5 de enero: Athletic de Bilbao-Barcelona, Abidal y las cosas del fútbol y la literatura

 

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Hoy se cumplen exactamente cinco años del único gol que Eric Abidal marcó con la camiseta del Barça. Fue un 5 de enero, en un partido como el de hoy, en el que el equipo azulgrana visitó San Mamés para enfrentarse al Athletic de Bilbao en partido de Copa del Rey.

El calendario tiene estos caprichos, y parece que cinco años después nos quiera hacer revivir aquellos momentos. Es imposible, claro está, puesto que Abidal ya no está en activo. Y porque un partido nada tiene que ver con el otro. ¿O quizás sí? En aquella ocasión, el resultado final fue de 1 a 1. ¿Será una premonición para el encuentro de esta noche?

De momento, recordemos la presencia de aquel 5 de enero en la literatura futbolera de la mano de José Antonio Garriga Vela, quien lo convirtió en parte de su relato «Cruce de vidas«, publicado en el recopilatorio «Cuando nunca perdíamos«.

 

Aquella noche retrocedí en el tiempo hasta el 5 de enero de ese mismo año y me trasladé soñando a la Catedral. El Barça se jugaba el pase a semifinal de la Copa del Rey contra el Athletic. La primera imagen del sueño fue la del gol de Abidal en el minuto 74. Era su primer gol con el Barça. Lo celebró retrocediendo en el campo igual que yo acababa de hacer en el tiempo. Lo vi corriendo para atrás y sacando la lengua como si se burlara del peligro que lo había estado acechando durante todo el partido. Pero el enemigo que lo amenazaba en el sueño no era el Athletic de Bilbao, sino un tumor oculto en el hígado que pretendía derrotarlo. Una amenaza que él aún desconocía. Aquel partido representó mucho para Abidal. Después el enorme esfuerzo alcanzaba la recompensa. Me sentí plenamente identificado con él a lo largo del sueño, porque yo también había de enfrentarme a un enemigo invisible capaz de aniquilar a quien osara ponerse por delante. El sufrimiento también vale para vencer. La noche de San Mamés, al entrar Abidal en el vestuario, los compañeros le hicieron el pasillo. Nadie podía imaginar que al cabo de algunas jornadas iba a ser ingresado en el hospital para extirparle un tumor y que pocos meses después lo mantearían tras reaparecer en el partido de vuelta de la Champions contra el Real Madrid. ¿Será cierto que la vida es sueño?

Portada - Cuando nunca perdíamos

2 de enero y el «Saber perder» de David Trueba. Editorial Anagrama

 

 

«Y ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar, y ganar, y ganar, y ganar, y eso es el fútbol, señores«, fue una de las famosas frases del gran Luis Aragonés.

Una afirmación bien cierta, y es que a menudo parece que el mundo del fútbol se limite a la obtención de la victoria, al tan recurrente tópico de que la pelota entre o no.

Pero aún siendo así en parte, debemos esforzarnos en considerar que nos hallamos ante un deporte en el que intervienen otras consideraciones y otros valores. Por esa razón también forma parte intrínseca del tinglado balompédico -afortunadamente- el saber perder. Y, si nos centramos en el mundo de la literatura futbolera, es importantísima una forma concreta de «Saber perder«: la de la novela de David Trueba.

El «Y ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar, y ganar, y ganar, y ganar, y eso es el fútbol, señores», de Luis Aragonés sonaría igual de enérgico y contudente tal día como hoy. Y tal día como hoy, un 2 de enero para ser exactos, suena así en el «Saber perder» de David Trueba.

Ariel ha reclinado el asiento y trata de dormir. En la zona de preferente el espacio es amplio y a su lado un hombre de traje lee la prensa económica color salmón mientras bebe a sorbitos un jerez. Como en la ida, el pasaje va repleto de familias instaladas en España que han vuelto a Argentina por Navidad. En la fila de acceso al avión se mezclaban publicitarios, profesores universitarios, cierta burguesía, con viajeros más humildes con grandes bolsas y gesto de tensión cuando han de mostrar el pasaporte. Es día 2 de enero y el principio de año siempre establece una especie de esperanza generalizada, como una página en blanco.

                En la última fila de preferente, estirado cuan largo es, con antifaz en los ojos, entre ronquidos estruendosos, duerme Humberto Hernán Panzeroni, portero de un equipo andaluz que vino a saludar efusivo a Ariel al coincidir en el vuelo.

                Humberto es grande, veterano de la liga española, donde lleva casi seis años. Llegó a ser tercer portero de la selección en los pasados Mundiales. Se sentó en el brazo del asiento de Ariel para hablarle y cada vez que cruzaba a su lado una azafata se volvía, no se sabía muy bien si para facilitarle el paso o para cortejarla. Odio viajar en primera, acá mandan las azafatas veteranas, las más tiernitas van en turista, el mundo al revés. Tenía un incisivo de un blanco distinto al resto de la dentadura y Ariel recordó que perdió un diente en un choque contra uno de sus defensas, lo vio en la televisión.

 

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«Saber perder«, una novela de gran utilidad también para aprender a ganar. Y si no que se lo pregunten a Leo Messi, a quien Pep Guardiola -gran amigo de David Truebaregaló justamente ese libro.

De hecho, creo que he leído en algún lado que uno de los actos de Pep Guardiola cada vez que aterriza en un equipo es el de regalar un ejemplar de ese libro a sus jugadores.

Fútbol Club de Lectura en estado puro.

1 de enero en el «Mercado de invierno» de Philip Kerr

Ya tenemos aquí el nuevo año: el 2017. Cuando era niño, yo que nací cuando 1984 todavía olía a futuro lejano, una cifra como esa -2017- no es que sonara a ciencia-ficción, no. Sonaba a lo que hay más allá de la ciencia-ficción, las puertas de Tanhauser y los pliegues espacio-temporales de los agujeros-gusano.

Vaya, que podías jugar a imaginar cómo sería la vida en aquel año taaaaaaaaaaaannnnn lejano.

Y ahora, mira por dónde, ya lo tenemos aquí. Y para no romper con la tradición se trata de estrenarlo poniendo en marcha la habitual lista de deseos a los que tan aficionados somos los humanos cada vez que estrenamos un nuevo calendario.

Así que a continuación procedo a trasladaros la relación, agrupada por secciones y capítulos y notas a pie de página (cuando proceda) sobre las perspectivas… Tranquilos, no sufráis. Como podéis suponer, en el caso de este modesto Fútbol Club de Lectura lo que se espera para el próximo año es breve: poder seguir disfrutando de ese equipazo que forman los libros y el fútbol.

Y para comenzar, veamos como juega el día 1 de enero en la literatura futbolera de la mano de «Mercado de invierno«, de Philip Kerr.

 

 

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Este año no es distinto. Nos enfrentamos al Chelsea el 26, lo cual significa que el día de Navidad a primera hora, cuando el noventa y nueve por ciento del país esté abriendo regalos, yendo a la iglesia, viendo la tele delante de una agradable hoguera o simplemente emborrachándose, nosotros estaremos en la ciudad deportiva de Hangman’s Wood, en Thurrock. Dos días después, el 28, tenemos otra salida a Newcastle, antes de un partido en casa contra el Tottenham Hotspur en Año Nuevo. Tres encuentros en siete días. Eso no es deporte, eso es un puto Ironman. Cuando la gente del mundo del fútbol profesional habla de lo bonito que es este deporte, normalmente no contempla las vacaciones navideñas. Y siempre que recuerdo esa historia de la revista Boy’s Own sobre un partido de fútbol amistoso disputado en tierra de nadie durante la Primera Guerra Mundial por soldados británicos y alemanes, pienso para mis adentros: “Sí, ya quisiera yo verlos con un portero en baja forma y alineando a un centrocampista gilipollas y holgazán que espera fichar por otro club para duplicar su ficha ya de por sí astronómica en el mercado de invierno”.


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30 de diciembre en «Los fantasmas de Sarriá visten de chándal»

 

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El Brasil-Italia del Mundial 82 disputado en el desaparecido estadio de Sarrià es uno de los partidos más míticos y legendarios de la historia del fútbol. El otro día, viendo la portada del libro «Futbolistas de izquierdas«, de Quique Peinado, protagonizada por una imagen de Sócrates, volví a rememorar algunas imágenes de aquel inolvidable encuentro.

Sucedió en verano, exactamente el 5 de julio de 1982, en unas coordenadas del calendario bien alejadas de los fríos días de invierno que están a punto de dar carpetazo al año. Aún así, tal día como hoy, un 30 de diciembre, tenemos la posibilidad de recordar alguna de aquellas jugadas gracias a «Los fantasmas de Sarrià visten de chándal«, de Wilmar Cabrera.

Por ejemplo, con el siguiente fragmento.

Así pasó a los treinta y cinco segundos del juego. Junior tiró un pase a Sergio Chulapa, situado en la izquierda del área italiana. El delantero intentó dominar la pelota, que rebotó en su botín derecho, pero Collovati aprovechó y lo anticipó, entregándole el balón a Antognoni, que ante la marca de Cerezo se la pasó a Gentile, que por el cierre de Zico, lo retrocedió a Scirea. «Era alguien que siempre te sacaba de problemas», diría Gentile en una entrevista. «Tanto fuera como dentro del campo. Con el 7 en su espalda, un número más para un delantero que un defensa, Gaetano salió por el centro del campo con la pelota dominada. Ese era su trabajo. Como lo hacía siempre desde que Bearzot lo llamó a la Nazionale, aquel 30 de diciembre de 1975 contra Grecia.

 

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Una gran novela sobre un gran partido para cualquier momento del año.

12 de diciembre: el día del fin del fútbol

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Hoy vuelve a ser 12 de diciembre.

El día en qué según la profecía que Patrick Cauviny y Enki Bilal dejaron escrita en «Fuera de juego» de Norma Editorial, el fútbol dejó de existir.

Así es como lo explica Stan Skavelicz, el protagonista de la obra:

“Como iba diciendo, los del Delta Work 3 me llamaron. Les costó bastante encontrarme, y lo comprendo. Hace veintitrés años y siete meses que colgué los auriculares y el micrófono al final de un partido de la copa A. En teoría, los mejores. El índice de escucha fue de 0,37. Inferior al de los reestrenos de las películas mudas que pasaban en el programa de la Old Movies Netword, entre las tres y las cinco de la tarde. A partir de aquel día ya no hubo más partidos. Después de todo, tuve bastante suerte, ya que dejé el oficio en el momento justo en el que no hubiera podido seguir ejerciéndolo.

Fue el 12 de diciembre.

El mismo día en que el fútbol dejó de existir.” 

 


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Doce meses, doce dorsales: con el número 12, diciembre

 

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Si el calendario fuera un equipo de fútbol, la camiseta con el número 12 lo llevaría el mes de diciembre. Y así es, más o menos, como se desenvuelve este mes sobre el terreno de juego de la literatura futbolera.

«Víctor… Señor y Víctor… ha caído… Señor, Señor, goooooooooooool, gooooooooooooool de Seeeeeñor, goooooooool de Señor, el número doce, señores…»

Y así se cumplieron treinta años del partido. Una tarde de diciembre, Diego veía los informativos de la televisión cuando escuchó la noticia: el 12 a 1 cumplía tres décadas. Era una cifra redonda, por lo que hubo un largo reportaje sobre la hazaña y repitieron íntegra aquella narración que Diego se sabía de memoria. El aniversario lo sacudió como a veces nos sacude ver las fotografías en las que éramos más jóvenes, y Diego se limitó a susurrar para sí mismo: 

-Joder, cómo pasa el tiempo. Treinta años.

Pablo Santiago Chiquero, en «Once goles y la vida mientras«.

Maclein y Parker, 2016

Sombra tipo novela

Doce meses, doce dorsales: con el número 11, noviembre

 

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Si el calendario fuera un equipo de fútbol, el dorsal número 11 lo llevaría noviembre. Y así es, más o menos, como juega este mes en el terreno de juego del fútbol y la literatura.

 

“La emoción del fútbol no está solo en el gol, sino en la ocasión perdida, en el balón que salió del campo a milímetros de los palos o en los que tropezaron con éstos cuando el público ya se había puesto en pie en los graderíos.

            El 16 de noviembre de 1948 en las páginas de ABC el escritor académico Wenceslao Fernández Flórez, que por entonces firmaba una sección en las páginas de deportes titulada «Entre portería y portería», llegó a la conclusión de que ese mundo de ayes y suspiros, de lamentaciones y, a veces, de tristes consuelos debía tener un nombre propio y lo expresó así:

            «Un cierto sentido de la equidad me instiga a difundir que si bien el Celta no obtuvo ningún gol, cosechó varios interesantes vicegoles. Así como el vicepresidente es lo que más se aproxima al presidente, y las vicetiples, aunque no son siempre las que se aproximan más a las tiples, les siguen en categoría, así llamo yo “vicegol” al hecho de que una pelota pase por encima o al lado de la puerta o bata en los largueros, sin ser gol, pero en inminencia de serlo. Este fenómeno carece de denominación propia en el fútbol y yo tengo un gran placer en condensarlo en una sola palabra, de la que hago regalo para contribuir al esplendor del deporte.

            “Vicegol”… Suena bien y es a un tiempo consoladora y exacta.»

 

Fragmento de “El gol”, capítulo 7 de “Épica y lírica del fútbol” de Julián García Candau. Alianza Editorial, 1996

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Doce meses, doce dorsales: con el número 9, septiembre

 

 

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Imagen de www.thisisanfield.com

 

Si el calendario fuera un equipo de fútbol, el dorsal número 9 lo llevaría septiembre. Y así es, más o menos, como juega este mes en el terreno de la literatura futbolera.

 

 

A Mateo le llegó un pase largo desde el otro lado del patio. Lo supo porque escuchó un silbido y luego vio una sombra oscura moverse hacia él por la superficie de albero. Dejó de mirar a la muchacha, corrió unos pasos y controló el balón con la punta de la zapatilla, y la bola rodó mansa a sus pies, como si nunca se hubiese separado de la tierra. Había sido un buen control, y deseó que ella lo hubiese visto. Le pasó el balón a un compañero y volvió a mirarla.

Al hacerlo, sintió una sensación rara en el estómago, y desde el primer momento supo que no tenía nada que ver con el desayuno. No sabía si le gustaba la muchacha o la forma en la que su padre la había llamado «Clarita». Pensó que le gustará ir hasta ella y decirle «hola, Clarita, yo soy Mateo, bienvenida», pero supo que no lo haría porque era ridículo. Volvió a recibir la pelota y, cuando se deshizo de ella, vio que Clarita ya tenía compañía. Algunas muchachas se habían acercado a presentarse. Él trató de olvidarla concentrándose en el juego. El curso acababa de comenzar y aún estaban a mediados de septiembre, pero aquella mañana era fría y todos llevaban pantalón corto y el balón picaba cuando te golpeaba en las piernas. Era agradable sentir ese escozor, porque te hacía sentir despierto y más vivo. Luego sonó el timbre y los muchachos entraron en el aula. Las clases eran aburridas. Mateo pensó en Clara.

Fragmento de «El justo valor de un gol«, en «Once goles y la vida mientras«, de Pablo Santiago Chiquero. Maclein y Parker, 2016

Sombra tipo novela

Primer domingo de Liga: «Día de la recuperación semanal de la infancia»

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Hay muchas formas de medir el tiempo. Días, meses, estaciones, horas, minutos, segundos… pero en el Fútbol Club de Lectura los parámetros por los que nos regimos son primera y segunda parte, prórroga, ligas y temporadas.




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Y hoy, primer domingo de liga, hemos estrenado el nuevo período que anhelábamos, el del inicio de una nueva temporada, el del comienzo de una nueva liga, el del regreso del fútbol, el de la salida de la caverna de los salvajes y de los sentimentales, de los hooligans ilustrados., de los que lanzan penaltis a lo Panenka, de los que conservan la figura del Líbero en sus equipos, de los que hacen paredes entre letras y fútbol., de los que se esfuerzan por llevar las lletres al camp

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Y como últimamente está de moda abarrotar el calendario de conmemoraciones, proclamo solemnemente, mediante la potestad y las responsabilidades que el gobierno de este Fútbol Club de Lectura me otorga, que convirtamos el primer domingo de Liga de cada año en el día de la recuperación semanal de la infancia.

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