abril en acción:

Sí, es cierto, el club atravesaba una gran crisis económica pero el equipo no era para descender. Tenía todo lo que los manuales exigen para hacer una temporada correcta. Gente experimentada y de la casa (Arias, Tendillo, Subirats, Castellanos, Roberto, Sempere…), chavales emergentes y de la cantera casi consolidados (Fernando, Revert, Quique, Sixto, Giner, Arroyo, Ferrando…), y un delantero tronco pero efectivo como Wilmar Cabrera que te garantizaba un fijo de quince goles por temporada. No, no era un equipo para descender.

No se acertó con los fichajes de Sánchez-Torres y Muñoz-Pérez. Quizás se precipitó el adiós de Saura, que todavía tenía cosas que aportar. Tampoco Valdez como entrenador fue la solución más adecuada. Pero pese a ello el equipo acabó la primera vuelta alejado del peligro y con buenas sensaciones. Tras empatar a tres en Valladolid Cantatore dijo que el Valencia era el mejor equipo que había pasado por Pucela esa temporada. Lo dijo en enero. Antes, en diciembre, un escandaloso arbitraje de Pes Pérez contra el Sevilla (no es de ahora) puso en evidencia que pagaríamos en los despachos la presencia de valencianistas ilustres en otros ámbitos de poder federativo. Ahí escribí mi primera carta en prensa. Salió en Don Balón. Yo la escribí y Alfonsito, Alfonso Pérez-Cervelló, la pasó a limpio. Lagrimeo arbitral justificado. El de Pes Pérez fue uno de los arbitrajes más dañinos sufridos por el Valencia en su historia.

Con todo, lo peor fue la ausencia de Roberto durante buena parte de la temporada. En aquel equipo cogido con alfileres, Roberto aportaba dinamismo, gol, jerarquía y carácter. Era el mejor jugador del equipo y su ausencia fue determinante. Hubo derrotas sobre la bocina en Zaragoza y Sarrià, empates injustos en Mestalla después de desarbolar al rival como el día del Sporting y muy especialmente en marzo contra el Atlético de Madrid, el mejor partido que el Pato Fillol hizo en España. Vale el dicho de que a perro flaco todo son pulgas. Para rematar el empastre, el Valencia fue el último gran conejillo de indias del calendario no unificado. Jugó el penúltimo partido un día antes que su rival más directo. Cuando empezó a rodar el balón en el Ramón de Carranza aquel domingo 13 de abril todo el mundo ya sabía el resultado final. Empate a cero. Desde entonces me cisco en la simpatía institucionalizada de gaditanos y béticos. Desde entonces hay horario unificado los dos últimos partidos de cada temporada.