Hoy, 18 de enero, viajamos a través del calendario del fútbol y la literatura para recordar una viñeta de humor gráfico publicada el mismo día pero de 1954. Fue en el semanario humorístico deportivo «El Once«, por obra de Antoni Roca Marisany, «Roca», uno de los habituales en este tipo de obras desde los tiempos de «Xut!«.
Salvador Mestres fue un ilustrador y autor de historietas que también dedicó parte de su actividad al cine de animación. Sus viñetas aparecieron en numerosas revistas, una de las cuales fue “El Once”, fundada por el dibujante Valentí Castanys.
“El Once” se convirtió en la sucesora de “Xut!”, el primer semanario humorístico de temática deportiva publicado en Barcelona, y cuyo impulsor fue también Castanys. Al término de la Guerra Civil, la prohibición de publicar en catalán obligó a buscar una alternativa, momento a partir del cual apareció “El Once”.
En esa publicación, un 16 de enero como hoy, el de 1956, Salvador Mestres publicó la siguiente viñeta, en la que se hacía eco del predominio del ambiente masculino en las gradas. La ilustración se puede ver en la exposición “Gols de tinta. Futbol i vinyetes a Catalunya des de 1895 fins avui” que todavía podéis visitar hasta el día 19 de marzo en el Museu de l’Hospitalet.
Imagen de la exposición «Gols de tinta«
El texto que acompaña la imagen en la citada exposición es el siguiente:
“En los estadios catalanes de los años cincuenta el público mayoritario eran hombres que llevaban sombreros, fumaban puros y estaban dispuestos a deshogarse gritando a los jugadores o al árbitro. El campo de fútbol era uno de los pocos lugares en los que se podía levantar la voz. La presencia de mujeres en este ambiente de hombres no era tan habitual como lo es actualmente.»
Como curiosidad, fijaros en la portada de la revista «El Once» de aquella época, en la que aparece la clasificación tras una de las jornadas de aquella liga, la 1956-57.
Hoy, 14 de enero, se acaba de poner en funcionamiento la XXXI Copa Africana de Naciones. Hasta el día 5 de febrero, Gabón acogerá por segunda vez este campeonato en el que participarán 16 selecciones absolutas, y en el que se disputarán un total de 32 partidos.
El fútbol, también en el continente africano, es el deporte rey. Fruto de ello fue la organización del campeonato del Mundo de 2010 en Sudáfrica, recordado especialmente por el gol de Iniesta que otorgó la victoria a España por primera vez en un Mundial. Pensar en aquel campeonato también sirve, seguramente, para recordar la existencia de un instrumento particular, la vuvuzela, que se popularizó con motivo de aquel acontecimiento.
Lo que quizá ya no sea tan conocido es que aquel Mundial sirvió de excusa para dar voz a once autores africanos, a quienes se les encargó la escritura de once relatos. Once historias sobre África con un tema principal: el fútbol. De esta idea nació “Hijos del balón. Relatos de África. Relatos de fútbol”, una interesante recopilación que nos puede acompañar durante la celebración del actual campeonato de África. Editado por El Aleph Editores y El Cobre e impulsado por la Casa África, en la sinopsis podemos leer:
Con ocasión de la primera Copa del Mundo organizada en tierra africana, once autores se han prestado al juego y nos ofrecen, cada uno de ellos, un relato en el que el balón ocupa un lugar especial. Los once escritores reunidos en esta antología son de África y del mundo entero. Proceden de Argelia, de Marruecos, de Yibuti, del Congo, de Sudán, de Togo, de Nigeria, de la isla Mauricio y de Sudáfrica. Tanto si viven en Lomé o en Los Ángeles, en París, en Barcelona, en Berlín o en Lagos, todos sienten una auténtica pasión por el fútbol. Algunos autores han sido verdaeors jugadores; otros, aficionados de domingo, expertos escribidores en materia futbolística. Reunidos y presentados por el escritor Abdourahman A. Waberi, esos relatos son otros tantos rostros del continente africano: desde los niños que juegan al fútbol en el polvo de las calles hasta los jugadores profesionales que sueñan en grandes clubs europeos, pasando por los sobrecalentados hinchas.
La relación de relatos y autores que podemos encontrar es:
Prefacio de Abdourahman A. Waberi
La última partida de Beckett, de Kangni Alem
Espíritu de cuerpo, de Mark Behr
El penalti, de Anouar Benmalek
El clan de los salteadores, de Ananda Devi
Educación sentimental, de Laila Salami
Ganaremos la Copa del Mundo 2010, de Alain Mabanckou
Lejos de casa, de Jamal Mahjoub
Balón de polvo, de Wilfried N’Sondé
El fútbol a la nigeriana, de Uzor Maxim Uzoatu
En alguna parte hacia el comienzo del partido, de Abdourahman A. Waberi
Once relatos que demuestran que en el sur, el fútbol y la literatura también combinan. Encontraréis un completo artículo sobre el libro haciendo clic en este enlace.
En ese relato se hace referencia a un 8 de enero, como hoy. Un buen momento para interesarnos por ese campeonato tan especial y para recordar un fragmento del texto.
“Misión cumplida. Lo tenemos. Quiero informar a todos los mexicanos que Joaquín Guzmán Loera ha sido detenido”. Con este escueto mensaje en Twitter, el presidente de México, Enrique Peña Nieto, anunció la captura de ‘El Chapo’, el narcotraficante más buscado del mundo.
Esa misma noche escuché en la radio que Dani Benítez fichaba por el Alcorcón. Llevaba dos años suspendido por consumo de cocaína. “La droga te arruina la vida”, dijo Benítez.
Bien lo sabía yo. La droga me había convertido en una persona de cartón. Llegué a jugar un Mundial pero lo hice tan ebrio, que apenas recuerdo nada. Fue en Chile, 2014. Y sí, recuerdo a aquel irlandés. Padraig McKissock. Metió 30 goles. Alucinante. Me parece que después de eso firmó su primer contrato profesional pero, sinceramente, desconozco qué has sido de su vida.
Quizá en el próximo Mundial sea yo el protagonista. Honestamente, siempre fui el mejor jugador del barrio. Me gustaba el fútbol. Desgraciadamente, terminé practicando otros deportes que tenían más riesgo. Porque escaparte de la policía es un deporte de riesgo.
Me llamaban ‘Maraquilla’ porque decían que jugaba al fútbol como Maradona y conducía coches igual de rápido que ‘El Vaquilla’. Obviamente, mi juventud la pasé entre rejas. Iba y venía de Marina d’Or. Así le llamábamos a nuestras vacaciones en la cárcel. Allí también jugaba al fútbol. Allí también era el mejor. Y allí también me conocían como Maraquilla. Mi adicción a la cocaína hizo honor al sobrenombre.
La cárcel es un gran supermercado. Encuentras de todo. Y la droga te ayuda a tirar para adelante. Te abstrae mientras te destruye. Es muy fácil condenar moralmente a alguien por ser un drogadicto, pero para juzgar a las personas siempre hay que conocer sus circunstancias. Recomiendo la biografía ‘Yo, el Vaquilla’ y entenderéis que ese niño, después un medio adulto, no podía ser más que un delincuente. Estaba condenado por su entorno. A mí me pasó algo parecido.
Aquel 8 de enero, tumbado en mi cama de cartón, escuchaba la entrevista de Dani Benítez. Yo sólo tenía una amiga inseparable. Una vieja Panasonic, color negro. Regalo de un amigo en la cárcel. Bueno, más que un regalo, fue un canje. Así van las cosas ahí dentro. La radio es una gran compañera para gente solitaria como yo.
Hoy se cumplen exactamente cinco años del único gol que Eric Abidal marcó con la camiseta del Barça. Fue un 5 de enero, en un partido como el de hoy, en el que el equipo azulgrana visitó San Mamés para enfrentarse al Athletic de Bilbao en partido de Copa del Rey.
El calendario tiene estos caprichos, y parece que cinco años después nos quiera hacer revivir aquellos momentos. Es imposible, claro está, puesto que Abidal ya no está en activo. Y porque un partido nada tiene que ver con el otro. ¿O quizás sí? En aquella ocasión, el resultado final fue de 1 a 1. ¿Será una premonición para el encuentro de esta noche?
De momento, recordemos la presencia de aquel 5 de enero en la literatura futbolera de la mano de José Antonio Garriga Vela, quien lo convirtió en parte de su relato «Cruce de vidas«, publicado en el recopilatorio «Cuando nunca perdíamos«.
Aquella noche retrocedí en el tiempo hasta el 5 de enero de ese mismo año y me trasladé soñando a la Catedral. El Barça se jugaba el pase a semifinal de la Copa del Rey contra el Athletic. La primera imagen del sueño fue la del gol de Abidal en el minuto 74. Era su primer gol con el Barça. Lo celebró retrocediendo en el campo igual que yo acababa de hacer en el tiempo. Lo vi corriendo para atrás y sacando la lengua como si se burlara del peligro que lo había estado acechando durante todo el partido. Pero el enemigo que lo amenazaba en el sueño no era el Athletic de Bilbao, sino un tumor oculto en el hígado que pretendía derrotarlo. Una amenaza que él aún desconocía. Aquel partido representó mucho para Abidal. Después el enorme esfuerzo alcanzaba la recompensa. Me sentí plenamente identificado con él a lo largo del sueño, porque yo también había de enfrentarme a un enemigo invisible capaz de aniquilar a quien osara ponerse por delante. El sufrimiento también vale para vencer. La noche de San Mamés, al entrar Abidal en el vestuario, los compañeros le hicieron el pasillo. Nadie podía imaginar que al cabo de algunas jornadas iba a ser ingresado en el hospital para extirparle un tumor y que pocos meses después lo mantearían tras reaparecer en el partido de vuelta de la Champions contra el Real Madrid. ¿Será cierto que la vida es sueño?
«Y ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar, y ganar, y ganar, y ganar, y eso es el fútbol, señores«, fue una de las famosas frases del gran Luis Aragonés.
Una afirmación bien cierta, y es que a menudo parece que el mundo del fútbol se limite a la obtención de la victoria, al tan recurrente tópico de que la pelota entre o no.
Pero aún siendo así en parte, debemos esforzarnos en considerar que nos hallamos ante un deporte en el que intervienen otras consideraciones y otros valores. Por esa razón también forma parte intrínseca del tinglado balompédico -afortunadamente- el saber perder. Y, si nos centramos en el mundo de la literatura futbolera, es importantísima una forma concreta de «Saber perder«: la de la novela de David Trueba.
El «Y ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar, y ganar, y ganar, y ganar, y eso es el fútbol, señores», de Luis Aragonés sonaría igual de enérgico y contudente tal día como hoy. Y tal día como hoy, un 2 de enero para ser exactos, suena así en el «Saber perder» de David Trueba.
Ariel ha reclinado el asiento y trata de dormir. En la zona de preferente el espacio es amplio y a su lado un hombre de traje lee la prensa económica color salmón mientras bebe a sorbitos un jerez. Como en la ida, el pasaje va repleto de familias instaladas en España que han vuelto a Argentina por Navidad. En la fila de acceso al avión se mezclaban publicitarios, profesores universitarios, cierta burguesía, con viajeros más humildes con grandes bolsas y gesto de tensión cuando han de mostrar el pasaporte. Es día 2 de enero y el principio de año siempre establece una especie de esperanza generalizada, como una página en blanco.
En la última fila de preferente, estirado cuan largo es, con antifaz en los ojos, entre ronquidos estruendosos, duerme Humberto Hernán Panzeroni, portero de un equipo andaluz que vino a saludar efusivo a Ariel al coincidir en el vuelo.
Humberto es grande, veterano de la liga española, donde lleva casi seis años. Llegó a ser tercer portero de la selección en los pasados Mundiales. Se sentó en el brazo del asiento de Ariel para hablarle y cada vez que cruzaba a su lado una azafata se volvía, no se sabía muy bien si para facilitarle el paso o para cortejarla. Odio viajar en primera, acá mandan las azafatas veteranas, las más tiernitas van en turista, el mundo al revés. Tenía un incisivo de un blanco distinto al resto de la dentadura y Ariel recordó que perdió un diente en un choque contra uno de sus defensas, lo vio en la televisión.
«Saber perder«, una novela de gran utilidad también para aprender a ganar. Y si no que se lo pregunten a Leo Messi, a quien Pep Guardiola -gran amigo de David Trueba– regaló justamente ese libro.
De hecho, creo que he leído en algún lado que uno de los actos de Pep Guardiola cada vez que aterriza en un equipo es el de regalar un ejemplar de ese libro a sus jugadores.
Así es como lo explica Stan Skavelicz, el protagonista de la obra:
“Como iba diciendo, los del Delta Work 3 me llamaron. Les costó bastante encontrarme, y lo comprendo. Hace veintitrés años y siete meses que colgué los auriculares y el micrófono al final de un partido de la copa A. En teoría, los mejores. El índice de escucha fue de 0,37. Inferior al de los reestrenos de las películas mudas que pasaban en el programa de la Old Movies Netword, entre las tres y las cinco de la tarde. A partir de aquel día ya no hubo más partidos. Después de todo, tuve bastante suerte, ya que dejé el oficio en el momento justo en el que no hubiera podido seguir ejerciéndolo.
Es inevitable. Cada vez que llega un Barça-Real Madrid (o un Real Madrid-Barça) la primera imagen que me viene a la cabeza no es la de Messi, Iniesta o Busquets, ni la de Cristiano Ronaldo, Bale o Benzemá. No. Lo primero que visualizo es el rostro de dos escritores, uno al lado del otro, dos autores a los que admiro y a los que imagino atentos al devenir del partido. Me estoy refiriendo al culé Enrique Vila-Matas y al merengue Javier Marías, dos escritores para quienes el fútbol no ha sido una afición de la que haya que esconderse, y dos de los principales responsables en demostrar que la relación entre fútbol y literatura puede ser muy placentera.
También me acuerdo, cómo no, del gran Vázquez Montalbán, y de Juan Villoro. Y de Jordi Puntí y de Sergi Pàmies. Y de muchos otros. Tantos, que cualquier día me lío la manta a la cabeza y transformo esa canción de Sisa que tanto me gusta (“Qualsevol nit pot sortir el sol”) y la convierto en un “Qualsevol dia surten els escriptors al terreny de joc”. Tiempo al tiempo.
Puestos a inundar la cabeza de suposiciones añado una que me asaltó el otro día. Tenía que ver con mi amigo Jorge Gamero, también escritor, y autor de un magnífico relato futbolero cuyo título es “La alineación” y acerca del cual ya hice referencia en su día en este artículo. Jorge es muy culé, tanto como Vila-Matas, de quien es tan admirador que se ha dejado infectar de manera voluntaria de esa vilamatiana enfermedad denominada “El mal de Montano”. Así que me los imaginé a ambos sentados en el Camp Nou, el uno al lado del otro, comentando la jugada. La futbolística, por supuesto, no la literaria.
Recuerdo que hace tiempo explicó Vila-Matas explicó un encuentro con Guardiola, gran aficionado a la lectura, como es de dominio público. De lo que el escritor quería hablar era de cuestiones futbolísticas. Lo que al entrenador le interesaba eran los asuntos literarios. Por eso, estoy convencido que mi amigo Jorge y Vila-Matas se pasarían el partido hablando de fútbol, soltando algún que otro improperio (literario, eso sí) de tanto en tanto, y completamente absorbidos por los vaivenes del balón.
Y siguiendo con mi elucubración del otro día, y aplicando “Otra vuelta de tuerca” más que diría Henry James, decidí introducir más personajes en la escena, y no se me ocurrió otra cosa que darle un papel a Luis Landero, reconocido merengue y quien, para más inri, actuó como padrino literario en la presentación madrileña de un libro escrito por Jorge Gamero. Y ya con la escena completa me imaginé a los tres, Vila-Matas, Gamero y Landero (buena tripleta, fonética de alineación) sentados en el estadio, muy juntitos los tres, intentado cada cual empujar a su equipo hacia la victoria.
Como podéis comprobar, la imaginación puede ser muy traviesa. Afortunadamente, siempre nos queda la literatura para continuar a flote. Y, por eso, nada mejor que un texto de Enrique Vila-Matas hablando sobre Barça y Madrid para poner orden:
Al principio de esta Liga, viendo cómo los dos supuestos colosos, Barça y Real Madrid, ganaban de calle sus primeros partidos, se llegó a pensar que no perderían nunca un solo punto con nadie y que la competición sería la más igualada y más monótona de toda la historia. Pero había en esta perspectiva de tedio algo que no cuadraba y llevaba a pensar en unas palabras de Maradona en los años ochenta: «En el fútbol español, cuando el Madrid va bien, el Barça va fatal, y viceversa. Nunca se ha visto algo distinto».
¿Por qué iba a ser diferente este año? Lo más sensato era suponer que, aun en el caso de que Barça y Madrid conocieran triunfales trayectorias simétricas hasta el final de la competición, siempre uno de los dos, aunque tan sólo fuera ligeramente y por un mínimo detalle, acabaría saliendo mejor parado de una eventual comparación, dejando al otro de inmediato hundido en una crisis.
Barça y Madrid no pueden ser felices al mismo tiempo. Aunque la diferencia sea minúscula, uno de los dos ha de ser superior al otro…”
Enrique Vila-Matas en «Cuando nunca perdíamos«. Editorial Alfaguara
Disfrutar del partido y de la literatura futbolera. Y como dice el tópico, «que gane el mejor… lector».
“Desde pequeño jugaba al fútbol en las playas que rodeaban Bahía y la convertían en el más maravilloso balneario del mundo, hasta que la marea subía al atardecer y el mar se nos llevaba el terreno de juego”.
“Ascenso y caída de Humberto da Silva”, de José Luis Muñoz y publicada por Ediciones Carena, es un poderoso retrato de esa moneda en la que el éxito está acuñado en uno de sus lados, mientras que el otro lleva impreso el fracaso. Dos inseparables caras que son radiografiadas en esta magnífica obra que tiene al mundo del fútbol como telón de fondo.
La historia, no por ya conocida, pierde en fuerza al ser transformada en una obra de ficción. Ambientada en la ciudad brasileña de Salvador de Bahía, nos encontramos ante un libro en el que se nos explica cómo el fútbol puede ser el vehículo para viajar desde lo más profundo hasta lo más alto. Y, al mismo tiempo, cuáles pueden ser los peligros de tan anhelado pero vertiginoso viaje.
En la sinopsis leemos:
“Me llamo Humberto da Silva Purísima Concepçiao, hijo de papá negro, como el puro chocolate, que trabajaba, cuando había trabajo, descargando sacos de azúcar, café y cacao en el puerto de Cidade Baixa”.
Así arranca esta fábula sobre la banalidad del éxito y la contundencia del fracaso. Humberto da Silva es un niño de la calla de la populosa y exuberante Salvador de Bahía, la ciudad negra de Brasil. Él y sus amigos siempre andan jugando al fútbol en la playa. Cuando un promotor lo vea, su vida cambiará. De no ser nadie, a ser una estrella. Pero el éxito tiene un precio amargo”.
Humberto da Silva, el protagonista y narrador de la historia, es uno más de esos desahuciados habitantes de las favelas. Una familia desestructurada, con un padre alcohólico, un hermano en prisión y ninguna esperanza para salir adelante.
Pero la varita mágica del destino lo elegirá en forma de un ojeador que descubrirá sus prodigiosas habilidades para el fútbol, deporte que practica a diario en la playa con sus amigos y que es la única evasión ante una gris existencia. Gracias a su habilidad se convertirá en el depositario del sueño y la ilusión de miles y miles de niños brasileños que llevan el fútbol impreso en su ADN, que buscan en el balón el salvavidas de la salvación y la supervivencia.
Y llegará el contrato, el fichaje por un club de verdad, el trabajo duro de la profesionalidad, la oportunidad en la vida, el triunfo, la fama y la popularidad. Y de jugar en la playa pasará a jugar en un estadio de verdad, sobre la misma superficie que pisaron ídolos como Bebeto, Rivaldo, Ronaldo, Romario… y Pelé, el dios supremo. Y con ello, la culminación del ascenso.
“Y llegó el momento crucial, el de la verdad, aquel con el que soñaba cuando era niño y jugaba con mis compañeros en la favela, o cuando pateaba el balón y la arena en las playas”.
Su autor, José Luís Muñoz, explica que ha “querido que sea el propio Humberto da Silva, en primera persona, el que vaya contando su historia a su manera, de forma caótica y atropellada, con el lenguaje elemental de la favela».
Y es que el lenguaje es ciertamente crudo y directo, una narración que fluye a borbotones, sin apenas pausas ni respiros ni apenas signos de puntuación, una sucesión de disparos que se encadenan como en el intercambio de pases de una larga jugada. Un hablar en voz alta lleno de expresiones cortantes y contundentes, sin maquillar lo que se quiere explicar, especialmente en cuanto al sexo se refiere, sin escatimar ni disfrazar nada.
De hecho, la voz en primera persona del protagonista nos acaba arrastrando hasta el mundo que describe, haciendo que la novela adquiera, por momentos, una poderosa atmósfera de realidad. Así, en un momento del libro aclara: “…de modo que pudiera redactar esta especie de memorias que el lector tiene entre sus manos, que me perdonara su estilo torrencial, su abundancia de comas, el que las frases no se acaben nunca y se engarcen con otras, como cuentas de un rosario…«.
Y es inevitable intentar asociar al Humberto da Silva de la ficción con algunos casos de famosos y populares futbolistas en los que, quizá, el autor haya encontrado inspiración.
Ya desde el título se anticipa gran parte de lo que estamos a punto de presenciar. Sin necesidad de abrir el libro ya intuimos que no estamos a punto de recorrer un camino de rosas. O sí, pero a cambio de un peaje ineludible.
Capítulo a capítulo asistimos al ascenso, desde los más bajo, desde el submundo de la favela de Os Alagados, en Salvador de Bahía, desde los sótanos de la estructura social para vernos arrastrados por la corriente de los acontecimientos, paso a paso, en un recorrido casi milimétrico que conduce al protagonista, escalón a escalón, hasta la superficie y el lugar en el que la luz brilla.
El ascenso, en definitiva, hasta lo más alto, hasta la mismísima cumbre, hasta el trono reservado a los escogidos en el centro del universo, el ídolo a quienes todos persiguen y quieren acercarse.
“- No me puedo creer que de la noche a la mañana yo valga quinientos mil reales al mes, o de que me den un coche y una casa con piscina. Eso es un sueño. Yo no soy distinto del que hace meses vivía en la favela rodeado de ratas y chinches”.
Pero el ascenso, la llegada a la cumbre descubre también la visión de un paisaje hasta entonces desconocido, la otra cara de la moneda. Y es que todo paraíso va acompañado de un particular infierno. La historia nos arrastra, con precisión y dinamismo, con un ritmo que no decae en ningún momento, avanzando arrastrados por la placidez de una corriente plácida y poderosa, hasta que comienza a aparecer en el horizonte la bruma, la nebulosa que levanta la caída al precipicio.
«Ascenso y caída de Humberto da Silva” se convierte en una historia que describe a la perfección la trayectoria que algunos futbolistas (aunque no solo futbolistas: también actores, cantantes y otros personajes populares) acaban recorriendo. Desde el más humilde de los inicios hasta la más absoluta de las famas. Pero, tal y como siempre insitía un entrenador que tuve, “lo difícil no es llegar, sino mantenerse”.
Ese mantenerse, ese adaptarse a la nueva situación de éxito, diversión, dinero, drogas y sexo, ese ser capaz de no perder la cabeza ni dejarse arrastrar por la corriente del disfrutar del momento sin pensar en nada más, es lo que los personajes de la novela deberán buscar si no quieren ser engullidos por el remolino que acaba desembocando en el desagüe.
“- A ver si te enteras, de una vez para siempre, que de ahora en adelante eres un personaje público, y todos van a estar pendientes no sólo de cómo juegues en el estadio de fútbol sino de lo que hables, de lo que digas, de cómo te vistas, de con quién salgas. Eso es la fama, no pertenecerte, ser de los demás. El público te adora, y el público te devora: sería feliz si pudiera llevarse un trozo del jugador Da Silva entre los dientes”.
Una novela en la que pese a lo que vamos intuyendo a medida que avanzamos oculta inesperados giros hasta las últimas páginas, con una sorprendente resolución que nos abre nuevas puertas hacia la reflexión de la propia historia.
Gran novela, en definitiva, que me ha hecho recordar una frase que leí hace poco, y en la que se explicaba que Guardiola siempre regalaba a los jugadores de su equipo «Saber perder«, de su amigo David Trueba. Quizá sería también buena idea que añadiera «Ascenso y caída de Humberto da Silva«, y que los futbolistas que han conseguido triunfar y flotan plácidamente sobre las aguas del éxito, la fama y la popularidad la tuvieran permanentemente sobre su mesita de noche.
Dedicar un recuerdo cada día a Humberto da Silva, antes de ir a dormir, sería de gran ayuda para mantener siempre los pies en el suelo.
“Nadaba en la abundancia y vivía con una despreocupación infantil, convencido de que el dinero era un río que nunca se secaba”.
MÁS INFORMACIÓN
Tenéis una más que completa reseña del libro en A ras de hierba, el blog sobre libros de fútbol de Miguel Ángel Ortiz. Podéis leer la entrada haciendo clic aquí.
Si el calendario fuera un equipo de fútbol, octubre jugaría con el dorsal número 10. Y así es, más o menos, como juega este mes en la literatura futbolera.
Y los cuatro partidos que jugamos en octubre los ganamos todos y yo fuí el artífice de los diez goles que el Vitoria de Bahía marcó. En campo conrario las victorias eran ajustadas por temos a los hinchas de los equipos enemigos, pero en el nuestro nos desquitábamos. Ya nadie, ni el propio Sabará, discutía mi liderazgo, y el Herr seguía tratándome con deferencia…
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